“Fui el primer refugiado afgano al que devolvieron en la frontera.”

De Kristin Hulaas Sunde

Masih, de Afganistán, perdió por muy poco su oportunidad de cruzar la frontera macedonia en Idomeni y se encontró atrapado en Grecia junto a miles de personas más.

Masih (nombre ficticio) es un joven de 30 años delgado, elegantemente vestido con pantalón y chaqueta negros. Sería difícil imaginar que lleva semanas durmiendo al raso de no ser por que su agotamiento y su profunda frustración lo delatan.

Después de un viaje largo y solitario desde Afganistán a través de Irán y Turquía, llegó a la isla griega de Lesbos a bordo de un bote de goma y tomó el ferry hacia Atenas. Llegó al pueblo de Idomeni, próximo a la Ex República Yugoslava de Macedonia, justo en el momento en que cerraron la frontera, primero a las personas refugiadas de Afganistán y luego también a las de otras nacionalidades.

“Llegué allí el 18 de febrero —dice—. Nos distribuyeron en grupos; yo estaba en el 25. En el 24 había dos afganos que lograron pasar. Se suponía que podríamos salir de Grecia, pero la policía de Macedonia inspeccionó mi documentación y fui el primer afgano al que devolvieron.

No explicaron por qué; se limitaron a decir que con los afganos había un problema. Al día siguiente nos manifestamos y fuimos a hablar con el jefe de la policía macedonia. Nos dijeron que el motivo era que Austria no aceptaba a personas afganas, y que Serbia estaba devolviendo a gente. Teníamos la esperanza de que volvieran a abrir la frontera unas horas después.”

Masih está visiblemente agotado, estresado y profundamente frustrado con su situación. “Todo el mundo duerme en el suelo de la antigua terminal del aeropuerto. Yo no. Huele mal.” En su lugar, se ha construido su propio refugio improvisado fuera. © Amnesty International/Olga Stefatou

Caos absoluto en Atenas

Pero tras ocho días bajo la lluvia, en el lodo, atrapado en una tienda con 200 personas junto con miles más, Masih y sus nueve compañeros de viaje se rindieron. Dice que después de que la policía obligase a algunas personas afganas a volver a Atenas, ellos pagaron a un conductor de autobús 15 euros cada uno para regresar voluntariamente.

“Pero [el autobús] no se movió —explica—. Y cuando la policía puso autobuses gratuitos, el conductor no nos devolvió el dinero. Se lo dije a la policía, pero ningún agente hizo nada. Nos trajeron directamente aquí.”

No sé por qué Europa ha cerrado la frontera.
Masih, ciudadano afgano

Masih se refiere a Elliniko, el antiguo aeropuerto internacional de Atenas, encajonado entre una carretera con bastante tráfico y una playa a las afueras de la ciudad. Tras el cierre de la frontera, se convirtió en un campamento improvisado para personas refugiadas afganas, principalmente.

Las antiguas señales oxidadas aún indican las zonas de salida de vuelos “internacionales” y “nacionales”. Pero por ahora aquí nadie va a ninguna parte.

“Es un caos absoluto; aquí no hay nada —dice Masih—. Todo el mundo duerme en el suelo de la antigua terminal del aeropuerto. Ni siquiera tenemos lo básico. Hay un servicio, pero está muy sucio. Creo que en estos momentos estamos aquí unas 1.000 personas. Cuando llegué me dijeron que éramos más de 1.500.

Luego una funcionaria griega nos dijo que eramos unas 4.000, repartidas entre el antiguo aeropuerto y dos estadios olímpicos de baloncesto y hockey en desuso. Dice que están haciendo todo lo que pueden, y que hay voluntarios distribuyendo alimentos y otros artículos de primera necesidad; pero no es suficiente.

No hay espacio para las familias; todo el mundo está mezclado. Yo no duermo allí. Huele mal”, dice Masih. En su lugar, se ha construido un refugio improvisado fuera en el que duerme con un amigo. Hace unos días le robaron el saco de dormir. “Tengo algunas sábanas”, dice.

En un intento desesperado por refrescarse, la gente lava y tiende la ropa al aire libre en el exterior del antiguo aeropuerto,  Esparcidas a su alrededor hay ropa y basura: restos de donaciones voluntarias bienintencionadas pero espontáneas que no siempre llegan a quienes más las necesitan. © Amnesty International/Olga Stefatou

Amenazado por los talibanes

Masih explica en un inglés excelente que salió de Afganistán porque había recibido amenazas de los talibanes por haber trabajado para varias organizaciones internacionales. Nos enseña referencias de la ONU y la OTAN.

Masih, oriundo de Ghazni, una ciudad del este de Afganistán, se había mudado en 2002 a Kabul, pero después de recibir la primera amenaza dejó su trabajo. Tras la segunda, pagó 2.500 dólares estadounidenses (unos 2.250 euros) a un contrabandista de personas para llegar a Grecia.

“Cuando salí, las fronteras estaban abiertas y pensaba que podría hacer el viaje sin dificultad. Quería llegar a Alemania porque allí podría solicitar asilo.”

Después de tres semanas, se subió a un bote de goma en dirección a Lesbos. “Los guardacostas turcos nos interceptaron pulverizándonos con agua —afirma—. Éramos 33 personas, incluidos niños y niñas y mujeres. Estábamos mojados y teníamos frío.

Nos recogió la guardia costera helena [griega] y nos trasladó al barco grande.” Una vez en la isla, unos funcionarios le tomaron las huellas dactilares y le expidieron un documento de registro válido durante 30 días. “Nos dijeron que no tendríamos problemas para llegar a la frontera y cruzarla.”

No quiero regresar. No es seguro.
Masih

Atrapado en Grecia, con muy pocas opciones

Después de las personas de nacionalidad siria, las afganas son las que llegan a Grecia en mayor número. Según el ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, el 80 % de ellas lo hace huyendo del conflicto y la violencia.

Pero mientras que las personas refugiadas de nacionalidad siria e iraquí —tercer grupo más numeroso en llegar a Grecia— pueden permanecer allí durante seis meses y averiguar qué opciones tienen, a las de nacionalidad afgana y de otros países sólo se les permite quedarse durante 30 días. Además, a diferencia de las personas sirias y las iraquíes, la población afgana que llega a Grecia no tiene la posibilidad de optar al reasentamiento en otros países europeos.

Sólo optan al reasentamiento las personas de nacionalidades cuyas solicitudes de asilo en la Unión Europea son aceptadas en un porcentaje del 75 % o superior. En la actualidad, el porcentaje de solicitudes aceptadas de personas afganas es del 57 %.

Muchas de las personas que conocimos, incluido Masih, opinan que están recibiendo un trato profundamente injusto. Señalan que Afganistán lleva años en guerra y que también ellas necesitan protección.

Fuera de la antigua terminal del aeropuerto de Atenas, los niños corretean mientras pasan coches a toda velocidad. Fawzia, una mujer que lleva la cabeza cubierta con un pañuelo azul, recoge flores; un atisbo de belleza entre la basura y el hormigón en proceso de deterioro. © Amnesty International/Olga Stefatou

Masih sabe que está atrapado. Odia estar así y no comprende por qué ahora tiene tan pocas opciones. “No sé por qué Europa ha cerrado la frontera. Dicen que la mayoría de las personas refugiadas tienen problemas económicos; pueden comprobar la situación de cada una y, si es cierto, expulsarla. Pero por ahora hay una barbaridad de gente esperando aquí.”

El 13 de marzo de 2016 ya había más de 44.000 personas atrapadas en Grecia y cada día llegan miles más. La escasez de organización y de apoyo oficial amenaza empeorar la situación para las muchas personas atrapadas en campamentos improvisados —como el de Elliniko— en todo el país.

“Ahora corre el rumor de que [los gobiernos] dirán pronto si los afganos podemos viajar —dice Masih, que sigue la noticias en el teléfono—. Así que estoy esperando a que anuncien la decisión. Aquí estamos todos cabreados porque no sabemos qué va a pasar.”

“Si no abren la frontera, solicitaré asilo en Grecia. No quiero regresar. No es seguro.”

Esta semana, dirigentes de la Unión Europea están negociando un acuerdo con Turquía que sería un ataque contra el derecho humano a solicitar asilo. Únete a nosotros y dile a @eucopresident #StopAcuerdo ¡YA!