“Si un africano muere aquí, a nadie le importa” Abusos contra personas migrantes y refugiadas detenidas en Libia

Equipo de investigación de Amnistía Internacional

El invierno había llegado a Libia y sus catastróficos efectos eran evidentes en uno de los centros de detención para migrantes más grande del país. Las personas refugiadas y migrantes recluidas en el centro próximo a Gharyan, unos 80 kilómetros al sur de Trípoli, necesitaban desesperadamente ropa, mantas y colchones.

El centro, dirigido por la Novena Brigada –milicia teóricamente subordinada al Ministerio de Defensa–, no disponía de ambulancia, agua potable ni un sistema de alcantarillado en condiciones. El comandante al mando explicó que, cuando se había quejado a la Oficina del Primer Ministro sobre las carencias del centro, le habían dicho que no eran prioritarias. Al parecer, el motivo de que no se traspasen las competencias del centro a la autoridad del Estado es una disputa con el Ministerio del Interior.

Hacinados en duras condiciones
Situado en un lugar de difícil acceso en las estribaciones de los Montes Nafusa, el centro de detención se compone de 20 hangares metálicos con capacidad para albergar hasta un total de 3.000 detenidos. Cuando lo visité en noviembre se alojaban allí unos 1.250 migrantes procedentes de países como Chad, Níger, Sudán, Eritrea, Somalia, Gambia, Malí, Nigeria, Senegal, Egipto, Pakistán, Bangladesh y Togo. Bajo custodia, los migrantes por motivos económicos y los refugiados reciben el mismo trato y tienen la misma sensación de agotamiento; da igual si vinieron a Libia en busca de empleo o huyendo del conflicto y la persecución.

Dentro hacía un frío insoportable. Estos hangares, pobremente aislados, no fueron diseñados para alojar personas durante largos periodos y apenas les sirven de refugio frente a los bruscos cambios de temperatura que se registran en Libia.

A los internos no se les permite salir del centro. Su único acceso a la luz del sol y al aire fresco es a través de los barrotes metálicos de la puerta.

Muchos nos dijeron que, a su llegada al centro, los guardias les habían confiscado los zapatos y los habían quemado para que no pudieran escapar. A quien intenta fugarse, los guardias lo golpean con barras metálicas y tubos de plástico y lo obligan a revolcarse en agua sucia mientras lo patean con sus botas.

Otros contaron que los guardias solían disparar al techo dentro de los hangares para intimidarlos y que, en algunos casos, disparaban directamente contra ellos. Obiezi, inmigrante nigeriano de 24 años, nos enseñó una herida de bala en su cadera. Dijo con resignación: “Si un africano muere aquí, es lo normal. A nadie le importa.”

Otros denunciaron que los castigaban siempre que pedían asistencia médica. Mohammad, otro migrante nigeriano, recordaba así su experiencia:
“Hace unos dos meses, yo estaba tiritando de frío. Tenía las manos rígidas y no podía moverme. Mis amigos empezaron a hacer ruido para que los guardias hicieran caso. Finalmente vinieron y me llevaron al hospital. Después de que me viera el médico, los guardias me llevaron a un despacho y allí me dieron golpes por todo el cuerpo, sobre todo en los muslos por delante. Me golpearon con barras de hierro y me sacudieron con una manguera en los pies y los muslos.”

Las personas recluidas en el centro que no eran musulmanas parecían las más expuestas a sufrir abusos. Un cristiano de Eritrea dijo que los guardias lo habían atacado y amenazado con pistolas al verlo rezando en su hangar. Inmigrantes cristianos de Nigeria denunciaron que los guardias les lanzaban piedras siempre que los veían rezar.

Identificamos a unos 20 menores de edad no acompañados de Somalia y Eritrea –algunos de sólo 12 años– que estaban recluidos junto a varones adultos.

Violencia de género
En el centro de detención para inmigrantes de Soroman, dirigido por el Ministerio del Interior, las mujeres internas también sufren abusos. Durante una visita realizada el pasado mes de septiembre, mujeres refugiadas y migrantes contaron que habían sufrido registros corporales sin ropa a manos de agentes varones.

Una nigeriana, embarazada de cuatro meses en aquel momento, describió así la agresión a la que fue sometida por los guardias, quienes la acusaban de haber usado un teléfono:
“Un guardia empezó a registrarme y me quitó la camisa. Me quitó los pantalones y también la ropa interior [...]. Luego sacó un tubo de plástico, lo colocó entre mis piernas y empezó a agitarlo contra mis partes íntimas para comprobar si ocultaba un teléfono”.

Más tarde la golpearon con una tubería, la obligaron a mantener el equilibrio sobre una pierna y la azotaron en los pies cuando se cansó y bajó la otra pierna al suelo.

Según contó una joven chadiana de 16 años, a ella también la habían sometido a un registro corporal sin ropa al llegar al centro:
“Los guardias me pusieron las manos en sitios que un hombre no debe tocar. No deberíamos tener guardias varones [...]. Me obligaron a quitarme la ropa interior”.

Muchas rutas a la detención
Algunas de las personas refugiadas y migrantes que permanecen detenidas en más de 20 centros repartidos por todo Libia fueron interceptadas en el mar por guardacostas libios cuando intentaban cruzar el Mediterráneo; otras fueron detenidas arbitrariamente por diversas milicias afiliadas al Estado que se formaron durante el conflicto armado de 2011.

A pesar de que no están sujetas al control directo del Estado, la aparente falta de supervisión no ha impedido a las fuerzas de seguridad libias cooperar con la Novena Brigada, por lo que se siguen llevando refugiados y migrantes al centro constantemente.
Algunos migrantes y refugiados afirmaron que habían sido entregados por empleadores que se habían negado a pagarles su sueldo al término del trabajo.

Muchos nos contaron que, en Libia, tener documentación válida sirve de poco y no evita una detención arbitraria. Tigani, migrante en Trípoli de origen togolés, dijo que la policía había irrumpido en su casa hacía más de un año. Cuando les había enseñado su pasaporte, que contenía un visado válido, ellos lo habían roto en pedazos y habían practicado la detención de todas formas.

Detención por tiempo indefinido
Una vez privados de libertad, los extranjeros que están en situación irregular en Libia nunca comparecen ante un juez, y a veces tienen que esperar durante meses a ser expulsados. Aquellos cuyos países no tienen misión consular en Libia, o los refugiados que no pueden volver a casa porque corren peligro real de persecución, pueden permanecer detenidos por tiempo indefinido. Al no haber solución alternativa, son trasladados de un centro a otro por todo el país.

Nos preguntábamos qué razones podía tener el comandante de la Novena Brigada para haber elegido semejante destino. Aseguraba que no cobraba ningún sueldo del Estado. Cuando se lo preguntamos, nos respondió sin vacilar que tenía el deber y la obligación nacional de proteger a las mujeres libias del crimen y la brujería, delito del que se acusa habitualmente a las migrantes africanas subsaharianas.

Este grado de xenofobia descarada y desgobierno fue posiblemente lo que más nos alarmó de todo.

Cuando regresamos a Trípoli, estábamos agotados. Habíamos escuchado tantos relatos parecidos… y seguro que volveremos a oírlos cuando regresemos a Libia. Las ONG y los países donantes pueden hacer algo más para mejorar las condiciones en los centros de detención para migrantes como el de Gharyan. Con la ayuda de las organizaciones humanitarias, algunos refugiados posiblemente terminarán por conseguir su liberación. Otros pagarán sobornos para poder salir. Es posible que algún día se traspasen las competencias del centro a las autoridades del Estado.

Pero en Libia se seguirá deteniendo arbitrariamente, recluyendo y sometiendo a abusos a ciudadanos extranjeros mientras las autoridades no adopten medidas concretas para poner fin a estas prácticas. Deben hacer frente a la xenofobia, adoptar medidas adecuadas de protección y una política coherente para proteger los derechos de las personas refugiadas y migrantes, y regularizar su situación.

Sin un sistema eficaz de determinación de los casos de asilo y sin una legislación adecuada, las personas refugiadas en Libia seguirán sufriendo detención indefinida en condiciones terribles.

Más información:
Señal de alarma a Libia por la tortura y las muertes bajo custodia (blog, 2 de octubre de 2013)
Malta debe permitir el desembarco de migrantes rescatados en el mar tras huir de Libia (comunicado de prensa, 6 de agosto de 2013)
Libia: Muertes de detenidos en medio de torturas generalizadas (comunicado de prensa, 26 de enero de 2012)
La reputación de la nueva Libia, empañada por los abusos a detenidos (noticia /informe, 13 de octubre de 2011)