Atrapadas en el nuevo campo de personas refugiadas de la UE: Grecia

Los dirigentes europeos han dejado atrapadas a miles de personas en una crisis humanitaria en Grecia, cuando podrían arreglar fácilmente la situación.

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Entre los olivares de algunas de las bellas islas de Grecia hay vallas de alambre de espino.

Al menos 6.000 personas solicitantes de asilo están atrapadas allí desde que entró en vigor el nuevo plan de la UE el 20 de marzo. Algunas ya han sido expulsadas a Turquía, mientras que otras muchas aguardan angustiadas el mismo destino.

Pero no son las únicas que están atrapadas en Grecia. Otras 46.000, repartidas por el territorio continental, también lo están, a menudo en lugares superpoblados y faltos de higiene. Están en un limbo jurídico porque llegaron después del cierre a principios de marzo de la frontera norte de Grecia y la entrada en vigor del acuerdo sobre expulsiones firmado por la UE y Turquía.

Conocimos a algunas recientemente: Sham, de seis años, cuya casa fue bombardeada en Siria. Masih, a quien perseguían los talibanes porque había trabajado para la ONU. Y Suzan, de Irak, que estuvo a punto de dar a luz en una tienda de campaña en una terminal de transbordadores de Atenas.

Todas están atrapadas en una crisis que sólo pueden resolver los mismos que la causaron: los gobiernos europeos.

Amnistía Internacional
Esta crisis sólo pueden resolverla los mismos que la causaron: los gobiernos europeos.
Sham, de seis años, en la alfombra gris en la que ella y su familia vivían en una terminal de ferries de El Pireo, Grecia, marzo de 2016. © Amnesty International/Olga Stefatou

Sin un lugar donde descansar

Sham es una niña menuda de seis años de Siria, y está entre los miembros más jóvenes de una afable y extensa familia que viaja junta desde Damasco.

Cuando Sham huyó de las bombas que destruyeron su casa y emprendió el terrorífico viaje hacia Europa en una lancha neumática, los gobiernos europeos decidieron dar la espalda a personas como ella. El 8 de marzo cerraron del todo sus fronteras.

En lugar de viajar hacia el norte para reunirse con su papá en Alemania, Sham se quedó atrapada en el sucio y maloliente recinto de una terminal de transbordadores de El Pireo, principal puerto de Atenas.

Después de todo lo que han pasado, su hermosa familia todavía sonríe y bromea. Pero las lágrimas no andan muy lejos.

Después de estar correteando y jugando con su primo, de repente Sham se deshace en lágrimas. “Echa de menos a su abuela en Siria”, explica su madre, Zeinab, mientras abraza a su hija y también derrama unas lágrimas. “Y no tenemos un lugar donde descansar.”

Stavriana, voluntaria en El Pireo, Grecia

Estas personas no tienen adónde ir: están atrapadas. Es desgarrador.

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Centenares de personas se veían obligadas a comer, dormir y jugar junto a contenedores desbordados de basura en esta terminal de ferries de El Pireo, marzo de 2016. © Amnesty International/Olga Stefatou

Con la ayuda de un voluntariado impresionante

Una cosa está clara: Grecia no puede hacerse cargo de todas las personas que están atrapadas aquí. La familia de Sham está entre los miles de personas que se ven obligadas a dormir en el duro suelo o en tiendas de campaña a la intemperie en las gélidas noches.

Cuando visitamos El Pireo a mediados de marzo no había agua caliente y la basura empezaba a acumularse. Los médicos informaron de plagas de chinches y piojos y de reacciones alérgicas debido a la imposibilidad de lavar. Los niños, incluida Sham, tenían fiebre y diarrea.

Se puso en marcha una impresionante operación de voluntariado, como en otras muchas partes de Grecia. Cientos de personas y varias organizaciones humanitarias lo organizaron todo, desde la limpieza y la preparación de comidas calientes hasta las actividades infantiles, el asesoramiento jurídico y la asistencia médica.

Pero si el apoyo oficial que reciben de los Estados es escaso o nulo, no pueden controlar el caos. A fecha de 11 de abril había 4.500 personas atrapadas en un puerto de transbordadores concebido para el turismo y no para una emergencia humanitaria.

Las autoridades están presionando a las personas refugiadas para que se marchen de El Pireo a los campos repartidos por Grecia. Pero nadie sabe si allí la situación será mejor.

Rechazados en la frontera

Uno de esos campos, el de Elliniko, antes era la terminal internacional del aeropuerto de Atenas. “Es un caos total”, dijo Masih, de 30 años, de Afganistán, en perfecto inglés. Huyó tras ser amenazado por los talibanes porque había trabajado para la ONU y la OTAN.

“Todo el mundo duerme en el suelo de la antigua terminal del aeropuerto”, dijo. “El retrete está asqueroso. No hay espacio para las familias. Yo no duermo ahí. Huele mal.”

Nervioso y frustrado, afirma que fue el primer afgano al que rechazaron en Idomeni, en la frontera norte de Grecia con la ex República Yugoslava de Macedonia.

En 2015, Idomeni era la principal puerta de acceso al norte de Europa para las personas refugiadas. Desde que se cerró la frontera, ocupó titulares de la prensa mundial por haberse convertido en un cuello de botella especialmente atroz. Unas 10.000 personas muy cansadas y sin recursos continúan durmiendo a la intemperie allí en campos helados y embarrados.

Masih estuvo ocho días acampado en Idomeni antes de regresar a Atenas. “Si no abren la frontera, solicitaré asilo en Grecia”, afirma. “No quiero regresar [a Afganistán]. No es seguro.”

Ahmed y Aliye de Alepo (Siria), atrapados en Idomeni (Grecia)
Pensábamos que Europa nos daría libertad. Éste no es el trato que esperábamos.
Suzan y Abdalsalam con Burhan, de dos años, y Ebrahim, de cuatro, junto a la tienda en la que esperaban a su tercer hijo, El Pireo, Grecia, marzo de 2016. © Amnesty International/Olga Stefatou

¿Qué salida hay?

Pero la situación de asilo en Grecia ya estaba en un punto crítico incluso antes de que estallara la crisis. Masih ni siquiera ha podido registrarse como solicitante de asilo debido a la gigantesca cola de personas. Vive con miedo de ser expulsado.

A otros, presentar la solicitud para pedir asilo en otro país –como parte del programa de reubicación de la UE– les ofrece un mínimo atisbo de esperanza, incluso aunque no puedan elegir adónde ir.

Suzan, kurda con dos hijos varones de corta edad, estaba en avanzado estado de gestación y con dolores cuando la conocimos en El Pireo. Huyó de Irak con su esposo, Abdalsalam, ambos de 27 años, después de que mataran a los hermanos de éste y él recibiera amenazas.

Pero, en lugar de reunirse con el padre de Suzan en Reino Unido, ambos quedaron atrapados en una endeble tienda de campaña de color rojo. “No tenemos casa ni país”, afirmó Abdalsalam, con los ojos llenos de lágrimas.

Su bebé ha venido al mundo en buenas condiciones y la familia ha sido alojada por una asociación benéfica local mientras solicita su reubicación, que es una de las escasas vías de escape de la trampa de las personas refugiadas en Grecia.

Abdalsalam, refugiado de Irak
No tenemos casa ni país.
Sham, sus hermanos mayores y su madre, Zeinab, están agotados después de tantas semanas sin que su situación se resuelva, pero mantienen la esperanza de poder reunirse pronto con su padre en Alemania. © Amnesty International/Olga Stefatou

Querer es poder

La reubicación suena bien sobre el papel: El pasado mes de septiembre, los países de la UE se comprometieron a ayudar a Grecia compartiendo la responsabilidad sobre 66.400 solicitantes de asilo. Pero a fecha de 11 de abril sólo habían aceptado a 615 personas, según la Comisión Europea.

La razón es sencilla: una falta absoluta de voluntad política.

Si los gobiernos europeos dedicaran el mismo esfuerzo a proteger a los seres humanos que a encerrar a la gente y expulsarla a Turquía, podrían resolver con facilidad esta crisis.

Por ejemplo, podrían ofrecer visados a personas como Sham, Masih, Suzan y Abdalsalam, reunirlos con familiares que ya viven en otros países de la UE o reubicarlos en el extranjero para tramitar sus solicitudes de asilo allí.

Querer es poder: Portugal, por ejemplo, ahora dice que abrirá sus puertas a 10.000 personas refugiadas, un claro ejemplo de lo que es posible cuando los gobiernos se centran en buscar soluciones, en lugar de cerrar herméticamente sus puertas y darse la vuelta.