“La familia, el fútbol y la Copa Mundial deben dar cabida a todo el mundo”

Reflexiones de un organizador comunitario trans en Beirut

Y. es un hombre trans libanés radicado en Beirut. Es un destacado activista sobre la justicia de género. También es artista, escritor y organizador comunitario.


Cuando era niña, sentía una especie de malévolo placer en ponerme en la piel de mi padre durante la Copa Mundial masculina. Cuando veíamos los partidos juntos, yo animaba deliberadamente a Alemania, el archirrival de su adorado Brasil, sólo para provocarle.

En cada Copa Mundial, Beirut, capital de Líbano, se transformaba, y sigue haciéndolo, en un mosaico de banderas colgadas en balcones, comercios e incluso automóviles. España, Francia, Inglaterra, Italia y, por supuesto, Alemania y Brasil: los dos equipos que más pasión despiertan. Es un espectáculo llamativo en un país moldeado por tantas oleadas de colonización.

El fútbol siempre ha sido el hilo que me unía a mi padre, un hombre de pocas palabras. No hablaba demasiado, pero compartíamos una comprensión tranquila: veíamos los partidos uno al lado del otro, en televisión, o a veces en uno de los pocos estadios libaneses. El fútbol era nuestro idioma de amor.

Yo tenía 13 años cuando sonó el silbato de la final de la Copa Mundial entre Brasil y Alemania el 30 de junio de 2002 en el Estadio Internacional de Yokohama (Japón). Recuerdo como si fuera hoy nuestra reunión familiar: tíos, tías, primos y primas de todas las edades, bullendo con el tipo de excitación que sólo los niños son capaces de experimentar, rodeados de un montón de comida y bebidas. Ante aquella pantalla, todos volvíamos a la infancia. No había diferencia entre jóvenes y mayores, mujeres u hombres.

Un grupo de hinchas hondea banderas de Brasil en Líbano.
Los hinchas libaneses del equipo brasileño celebraron en Beirut el 30 de junio de 2002 la victoria de Brasil ante Alemania por 2 a 0 en la final de la Copa Mundial en Yokohama.

Aquel día, Brasil, con dos goles, ganó su quinto título. A mí me quedó una callada amargura y decidí, en aquel momento, dejar de animar a Alemania. ¿Por qué confiar mi corazón a alguien que no lo cuidaba?

Ese mismo año, era la única niña de la escuela que no sólo amaba el fútbol, sino que era buena jugándolo. Najwa era la única que estaba a mi nivel. Era unos años mayor que yo, pero éramos muy parecidas, tanto en nuestra forma de ser como en nuestro aspecto “masculino”.

Por fin me sentía a gusto en mi cuerpo

Durante años, Najwa y yo soportamos las objeciones y las duras críticas del profesorado, que nos instaba a dejar de jugar al fútbol “como chicos”. Como chicas, se esperaba de nosotras que nos limitáramos a ser espectadoras.

Pero, sinceramente, nada de aquello me importaba. En lo más profundo de mi ser tenía la convicción inquebrantable de que el fútbol pertenecía a todo el mundo, sin excepción. No comprendía a qué venía tanto jaleo, ni por qué mi padre dijo una vez, con decepción y frustración: “Ya eres una joven. ¡Deja de jugar al fútbol como los chicos!»

Él y mi madre trataron de orientarme hacia otras pasiones, como el baloncesto o el tenis, deportes que consideraban “más femeninos”. Recuerdo quedarme allí, con un desgarro en mi interior. Debía decirle a mi padre, “¡¿qué diferencia hay entre una chica y un chico, al fin y al cabo?!”, o confesarle: «Es que en realidad soy un chico, papá».

Opté por callar.

Pero en la escuela no me quedé en silencio. Junto con Najwa, lancé una campaña llamada “Fútbol para todos”, en la que pedíamos que el gobierno y el profesor de educación física formaran un equipo de chicas. Tras una buena cantidad de burlas y acoso, la escuela finalmente cedió y encargó al Sr. Aref que formara el equipo. Pero no nos dieron balón, ni tiempo, ni un apoyo real. Nuestro equipo se convirtió en poco más que un chiste.

En lo más profundo de mi ser tenía la convicción inquebrantable de que el fútbol pertenecía a todo el mundo, sin excepción.

Y, artista, escritor y organizador comunitario

Pese a todo, me negué a dejar de jugar al fútbol. Hasta que, un día, vi a Najwa como nunca la había visto: con un vestido rosa, el cabello pulcramente recogido y unos largos pendientes que le acariciaban las mejillas. Se me acercó en el campo, dubitativa, con una mirada de pesar, y me dijo: “Mi padre me ha prohibido jugar. Lo siento”.

Aquel fue el último día que jugué al fútbol. Después de aquello, hasta mi amor por el juego se desvaneció, y con él mi emoción por los partidos y la Copa Mundial.

Todo el mundo a mi alrededor estaba encantado. Sólo yo llevé conmigo esa tristeza durante años.

Durante la mayor parte de mi vida, sufrí un arraigado sentimiento de temor, dolencias inexplicadas, miedos irracionales y una ansiedad que me debilitaba. Mi propia identidad de género estaba tan reprimida que sólo pude «admitirla» ante mí mismo cuando tenía 29 años. Con la sólida compañía y el apoyo de mis amistades queer y feministas, poco a poco exploré mi masculinidad, como un muchacho que atraviesa la pubertad. Primero probé a cambiar mis pronombres al masculino, y me encantó. Luego, bajo supervisión médica, empecé mi terapia de reemplazo hormonal. En unos meses, por fin me sentía a gusto en mi cuerpo.

Guerra y pérdida en Líbano

Ahora soy un hombre de 37 años que vive en la que se considera una de las zonas más seguras de Beirut.

Cuando las primeras bombas israelíes cayeron en los suburbios de Beirut, donde vive mi familia, eran más o menos las tres de la madrugada del 2 de marzo de 2026. Inmediatamente llamé a un taxi para que recogiera a mis padres, y luego salí al balcón a esperar su llegada.

Cuando el automóvil se detuvo, salieron despacio, agotados. Por décima vez en mi vida, les vi cargando con bolsas llenas de sus pertenencias y sus documentos esenciales, huyendo de su hogar. Sin embargo, esta vez parecían más mayores y necesitaron mi ayuda para subir todo hasta mi casa. Había una cuestión que me rondaba todo el rato: si la guerra se alarga y se extiende, ¿seguiremos pudiendo llegar al hospital para el tratamiento de mi madre? ¿Seguirá habiendo medicinas?

Coches aparecen destrozados mientras un bloque de pisos, cubierto de hollín negro, se desmorona.
Los bomberos intentan apagar un incendio tras un ataque israelí contra el barrio de Corniche al-Mazraa, Beirut, 8 de abril de 2026.

Durante los primeros días, todavía afectado por el shock de la guerra y sus aterradores sonidos, aún no era plenamente consciente de lo que significaba tener a mis padres viviendo conmigo otra vez, siete años después de mi transición de género. Nuestra relación había seguido caminos muy sinuosos, moldeados por la cercanía y la lejanía, la aceptación y el rechazo, el reconocimiento y la negación, la ternura y el distanciamiento. Durante años, nuestra relación se había cortado por completo, mientras hacía mi transición.

La última vez que habíamos vivido bajo el mismo techo yo tenía 19 años. Ahora tenía que readaptarme a la fijación de mi madre con la limpieza y el orden, su insistencia en colocar las alfombras de determinada manera, y el hábito de mi padre de monopolizar el sofá y el televisor. Las misma noticias e imágenes en bucle, como si la repetición pudiera aliviar el dolor.

Una tarde vi que tenía a su lado un montón de papeles. El mismo mapa, impreso tres veces, una de ellas ampliado. Nuestro pueblo y nuestra casa arrasados y reducidos a una imagen de satélite. Es la tercera vez en su vida que mi padre pierde sus tierras. Expulsión, ocupación, devastación. Tres copias. Tres ocupaciones. La repetición nunca alivia el dolor.

La familia y el fútbol deben dar cabida a todo el mundo

Mis padres me hacen reír. Tienen un sentido del humor maravilloso, aun sin pretenderlo.

Mi casa está llena de calor. Y de pronto, me descubro observando. Pronuncian mis pronombres bien y, cuando se equivocan, se disculpan y se corrigen inmediatamente. Compartimos café por la mañana y té por la tarde, nos reunimos en torno a la mesa para comer unas comidas deliciosas y nutritivas. Tratan con amabilidad a mis amistades y respetan mi intimidad. Y mis gatos los adoran.

Soy yo mismo por completo, sin miedo, sin ocultarme, sin reprimirme, y me encuentro con una aceptación y un amor absolutos.

Y, artista, escritor y organizador comunitario

Me siento como si hubiera vuelto a la infancia, con un amor que es real y, esta vez, incondicional. Soy yo mismo por completo, sin miedo, sin ocultarme, sin reprimirme, y me encuentro con una aceptación y un amor absolutos.

El camino hasta aquí ha sido increíblemente difícil, pero gracias a eso la llegada es más hermosa. Hay guerra ahí fuera, sí. Pero, después de decenios, en nuestra casa por fin hay paz.

¿Es una coincidencia que mi reunión con mi familia se produzca unas semanas antes de la Copa Mundial 2026 de la FIFA, que se jugará en Estados Unidos, Canadá y México?

¿O es un mensaje del universo?

Mi padre y yo volveremos a ver el fútbol juntos. No importa lo más mínimo a quién decida él apoyar o a quién elija yo. Lo que importa es que estaremos sentados uno al lado del otro, en la misma habitación, delante del televisor, animando.

Tanto la familia como el fútbol deben dar cabida a todo el mundo. El mundo y la Copa Mundial nos pertenecen a todos y todas. La humanidad debe triunfar sobre la discriminación, el miedo y los prejuicios.

*El nombre se ha cambiado por motivos de seguridad.

Hagamos que esta Copa Mundial sea para todo el mundo