El aniversario de Tiananmen pone de manifiesto la contradictoria actitud de China hacia la historia

De William Nee, China Researcher at Amnesty International Hong Kong,

La historia. Pocas palabras hay que sean más importantes, incluso sagradas, para la cultura china. China se enorgullece de tener una rica historia y una ilustre cultura de 5.000 años de antigüedad.

Y sin embargo, cuando se trata de abordar la historia, el Partido Comunista de China que gobierna el país es un caso de “doble pensamiento” orwelliano: mantiene al mismo tiempo dos ideas mutuamente contradictorias sin reconocer esa contradicción.

Ya es hora de que China termine con esta contradictoria actitud hacia la historia y afronte la represión de Tiananmen.
William Nee, investigador de Amnistía Internacional sobre China

 

En la escena mundial, los dirigentes chinos afirman enérgicamente que es preciso abordar la historia con objetividad, y que todas las partes deben reconocer las violaciones de los derechos humanos perpetradas en el pasado, no importa lo doloroso que esto pueda llegar a ser.

En reacción a un acuerdo bilateral entre los gobiernos de Japón y Corea del Sur en diciembre de 2015, sobre el sistema de esclavitud sexual implantado por el ejército imperial de Japón antes y durante la Segunda Guerra Mundial, las autoridades chinas señalaron que la gente necesitaba tener “[…] una visión completa y objetiva de esa parte de la historia para impedir que la tragedia se repita.”

Más recientemente, en Japón estalló una polémica cuando una escuela infantil fue acusada de adoctrinar a sus alumnos con “un plan de estudios de derechas e imperialista”. Al parecer, la escuela utilizaba un lenguaje discriminatorio hacia las personas chinas y de etnia coreana traídas a Japón durante la Segunda Guerra Mundial.

Las declaraciones de una portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de China no se hicieron esperar: afirmó que el episodio “volvía a poner de manifiesto que en Japón existe una fuerza que no está dispuesta a ver la historia y reflexionar sobre ella de forma correcta, ni a reconocer y hacerse responsable de que [Japón] emprendió una guerra de invasión”.

Reprimir la libertad de expresión

Sin embargo, cuando se trata de reflexionar sobre sus propios errores del pasado, el gobierno chino guarda silencio. El Partido Comunista distorsiona la historia con fines políticos y lleva hasta extremos increíbles la represión de una libertad de expresión que es necesaria para debatir y examinar honradamente los sucesos del pasado.

Esto volverá a quedar de manifiesto en los próximos días, ante el 28 aniversario de la represión de Tiananmen. En China continental no habrá ningún acto público conmemorativo de los cientos, tal vez miles, de personas que murieron en la plaza de Tiananmen y en sus alrededores a manos de las tropas del Ejército Popular de Liberación los días 3 y 4 de junio de 1989.

Casi tres décadas después, las familias que perdieron a sus hijos en la matanza continúan sometidas a vigilancia y acoso mientras las autoridades siguen reprimiendo su campaña por la justicia. Incluso la mera mención o conmemoración de la represión de Tiananmen en Internet puede ser objeto de fuertes represalias.

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Cuatro activistas se enfrentan a condenas de hasta 15 años de cárcel tras ser acusados en marzo de este año de “incitar a la subversión del poder del Estado”. Su delito, a los ojos de las autoridades, fue vender en Internet una bebida alcohólica con una etiqueta que hacía referencia al 4 de junio de 1989 y mostraba la famosa imagen del Hombre del Tanque.

Pero la censura de la historia va más allá de la matanza de Tiananmen. El Partido Comunista, presidido por Xi Jinping, se ha mantenido en guardia contra lo que considera “el nihilismo histórico”, y que define como la investigación histórica o el pensamiento político “cuyo objetivo es derrocar al Partido Comunista y el sistema socialista”.

El gobierno ha llegado hasta a modificar el Código Civil para tipificar como delito civil la difamación de los “héroes y mártires” del Partido Comunista. Esto no es sólo un intento de detener la corriente de burdas declaraciones difamatorias que inundan las redes sociales chinas (“bulos” o “noticias falsas”, en la jerga actual).

También se aplica a los historiadores chinos más eminentes. En 2015, al afamado historiador Yang Jisheng se le impidió salir del país para recibir un prestigioso galardón periodístico en reconocimiento a su obra de referencia Tombstone: The Great Chinese Famine 1958-1962 (Lápida: La gran hambruna china 1958-1962). El libro, prohibido en China, explica en detalle cómo aproximadamente 36 millones de personas murieron de hambre durante el gran Salto delante del presidente Mao Zedong.

Toda la historia del Partido Comunista de China sigue estando dominada por la exigencia de seguir las posturas ortodoxas que establece el propio Partido. Las referencias a la guerra chino-japonesa, la campaña antiderechista, el gran Salto Adelante, la Revolución Cultural y la represión de Tiananmen, todos estos hechos históricos siguen bajo estrecha vigilancia, sin que prácticamente haya libertad para publicar sobre ellos o tratarlos desde un punto de vista académico.

Revelar la verdad

Negarse a reconocer objetivamente la historia sólo sirve para prolongar el sufrimiento de sus supervivientes y dificultar las reparaciones. La Madres de Tiananmen, un grupo de padres y madres cuyos hijos e hijas murieron los días 3 y 4 de junio de 1989, han afirmado que “el paso del tiempo no calma su terrible dolor”, y siguen pidiendo al gobierno que revele la verdad.

Los llamamientos del Partido Comunista para que los demás reflexionen sobre la historia tendrían más crédito si siguiera su propio consejo. ¿Es justo esperar que los demás reflexionen sinceramente sobre la historia cuando prohíbes a tu propia gente hacerlo?

Ya es hora de que China termine con esta contradictoria actitud hacia la historia y se enfrente a la represión de Tiananmen