El médico de las personas migrantes de Lampedusa

De Conor Fortune, News Writer at Amnesty International

El doctor Pietro Bartolo ha visto más sufrimiento y muerte a lo largo de su carrera de los que ningún hombre debería tener que presenciar.

Director del pequeño hospital de la isla italiana de Lampedusa, este ginecólogo de 59 años lleva más de dos decenios supervisando la respuesta médica de urgencia a las incesantes oleadas de migrantes y refugiados que recalan en la isla en su intento de cruzar el Mediterráneo desde el Norte de África.

Sentado en su despacho del hospital, bajo una fotografía enmarcada de un encuentro suyo con el papa Francisco, el doctor compartió algunas de sus experiencias con la delegación de Amnistía Internacional que visitó el centro.

El doctor Pietro Bartolo (segundo por la derecha) se reúne con una delegación de Amnistía Internacional en el hospital de Lampedusa, 24 de abril de 2015.

Primeros auxilios

“Veo a todos y cada uno de los migrantes y refugiados que llegan a Lampedusa”, afirmó Bartolo.

Según sus propios cálculos, eso equivale a unas 250.000 personas en los últimos 20 años.

Veo a todos y cada uno de los migrantes y refugiados que llegan a Lampedusa.
Dr. Pietro Bartolo

Ha pernoctado miles de veces en el pequeño puerto de la isla, esperando la llegada de barcos atestados de personas rescatadas en el mar.

Profesionales de la salud examinan rápidamente a todos los recién llegados, para separar a las personas enfermas y heridas de las sanas. Así se aseguran de que los más necesitados reciben sin demora asistencia médica, mientras que los relativamente sanos son trasladados al centro de acogida de Lampedusa, donde obtienen refugio, calor y alimento.

“Vienen mojados y temblando de frío, así que preferimos enviarlos rápidamente al centro para que puedan cambiarse de ropa”, explicó.

Los difuntos

Cientos han llegado en bolsas de transportar cadáveres.

Bartolo nos habló de un pesquero que llegó a Lampedusa tras rescatar a 20 personas del mar. Cuatro ya habían sido depositadas en bolsas para cadáveres cerca de las redes de pesca en la cubierta del barco. Tras un examen más detenido, el doctor Bartolo vio que una de ellas seguía con vida:

“La sacamos [de la bolsa mortuoria] y la llevamos a toda prisa al hospital. Intentamos reanimarla durante 30 minutos: tenía los pulmones inundados de agua y gasolina. Pasada media hora, su corazón volvió a latir.”

Ahora está sana y vive en Suecia, explicó.

“Para mí, aunque sólo fuera por ella, ya merecería la pena. De lo contrario, tendría que hacer el trabajo del enterrador.”

Pero los abrumadores relatos de sufrimiento eclipsan los tímidos destellos de éxito.

Bartolo recordó el caso de otra mujer que se había puesto de parto en plena travesía en 2013. Ni ella ni el bebé sobrevivieron al viaje.

“Los cadáveres todavía estaban unidos por el cordón umbilical. Los puse en el mismo ataúd; ni siquiera corté el cordón. Son historias terribles que hacen mella. La gente me dice: 'tú estás acostumbrado'. Pero no es así, nunca te acostumbras”, dijo Bartolo.

Los cadáveres todavía estaban unidos por el cordón umbilical. Los puse en el mismo ataúd; ni siquiera corté el cordón. Son historias terribles que hacen mella. La gente me dice: 'tú estás acostumbrado'. Pero no es así, nunca te acostumbras.
Dr. Bartolo

Patologías que van cambiando

A lo largo de los muchos años que el doctor Bartolo lleva desempeñando su labor, las maneras de intentar cruzar han ido cambiando y, con ellas, el tipo de lesiones que el doctor y su personal deben tratar.

En la década de 1990, nos contaba, migrantes y refugiados solían llegar en embarcaciones mucho más resistentes, que aguantaban más tiempo a flote, dando lugar a numerosos casos de deshidratación.

Sin embargo, en los últimos años eso ha cambiado. Ahora vienen muchos más, pero en embarcaciones más pequeñas y menos aptas para la navegación. Normalmente no llevan combustible suficiente para toda la travesía, y sólo les dan un teléfono vía satélite para que hagan una llamada de auxilio cuando surjan problemas en alta mar.

Los casos de hipotermia son ahora mucho más frecuentes, ya que las olas zarandean las endebles embarcaciones y empapan a sus ocupantes. También abundan las quemaduras químicas, causadas por el combustible que a menudo se derrama en el interior de los barcos y se queda adherido a la ropa y el cuerpo.  Causa graves lesiones, entre ellas descamación de la piel.

Momentos de gran desolación

Aunque el doctor Bartolo ha presenciado el desenlace de muchas tragedias en el mar, algunas se le han quedado grabadas por ser especialmente terribles. Una se conserva muy viva en su recuerdo: un caso del 17 de abril de este año, que simplemente definió como “catastrófico”.

Un barco había zarpado cerca de la medianoche desde Libia con unos 70 pasajeros a bordo, entre los que había 22 personas con lesiones muy graves por quemaduras. Antes de que zarparan, una bombona de gas había ardido y explotado en el sitio donde permanecían acampadas, cerca de Trípoli. Habían muerto 10 personas. En un acto de crueldad infinita, los encargados del viaje habían obligado a subir a bordo a las demás personas migrantes, a pesar de que estaban gravemente heridos y era evidente que necesitaban asistencia médica.

A la mañana siguiente, la embarcación empezó a desinflarse y telefonearon pidiendo auxilio.  la Guardia de Fiananzas italiana respondió a la llamada de socorro esa misma tarde y condujo hasta la costa de Lampedusa a las 70 personas, incluidos los quemados.  Una de las heridas, de unos 20 años, fue declarada muerta a su llegada.

Tras examinar las heridas, el doctor Bartolo comprendió que el modesto hospital de Lampedusa no estaba preparado en absoluto para hacer frente a aquella emergencia. Tres ambulancias hicieron múltiples viajes para trasladar a los heridos al hospital, y luego el doctor acordó con el Ministerio de Defensa italiano la provisión de una flota de helicópteros para garantizar el traslado de todas las víctimas a hospitales de Sicilia, donde recibirían los cuidados intensivos que necesitaban.

Entre las víctimas había una niña de corta edad que presentaba graves quemaduras en rostro y cuello.

También había una mujer eritrea en estado de coma. Fue trasladada por aire a Sicilia para su hospitalización. En medio del caos, la habían separado de su hijo de dos años, a quien llevaron posteriormente al centro de acogida de Lampedusa. Los distintos organismos implicados tardaron casi una semana en comprender lo ocurrido y reunir a la madre con su hijo.

El sufrimiento de los más pequeños

La suerte de los niños rescatados en el mar parece ser lo que más pesa en el ánimo de Bartolo.

Viendo crecer sin remedio el número de niños migrantes y refugiados que debían permanecer en el hospital mientras sus madres eran operadas o sometidas a revisiones médicas, los trabajadores del hospital y la comunidad local decidieron crear un espacio especial para ellos.

Trabajadores del hospital y la comunidad local decidieron crear un espacio especial para ellos: una sala de juegos destinada a los niños migrantes y refugiados que recalan en la isla.

En la puerta de una sala situada junto al quirófano está pintada la palabra “ludoteca” –sala de juegos– en colores vivos. La mirada del doctor Bartolo se ilumina cuando la abre y nos descubre lo que hay en su interior.

Murales con animales de vivos colores, escenas de la naturaleza y letras del alfabeto adornan las paredes.  Hay cuatro pequeñas mesas con diminutos asientos de los colores del arco iris para que unos 20 niños estén sentados y jueguen o vean vídeos.  Y hay juguetes donados por toda la habitación; el doctor explicó que había una reserva de juguetes nuevos para que cada niño emigrante se lleve algo al marcharse de allí.

Es evidente que esta sala es de los pocos remansos de paz que confortan al doctor Bartolo en su vida laboral.

“Siguen muriendo”

Sin embargo, el pronóstico del doctor Bartolo sobre la situación general no es tan optimista.

Tras un devastador naufragio sucedido el 3 de octubre de 2013 a varios cientos de metros de la costa de Lampedusa, en el que perdieron la vida 366 personas, hubo un clamor general para que cambiara la situación.

Pero, debido a su resistencia a la emigración, los dirigentes políticos tienen dificultades para ponerse de acuerdo sobre la mejor forma de salvar vidas y crear más rutas legales y seguras para que las personas migrantes y refugiadas accedan a Europa. Mientras, siguen muriendo personas al mismo ritmo en alta mar.

“Casi dos años después, nada ha cambiado. Siguen llegando; siguen muriendo. En definitiva, ¿qué hemos arreglado? Nada”, decía abatido el doctor Bartolo.

“Hacemos lo que podemos, porque es lo correcto. Intentamos salvar tantas vidas como podemos, pero al final lo que falla es el sistema.”

Hacemos lo que podemos, porque es lo correcto. Intentamos salvar tantas vidas como podemos, pero al final lo que falla es el sistema.
Dr. Bartolo

Desde las instituciones de la UE en Bruselas y Estrasburgo hasta el Consejo de Seguridad de la ONU en Nueva York, hay varias iniciativas en curso para que esto cambie. Parece que al fin los líderes europeos están dispuestos a elevar su nivel de participación en las iniciativas colectivas de búsqueda y rescate en el Mediterráneo.

Pero todavía morirán más personas, y los servicios del doctor Bartolo seguirán siendo necesarios: 3.500 personas perecieron el año pasado, a pesar de que la operación italiana Mare Nostrum salvó decenas de miles de vidas.

Mientras Europa insista en construir una fortaleza para dejar afuera a quienes huyen de la pobreza, seguirán muriendo personas ahogadas en sus fosos. Es necesario hacer más para proporcionar rutas legales y seguras a los refugiados y migrantes, para que puedan acceder al continente sin tener que arriesgarse a llegar en una bolsa para cadáveres.