Artículo de opinión de Marta Schaaf y Nazia Erum
La deriva del mundo hacia prácticas autoritarias está acelerando la crisis climática. En esencia, el objetivo del autoritarismo suele ser permitir la concentración de los recursos en beneficio de unos pocos. Este tipo de proyectos promueven una gobernanza autoritaria que antepone los intereses de esos pocos a los del planeta, instrumentalizando la desinformación y la insatisfacción.
La adopción creciente de tácticas autoritarias por parte de los líderes (incluso de países democráticos) y sus aliados empresariales está afianzando aún más los combustibles fósiles. Estados unidos, un gigante económico que encabeza la lista de emisores acumulativos de gases de efecto invernadero, es uno de esos ejemplos.
En todo el mundo vemos cómo el autoritarismo extiende agresivamente su control de las infraestructuras de combustibles fósiles, ataca los conocimientos científicos especializados sobre cambio climático y obstaculiza la cohesión social necesaria para exigir un cambio. El resultado es un bucle global de retroalimentación de desinformación, sabotaje normativo, diplomacia coercitiva y consolidación de la dependencia de los combustibles fósiles. Esto está complicando mucho más la transición hacia energías renovables de producción sostenible y la adaptación climática, ineludible para la supervivencia.
La estrategia: suprimir la verdad, asegurar el uso de energía procedente de combustibles fósiles, reprimir la disidencia
Los proyectos autoritarios suelen utilizar tres tácticas fundamentales para avanzar:
- En primer lugar, no sólo desprecian la ciencia del clima, sino que desacreditan la mera noción de especialización en el tema y manipulan el ecosistema de la información para fomentar el escepticismo. Un informe elaborado por un grupo de “expertos independientes” bajo los auspicios del Departamento de Energía estadounidense, afirma que las previsiones de calentamiento global son exageradas y que la acción climática podría ser más perjudicial que beneficiosa. En la misma línea está Javier Milei, presidente de Argentina, firme defensor de la mentira de que el cambio climático no es consecuencia de la actividad humana. Y una cadena de televisión estatal rusa ha puesto en marcha un programa de formación sobre “perspectivas alternativas” para periodistas en África que se presenta explícitamente como contrapeso a la cobertura sobre temas de cambio climático y LGBTQ+. La desinformación coordinada no es más que una de las tácticas para llevar a cabo la estrategia de reducir la credibilidad de la comunidad científica. Otras son: demonizar a los científicos, retirar la financiación de sus instituciones, cancelar sus proyectos, y apropiarse de plataformas y foros para compartir narrativas y políticas a favor de los combustibles fósiles.
- En segundo lugar, muchos regímenes autoritarios aseguran la dependencia de los combustibles fósiles en su país y en el extranjero explotando la interdependencia económica y las asimetrías de poder. Ejemplo de ello son las recientes iniciativas de Estados Unidos. Tras el espectáculo de la captura del presidente Nicolás Maduro por las fuerzas especiales estadounidenses, el presidente Donald Trump declaró que Estados Unidos tenía intención de aprovechar las reservas de petróleo de Venezuela. En medio de la actual batalla por el control del estrecho de Ormuz, por el que pasa aproximadamente el 25% del petróleo mundial transportado por mar, Trump ha afirmado también que le gustaríahacerse con el petróleo de Irán. Además, en algunas de sus negociaciones sobre aranceles, Estados Unidos ha puesto como condición la compra del denominado gas “natural” (metano) que produce el país. Asimismo, intimidó a la diplomacia y amenazó con aranceles y sanciones para intentar detener una larga negociación sobre un impuesto global a las emisiones de carbono de los buques, que Trump calificó de “estafa”. Estados Unidos también ejerció duras presiones políticas para socavar la legislación de la Unión Europea sobre diligencia debida de las empresas en materia de sostenibilidad.
- En tercer lugar, como ha documentado el filósofo estadounidense Jason Stanley en su libro “Facha: cómo funciona el fascismo y cómo ha entrado en tu vida”, los proyectos autoritarios fomentan las divisiones sociales, sabotean las relaciones comunitarias y desvían la atención hacia los “malos” equivocados para cimentar el poder y entorpecer la acción colectiva. El poder de la gente ha desempeñado un papel fundamental a la hora de promover el compromiso y la acción en materia climática, desde el movimiento de los “Viernes por el Futuro” al grupo de estudiantes de las islas del Pacífico que llevaron la lucha contra el cambio climático hasta la Corte Internacional de Justicia. Sin embargo, en todo el mundo los gobiernos están modificando las leyes para que la movilización pacífica de los movimientos en favor de la justicia climática y social sea arriesgada y costosa. Cuando protestar se considera delito, el coste político de la expansión de los combustibles fósiles disminuye, y aumenta el coste social de los efectos del cambio climático. Los gobiernos también están retirando la financiación aservicios públicos utilizando un discurso de hostilidad hacia quienes vienen de fuera para justificar los recortes en servicios de salud, emergencia y asistencia social que son fundamentales para la resiliencia climática.
El autoritarismo transnacional merma la capacidad de adaptación y supervivencia
No nos enfrentamos a una serie de decisiones nacionales tomadas al azar, sino a un ecosistema de poder coordinado. Redes de actores de tendencia autoritaria comparten tácticas, se dan apoyo diplomático mutuo y obligan a otros Estados a obedecer.
El «Eje de los Estados Petroleros» está ejerciendo una amplia influencia geopolítica al ofrecer a las naciones en desarrollo acceso a energía asequible a cambio de una dependencia de las infraestructuras a largo plazo. Los recortes en la ayuda global para la mitigación y la adaptación climáticas y los insignificantes pagos al Fondo de Respuesta a las Pérdidas y los Daños han ido acompañados de la negación de cualquier responsabilidad en los efectos perniciosos del cambio climático.
Los recortes y la negativa a reconocer la responsabilidad se suman a un sistema económico que favorece sistemáticamente a los países de ingresos elevados que no suprimen las subvenciones a los combustibles fósiles; un sistema fiscal mundial injusto que permite que las empresas multinacionales trasladen parte de sus ganancias a jurisdicciones fiscales favorables; y un régimen de “solución de controversias entre inversionistas y Estados” que permite que las empresas extranjeras de combustibles fósiles reclamen una indemnización si las políticas en materia de cambio climático afectan a sus beneficios.
Las consecuencias climáticas son obvias: se impone una economía basada en combustibles fósiles a países que no tienen poder o valor para resistirse y éstos se quedan sin fondos para invertir en sistemas como el de salud, necesario para salvar vidas ante desastres climáticos cada vez mayores.
Las consecuencias climáticas son obvias: se impone una economía basada en combustibles fósiles a países que no tienen poder o valor para resistirse y éstos se quedan sin fondos para invertir en sistemas como el de salud, necesario para salvar vidas ante desastres climáticos cada vez mayores.
Al mismo tiempo, los sistemas multilaterales se utilizan también con fines autoritarios. La regla del consenso que rige la CMNUCC, foro mundial multilateral sobre cambio climático, fue creada para garantizar que se escuche la voz de todos los países. Sin embargo, está siendo explotada por Estados favorables a los combustibles fósiles para restar fuerza al llamamiento del Acuerdo de París a que se actúe teniendo en cuenta “los mejores conocimientos científicos a su alcance”. Estados Unidos ha ido aún más lejos al retirarse oficialmente de los foros sobre el clima y otros foros multilaterales, y en la última Conferencia de las Partes (COP) Argentina y Rusia se mostraron más reacios hacia la acción en materia climática que en ocasiones anteriores.
Muchas prácticas autoritarias actuales comparten también una base ideológica común: el antiecologismo y el antifeminismo. La politóloga Cara Daggett denominó a esta combinación «petromasculinidad«. Los autoritaristas suelen rememorar un pasado idealizado, y cada vez tienen más protagonismo en las denominadas “guerras culturales” que impulsan la atomización social. Investigaciones recientes denunciaron el uso de dinero procedente de combustibles fósiles para la financiación de movimientos antitrans y la resistencia a un plan de acción sobre género en las recientes reuniones de la COP30. Se trata de una estrategia deliberada: crear distracción cultural, fomentar la división, mantener fuera del punto de mira la desregulación medioambiental y la expansión de los combustibles fósiles.
Argumentos a favor de una política climática centrada en los derechos humanos
Resulta tentador tratar los derechos humanos como un añadido moral a la política en materia de cambio climático. Pero es una equivocación. Los derechos aportan una visión movilizadora y un marco para una acción climática eficaz. La preocupación por el cambio climático es un valor ampliamente compartido y los estudios sobre prácticas autoritarias muestran que la organización basada en valores puede ser fundamental para la resistencia. El Yale University Program on Climate Communications ha encontrado que el temor al cambio climático y el apoyo de la acción en materia climática son fenómenos generalizados en países donde existe una fuerte tendencia autoritaria, como Argentina, Brasil, Burkina Faso, Chile, El Salvador, Estados Unidos, India, Mali, Senegal y Uzbekistán, entre otros.
Cuando las comunidades y los defensores y defensoras de los derechos humanos se organizan, dan a conocer los hechos y litigan, pueden lograr un cambio de rumbo. El año pasado, la Corte Internacional de Justicia publicó una opinión consultiva histórica sobre las obligaciones de los Estados en materia de cambio climático. Esto fue posible gracias a una campaña global iniciada por 27 estudiantes de Derecho de las islas del Pacífico. El poder de la gente puede obligar a los gobiernos a asumir responsabilidades que de lo contrario eludirían.
Cuando las comunidades y los defensores y defensoras de los derechos humanos se organizan, dan a conocer los hechos y litigan, pueden lograr un cambio de rumbo.
No obstante, el sistema internacional de los derechos humanos está siendo atacado por el autoritarismo: privado de financiación, deslegitimado y debilitado por dobles raseros. La consigna que entonan activistas de todo tipo al marchar por las calles —“¿Qué calles? ¡Nuestras calles!”— es aplicable también al sistema internacional de derechos humanos. Retirarse ahora sería como renunciar al espacio en el que se consiguen avances decisivos en materia climática. Sencillamente no es una opción.
Debemos formar coaliciones más allá de la ONU. Una de estas agrupaciones es la “coalición de voluntades”: líderes mundiales que desean avanzar más rápidamente hacia una transición justa más allá de los combustibles fósiles. La semana pasada celebraron la Primera Conferencia Mundial sobre la Transición más allá de los Combustibles Fósiles en Santa Marta (Colombia), donde se demostró que existe interés político en que los Estados desfosilicen la economía global y emprendan transiciones justas. Pero ese impulso debe ahora traducirse en acciones concretas basadas en los derechos humanos. Debemos apoyar sin reservas estas iniciativas, además de presionar para que se adopte un tratado sobre los combustibles fósiles.
El proyecto de resolución de la ONU sobre el cambio climático de 2026 propuesto por la nación insular del Pacífico de Vanuatu es otro acto de liderazgo de quienes luchan por la supervivencia. Entienden lo que está en juego: sin normas más estrictas y herramientas legales para contrarrestar la “política del veto”, los objetivos del Acuerdo de París seguirán estando en manos de los pocos que desean una economía basada en combustibles fósiles permanente.
Estas iniciativas demuestran que la determinación de los países puede romper el punto muerto creado por los Estados petroleros de tendencia autoritaria.
La humanidad debe triunfar, y lo hará defendiendo los derechos que hacen posible la acción climática, defendiendo firmemente el espacio de la sociedad civil donde la gente puede luchar por su futuro y negándose a permitir que el bloqueo autoritario decida el destino de toda la humanidad en favor de los intereses cortoplacistas de unos pocos.
Publicado por primera vez en Dialogue.Earth
Marta Schaaf es directora del Programa de Amnistía Internacional sobre Justicia Climática, Económica y Social y Rendición de Cuentas de las Empresas Desde hace 25 años trabaja en la intersección entre los campos de salud y derechos humanos, tanto en el ámbito de las ONG como en el académico
Nazia Erum trabaja en el Equipo Global de Noticias y Medios de Comunicación de Amnistía Internacional denunciando las injusticias, influyendo en el debate público y prestando atención a crisis de derechos humanos.


