Trenes a ninguna parte. La dura acogida de Hungría a los refugiados

De Barbora Cernušáková, Hungary Researcher at Amnesty International Bicske, Hungary (@BCernusakova),

Su hermano lo ha mirado. El paquistaní mayor de cincuenta años yace sin vida al lado de una vía férrea a unos cientos de metros de la estación de Bicske. No se sabe con certeza cómo murió, pero intentaba encontrar una vida mejor en Europa.

Los dos formaban parte de un grupo más numeroso que huía de un tren detenido desde ayer en la estación húngara. Muchas personas refugiadas y migrantes siguen negándose a bajar del tren porque no quieren ir a centros de acogida húngaros.

Esta semana, en la estación principal de Keleti, en Budapest, y en Bicske, he sido testigo del descenso a un nuevo nivel en la crueldad del trato a las personas refugiadas en Hungría. Tras habérseles impedido subir a bordo de los trenes durante días, ayer por la mañana la policía levantó de improviso las barreras en Keleti.

Esta semana, en la estación principal de Keleti, en Budapest, y en Bicske, he sido testigo del descenso a un nuevo nivel en la crueldad del trato a las personas refugiadas en Hungría.
Barbora Cernusakova, investigadora sobre Hungría de Amnistía Internacional

Cientos de personas se precipitaron hacia un tren decorado con siluetas que se abrazaban y celebraban y una bandera de Alemania en lugar destacado. Muchas personas desesperadas por salir de Hungría tras permanecer varadas durante días en condiciones atroces en los alrededores de la estación creyeron que este tren las llevaría a Alemania, donde las escenas de residentes expresando su bienvenida a los refugiados han dado la vuelta al mundo en los últimos días. Los vagones se llenaron rápidamente y el tren partió hacia las 11 de la mañana.

Pero en Bicske, a unos 30 kilómetros de Budapest, el viaje llegó a su fin bruscamente.

Un refugiado palestino procedente de Siria que estaba en el tren me cuenta lo que ocurrió:

“El tren se detuvo. La policía anunció que teníamos que descender del tren o de lo contrario usarían la fuerza. Así que obedecimos, abrimos las puertas y comenzamos a bajar al andén. En el exterior de la estación había autobuses. La policía gritaba y vimos humo. Decidí escapar, me alejé caminando y seguí las vías con la esperanza de ir en dirección a Austria. ¡Pero caminaba de regreso a Budapest! Finalmente desistí y tomé un taxi de vuelta a [la estación de] Keleti por 30 euros.”

El retorno a Keleti debió de ser demoledor para él, pues sabía muy bien lo que le esperaba. Una multitud lleva días, incluso semanas enteras, varada en la estación, esperando. Duermen en el duro suelo, cubiertas con sus ropas y mantas o cobijadas por tiendas de campañas distribuidas por personas voluntarias. Los establecimientos de cadenas de comida rápida cercanos se han convertido en los principales proveedores de instalaciones de saneamiento. La información sobre lo que ocurrirá, así como sobre las opciones de que disponen y los derechos que les asisten, es escasa.

El gobierno de Hungría se lava las manos sobre Keleti y sobre la situación general de las personas refugiadas en el país. Afirma que los refugiados no quieren quedarse allí de todos modos. Pero no culpo a las personas refugiadas por querer salir del país.
Barbora Cernusakova

El gobierno de Hungría se lava las manos sobre Keleti y sobre la situación general de las personas refugiadas en el país. Afirma que los refugiados no quieren quedarse allí de todos modos. Pero no culpo a las personas refugiadas por querer salir del país. Desde el momento en que cruzan la frontera, sus interacciones con las instituciones húngaras son tensas. Algunas personas refugiadas llamaron “prisiones” y “Guantánamo” a las instalaciones de la zona fronteriza, y me hablaron del rudo trato de los agentes de policía, de la falta de alimentos y agua y de la negativa a proporcionar acceso a instalaciones de saneamiento.

Dina, de 46 años, llegó a Hungría el 14 de agosto junto con su hijo y la esposa de éste, que está embarazada de siete meses. La policía de la frontera los tuvo detenidos durante 16 horas sin darles alimentos ni agua. Cuando la conocí en Keleti, Dina había comprado ya los billetes de tren para Alemania. “Quiero comenzar una nueva vida en paz. [...] Nos tratan como animales; peor que animales.”

“Quiero comenzar una nueva vida en paz. [...] Nos tratan como animales; peor que animales.”
Dina, de 46 años, que había comprado billetes de tren para Alemania

Tras registrar sus solicitudes de asilo en la zona fronteriza, se entrega a los solicitantes unos documentos que deben firmar y que los asignan a un centro de acogida. La mayoría de las personas con las que hablamos decidieron no ir a los centros. Cuando les pregunto por qué, sigo oyendo las mismas respuestas: porque estos lugares están completamente llenos, por las malas experiencias en las instalaciones fronterizas, porque quieren vivir una vida normal. No se concedió permiso a Amnistía Internacional para visitar los centros de acogida, por lo que sólo podemos dar por supuesto que lo que nos dicen quienes estuvieron dentro de ellos es verdad. ¿Qué oculta el gobierno?

El primer ministro, Viktor Orban, dijo ayer en el Parlamento Europeo que “[h]ablar de un sistema de cuotas [de refugiados] sin control de fronteras es una invitación a quienes desean venir. [Crear] la impresión de que podríamos aceptar a todo el mundo sería un fracaso moral.”

Pero Hungría ya está fracasando, desastrosamente. La valla fronteriza levantada de forma apresurada, la falta de asistencia a las personas en los alrededores de las estaciones y en los trenes, las inadecuadas condiciones de acogida y las recientes reformas legislativas obedecen a la misma causa fundamental: el deseo de impedir nuevas llegadas. No se trata únicamente de fracasos morales, sino que están generando numerosas violaciones de derechos humanos.

La última de una serie de leyes dirigidas contra las personas migrantes y refugiadas, aprobada hoy, incluye penas de prisión por cruzar ilegalmente la frontera y severas condenas por causar daños a la valla fronteriza, por citar sólo algunas de las iniciativas más recientes de Hungría.

Por pésima que sea la respuesta de Hungría, hay mucha culpa para repartir.
Barbora Cernusakova



Por pésima que sea la respuesta de Hungría, hay mucha culpa para repartir. En muchos casos, fue la guerra y la persecución lo que impulsó a estas personas a abandonar sus hogares. Y una vez que llegaron a Europa, no deberían tener que emprender otro viaje peligroso, incluso mortal.

Mientras los líderes de Europa no acuerden por fin cambios significativos en un sistema de asilo europeo que se derrumba, las personas refugiadas seguirán siendo no deseadas y no recibirán asistencia en Hungría. Frustrados sus sueños, no tienen acceso a la protección que necesitan, sólo a trenes que parten rumbo a destinos desconocidos.