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Detención secreta en Siria: “Podíamos oír los gritos de las víctimas de tortura”

De Shappal Ibrahim

Por Shappal Ibrahim, activista de los derechos de los kurdos de Siria.

Cuando un funcionario del gobierno sirio se puso en contacto con él, diciendo que también era partidario de la “revolución” del país, Shappal Ibrahim, activista pacífico de la Unión de Jóvenes Kurdos, no se dio cuenta de que el contacto formaba parte de una estratagema para detenerlo por sus actividades de derechos humanos. Tras acceder a reunirse con el funcionario el 22 de septiembre de 2011, se lo llevaron en un vehículo y lo recluyeron en la ciudad de Qamishli, su ciudad de de origen.

Shappal Ibrahim estuvo casi dos años recluido en un centro de detención secreta en Siria ©APGraphicsBank.

Shappal Ibrahim estuvo recluido en secreto durante casi dos años, siendo uno de los muchos “desaparecidos” de Siria antes de quedar en libertad en aplicación de una amnistía presidencial el 29 de mayo de 2013. Hasta ese día no supo que el 5 de septiembre de 2012 un tribunal lo había condenado a 15 años de prisión.

En estas líneas, Shappal Ibrahim cuenta su historia sobre el trato que recibió en algunos de los muchos centros de detención de Siria.

Nos golpearon y nos insultaron cuando entramos en la instalación de detención de una de las secciones de los servicios de inteligencia de la Fuerza Aérea en Damasco. Nos golpearon durante horas y después nos encarcelaron, 13 hombres en una celda de 2 × 2 metros. Teníamos que sentarnos por turnos.

Uno a uno, llamaron a los detenidos y los llevaron a la sala de interrogatorios. Sus gritos llenaban los corredores mientras los torturaban. La gente volvía envuelta en mantas manchadas con su sangre.

A mí me golpearon con un cable y aplicaron corriente eléctrica en los pies. No me preguntaron nada concreto; sólo me acusaron y me insultaron, y después me pegaron en la cara. Querían que firmara una confesión.

Había muy poca agua y comida, y sólo podíamos dormir cuando los guardias de la prisión nos lo permitían.

Después nos trasladaron a otro lugar en Bab Touma –que también está relacionado con los servicios de inteligencia de la Fuerza Aérea–, y tres meses después a la prisión militar de Saydnaya, cerca de Damasco.

Allí tenían un sistema para doblegarnos.

La comida era tan inadecuada que siempre teníamos hambre, y sólo nos entregaban unas pocas prendas de vestir aunque la temperatura era extremadamente baja.

Me llevaron muchas veces para interrogarme, y la tortura no terminaba nunca.

Me decían que me quitara la ropa y me rociaban el cuerpo con agua fría. Luego el interrogador me pisaba el cuerpo y me golpeaba en la espalda y en los pies.

En aquellos momentos difíciles pensaba en mis tres hijos, mi esposa, mis padres, mis amigos y el movimiento revolucionario.

A pesar de los dolores, las heridas y las enfermedades y de estar aislado de mi familia, podía seguir sintiendo la revolución dentro de mí y el entusiasmo me inflamaba de nuevo. Los principios que me llevaron a aquel lugar son los mismos que me hicieron sentir esperanza y rebeldía y no rendirme.

En el año y los ocho meses que estuve detenido, sólo se me permitió una visita, 22 días antes de quedar en libertad.
Mi hermano menor, Joan, pudo verme durante seis minutos.

Después, el 29 de mayo de 2013, un guardia vino a nuestra celda y me dijo que iba a quedar en libertad. No le creí, pensé que iban a ejecutarme. Los guardias me afeitaron la cabeza y tuve la certeza de que iba a morir. Pero después se limitaron a entregarme mis cosas y me pusieron en libertad. No sabía por qué, sentía una absoluta incredulidad.

Cuando llegué a mi ciudad de origen, Qamishli, había mucha gente esperándome. Mis amigos me llevaron en hombros, habían preparado una recepción en la que pronuncié un discurso ante la multitud. Fue un momento de gran relevancia para mí. Sentí que había vuelto a nacer, y abracé a mis hijos y a mi familia y lloré con lágrimas de alegría.

Sentí una gran responsabilidad ante lo que veía, y cobré de nuevo fuerzas y me prometí que dedicaría toda mi vida a no defraudar a mi pueblo.

Una vez más se filtró información a los servicios de seguridad sobre la continuidad de mis actividades, y entonces me hicieron llegar una amenaza, lo que hizo que mi familia y mis amigos me pidieran que saliera de Siria.

Sigo estando en deuda con mis amigos y mi familia por su incansable solidaridad; no dejaron de presionar por mi liberación, de organizar manifestaciones para asegurarse de que mi caso no se olvidaba.

Para más información sobre la campaña de Amnistía Internacional para pedir el fin de las desapariciones forzadas en Siria, véase:
https://campaigns.amnesty.org/es/campaigns/conflict-in-syria

Este blog se publicó originalmente en The Huffington Post