Esposa de guardia penitenciario asesinado pide justicia para hombre aislado desde hace 42 años

Leontine Rogers, conocida como Teenie, tendrá siempre grabada en su memoria la mañana del 17 de abril de 1972. Teenie, aprendiz de esteticista de 17 años, se levantó temprano, desayunó y llevó al trabajo en automóvil a su esposo, Brent Miller, de 23 años, guardia de la famosa prisión de Angola, en el estado de Luisiana. Horas después, estaba sentada en clase, en su curso de esteticista, cuando, de pronto, apareció su hermana. “Ha ocurrido un accidente. Brent ha muerto”, le dijo.A Teenie se le vino el mundo encima. Llevaban sólo tres meses casados. Brent había aparecido muerto en una celda, con múltiples puñaladas.“Brent era toda mi vida. Era simpático, apuesto e inteligente. Cantaba y tocaba el tambor. Era muy buena persona. No podía imaginarme sin él. Fue muy duro”, ha contado a Amnistía Internacional. Pero lo que ni Teenie ni la familia de Brent sabían era que a partir de ese momento su vida iba a verse enmarañada en una causa judicial que dura ya casi medio siglo. Los juicios de Albert Woodfox y Herman Wallace estuvieron llenos de irregularidades. Sus sentencias condenatorias acusaron la discriminación y la corrupción existentes de manera generalizada en el sistema de justicia de Luisiana.Un tercer hombre, Robert King, fue acusado de haber planeado el asesinato desde otra cárcel.Los tres fueron recluidos en régimen de aislamiento tras el asesinato. Se los conoce como los “tres de Angola”.Los acontecimientos dieron entonces un extraño giro y Teenie se vio pidiendo justicia, no sólo para su esposo, sino también para los hombres declarados culpables de su asesinato. El dedo acusadorBrent y Teenie se conocieron a principios de la década de 1970 en una comunidad muy unida y próxima a la prisión de Angola, donde vivía la mayor parte del personal de ésta junto con sus familias. El padre de ella también era guardia.La prisión, construida en una antigua plantación esclavista llamada Angola, era notoria por el trato brutal que recibían los reclusos.El racismo era muy común tras los altos muros de cemento de la prisión. Los reclusos estaban segregados racialmente, y custodiados sólo por guardias de raza blanca. Los asesinatos y violaciones eran un problema endémico.Entre los centenares de reclusos de Angola se encontraban Albert Woodfox y Herman Wallace, afroamericanos que habían sido condenados por sendos casos de atraco a mano armada.A fin de mejorar las condiciones de reclusión, habían fundado una célula del Partido de los Panteras Negras, movimiento popular revolucionario de la época. Pero su activismo no era bien visto en la prisión.Casi inmediatamente después de haberse descubierto el cadáver de Brent, lleno de puñaladas, Herman y Albert fueron recluidos en sendas celdas de aislamiento de reducidas proporciones y sin ventilación.La pequeña comunidad penitenciaria de Angola estaba totalmente conmocionada. Mucha gente quería una respuesta y la quería rápido.“Todos habíamos criado allí, y que nos quitaran a uno de nosotros de ese modo... Todo cambió en Angola después de eso. Nadie confiaba en nadie”, ha explicado TeeniePara Teenie y su familia era demasiado, así que se fueron para ver el juicio con distancia. Un juicio “espectáculo”Aunque Albert y Herman afirmaban que eran inocentes, su juicio estuvo increíblemente lleno de irregularidades.El fiscal no presentó pruebas materiales de la relación de los acusados con el asesinato. Se admitió como prueba una huella dactilar ensangrentada encontrada en el lugar donde se había cometido a pesar a no ser de ninguno de los dos.Desde que se celebró el juicio han aparecido datos que indican que el testigo principal se dejó comprar por los guardias, que le hicieron declarar en contra de los acusados, y que el Estado retiró pruebas de la falsedad de la declaración de otro recluso. Otros testigos se retractaron de las suyas.Robert King quedó al final en libertad en 2001, tras 29 años de cárcel.En cambio, Albert Woodfox y Herman Wallace siguieron recluidos en régimen de aislamiento.Diversos abogados, investigadores particulares y defensores de los derechos humanos emprendieron una infatigable campaña para conseguir su excarcelación. Una decisiva llamada a la puertaEn 2006, Billie Mizell, investigadora de la campaña por la excarcelación de Albert Woodfox y Herman Wallac, llamó a la puerta de Teenie. Fue entonces cuando ella se dio cuenta que podría haberse cometido una terrible injusticia.“Billie me dijo que quería hablar conmigo de Angola. Yo no podía creer que alguien quisiera hablar conmigo de lo sucedido. Comenzó a mostrarme pruebas: la huella dactilar ensangrentada, el hecho de que no fuera de ninguno de los tres hombres encarcelados, así que me hizo pensar [...] y después de ver todas las pruebas, me convencí de que eran inocentes”, ha explicado Teenie.En ese momento y a pesar de la oposición de los miembros de su comunidad, Teenie, de regreso ya en Angola, se sumó a la campaña contra las sentencias condenatorias.Hay que hacer justiciaLa lentitud de los avances realizados ha sido muy penosa.El año pasado, tras casi 40 en régimen de aislamiento, se diagnosticó a Herman Wallace cáncer en fase terminal.Cuando se enteró de ello, Teenie quiso verlo en la prisión, pero rechazaron todas sus solicitudes.“Cuando supe que Herman se estaba muriendo se me rompió el corazón. Quería verlo hablar con él. Quería … perdón. Quería que supiera que yo creía que era inocente, y no lo logré”, afirma Teenie.Finalmente, una corte federal estadounidense determinó que el juicio había sido injusto. Por desgracia, era ya demasiado tarde para ofrecer una reparación duradera. Herman falleció el 4 de octubre de 2013, sólo tres días después de haber sido puesto en libertad.Albert Woodfox: última oportunidad de quedar en libertad Albert Woodfox es el último miembro de los “tres de Angola” que sigue en prisión. Lleva ya más de la mitad de su vida recluido en régimen de aislamiento por un delito que Teenie cree que no cometió.A pesar de haberse anulado su sentencia condenatoria tres veces, espera entre rejas mientras el Estado continúa apelando.Tiene 67 años y vive confinado en un celda de dos por tres metros 23 horas al día. Únicamente se le permite salir para hacer ejercicio solo en una pequeña jaula al aire libre, caminar por el pasillo de las celdas o ir a la ducha.El abogado de Albert ha dicho que éste padece ahora claustrofobia, hipertensión, una dolencia de corazón, insuficiencia renal crónica, diabetes, ansiedad e insomnio –los gritos y chillidos de las celdas adyacentes hacen que le cueste mucho dormirse–. Tras casi 40 años en régimen de aislamiento sigue esperando a ver si la Corte de Apelaciones confirma la decisión de anular su sentencia condenatoria, tomada por un juez federal hace ya un año. Si falla en su contra, lo más probable es que muera en prisión.Mientras, Teenie continuará luchando para que se haga justicia no sólo por Albert Woodfox, sino también por la memoria de su esposo, pues está firmemente convencida de que su asesino o asesinos están en libertad. “Es como si el Estado fuera a por ellos porque necesita culpar a alguien y cree que está haciendo justicia. Pero lo que han hecho es una injusticia [...] hay que pararlo, para que mi familia y yo podamos pasar página.” Lo digo ahora claramente porque no quiero que otro hombre inocente muera en prisión.”

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