El vergonzoso secreto de Egipto: En busca de la prisión que nadie se atreve a nombrar

De Haitham Ghoniem

Por Haitham Ghoniem, activista egipcio de derechos humanos e investigador de la Comisión Egipcia de Derechos y Libertades

Fue la primera semana de este mes de abril, antes de la oración del mediodía, cuando alguien llamó al timbre. Mi madre vio a un hombre musculoso, vestido con una camisa blanca y pantalones, de pie ante la puerta. No se atrevió a abrir, sobre todo porque el hombre parecía un militar.

El hombre hizo sonar el timbre varias veces. Como nadie respondía, llamó a la puerta del apartamento de enfrente y preguntó a la vecina si allí vivía alguien llamado Haitham Ghoniem. Le hizo preguntas sobre mi paradero, y le preguntó cuándo me marchaba de casa, cuándo volvía y si mi familia vivía conmigo o no. Luego registró todo el edificio.

Mi madre me llamó y me dijo que no volviera más a casa.

Enemigo del Estado

No debería haberme extrañado. Mi pesadilla había comenzado tres meses antes, en enero, cuando me detuvieron mientras me dirigía a la mezquita para las oraciones de la tarde.

La policía estaba deteniendo al azar a personas que habían participado en las manifestaciones contra el ejército celebradas en vísperas del tercer aniversario de la “Revolución del 25 de enero”.

Durante mis primeros días de detención, me golpearon. Me dieron bofetadas en la cara y golpes en la cabeza y el pecho porque no sucumbía a la humillación que me infligían y les replicaba cuando me interrogaban. Me negué a que me fotografiaran junto a las armas que me habían puesto delante o a confesar que esas armas eran mías. Aquello les enfureció. También vi cómo torturaban a otras personas: mujeres, hombres, incluso niños.

Al cabo de 26 días, finalmente me dejaron en libertad por motivos de salud. Mientras me reponía en mi casa, mi familia y mis amigos me suplicaron que dejara de hablar sobre las violaciones de derechos humanos cometidas por la policía.

Mis amigos me aconsejaron que me marchara del país, porque sabían que no me iba a quedar callado. Tenían razón.

Descubrí que uno de mis amigos, que trabajaba en TE-Data, un proveedor local de Internet, había sido secuestrado ante su lugar de trabajo.

Traté de averiguar dónde lo tenían recluido, pero sólo pude descubrir que había sido secuestrado por las fuerzas de seguridad nacionales y que permanecía recluido en algún lugar de Ismailia.

Fue entonces cuando, pese a las advertencias de las personas más cercanas a mí, comencé mi búsqueda.

Egipto: la tierra de las prisiones secretas

Tras 10 días de investigación, supe que había decenas de detenidos políticos recluidos en una prisión secreta de Ismailia, a 130 km al noreste de El Cairo. La gente tenía miedo hasta de decir su nombre.

Utilicé mi cuenta de Facebook para pedir información sobre una prisión en Ismailia. También descubrí una historia publicada por el centro El Nadeem, una organización egipcia de derechos humanos, que mencionaba la Prisión de Al Azouly.

Me entrevisté con varios abogados y defensores de los derechos humanos, y todos ellos me advirtieron de que me mantuviera alejado de la prisión y no me metiera en líos.

Luego recibí un mensaje de una familiar de un detenido recluido en una prisión del Campamento Militar de Al Galaa. Me dijo que su familia tenía miedo de hablar sobre ello.

Me quedó claro que estaban hablando de la Prisión de Al Azouly, situada en el Campamento Militar de Al Galaa, dentro de la jefatura del Segundo Comando del Ejército de Operaciones, en Ismailia.

La Prisión de Al Azouly: “El matadero de Ismailia”

Empecé a publicar en Facebook detalles sobre la prisión y sobre las personas recluidas allí por motivos políticos. Se rompió el muro de silencio. Rassd News, una red de noticias online, se hizo eco de la noticia, y también lo hicieron el Financial Times y el canal de noticias de Al Yazira.

Empecé a recibir avisos de más personas que me advertían de que me estaba poniendo en peligro, pero, cuando publiqué mis informes, personas dedicadas a la defensa de los derechos humanos empezaron a hablar sobre Al Azouly y a documentar más casos.

Parecía que, al romper el silencio, se habían abierto las compuertas sobre la realidad de este infierno en el que vivimos.

Otras personas empezaron a ponerse en contacto conmigo y a contarme otros abusos que se estaban produciendo. Supe que las personas detenidas por motivos políticos en Egipto son sometidas a un grado de tortura que jamás imaginé: las cuelgan con el cuerpo contorsionado, les aplican descargas eléctricas en zonas sensibles, e incluso las agreden sexualmente. Los métodos de tortura utilizados en las prisiones egipcias abarcan lo físico, lo sexual y lo mental. La brutalidad de la policía no tiene límite.

El precio de denunciar

No he ido a mi casa desde el aviso de mi madre. Durante tres días después de aquello, un detective vestido de civil estuvo estacionado ante nuestro edificio. Poco después fue sustituido por un “barrendero” que de repente apareció barriendo el tramo de calle delante de nuestro edificio. No hay barrenderos en ninguna de las calles de alrededor.

Sé que los servicios de Seguridad Nacional van tras de mí a causa de mi trabajo sobre la prisión de Al Azouly y sobre los abusos que se cometen en las prisiones egipcias. Tal como me dijo un amigo mío, abogado de derechos humanos: “Les estás desafiando, no te van a dejar en paz".

Esta es la situación en el país que llamamos hogar.

Jamás imaginé que estaría escribiendo sobre este horror tres años después de la “Revolución del 25 de enero”, cuando albergábamos tantas esperanzas y creíamos haber recuperado nuestra dignidad y nuestro orgullo.

Hoy, nuestros amigos han muerto, están heridos o detenidos, son acosados por la policía o han huido del país, impulsados por el miedo.

Pero no perderemos la esperanza.