Educación en la miseria: la población siria refugiada en Harmanli

De Krassimir Yankov

“Ahora es mi turno para enseñar inglés a los niños”, me dijo hace poco Mohammad Hussain una gélida noche de enero en el campo de refugiados de Harmanli, en Bulgaria. Dimos un corto paseo hasta el aula improvisada cerca de allí.

Mohammad procura ponerse ropa que abrigue mucho y un gorro de invierno para dar sus clases. También los niños van forrados de ropa de la cabeza a los pies cuando se acurrucan unos contra otros sobre el suelo de cemento. Colchones viejos les sirven de pupitres, aunque una escuela de la zona ha prometido donar su antiguo mobiliario en breve. En una de las paredes pintadas apresuradamente de blanco hay colgado un mapa con la fauna de las montañas búlgaras.

“No tengo ningún libro que pueda usar, pero es mejor hacer algo que quedarse sentado esperando sin más” explica con una sonrisa. La lección, en el mejor de los casos, es pura improvisación. Varias decenas de niños y niñas acudieron esa tarde para escuchar lo que Mohammad tenía que decir.

El joven, de 23 años y procedente de la ciudad siria nororiental de Qamishli, forma parte de un cuerpo docente informal formado por estudiantes y jóvenes profesionales sirios. Con la ayuda de voluntarios búlgaros y un aula donada por el Estado, han creado una escuela informal dentro del campo de Harmanli, basada en los métodos tradicionales del aprendizaje comunitario. Más de 250 niños y niñas de todas las edades han empezado a estudiar matemáticas, biología, inglés e informática entre otras asignaturas básicas.

“Estábamos siempre afuera, sin nada que hacer”, cuenta una niña llamada Maha. Agradece la oportunidad de aprender algo. “Pero ahora vamos a la escuela y es interesante.”

La falta de actividad provechosa es un problema para los adultos también, porque Harmanli es un campo cerrado y no están autorizados a salir de él para buscar empleo. Una de las razones que impulsaron a Mohammad a dar clases es que le ayuda a entretenerse. “Estoy harto de estar aquí pudriéndome.
Los dos meses anteriores lo único que hacía era levantarme, comer y no hacer nada. Quiero salir, quiero ver gente”, me dijo.

Otros han optado por el deporte y la música. Alguien les ha donado balones y camisetas de colores. Enseguida se organizó una liga de fútbol en la que participan más de 10 equipos. Los “Halcones de Qamishli” triunfaron tras vencer la resistencia numantina del “África Unida”. Se interpretaron música y danzas folclóricas tradicionales mientras los jugadores celebraban la victoria.

Más de 1.600 personas viven actualmente en el antiguo cuartel militar de Harmanli. Es el mayor campo de refugiados de Bulgaria. El gobierno tiene previsto ampliarlo para dar cabida a 4.000 residentes ante las expectativas de afluencia de refugiados para este año.

La mayoría de los solicitantes de asilo son sirios. También hay grupos más reducidos de africanos y afganos. Está prohibido el acceso al campo y la policía búlgara vigila su perímetro a todas horas.

Hasta hace poco nadie podía salir del campo sin el documento preceptivo, que sólo se podía conseguir una vez iniciado el procedimiento de asilo. Pero, durante meses, Harmanli careció del personal y las capacidades técnicas necesarias. Eso ha dado pábulo a rumores de corrupción, aunque las autoridades búlgaras lo niegan. Mis intentos de confirmarlo no dieron ningún resultado.

Uno de los temas más comentados es el denominado “kart akhdar”. Es lo que los residentes del campo llaman “el papel verde”, que les otorga identidad en Bulgaria y les permite salir del campo en horario diurno. Conseguirlo es el primer paso para ver reconocida la condición de refugiado.

Lo que muchos de los refugiados no saben es que una vez que hayan recibido los documentos definitivos, deberán abandonar el campo para siempre y buscar alojamiento en otro lugar.

Ése es el desafío al que pronto tendrán que enfrentarse todos los refugiados. Algunos sencillamente no disponen de medios económicos para sobrevivir. El Estado búlgaro no ofrece ayuda material a las personas en el programa de integración nacional. Este programa se limita a 60 personas nada más, cuando sólo en 2013 entraron en el país más de 10.000 solicitantes de asilo. Todavía no hay un nuevo programa preparado.

Los únicos que tienen dinero se encuentran con otra dificultad: Los arrendadores búlgaros fijan precios exorbitantes o simplemente se niegan a alquilar su propiedad. “La gente teme que los extranjeros destrocen sus casas y no les paguen el alquiler”, me explicó un funcionario en Harmanli que quiso permanecer en el anonimato.

Conforme se vaya concediendo el asilo a más gente, el problema de la vivienda irá en aumento. Y se espera que lleguen más refugiados. Las autoridades búlgaras no disponen de datos exactos, pero reconocen que no es probable que sea una cifra inferior a la de 2013. Eso significa que probablemente otras 10.000 personas buscarán refugio en el país.

El maestro Mohammad dice que lamenta haber abandonado Siria. “Mi novia sigue allí. Estoy muy preocupado.” La menciona cada vez que hablamos de su hogar. Para él, Bulgaria y la Unión Europea han resultado ser una pesadilla: “Esto no es vida. Quiero regresar.”