En la Franja de Gaza ocupada, los trabajadores y trabajadoras sanitarios palestinos han venido enfrentándose a peligros inéditos, como la detención de muchos de ellos en condiciones que infringen el derecho internacional humanitario. Amnistía Internacional sigue documentando estos abusos sistémicos contra los derechos humanos, incluido el uso generalizado por Israel de la tortura y otros malos tratos contra las personas palestinas detenidas, y exige la puesta en libertad inmediata y sin condiciones de todas las que están recluidas arbitrariamente. A continuación, Ahmad Mhanna, exdirector del hospital de Al Awda, en el norte de Gaza, da su estremecedor testimonio de supervivencia.
En la Franja de Gaza ocupada, los trabajadores y trabajadoras sanitarios palestinos han venido enfrentándose a peligros inéditos, como la detención de muchos de ellos en condiciones que infringen el derecho internacional humanitario. Amnistía Internacional sigue documentando estos abusos sistémicos contra los derechos humanos, incluido el uso generalizado por Israel de la tortura y otros malos tratos contra las personas palestinas detenidas, y exige la puesta en libertad inmediata y sin condiciones de todas las que están recluidas arbitrariamente. A continuación, Ahmad Mhanna, exdirector del hospital de Al Awda, en el norte de Gaza, da su estremecedor testimonio de supervivencia.
El día 16 de diciembre de 2023, hacia las cuatro de la tarde, el ejército israelí irrumpió en el hospital de Al Awda, en el campo para personas refugiadas de Yabalia. Me esposaron y me vendaron los ojos, y luego me llevaron a una casa situada a poca distancia, con el uniforme de cirujano aún puesto. Me dejaron toda la noche en una escalera, inmovilizado.
Los soldados no me interrogaron en ningún momento. En mitad de la noche, el edificio comenzó a temblar violentamente por el ruido de una excavadora cercana. El polvo era asfixiante y temí que la casa se derrumbara sobre mí antes de que la máquina finalmente se alejara.
A las ocho de la mañana del día siguiente me quitaron las sujeciones. Un soldado me ordenó regresar al hospital y me amenazó: “Si te niegas a cooperar, hablará el arma”. Le respondí que no teníamos nada que ocultar; mi prioridad era la seguridad de mis pacientes.
Allí nos sometieron a la tashrifa (“recepción”), un ritual de golpes y humillaciones durante el cual nos arrojaban agua hirviendo.
Ahmad Mhanna
Me obligaron a proporcionarles una lista de todas las personas que se encontraban en el centro y a identificar por su nombre a todos los hombres de entre 16 y 60 años para ser interrogados. Les ordenaron quedarse en ropa interior pese al frío extremo. Entre las personas detenidas estaban un paciente con una pierna amputada y varios de mis colegas. Justo cuando pensé que todo había terminado, un soldado me hizo señas y me dijo: “Mis compañeros de Tel Aviv quieren tomarse una copa contigo”. En ese momento supe que iban a detenerme indefinidamente.
El viaje a la detención
Nos trasladaron en camión a través del paso de Erez. Cuando los soldados advirtieron que yo no llevaba los ojos vendados, me golpearon violentamente en el pecho y volvieron a inmovilizarme, ordenándome mantener la cabeza baja.
Al llegar al primer centro, nos llevaron a la “sala de discoteca”. El suelo era de piedra y estaba cubierto únicamente por una esterilla de yoga. Había un ventilador que expulsaba aire frío y música israelí puesta a un volumen extremadamente alto de forma continua las 24 horas del día con el propósito deliberado de impedirnos dormir.
Durante mis primeros interrogatorios, que duraron horas, me acusaron de proporcionar tratamiento médico a combatientes. Descontento con mis respuestas, un soldado que se identificó como general me amenazó con más violencia. Los interrogadores me golpearon, me insultaron y me amenazaron con romperme los huesos.
Posteriormente nos trasladaron a Sde Teiman —una base militar israelí que también funciona como centro de detención—, donde un interrogador amenazó con dañar a mi esposa y a mis hijas. Durante esos 24 días no comparecí ante ningún juez. En un momento dado nos trasladaron a Al Kallaba (“la perrera”), donde los guardias nos echaban los perros sin quitarnos las esposas; recuerdo vívidamente el peso de un perro que se tumbó directamente en mi espalda.
Crueldad orquestada
Finalmente me trasladaron al centro de detención de Néguev/Naqab (Ketziot). Allí nos sometieron a la tashrifa (“recepción”), un ritual de golpes y humillaciones durante el cual nos arrojaban agua hirviendo. Permanecí durante un año y dos meses en este centro, donde el alojamiento eran tiendas de campaña y la mayoría de nosotros dormíamos en el suelo.
La primera vez que comparecí ante un juez fue tres meses después de mi detención, mediante una breve videollamada desde un ordenador portátil. Me informaron de que estaba detenido sobre la base de “pruebas secretas” en virtud de la Ley de Combatientes Ilegales. Irónicamente, en una vista se me acusó de estar afiliado a Hamás y, en la siguiente, al FPLP (Frente Popular para la Liberación de Palestina. Mi único delito real era ser médico.
Bajo custodia nos hacían pasar hambre a propósito con la intención de despojarnos de nuestra humanidad y reducirnos a la mera supervivencia. La comida estaba sucia, era escasa y, a veces, estaba mezclada con ceniza de cigarrillos. Si los guardias descubrían restos de comida guardados, castigaban a toda la celda.
No había ningún tipo de higiene. La falta de jabón, cepillos de dientes y duchas durante seis meses provocó un brote generalizado de sarna. Durante esos seis meses no se nos permitió cambiarnos de ropa. Vi morir a dos detenidos. Uno falleció de ascitis. Supliqué a los guardias que trajeran antibióticos y les dije que aún podíamos salvarlo. El guardia respondió: “Aquí tú no eres médico; eres un terrorista”.
Recuperar la dignidad
La primera vez que me visitó una abogada fue a los siete meses del arresto; hasta entonces, mi familia no sabía si yo seguía con vida. Ella me contó que mi esposa, Alaa, me había buscado hasta debajo de las piedras. Esa noticia me hizo sentir humano de nuevo.
Seguíamos estando extremadamente hacinados: éramos 40 personas apiñadas en una tienda de campaña de 50 metros cuadrados. Finalmente, el 11 de octubre de 2025, el Comité Internacional de la Cruz Roja me visitó y me informó de que figuraba en una lista de personas que serían liberadas. También mencionó que me proporcionarían un “kit de dignidad”. Después de meses siendo tratado como un animal, escuchar la palabra dignidad me sobrecogió.
Me dejaron libre un lunes y llegué al hospital de Nasser a las seis de la tarde, donde me recibieron mis compañeros. Estaba exhausto y había perdido 28 kilos. Me contaron que el hospital de Al Awda había sufrido graves daños y seguía siendo inaccesible, al haber quedado detrás de la “línea amarilla” del ejército.
La lucha continúa, ahora con insomnio, ansiedad y trauma. Sin embargo, pese a todo, sigo queriendo trabajar. Era médico cuando me llevaron y sigo siendo médico ahora que he regresado. Mi compromiso con mis pacientes es lo único que no pudieron arrebatarme.
Pongan fin al genocidio israelí contra Gaza
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