Los derechos humanos, esperanza de una región amenazada

Desde los escarpados Urales hasta la costa atlántica azotada por el viento, Europa es más que una región geográfica continental. Es una idea concebida durante milenios, nutrida por un sinfín de culturas y tradiciones, renovada por poblaciones cambiantes y aglutinada por valores compartidos y una historia en común. Con algunas notables excepciones, en las últimas décadas ha disfrutado como nunca de paz y prosperidad. Pero la región de Europa y Asia Central se enfrenta en la actualidad a un ataque implacable contra los derechos humanos desde su interior.

La política de la culpa y el miedo

El auge de la intolerancia, el odio y la discriminación, en el contexto de la reducción del espacio de la sociedad civil, está creando una fractura cada vez más grande en el tejido social de la región. La política del miedo divide a la población mientras los dirigentes difunden un discurso tóxico, culpando de los problemas económicos o sociales a determinados grupos.

Defensores y defensoras de los derechos humanos, activistas, medios de comunicación y la oposición política sufren el acoso de las autoridades. Se enfrentan a procesos penales por cargos infundados; algunos son atacados por grupos violentos que actúan con impunidad.

En la mayor parte de Europa, la “crisis de refugiados” —y la respuesta abyecta que se le está dando— ha sido una piedra de toque clave: un espejo que refleja algunas verdades crudas.

Personas refugiadas, migrantes y solicitantes de asilo son rechazadas o abandonadas en situación de precariedad, mientras que los actos de solidaridad son cada vez más criminalizados. Se abandona a su suerte a niñas y niños. Políticas fragmentadas que surgen del planteamiento de que “cada país debe mirar por sí mismo” han dejado que Estados fronterizos como Grecia carguen con la responsabilidad de decenas de miles de personas refugiadas y migrantes. Oscuros acuerdos firmados para delegar responsabilidades y reforzar la “Fortaleza Europa” conculcan el derecho internacional.

Y un contubernio creciente de políticos oportunistas se aprovecha de lo que se ha dado en llamar la “crisis” combinada con las políticas de austeridad. Autodenominándose “antisistema”, defienden la política de la demonización para perseguir, deshumanizar y usar como chivo expiatorio a la población más marginada.

Hungría se ha convertido en país abanderado de la intolerancia. Su primer ministro, Viktor Orbán, y el partido gobernante, Fidesz, han intensificado el ataque a los derechos humanos y se vanaglorian de sus violaciones del derecho internacional. El gobierno promovió un ataque frontal contra las personas migrantes y refugiadas, restringió el derecho de protesta pacífica, criminalizó la falta de vivienda e introdujo leyes draconianas que tipifican como delito actividades legítimas asociadas a la migración, poniendo en peligro la existencia de la sociedad civil.

En Polonia, la legislación que restringe el derecho de protesta, así como los cientos de procesamientos injustos de manifestantes pacíficos y la ampliación de las facultades de vigilancia de los organismos encargados de hacer cumplir la ley, están reduciendo el espacio para la disidencia. Las autoridades han atacado y menoscabado sistemáticamente la independencia judicial y han anulado mecanismos y garantías de protección de los derechos humanos, sometiendo al poder judicial a injerencias políticas. Los jueces y juezas que criticaron al gobierno por estas medidas o pidieron aclaración sobre su compatibilidad con la legislación de la Unión Europea al Tribunal de Justicia de la UE han sufrido hostigamiento y medidas disciplinarias.

Taner Kılıç, presidente de Amnistía Turquía, liberado después de 14 meses encarcelado

En prisión, estas acciones […] me recordaban la importancia de la solidaridad internacional en la lucha por los derechos humanos.

Un clima de miedo ahoga la disidencia

Mientras, en algunos países de la región se ha instalado un clima de miedo. En Turquía, desde el fallido golpe de Estado de 2016, decenas de miles de personas —entre ellas periodistas, activistas y defensores y defensoras de los derechos humanos— han sufrido detención arbitraria por sus críticas —reales o supuestas— a las autoridades, sin pruebas de una conducta que constituya razonablemente delito. Se han cerrado ONG y periódicos, y más de 130.000 personas que trabajaban en el sector público han sido despedidas arbitrariamente en virtud de decretos de excepción. Taner Kiliç, presidente honorario de Amnistía Internacional Turquía, estuvo más de 14 meses en prisión. Liberado en agosto, se enfrenta a cargos infundados sólo por su labor de defensa de los derechos humanos.

En toda Europa se están introduciendo en la política convencional grupos que, envalentonados, hacen apología del odio y la discriminación. A la vez, partidos políticos consolidados están absorbiendo sus ideas y reproduciendo literalmente su discurso de odio. Avivada por ciertos políticos y unos medios de comunicación enfocados a la división, la apología del odio y la intolerancia se han ido normalizando progresivamente.

Instituciones europeas y derechos humanos

Cuando hay actores clave que se retiran de los mecanismos internacionales de derechos humanos y hasta los socavan, a la UE y sus Estados miembros se les plantea el reto de mejorar su compromiso con los derechos humanos en relación con su política exterior. Sin embargo, la credibilidad de la UE está actualmente en entredicho debido a los errores en materia de derechos humanos cometidos en su propio territorio.

Ha habido algunos avances, como que la Comisión Europea y el Parlamento Europeo activaran el procedimiento del artículo 7 contra Hungría y Polonia en respuesta a las medidas que socavan los derechos humanos adoptadas por ambos Estados. La Unión Europea también ha hecho progresos en el apoyo y la protección de personas concretas que defienden derechos humanos en algunos países, si bien estos progresos deberían extenderse a toda la región. En relación con la migración, las instituciones europeas no han dado pasos decisivos; de hecho, han tomado algunas medidas que han empeorado la situación.

Crueles políticas de inmigración

El acuerdo UE-Turquía, por ejemplo, ha dejado a miles de personas refugiadas y migrantes atrapadas en islas griegas en condiciones de inseguridad y miseria. En el Mediterráneo central, los gobiernos europeos son cómplices del sufrimiento causado por sus crueles políticas de inmigración que delegan en Libia el control fronterizo. La UE ha perjudicado los esfuerzos de búsqueda y salvamento y ha puesto a personas en peligro real de tortura ayudando a las autoridades libias a detener travesías marítimas, impedir rescates y llevar a personas a terribles centros de detención en Libia.

Menoscabo de la justicia

Entretanto, las amenazas a la independencia y a la autoridad del Tribunal Europeo de Derechos Humanos van en aumento. Algunos Estados se han negado a aplicar sentencias vinculantes del Tribunal, a menudo por intereses políticos, y con ello han favorecido que surjan graves problemas estructurales y sistémicos en el ámbito nacional que, a su vez, perpetúan las violaciones de derechos humanos.

Acallar las voces disidentes

En países como Kazajistán, Rusia y Tayikistán, la libertad de expresión en Internet está cada vez más amenazada y, en toda la región, se responde a las manifestaciones pacíficas con una diversidad de medidas restrictivas y el uso de fuerza excesiva por la policía. En Rusia, donde las protestas callejeras van en aumento, la dura actuación policial ha dado lugar a detenciones masivas. Incluso se detiene a menores de edad por asistir a manifestaciones pacíficas y se actúa contra periodistas por informar sobre ellas. El número de personas procesadas por subir materiales críticos a Internet, incluso por difundirlos, no tiene precedentes.

Los gobiernos siguen aprobando medidas contra el terrorismo y el extremismo, y abusan de los sistemas de justicia penal para actuar contra disidentes y personas que critican al gobierno.

En Rusia y otros lugares se procesa por cargos falsos a defensores y defensoras de los derechos humanos. En enero fue detenido por cargos falsos relacionados con drogas Oyub Titiev, director de la oficina de la organización de derechos humanos Memorial en Grozni (Chechenia), que se enfrenta a varios años de prisión. Otros defensores y defensoras sufren violencia a manos de agresores no identificados con posibles vínculos con las autoridades.https://www.amnesty.org/es/latest/news/2018/03/russia-human-rights-defender-oyub-titievs-detention-extended-for-two-months/

Las devoluciones de personas refugiadas van en aumento, y algunos países, como Azerbaiyán, se están arrogando facultades extraterritoriales en sus intentos de detener y extraditar a defensores y defensoras de los derechos humanos que han huido de su país por miedo a sufrir procesamientos injustos.

En Ucrania, grupos violentos que disfrutan de impunidad, así como las autoridades, actúan cada vez más contra personas defensoras de los derechos humanos y grupos de la sociedad civil. En Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán, la policía recurre a la violencia para silenciar a activistas LGBTI.

En Crimea, el menor asomo de oposición a la ocupación rusa se reprime con brutalidad. Activistas y defensores y defensoras de los derechos humanos de etnia tártara de Crimea son procesados arbitrariamente y sometidos a hostigamiento constante por los servicios de seguridad rusos.

“Somos responsables no sólo de lo que decimos, sino también de lo que no decimos…”

Y sin embargo, el optimismo persiste a pesar de este telón de fondo de retórica xenófoba y políticas represivas. El activismo y la protesta fueron en aumento: todo un movimiento de gente corriente con una pasión extraordinaria alzó su voz en favor de la justicia y la igualdad. Sus actos ayudan a definir la clase de continente en que queremos vivir, y su valentía es contagiosa.

Son personas del ámbito periodístico, académico, artístico y judicial, así como personas anónimas de toda condición, movidas por la compasión y la indignación ante la injusticia y el sufrimiento.

En épocas de represión, dar un paso al frente para defender los derechos humanos o alzar la voz para condenar la injusticia es más peligroso y también más necesario que nunca.

Las personas que alzan la voz se convierten en símbolos de esperanza para otras personas. Si no permanecemos firmes a su lado, no quedará nadie para defender lo correcto. Y los líderes y lideresas de Europa deben dar ejemplo, mostrándoles su apoyo y denunciando a quienes los atacan.

Como dijo el escritor turco Aziz Nesin, “somos responsables no sólo de lo que decimos, sino también de lo que no decimos al guardar silencio”. No podemos ni queremos guardar silencio.