“Sé lo que se siente al ser un refugiado y sé cómo se puede lograr el cambio”

Jonas Ndayisenga, cofundador y director ejecutivo de Umoja Refugee Creative, organización con sede en Kenia, sabe perfectamente lo que cuesta salir adelante. Primero huyó de Burundi con su madre y sus hermanos pequeños cuando tan sólo tenía tres años; luego sobrevivió al genocidio de Ruanda y se desplazó a Tanzania, donde comenzó sus estudios de primaria antes de regresar a Burundi, de donde tuvo que huir de la violencia de nuevo en 2015, ya siendo un joven. Ante la dificultad para encontrar trabajo en Kenia por su condición de refugiado, fundó una organización comunitaria que en la actualidad imparte formación y brinda oportunidades a cientos de personas. Ésta es su historia.

Me llamo Jonas Ndayisenga. Soy refugiado de Burundi y llevo 11 años viviendo en Nairobi (Kenia). Huí de la violencia política ejercida contra manifestantes jóvenes. Estaba con mi madre y mi padre, quienes me recomendaron salir del país cuando la violencia se intensificó; unos días más tarde, el gobierno irrumpió en nuestra casa.

Llegué a Nairobi en 2015, con mis estudios universitarios en Hostelería y Dirección de Hoteles recién terminados. Intenté conseguir empleo, pero la situación era muy complicada en esta gran ciudad, así que hice otro curso y comencé a trabajar de cocinero. Sin embargo, en los empleos que conseguía me pagaban menos que a las personas con puestos inferiores al mío, porque tenían la nacionalidad, y yo no.

Muchas personas refugiadas tienen problemas para acceder a empleos dignos y para contribuir a la formulación de políticas e influir en cómo se deciden las cosas. Por eso se me ocurrió fundar Umoja Refugee Creative. La inspiración surgió de la necesidad de hacer algo que de verdad ayudase a nuestra comunidad y brindara soluciones a largo plazo para las personas.

Experiencias compartidas

Trabajamos principalmente en Nairobi y en los alrededores, y nos centramos en tres pilares básicos: medios de vida, salud mental e incidencia.

Ofrecemos formación, por ejemplo, en artesanía, artes creativas y competencias digitales como diseño gráfico, producción audiovisual y narración de historias, uso de la inteligencia artificial y gestión de redes sociales. También impartimos cursos sobre iniciativa empresarial y alfabetización financiera y ponemos en contacto a las personas con instituciones financieras que las puedan ayudar a acceder a apoyo, préstamos y demás. Asimismo, colaboramos con un grupo de profesionales de la psicología, en su mayoría voluntarios y voluntarias, que brindan apoyo y organizan actividades de sensibilización, entre otras cuestiones, sobre violencia de género.

Nuestra mayor prioridad es la inclusión socioeconómica. Trabajamos para garantizar que la población refugiada pueda ejercer su derecho a acceder a un empleo digno, incluso facilitando la obtención de permisos de trabajo en Kenia, lo cual es un obstáculo importante en muchos casos.

Al ser una organización dirigida por personas refugiadas, comprendemos las situaciones por las que estas personas han pasado y están pasando, ya sea durante el proceso de migración o cuando intentan ganarse la vida en su nuevo lugar de residencia. De verdad que se tienen muchas dificultades.

Ser una persona refugiada

Venir a Kenia nunca había entrado en mis planes. Primero partí hacia Kampala (la capital de Uganda), donde se suponía que un amigo de la familia iba a ayudarme, pero apagó su teléfono cuando llegué. Estuve tres días desamparado y durmiendo en la calle; fue muy duro. Tan sólo tenía un teléfono, y con mi cuenta de Facebook pude contactar con un tipo que vivía en Nairobi y al que habíamos acogido en casa una temporada. Él sí me ayudó.

Pero esa no fue la primera vez que tuve que huir de mi país.

A los tres años me convertí en refugiado por primera vez. Corría el año 1993; habían asesinado al entonces presidente de Burundi, Melchior Ndadaye, y la lucha entre tutsis y hutus desencadenó una guerra muy violenta.

Fue terrible. Me recuerdo de niño viendo arder las casas de la gente, viendo cómo las personas corrían en todas direcciones mientras gritaban.

Nuestro padre trabajaba muy lejos y no teníamos teléfono, por lo que no tuvimos forma de contactar con él. Huimos con nuestra madre, y me acuerdo de que no sabíamos qué hacer, así que sólo nos desplazábamos por la noche, y por el día nos escondíamos entre la vegetación. Pasamos mucha hambre porque nunca teníamos suficiente comida.

Cuando alcanzamos el río Kanyaru/Kagera, que divide Ruanda y Burundi al norte, ya había llegado mucha gente. Había quien cobraba por trasladar a las personas en barcos. Nosotros no teníamos nada de dinero, así que mi madre tuvo que vender algunas prendas de ropa bonitas que le había comprado mi padre para poder montarnos en uno. Sólo me acuerdo de toda la gente que había y de que se veían muchos cadáveres en el río. Son recuerdos que nunca se van del todo.

Vivimos unos cuantos meses en un campamento de Ruanda. Allí había miles de personas alojadas en estructuras pequeñas y combadas, cubiertas con cartones, sacos y sábanas. Antes de que los organismos de la ONU comenzaran a distribuir mantas y utensilios, se propagaron muchas enfermedades debido a la falta de higiene; las personas morían porque no había hospitales. Afortunadamente, nuestro padre sobrevivió a las atrocidades ocurridas en Buyumbura y logró encontrarnos en el campamento. Fue como un milagro verlo venir con al atardecer de fondo por el camino sucio y en mal estado del campamento.

Pero entonces empezó el genocidio.

Huimos a Tanzania y allí vivimos durante una temporada en un campamento, donde cursé primaria, hasta que pudimos regresar a Burundi en torno a 2002. El país tenía cierta estabilidad en ese momento y pude terminar secundaria, además de completar mis estudios universitarios en 2015.

Todo lo que he vivido me sirve de experiencia para intentar ayudar a otras personas. Sé lo que se siente al ser un refugiado que busca asilo y sé cómo se puede lograr el cambio.

La mayoría de las veces, cuando alguien se encuentra frente a una persona refugiada, tan sólo ve esa etiqueta, esa condición. Pero detrás de cada miembro y líder o lideresa de la comunidad refugiada hay toda una historia y toda una experiencia que suele ser invisible.

Un faro de esperanza

Umoja Refugee Creative se ha convertido en un faro de esperanza para muchas personas de la comunidad. Veo el impacto que tenemos al ayudar a las personas a transformar su mentalidad, a aceptarse a sí mismas, a reconstruirse. Siempre empezamos por ahí. Por eso la salud mental es un pilar tan importante de nuestra labor.

Me acuerdo de una niña con la que trabajamos. Había nacido en Kenia como refugiada y había terminado primaria. Como su madre y su padre tenían problemas con la documentación, no había podido llegar a la universidad y ya había abandonado la idea de hacerlo algún día. Sin embargo, trabajamos con ella y la alentamos; la ayudamos a continuar sus estudios, con la documentación, y consiguió una beca. Ahora puede cuidar de su familia. Eso es lo verdaderamente importante, lo que nos llena de alegría.

Umoja Refugee Creative se ha convertido en un faro de esperanza para muchas personas de la comunidad. Veo el impacto que tenemos al ayudar a las personas a transformar su mentalidad, a aceptarse a sí mismas, a reconstruirse. Siempre empezamos por ahí.

Jonas Ndayisenga

También hemos iniciado una nueva formación en emprendimiento social y economía para lograr un cambio positivo, donde se abordan cuestiones como el liderazgo ético.

La mayoría de las personas que han recibido nuestra formación tienen empleos estables, han emprendido su propio negocio o han puesto en marcha iniciativas que han tenido un impacto en su vida y en su comunidad.

Con mi labor de incidencia, trato de velar por que quienes se dedican a cuestiones relacionadas con la población refugiada se aseguren de implementar una programación centrada en las personas refugiadas y dirigida por la comunidad. Las organizaciones lideradas por personas refugiadas, como Umoja Refugee Creative, han puesto de manifiesto que la respuesta liderada localmente es el camino para una vida digna y para lograr un impacto significativo tanto en la población refugiada como en la de acogida.

Las organizaciones de derechos humanos, como Amnistía Internacional, pueden apoyar nuestra labor de muchas formas. Por ejemplo, ayudando a visibilizar lo que hacemos, facilitándonos conexiones con posibles asociados y donantes que puedan contribuir a nuestra labor y colaborando en el trabajo de incidencia y otras esferas. También, que establezcan alianzas de calidad y de gran impacto, que ofrezcan subvenciones y que fortalezcan la capacidad de manera significativa nos es de verdadera ayuda.