El día más sombrío de Egipto

De Mohamed Elmessiry Cairo,

Un año después de la matanza de más de 600 manifestantes en un solo día a manos de las fuerzas de seguridad egipcias, no ha sido procesado ni un solo agente. Mientras tanto, el sistema de justicia penal egipcio se ha apresurado a detener, juzgar y condenar a presuntos partidarios de Morsi en procesos masivos manifiestamente injustos. Han sido condenadas ya a muerte 232 personas, y los tribunales han recomendado también la pena capital para más de mil.

Mohamed Elmessiry, investigador de Amnistía Internacional sobre Egipto, presenció la masacre de la plaza de Rabaa al Adawiya y no ha dejado de hacer campaña para pedir justicia desde entonces.

Me despertó una llamada de teléfono a la siete de la mañana: “Ha empezado.”

Desde que comenzaron las protestas el 28 de junio de 2013, temía que llegara ese día. Al cabo de mes y medio, las fuerzas de seguridad egipcias habían perdido la paciencia. Llamé a un contacto que tenía en la plaza. “Están disparando un lluvia de balas reales contra nosotros, al azar –me dijo–. “Las fuerzas de seguridad están desmantelando las acampadas de las plazas de Rabaa Al Adaweya y Nahda”. Se oían los disparos al otro lado de la línea.

Un colega de Amnistía y yo fuimos rápidamente a la acampada de Rabaa. Intentamos entrar por todos los lados, pero, con el gas lacrimógeno y los disparos, era imposible. Probamos por la vía de salida de la calle Nasr, declarada “segura” por el Ministerio del Interior, pero incluso allí volaban las balas. En todas las calles había gente herida, tirada en el suelo, sangrando, o que llevaban a rastras a los portales de las casas para que los profesionales de la salud la atendieran.

Alrededor de las once de la mañana entramos en la mezquita de Al Salam, que está en una bocacalle, cerca de Rabaa. La habían convertido en hospital de campaña. Había al menos ocho cadáveres, todos con disparos en la cabeza o el pecho. Cada pocos minutos traían a otra víctima, en la mayoría de los casos alcanzada por munición real en el parte superior del cuerpo. Muchas morían desangradas a los 5 o 10 minutos, y las llevaban a un rincón de la mezquita, con los demás cadáveres.

Había un manifestante que había llevado allí a un amigo muerto. Nos contó que los habían atacado: “Las fuerzas de seguridad no han tenido piedad de nosotros. Han disparado gas lacrimógeno y perdigones durante los primeros 45 minutos, luego ha utilizado munición real al azar. Incluso han disparado contra quienes intentaban ayudar a los heridos. ¿Qué religión dice que dispares a mater contra gente inocente?”.

Recuerdo a otro hombre, de veintitantos años, a quien habían llevado a la mezquita con un tiro en la cara. Sangró por la nariz y la boca hasta morir. Minutos después, su madre lo llamó por teléfono. La mujer acababa de perder su última oportunidad de hablar con él.

Desde Al Salam intentamos ir al hospital general más próximo, pero los soldados nos lo impidieron. “No es un buen momento”, dijeron.

Fue al día siguiente cuando me di cuenta de la magnitud de la matanza. Se hizo patente cuando fuimos al depósito de cadáveres, a los hospitales y a la mezquita de Al Iman, donde habían llevado muchos de los cadáveres de Rabaa.

La policía afirma que no podía distinguir entre manifestantes pacíficos y violentos. “Tenemos vehículos de tecnología muy avanzada, ‘Sherda’, con cámaras de hasta ocho kilómetros de zoom –explicó a Amnistía Internacional un agente de la Fuerzas de Seguridad Central–. Así es cómo hemos diferenciado entre manifestantes armados y pacíficos cuando hemos hecho uso de la fuerza.”

Pero lo que vimos a continuación demostró que no lo habían hecho.

El depósito de cadáveres

Desde la calle principal hasta la entrada del depósito de cadáveres hay un sendero de alrededor de 400 metros de largo. Ese sendero estaba lleno de cadáveres, y de vehículos que traían todavía más, a la espera de la autopsia. Estaban baj0 sol de agosto de El Cairo. Vi a gente que lloraba mientras ponía hielo sobre el cuerpo sus familiares muertos para impedir que se descompusieran con el calor y pedía a dios que le diera paciencia.

Dentro reinaba el caos. Había cadáveres por todas partes, incluso en la oficina del director. Cuando nosotros llegamos, el depósito había practicado ya 108 autopsias. Tenía que hacer más de un centenar aún.

Quedé abatido al ver a la familia de la periodista y manifestante Habiba Abdel Aziz. La habían matado de un tiro, con munición real, en el pecho, y la familia había ido a recuperar el cadáver. Yo había hablado con ella hacía poco más de una semana, cuando me dijo:

“No soy de la Hermandad Musulmana y no les pertenezco […] Estoy manifestándome aquí porque no quiero que vuelva el gobierno militar. No me iré de esta acampada más que muerta o porque han restaurado a Morsi […] Voté a Mohamed Morsi, y es la primera vez que mi voto cuenta […] los militares no tienen autoridad para anular mi voto y destituir a un presidente elegido democráticamente.”

Habiba no iba armada cuando se disolvió la acampada: estaba totalmente en contra de toda forma de manifestación violenta. No fue más que uno de los centenares de manifestantes pacíficos muertos ese día.

Dejamos el depósito de cadáveres y nos dirigimos a la mezquita de Al Iman, situada cerca de Rabaa, en Ciudad Nasr, un distrito de El Cairo.

La mezquita

La mezquita hedía, de olor a muerte y a cuerpos en estado descomposición. Los cadáveres se amontonaban en el suelto y no se podía ni pasar. Al llegar contamos 98 muertos. En un rincón, un secretario llevaba un registro de los que llegaban y eran entregados luego a sus familias: 267 en total.

Había mujeres y niños entre ellos. También aquí, a casi todas las personas muertas les habían disparado con munición real en la cabeza y o en la parte superior del cuerpo.

Horrorizados, vimos que había seis cadáveres quemados en la mezquita. En algunos casos, la persona había ardido vida. Algunos estaban tan quemados que eran irreconocibles, así que la gente se preguntaba cómo iban a identificarlos sus familias.

Los médicos que había allí nos dijeron que esas personas habían muerto al quemar las fuerzas de seguridad sus tiendas de campaña o cuando incendiaron el centro médico. Uno de ellos contó así cómo le habían tratado las fuerzas de seguridad cuando asaltaron el edificio: “Un agente de seguridad me golpeó en la espalda con la culata del fusil y me mandó a empujones hacia las escaleras. Cuando salí del centro con los demás, las fuerza de seguridad le prendieron fuego.”

Otro miembro del personal médico dijo:

“Las fuerzas de seguridad estaban asaltando el centro y vi francotiradores vestidos de negro en los tejados de los edificios próximos. Luego las fuerzas de seguridad nos obligaron a salir y tuvimos que dejar allí a los enfermos y los cadáveres. Espero que no siguieran ahí cuando las fuerzas de seguridad incendiaron el centro médico.”

El Consejo Nacional de Derechos Humanos sitúa la cifra de civiles muertos en 632, y afirma que la mayoría eran manifestantes que se vieron atrapados en medio de los disparos.

Algunos manifestantes de Rabaa al Adawiya reconocieron a Amnistía Internacional que habían lanzado piedras y cócteles Molotov, prendiendo fuego a vehículos policiales, para intentar impedir que los dispersaran. Y no cabe duda de que, una vez levantadas las acampadas, algunos partidarios de Morsi hicieron uso de la violencia, incluso con armas de fuego, para lanzar ataques contra el edificio de gobernación de Giza, comisarías de policía y personal de seguridad.

Pero no por ello tenían las fuerzas de seguridad carta blanca para disparar de manera indiscriminada contra los manifestantes.

Durante los últimos doces meses, Amnistía Internacional ha pedido reiteradamente al gobierno egipcio que realice una investigación imparcial e independiente sobre el uso excesivo de medios letales por parte de las fuerzas de seguridad el 14 de agosto. Pese a haber gran cantidad de indicios convincentes de implicación del ejército egipcio en el homicidio de manifestantes, ni un solo agente de seguridad ha sido procesado por ese suceso, el más sangriento de la historia reciente de Egipto. Esta impunidad constituye una afrenta a la humanidad. Egipto debe llevar a los responsables ante la justicia.

Más información: 

Una semana de violencia y toque de queda (blog, 21 de agosto de 2013)
Urge una investigación imparcial sobre el terrible derramamiento de sangre de Egipto (comunicado de prensa, 16 de agosto de 2013)
Egipto: Moría gente a todo mi alrededor (informe, 16 de agosto de 2013)
Egipto: Las fuerzas de seguridad deben evitar más derramamientos de sangre (comunicado de prensa, 14 de agosto de 2013)