Vivir en una tumba: las crueles celdas de aislamiento de Estados Unidos

Con la muerte –hoy hace un año– de Herman Wallace, de 71 años, ocurrida al poco tiempo de ser liberado tras más de cuatro decenios de aislamiento en una prisión de Luisiana, ha quedado patente una vez más hasta qué punto este sistema es inhumano. Sin embargo, pese a la indignación de la comunidad internacional, en un día cualquiera hay 80.000 personas encerradas en celdas inhóspitas y condiciones inhumanas a lo largo y ancho de Estados Unidos.

Cuando la gruesa puerta maciza de metal se cerró a sus espaldas, Steven se enfrentó a su peor pesadilla. Sabía que tendría que vivir los cuatro años siguientes encerrado en una celda en la que sólo podía dar dos pasos en cualquier dirección. Pasaría cada minuto rodeado únicamente de tres paredes, un colchón fino, un bloque de hormigón que haría las veces de mesa y un pequeño lavabo.

Sabía que la única interacción humana que tendría en los siguientes 48 meses serían unas pocas palabras con los guardias, a los que no se permitía entablar conversación con él.

Las llamadas de teléfono estaban prohibidas: el mero hecho de agarrar el auricular del teléfono para hablar con un familiar se consideraba demasiado peligroso. Abrazar a otra persona también estaba fuera de discusión: todas las visitas de familiares tendrían que realizarse a través de una pantalla de cristal y mediante un teléfono. Pero nadie vino a visitarlo.

“Sentí inmediatamente desesperación y confusión. Me sentía amenazado”, afirmó Steven, que ahora vive con su esposa y su hijo de siete años en California.

Steven, que entonces tenía 25 años, había sido recluido en una celda de aislamiento de la Prisión Estatal de Pelican Bay de California en castigo por pelearse con otro recluso y escupir a un guardia penitenciario.

A pesar de que el aislamiento no era nada nuevo para él –ya había estado cuatro años recluido en régimen de aislamiento en un centro de detención de menores tras haber sido declarado culpable de robo de vehículo con violencia– la idea de pasar más tiempo en esas condiciones era casi insoportable.

“Cuando volvieron a ponerme en una celda de aislamiento, pensé que poseía algunas técnicas de supervivencia que otra gente a mi alrededor no tenía y sabía cuándo iba a salir, pero, aun así, era aterrador. Muchos no lo resistieron: se suicidaron o se volvieron locos”, contó.

Steven pasó la mayor parte de los días posteriores confinado entre las claustrofóbicas cuatro paredes de su celda. Dormía, comía y se lavaba allí. Los guardias sólo le permitían salir 90 minutos al día, y lo escoltaban hasta un pequeño patio en el que podía dar ocho pasos en cada dirección y mirar al sol a través de un techo de malla metálica.

Los efectos psicológicos del aislamiento no tardaron en manifestarse con crudeza.

“Siempre hacía muchísimo frío y yo tenía hambre constantemente. No poder mirar a lo lejos también afecta a la vista y a la mente”, explicó.

Durante los cuatro años que pasó recluido en régimen de aislamiento, sólo le permitieron intercambiar algunas palabras con otros seres humanos.

“Estás preso en esa celda con todos tus pensamientos. Y nadie con quien hablar de ellos. Así es fácil volverse loco.”

En 2002, a los cuatro años de poner pie por primera vez en aquella pequeña caja gris, Steven recibió 200 dólares estadounidenses y lo llevaron a la puerta de la prisión. No se le ofreció programa de reinserción ni ayuda alguna.

Sin documentos identificativos, habilidades o familiares cerca, Steven se metió en las drogas para soportar la situación.

“No tenía ropa decente, ni amigos, ni trabajo, ni habilidades, nada. Es increíble que haya conseguido arreglármelas.”

Steven acabó por recuperarse de su adicción. Posteriormente se casó, tuvo un hijo y se matriculó en la Universidad de Berkeley, donde estudia para obtener un grado en inglés.

No obstante, pese a verse como uno de los supervivientes afortunados de un sistema penitenciario brutal, afirma que a menudo sufre ataques de ansiedad y paranoia a consecuencia de los años que pasó recluido en régimen de aislamiento.

“Incluso ahora que ya han pasado tantos años, siento como que no puedo conectar con las personas. Hay mucha gente que me ayuda, pero el aislamiento todavía me afecta.

Tumbas de hormigón

La terrible experiencia que vivió Steven dista de ser infrecuente. Se cree que, en un día cualquiera, hay 80.000 personas en más de 40 estados de Estados Unidos encerradas en celdas de hormigón con acceso limitado al aire libre o a la luz natural y con un contacto humano restringido.

No se conoce otro país que recluya a tantas personas en régimen de aislamiento como Estados Unidos. El principal experto de la ONU sobre la tortura ha afirmado que tales condiciones de aislamiento pueden constituir trato o pena cruel, inhumano o degradante.

La práctica de castigar a los reclusos encerrándolos completamente solos durante periodos prolongados tiene muchos nombres. En algunos estados se llama a estas celdas “unidades especiales de seguridad”, “segregación administrativa” o “internamiento restringido”.

Sin embargo, lo que subyace a estos nombres técnicos es que el sistema parece diseñado a propósito para deshumanizar a los individuos lo máximo posible, obviando las consecuencias a largo plazo, a veces fatales.

Las autoridades penitenciarias aducen que el sistema sólo se usa para controlar a los presos más violentos. En realidad, infracciones leves como no obedecer las órdenes de un guardia o la sospecha de pertenencia a una banda, incluso cuando apenas existen pruebas, pueden ser motivo para aislar a un recluso.

Es sabido que la combinación de falta de aire libre, luz del sol, alimentación adecuada e interacción humana –a algunos reclusos no se les permite ningún contacto humano durante años o incluso decenios– ha afectado gravemente a la salud física y psicológica de miles de reclusos.

Muchos han sufrido pérdida severa de peso, mientras que otros han desarrollado ansiedad, depresión, insomnio, hipertensión, paranoia extrema, distorsiones de la percepción y psicosis. En algunos casos, reclusos afroamericanos han sufrido una pérdida drástica de pigmentación en la piel debido a la falta de luz del sol.

Las condiciones son tan duras que a menudo los presos se infligen daños o se suicidan.

En septiembre de 2013, un hombre con un historial de enfermedad mental se ahorcó en su celda, según se tuvo noticia tras pasar más de 10 años en una celda de aislamiento del Centro Penitenciario y Administrativo de Máxima Seguridad, cerca de Florence, Colorado, prisión federal notoria por sus duras condiciones.

El hombre tenía síntomas de trastorno psicótico de los que, al parecer, el personal penitenciario había hecho caso omiso en los días anteriores a su muerte.

Muchos presos que han estado años, o decenios, encarcelados en régimen de aislamiento pasan directamente de la reclusión de sus celdas a la vida libre en la sociedad con escaso apoyo. Según estudios, las secuelas de un aislamiento prolongado pueden persistir mucho tiempo después de la puesta en libertad.

“El sistema de aislamiento estadounidense es una forma de castigo atroz y obsoleta que no debería tener cabida en ningún país que dice respetar los principios de derechos humanos. Es increíble que alguien sea capaz de sobrevivir a un sistema inhumano que parece diseñado expresamente para quebrar a las personas”, afirmó Tessa Murphy, responsable de campañas de Amnistía Internacional sobre Estados Unidos.

40 años en una tumba

En octubre del año pasado, las consecuencias del inhumano sistema de recluir a personas en régimen de aislamiento durante periodos prolongados quedó meridianamente claro cuando Herman Wallace, hombre de 71 años encarcelado en una prisión de Luisiana, murió tras una larga batalla contra un cáncer de hígado.

A Herman lo habían puesto en una celda de aislamiento en 1972 tras declararlo culpable del asesinato de Brent Miller, guardia de la tristemente famosa prisión de Angola, situada en Luisiana.

Aunque no se ha determinado que su encarcelamiento haya sido causa directa del cáncer, no hay duda de que las condiciones inhumanas en las que permaneció recluido más de la mitad de su vida afectaron muchísimo a su salud física y psicológica.

Durante más de 40 años, estuvo en una celda de 2×3 metros, trabando una batalla judicial para que se anulase su sentencia condenatoria, que se basaba en testimonios y pruebas cuestionables. En octubre de 2013, un juez federal anuló la sentencia condenatoria y le permitió morir como un hombre libre.

Ninguna prueba material lo vinculaba al delito, ni siquiera el cuchillo o las huellas dactilares ensangrentadas que se encontraron en el lugar del crimen. Posteriormente salió a la luz que el estado había comprado el testimonio del principal testigo de cargo a cambio de favores, entre ellos un indulto.

Herman había sido declarado culpable junto con Albert Woodfox, de 67 años, que sigue consumiéndose en una celda de aislamiento de Luisiana.

Hace poco, un tribunal federal anuló por tercera vez la sentencia condenatoria de Albert. Sin embargo, éste continúa en prisión en espera de que se resuelva otro recurso presentado por el estado.

“La muerte de Herman debería haber levantado las alarmas sobre las posibles consecuencias letales de recluir a seres humanos en régimen de aislamiento durante periodos tan prolongados. Las autoridades estadounidenses deben liberar urgentemente a Albert y poner fin a esta injusticia”, declaró Tessa Murphy.

Reformas

En los últimos años, gracias a la presión ejercida por activistas locales y legisladores se han emprendido algunas reformas.

No obstante, aunque algunos estados como Maine, Misisipi, Colorado, Washington y Nueva York han modificado el uso de la reclusión en régimen de aislamiento, hay signos preocupantes de que el gobierno estadounidense pretende ampliar su uso en las prisiones federales con la apertura del Centro Penitenciario Thomson, en Illinois.

“La delincuencia es un problema real en Estados Unidos, y las autoridades tienen el deber de abordarlo. Sin embargo, sepultar a personas en estas condiciones crueles obviamente no es la solución”, dijo Tessa Murphy.

“La reclusión en régimen de aislamiento que se practica en Estados Unidos debe reservarse únicamente para los casos más excepcionales, y emplearse como último recurso y durante el menor tiempo posible. Estados Unidos también debe permitir a expertos internacionales, como el relator especial de la ONU sobre la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, visitar estos establecimientos.”