Correr contra corriente en Perú

De Graciela Tiburcio Loayza

La periodista peruana Graciela Tiburcio Loayza, de 23 años, sobre su camino hasta convertirse en activista de los derechos de las mujeres.

Podría decirse que mi activismo comenzó cuando era una niña. Pese a mis inseguridades, señalaba las injusticias cuando las veía. A menudo esto me causaba problemas. En secundaria, cuando me negaba a seguir a las otras chicas, sufría acoso escolar. A veces me sentía realmente sola.

Hace unos años, la situación económica de mi familia cambió y tuve que mudarme a uno de los distritos más pobres de Lima. Me di cuenta de que había grandes diferencias en nuestra sociedad. Mudarme a Villa María del Triunfo cambió no sólo mi visión del mundo, sino también la manera en que la gente me veía a mí. Los que eran mis amigos dejaron de relacionarse conmigo y quienes decían que me amaban dejaron de apoyarme. Esto me afectó mucho. Al mismo tiempo conocí a personas de gran corazón que nos ayudaron a mí y a mi familia a seguir adelante a pesar de nuestras dificultades.

Un folleto con una vela

Cuando comencé en la universidad, me di cuenta de que las injusticias que había vivido no eran nada comparadas con lo que mis compañeros y compañeras de clase habían pasado. Dedicarme al periodismo me permitió conocer a gente de las comunidades de lesbianas, gays, bisexuales y personas transgénero e intersexuales (LGBTI) y enterarme de la discriminación que sufren.

Yo también sufría discriminación por ser mujer. Cada día, en mis tres horas diarias de viaje a la universidad, sufría el acoso de hombres jóvenes y viejos. Muchos de mis profesores también hacían bromas sexistas. En una ocasión le dije a un profesor que eso no era divertido. No respondió.

Un día vi un folleto con información sobre una maratón llamada “Corre contra corriente”. En una esquina del folleto había una imagen de una vela rodeada de alambre. Decidí buscar más información, y fue entonces cuando descubrí a Amnistía Internacional.

Me prometí que mi voz hablaría por todas las voces que eran silenciadas.
Graciela Tiburcio Loayza

La primera actividad a la que asistí fue un flashmob con motivo del Día Internacional contra la Homofobia. Fue inolvidable. Conocí a gente que compartía conmigo los mismos ideales y por primera vez no me sentí sola, por primera vez sentí que podía identificarme con otras personas y sentirme segura. Fue entonces cuando decidí ser agente del cambio. A partir de ese momento decidí que no volvería a tener miedo de expresar abiertamente mis ideas. Me prometí que mi voz hablaría por todas las voces que eran silenciadas.

Por la misma época en la me uní a Amnistía, muchas organizaciones en el país recopilaban firmas para impulsar un proyecto de ley para la despenalización del aborto en casos de violación. En Amnistía Internacional nos dijeron que nosotros, como organización, íbamos a apoyar esa iniciativa a través de la campaña Mi Cuerpo Mis Derechos. Me pareció perfectamente lógico y no tuve ninguna duda en participar. Fue entonces cuando me di cuenta que todas y todos debíamos apoyar la elección de las mujeres.

Insultos y amenazas

No siempre era fácil. Cuando hacíamos campaña por el derecho al aborto, la gente gritaba: “Ojalá tu madre te hubiera abortado a ti”, o “No sabes nada, eres demasiado joven”. Algunas amigas mías llegaron a ser amenazadas de violación. Afortunadamente, mi familia siempre ha apoyado mi activismo, incluso cuando les resultaba difícil comprender ciertos temas, como el matrimonio gay. El apoyo de mi familia y mis amigos me ha hecho seguir adelante.

También participo en la campaña de Amnistía “Contra su voluntad”, que exige justicia y reparaciones para las mujeres indígenas que fueron objeto de esterilización forzada en la década de 1990. Muchas organizaciones vienen haciendo la misma petición. Sin embargo, Amnistía Internacional Perú fue la primera en pedir un registro nacional donde puedan inscribirse para obtener realmente justicia.

No importa cuántas veces caigas, siempre puedes volver a empezar.
Graciela Tiburcio Loayza

Nuestro trabajo no es en vano

Este año he viajado fuera de Perú por primera vez. Amnistía me ha brindado la oportunidad de asistir a la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer, de la ONU. Cuando entré en el edificio de las Naciones Unidas, me sentí realmente orgullosa de mí misma por el duro trabajo que he realizado hasta ahora. También me sentí muy agradecida a Amnistía por encomendarme la representación de nuestro movimiento en este espacio. Sobre todo, deseo que más activistas puedan tener esta clase de oportunidades. Es una ocasión perfecta para poner en la agenda la realidad de las mujeres y niñas, no sólo de Perú sino de toda América Latina. Para mí es un honor poder hacerlo.

Cuando regrese a Perú, compartiré lo que he aprendido aquí y prepararé a nuevos activistas para que también puedan participar en el futuro. Formar parte de una delegación de Amnistía Internacional en la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer me ha brindado la oportunidad de comprender que no estoy sola en esta lucha, que son muchas las personas y organizaciones que trabajan para alcanzar las mismas metas. Este es el mensaje que quiero compartir: nuestro compromiso y nuestro trabajo no es en vano, y nuestra lucha tendrá resultados positivos que las generaciones futuras podrán disfrutar.

No importa cuántas veces caigas, siempre puedes volver a empezar. Siempre habrá gente a tu lado que te dará fuerza y luchará junto a ti.

Mi Cuerpo Mis Derechos es una campaña global de Amnistía por los derechos sexuales y reproductivos. Ahora estamos pidiendo a Irlanda que cambie su legislación sobre el aborto. Firma nuestra petición hoy.