“Dije una oración por la protección de la casa; pedí que permaneciera, que esperase nuestro regreso”: Notas de un viaje al sur de Líbano

El estallido del conflicto ha tenido un impacto devastador en los derechos humanos de millones de personas de todo Oriente Medio y afecta a la población civil de al menos 12 países. Más de 5.000 personas han perdido la vida, decenas de miles han resultado heridas y millones se han visto desplazadas en toda la región.

En Líbano, han muerto al menos 2.567 personas, 103 de ellas miembros del personal sanitario. Pese al frágil alto el fuego, los ataques han continuado en los últimos días. Las fuerzas israelíes conservan el control de territorios en el sur de Líbano, donde destruyen deliberadamente infraestructura civil y casas.

Bissan Fakih, responsable de campañas de Oriente Medio y el Norte de África en Amnistía Internacional, cuenta su primer viaje a su casa familiar en el sur de Líbano en medio del precario alto el fuego.

Me sentí aliviada cuando cruzamos el puente provisional en Qasmiye, construido apresuradamente después de que los ataques aéreos israelíes lo destruyeran, pero fácil de atravesar en coche. También quería decir que me estaba acercando a casa. Los ataques aéreos israelíes habían volado uno detrás de otro los puentes sobre el río Litani que conectan el sur de Líbano con el resto del país.

Con el alto el fuego de 10 días de la guerra entre Israel y Hezbolá a punto de expirar, había decidido conducir hasta la ciudad costera meridional de Tiro para ver cómo estaba mi casa familiar y la ciudad en caso de que fuera bombardeada de nuevo.

El personal de rescate sigue buscando cadáveres

Llegué al lugar donde se había producido un ataque aéreo israelí, en una calle frente al mar de Tiro que suele estar muy animada. El ataque se produjo apenas minutos antes de la entrada en vigor del alto el fuego, la medianoche del 17 de abril. Imagino que la gente que vivía en esos edificios creía que había sobrevivido a la guerra. El personal de rescate seguía buscando cadáveres. Dijeron que el ataque había matado a 26 personas.

Un hombre que estaba en el lugar me dijo que todavía quedaba una persona bajo los escombros. Señaló a un rescatista de aspecto cansado de los Risala Scouts —organización de defensa civil— que dirigía el que ya era el quinto día de búsqueda y dijo que podría responder a mis preguntas. Le dije unas palabras en señal de respeto teniendo en cuenta por todo lo que él y sus colegas habían pasado. Decenas de miembros del personal sanitario y de primera intervención de Líbano han muerto en ataques aéreos israelíes desde el 2 de marzo de 2026, y aun así siguieron arriesgándose para salvar vidas.

Un hombre que hablaba con un periodista en las proximidades señaló una serie de líneas tatuadas en su brazo derecho. Señaló línea por línea gritando “¡fallecido!” en cada una. Eran los nombres de los miembros de su familia. “Solo queda este… Ellos no son Hezbolá, ¿dónde está Hezbolá?”

La mayoría de los coches y motocicletas junto a los que pasé llevaban pegadas las fotos de personas que habían muerto en los combates. En las escasas horas que estuve allí, hubo tres funerales. Todo Tiro parecía un gran funeral, y supuse que así era todo el sur de Líbano. En un pueblo situado a poca distancia en coche, estaban enterrando a la periodista Amal Khalil, que había muerto la víspera en los ataques aéreos israelíes pese al denominado alto el fuego.

Cerca, un lugar de enterramiento temporal usado en la guerra de 2024, tenía filas de tumbas numeradas recién excavadas para personas que no habían podido ser enterradas en sus pueblos ancestrales porque los soldados israelíes siguen reteniéndolos como parte de una “zona de seguridad”.

Pese a los escombros que nos rodeaban, Tiro, ajena a todo o por un acto de bondad maternal, lucía en todo su esplendor de abril, con sus cielos azules y un agua cristalina y azul, y las palmeras meciéndose.

Hogar

Mi abuela llevaba muerta muchos años ya, pero la casa aún olía a ella cuando abrí la puerta. No había nadie: mi familia estaba desplazada en mi casa en Beirut, como parte del más de un millón de personas que habían sido desplazadas desde el 2 de marzo por las órdenes de evacuación masiva de las fuerzas armadas israelíes, excesivamente amplias.

Casi me da un infarto al oír una explosión próxima al pensar automáticamente que era un ataque aéreo. Pero entonces me di cuenta de que eran probablemente los israelíes detonando casas en los pueblos cercanos. Alivio seguido de angustia. Israel mantiene lo que denomina zona de seguridad varios kilómetros dentro de Líbano y el ejército israelí está destruyendo infraestructura civil y volando casas en ella.

El alto el fuego se mantenía aún en nuestro barrio, pero estar en un edificio vacío hacía que me sintiera tensa, así que trabajé rápido.

Llené una bolsa enorme con fotografías sueltas. Había decidido que en las vacaciones de invierno iba a organizar nuestras fotos familiares en álbumes y llevarlas a mi casa en Beirut, temiendo que pudieran ser destruidas en otra ronda de combates, pero no las había revisado todas. También agarré algo de ropa de abrigo para mi abuelo, pues el tiempo había cambiado durante su desplazamiento, y algunos soportes para tartas de mi madre a los que llevaba tiempo echándoles el ojo sin atreverme a pedirlos o llevármelos, antes de cerrar la casa.

Besé el marco de la puerta antes de irme y dije una oración por la protección de la casa; pedí que permaneciera, que esperase nuestro regreso”. Y luego, supersticiosamente, me arrepentí; siempre había salido de esta casa con despreocupación. Quizá lo había gafado al darle tanto significado a la despedida.

Vivir la guerra que estamos documentando

Todos los miembros del equipo de Amnistía Internacional en Beirut se han visto afectados de una u otra forma. Algunos acogemos a personas desplazadas; otros han sido desplazados. Las personas encargadas de las investigaciones y de las campañas que cubren violaciones de derechos en Líbano están viviendo la guerra que están documentando.

Días como el Miércoles Negro, el 8 de abril, cuando las fuerzas israelíes mataron a más de 357 personas en ataques aéreos en todo Líbano, incluidas zonas civiles concurridas de Beirut, se acercaron peligrosamente a nuestras casas y nuestra oficina.

Al mismo tiempo que oímos los ataques aéreos y sentimos preocupación por nuestra propia seguridad y la de nuestras familias, nos preocupa la seguridad de las personas en cuyos casos estamos trabajando de toda la región, y continuamos haciendo ese trabajo.

Pese al frágil alto el fuego, la preocupación y el dolor no han remitido. La destrucción de casas y las muertes de civiles en el sur de Líbano, incluido personal de primera intervención, continúa. Drones de vigilancia israelíes sobrevuelan también Beirut: un repugnante recordatorio de que la muerte desde el cielo podría volver a visitar nuestras casas y lugares de refugio en cualquier momento.

Mi familia está deseando regresar a casa, estar en nuestro balcón, ver a nuestros vecinos y vecinas, y disfrutar de los aromas y la comodidad del sur. Eso no puede ocurrir hasta que tengamos un alto el fuego real y duradero, y la retirada total de las tropas israelíes de Líbano.

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