“El activismo es la manera en que aprendimos a ver el mundo.”

Dos mujeres negras hablan sobre el movimiento para redefinir Brasil

A pesar de la discriminación histórica, la marginación y la enorme desigualdad, las mujeres negras se sitúan constantemente en la primera línea del activismo, defendiendo los derechos y propugnando mejores condiciones de vida para las comunidades en Brasil.

En este artículo, dos increíbles lideresas explican por qué las mujeres negras son la fuerza colectiva que Brasil necesitaba y, en muchos aspectos, esperaba.

Jurema: “Las mujeres negras viven rodeadas de riesgos”.

Jurema Werneck es directora ejecutiva de Amnistía Internacional Brasil y ha estado en primera línea, haciendo campaña por la justicia para la política asesinada Marielle Franco.

Nací en una favela en Río de Janeiro, en Copacabana, expuesta desde pequeña a fuertes contrastes y desigualdades. Crecí durante la dictadura militar de Brasil en el seno de una familia muy grande que, en reuniones, celebraciones y la vida cotidiana, fomentaba un pensamiento crítico sobre nuestra realidad, el racismo y la injusticia.

Creo que el activismo forma parte de la manera en que aprendí a ver el mundo y entender mi responsabilidad de ayudar a transformar lo erróneo y lo injusto. Aprendí de otras mujeres negras que, hoy día, siguen inspirándome.

Me he enfrentado —y sigo enfrentándome— al mismo tipo de obstáculos con los que las mujeres negras e indígenas llevan topándose toda su vida. Es cierto que, desde que me uní a Amnistía Internacional, algunos de los problemas asociados a las dificultades materiales y a la limitación del alcance de mi trabajo se han suavizado temporalmente. En estos momentos gano un buen salario, y mi voz tiene una plataforma: se oye y puede tener un impacto significativo. Pero soy plenamente consciente de que esta situación no refleja la realidad de la mayoría de las mujeres como yo.

Las mujeres negras e indígenas siempre han estado en primera línea de la lucha por la dignidad, la justicia y los derechos. No es difícil recordar que la invasión colonial, la esclavitud, la sobreexplotación y las numerosas formas de violencia que nos fueron infligidas durante siglos de colonización europea trajeron consigo tragedia y genocidio, pero también nos impulsaron a resistir.

El legado de esta historia y las desigualdades nos acompañan hoy día, y nos mantienen movilizadas, involucradas y activas. En otras palabras, nuestro activismo tiene unas raíces muy profundas. En los últimos decenios, las “nuevas” formas de violencia asociadas al neoliberalismo globalizado nos han impulsado a ocupar espacios públicos de distintas maneras, aumentando nuestra visibilidad y la de nuestras demandas.

Las marchas encabezadas por mujeres negras o indígenas son potentes ejemplos. Pero nuestro activismo no empezó con estas movilizaciones. Data de mucho más atrás, arraigado en generaciones de resistencia, supervivencia y lucha colectiva.

Vivimos rodeadas de riesgos

El racismo, y su intersección con el patriarcado, el sexismo y la heteronormatividad, tiene a las mujeres negras en su mismo núcleo. La pobreza, la exclusión, el acceso limitado a la educación, la violencia desde todos los ángulos y la devaluación forman parte de nuestra realidad cotidiana. Se puede decir que el sistema racista está fundamentalmente en nuestra contra, mediante diferentes mecanismos de aniquilación. Vivimos rodeadas de riesgos. Desde la perspectiva que me dan mis conocimientos de salud pública, puedo afirmar que las mujeres negras han muerto históricamente más jóvenes que las mujeres y los hombres blancos.

Sin embargo, ante esas profundas desigualdades, son las mujeres negras las que se sitúan constantemente en la primera línea del activismo, defendiendo los derechos y propugnando mejores condiciones de vida para nuestras comunidades.

Los riesgos son múltiples, y se ven intensificados por la devaluación que nos impone el racismo, que nos convierte en objetivo de múltiples formas de violencia. Debe esta perspectiva debe contemplarse el asesinato de Marielle Franco. Ella participaba activamente en un movimiento político, y sus asesinos calcularon las consecuencias que traería su muerte. Según los informes, consideraron atacar a hombres blancos del círculo político de Marielle, pero abandonaron la idea porque pensaron que provocaría una reacción adversa mucho más fuerte. En su lugar, optaron por matar a Marielle Franco, quien, a pesar de ser una destacada activista y una de las integrantes más votadas del ayuntamiento de Río de Janeiro, era una mujer negra lesbiana que procedía de una favela.

Creían que su muerte tendría menos consecuencias. Parte de nuestro trabajo en Amnistía Internacional Brasil fue demostrar que se equivocaban. Y lo conseguimos.

Una fuerza colectiva

En 2015, mientras ocupaba el cargo de directora de la Red de Organizaciones de Mujeres Brasileñas Negras (Articulação de Organizações de Mulheres Negras Brasileiras), que lanzó y organizó la primera Marcha de Mujeres Negras, comprendí que las mujeres negras son una fuerza colectiva que Brasil necesitaba y, en muchos aspectos, había estado esperando. La marcha reunió a 100.000 mujeres en Brasilia y, durante dos años de organización, movilizó a varios millones de personas en todo el país. Reveló la fuerza de una parte de Brasil que representa a una mayoría de la población; al fin y al cabo, las mujeres negras son el grupo demográfico más grande del país.

Más recientemente, en 2025, multiplicamos el número de mujeres negras que se movilizaron para la Segunda Marcha de Mujeres Negras. Juntas, promovimos una agenda que pide y trata de establecer vías para la reparación, la justicia y el bem viver: el bienestar colectivo, la dignidad y las condiciones para que todas las personas prosperen.

Esta es mi esperanza y, más aún, este es mi activismo: ayudar a conseguir que podamos continuar, de forma participativa y coordinada, creando el lenguaje, los métodos y las herramientas capaces de plantar las semillas de un futuro diferente y mejor.

Janira: “Marchamos para que Brasil escuchara”.

Janira Sodré es profesora y educadora comunitaria en Brasil, donde ayuda a jóvenes de comunidades marginadas.

Las mujeres en Brasil han sufrido históricamente muchísimas dificultades y desigualdades, muchas de las cuales siguen vigentes.

Crecí en una comunidad en la que se carecía de autonomía sobre los territorios tradicionales pertenecientes a los pueblos indígenas y quilombola. Quienes vivíamos en la periferia de las ciudades no teníamos acceso a derechos fundamentales, ni podíamos decidir sobre lo que sucedía en nuestra comunidad. No podíamos acceder a atención médica adecuada ni educación.

Por tanto, crecí sabiendo que quería asegurar que las niñas y las mujeres podían acceder a educación, y garantizar que las mujeres —y en particular las negras— contaban con las herramientas para superar estas desigualdades. Merecemos participar en espacios de toma de decisiones y en política institucional, y merecemos reparación por las desigualdades y la marginación histórica que hemos sufrido.

En Brasil, el colonialismo europeo impuso un sistema de explotación, desposesión, esclavitud y violencia que afectó a los pueblos indígenas y africanos y a sus descendientes. Los legados del colonialismo y la esclavitud se aprecian aún hoy en la discriminación y la marginación que sufren estos grupos.

El colonialismo no dejó de existir; sigue produciendo una política de hostilidad contra nuestra gente, tanto en las zonas rurales como en las ciudades. Sigue reproduciéndose en capas que van desde el saqueo de tierras raras en el centro de Brasil (donde vivo, y donde las comunidades tradicionales que habitan esas tierras ven amenazada su forma de vida) hasta la creación de contenido que genera beneficios económicos incitando al odio contra las mujeres negras en las redes sociales. La colonización sigue reeditándose en la actualidad.

Aún podemos sentir sus efectos, ya que sigue habiendo una escasa representación de personas negras, indígenas y quilombola en los espacios de poder y toma de decisiones. Sin embargo, tenemos que vivir una vida fuera del proyecto colonial. Ahora queremos hacer oír nuestras voces y conseguir las reparaciones que merecemos.

Empecé a organizar marchas en el ámbito local

Hace más de diez años, empecé a organizar marchas en el ámbito local, involucrando a personas y viajando por el territorio, pero llevó mucho más tiempo movilizar a la gente a nivel nacional.

En 2015 marchamos para protestar contra el racismo y la violencia de género. La marcha ya se había convertido en un catalizador para muchas organizaciones y movimientos; fue histórica porque Brasil nunca había presenciado una marcha nacional de mujeres negras de esa magnitud. Nos enfrentábamos a supremacistas blancos en las calles, pero era una oportunidad para fortalecer los movimientos negros.

En nuestra primera marcha conseguimos visibilidad nacional. Salimos en todos los grandes periódicos y en televisión; todo el mundo hablaba sobre el tema. Fue un momento increíble.

Y en 2025 volvimos a marchar. Bullía la misma excitación en torno a la marcha, y se sentía que había un movimiento real entre las conexiones política y global. La juventud se implicó también, lo que demostraba la diversidad de nuestro movimiento.

Ha hecho falta mucho tiempo para que se escuchen nuestras voces, ya que, en lo que se refiere a participar e implicarse en el poder político, ha habido una fuerte reacción contra las mujeres, y las mujeres negras en particular.

Queremos que Brasil se convierta en la capital internacional de las mujeres negras, y la marcha parecía que podía ser una victoria estratégica para nosotras, con potencial para catapultarnos a un nuevo decenio de poder y participación que apoyará y fortalecerá nuestro movimiento.

En nuestra serie Voces de justicia restaurativa (“Voices of Reparatory Justice”) hablamos con artistas, activistas y líderes y lideresas que cuentan su historia de reparación y resiliencia en la lucha contra los efectos negativos de las injusticias históricas, la esclavitud y el colonialismo.  Pese a los desafíos existenciales, su camino para lograr dignidad y derechos para los grupos racializados devuelve la esperanza respecto a nuestro futuro común; la humanidad siempre debe prevalecer. Esta es una de esas historias. Más información sobre nuestro trabajo.

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