• NOTICIAS

Un momento para llorar y un momento para bailar

De Conor Fortune London,

Conor Fortune, redactor de noticias de Amnistía Internacional que acaba de regresar de San Petersburgo

Ekaterina Khomenko, de 29 años, estaba degollada cuando un trabajador del servicio de limpieza la encontró en un coche con el motor aún en marcha en San Petersburgo a principios de ese mes.

Según algunos medios de comunicación, la policía sugirió inicialmente —por inverosímil que parezca— que podría haberse suicidado. Se ha abierto una investigación sobre la causa real de la muerte de la joven y las autoridades no descartan la posibilidad de que fuera agredida por su orientación sexual: Ekaterina era abiertamente lesbiana y daba clases de tango a parejas del mismo sexo.

En los días previos a su muerte, un conocido extremista había publicado palabras de odio y amenazas en la página de Ekaterina en una red social, en respuesta a una foto que ésta había puesto de dos mujeres abrazadas en el sensual baile argentino en una estación de metro de San Petersburgo.

Sea cual fuere el motivo, la muerte de Ekaterina desencadenó una onda expansiva en la pequeña pero activa red de organizaciones de lesbianas, gays, personas bisexuales y transgénero (LGBT) de San Petersburgo. Cuando me entrevisté con algunas de ellas esta semana, estaban visiblemente afectadas.

Lo triste es que están acostumbradas a la homofobia que con frecuencia se desborda convirtiéndose en agresiones. Y están acostumbradas a la mediocre respuesta oficial a la violencia contra las personas LGBT en Rusia. La legislación rusa sobre crímenes de odio no cubre los delitos que se cometen contra personas debido a su orientación sexual o su identidad de género, reales o percibidas.

Pero al mismo tiempo que los y las activistas LGBT reaccionaban ante esta tragedia con horror e indignación, están decididos a continuar la lucha para propiciar un clima más inclusivo en San Petersburgo y en toda Rusia. Quieren contribuir a la existencia de un clima en el que estén empoderados para vivir, para amar y para respirar libremente tal como son.

Esa es la motivación del QueerFest, que ya se ha convertido en un acontecimiento anual clave en San Petersburgo y que comienza hoy (18 de septiembre). En su sexto año de vida, y durante 10 días, el festival programará numerosas charlas, seminarios y actuaciones en dos sedes del centro de la ciudad.

O al menos eso es lo que esperan sus organizadores.

El año pasado, alrededor de 40 sedes diferentes declinaron su participación hasta que finalmente los organizadores encontraron una en las afueras de la ciudad. Polina Andrianova, directora de Выход (Salir del Armario) —grupo que organiza el festival— me dijo que este año espera conservar al menos una de las dos sedes previstas. Aunque el programa y los conferenciantes están planeados desde hace algún tiempo, dado el miedo y las amenazas que sufre la comunidad LGBT, no se anunciarán las sedes y otros detalles hasta el último momento.

Los problemas acechan en cada esquina para los organizadores de este tipo de actos, y suelen aparecer sin invitación.

No menos de cinco amenazas de bomba interrumpieron Bok o Bok (“Codo con codo”), el principal festival internacional de cine LGBT de Rusia, el pasado mes de noviembre. La organizadora Gulya Sultanova me contó que las autoridades aparecían a veces en medio de la proyección de una película y evacuaban todo el edificio para buscar explosivos después de que alguna persona no identificada llamara presuntamente quejándose. Invariablemente, no se encontraba ninguna bomba y las proyecciones se reanudaban una hora o dos después de la interrupción.

“Después de la primera vez, sabíamos que era falso”, dijo Gulya.

Y hubo otros intentos claros de boicotear el festival.

Aparecían grupos de jóvenes que trataban de entrar, en un intento claro de crear problemas. La participación de menores de edad en actos relacionados con los derechos LGBT era uno de los aspectos cuya prohibición se dio por supuesto en junio de 2013, cuando la Duma aprobó un proyecto de ley sobre “propaganda de la homosexualidad entre menores” que promulgó después el presidente Vladimir Putin. “Se dio por supuesto”, porque nadie parece estar totalmente seguro de hasta qué punto se extiende esa “propaganda” y la ley se ha aplicado en muy pocas ocasiones.

Pero el ladrido ha sido tan malo como la mordedura. La nueva ley ha creado miedos y presiones adicionales para las personas LGBT de todo el país. Los organizadores de eventos como Bok o Bok y el QueerFest viven bajo la amenaza de pagar severas multas si no incluyen avisos sobre la restricción de edad (para mayores de 18 años) en el material de promoción y garantizan que no participarán menores.

Según Gulya, en una ocasión, un grupo de jóvenes logró entrar en una proyección durante la última edición del festival Bok o Bok a pesar del control de pasaportes de la puerta. Una vez dentro, empezaron a gritar a los periodistas que asistían a la proyección que eran menores de edad y que estaban horrorizados por la información que estaban recibiendo. Intervino un destacado político homófobo de San Petersburgo que estaba presente, alegando que las organizaciones LGBT obligaban a los jóvenes a estar allí.

La estrambótica escena terminó pronto, pero unos 15 minutos después, la policía anunció que se había recibido una amenaza de bomba y que había que evacuar a todos los asistentes a la proyección.

Estas alteraciones son lo que los miembros de Bok o Bok esperan evitar durante el QueerFest. Está haciendo todo lo posible para garantizar que todo es “idóneo”, pese a las leyes cada vez más restrictivas. Los organizadores del festival caminan sobre la cuerda floja para garantizar que no infringen la ley y al mismo tiempo, no transmitir a la comunidad LGBT el mensaje de que están de acuerdo con lo que eso representa.

“El resultado más grave de [la ley sobre propaganda] es que justifica una actitud homófoba y da luz verde a la violencia homófoba”, me dijo Polina.

Esta es una tendencia que tanto ella como otras activistas LGBT luchan por cambiar.

“Estamos en Rusia, amamos nuestro país y estamos trabajando para mejorarlo. La defensa de los derechos humanos y de los derechos LGBT contribuye a hacer que la sociedad rusa sea mejor”, afirmó.

La meta: una sociedad donde se pueda celebrar un festival de cine sin amenazas de bomba. Una sociedad donde todos y todas tengan libertad para hablar de sí mismos, sin que eso se califique de “propaganda”. Una sociedad donde todos y todas puedan bailar un sensual tango, con la pareja que elijan, sin miedo a ser agredidos o asesinados por ello.

Pese a la rápida reducción del espacio para la libertad de expresión, muchas personas en Rusia alzan la voz. Entre el 6 y el 12 de octubre, los activistas y las activistas de Amnistía Internacional se solidarizarán con ellas durante una semana de acción para asegurar que los líderes de Rusia saben que el resto del mundo no va a permanecer en silencio. Pueden encontrar más información en www.amnesty.org/Speak-Out-Russia a partir del 1 de octubre.

Más información:
Rusia: La homófoba “ley sobre propaganda”, un ataque contra la libertad de expresión (comunicado de prensa, 25 de enero de 2013)