El mundo digital puede ser un lugar difícil por el que navegar, especialmente para la gente joven. Aunque promete conexión y sentimiento de pertenencia, está lleno de riesgos, incluida la posibilidad de sufrir acoso y violencia.
En el Día Mundial de la Bondad, Paloma Navarro Candia, activista argentina de 19 años, nos habla de cómo se protege online, con la ayuda del nuevo cuaderno de trabajo de Amnistía Internacional: el volumen 3 de la serie Resiliencia y autocuidado: Salvar al mundo y no morir en el intento.
La promesa de un futuro digital sigue dejando atrás a quienes más lo necesitan. Mi objetivo es garantizar que todos los niños, niñas y adolescentes puedan acceder a espacios digitales seguros, equitativos y sostenibles y crecer en ellos, porque la transformación digital también debe ser una transformación humana.
Yo tenía 11 años cuando descubrí Amino, una red social que prometía conexión y sentimiento de pertenencia. Al principio me pareció un refugio, pero pronto me di cuenta de lo inseguro que podía ser ese lugar. Había acoso, no había una moderación real de contenidos, y yo recibía mensajes inadecuados de personas desconocidas mucho mayores. Mis padres querían ayudar, pero no sabían cómo.
El mundo digital aún era nuevo y confuso, y estaba lleno de riesgos. Aquella experiencia modeló mi activismo: me mostró que Internet no cambia por sí sola; necesita personas que la cuestionen, la humanicen y la reconstruyan.
Para mí, trabajar por los derechos digitales significa crear espacios en los que la tecnología amplifique las posibilidades de aprender y participar sin miedo. A medida que la tecnología evoluciona, nuestros derechos deben evolucionar también.
Los derechos digitales en Argentina
En Argentina, la juventud se enfrenta a desigualdades estructurales entrelazadas. El acceso a la tecnología sigue siendo desigual, especialmente en zonas rurales o de bajos ingresos. Multitud de jóvenes dependen de redes de wifi públicas para estudiar. Y mientras la desinformación y la violencia online siguen circulando y propagándose, las políticas necesarias para abordar los riesgos se quedan cada vez más atrás.
La falta de una educación sexual integral expone a muchos y muchas adolescentes a la desinformación sobre sus derechos y relaciones, al tiempo que el discurso de odio y el adultocentrismo siguen silenciando las voces jóvenes. La inestabilidad económica no hace más que profundizar esta crisis, moldeando nuestras oportunidades, o nuestra falta de ellas.
Recientemente, mi trabajo sobre Nuestro Voto Cuenta, una campaña sobre la desinformación y el voto juvenil que apoya a quienes ejercen el voto por primera vez en Argentina, reveló la manera en que el discurso de odio y la hostilidad online desalientan a menudo a la gente joven de participar en la vida pública. Muchos caemos además en círculos de desinformación alimentados por el carácter adictivo de las redes sociales. Para los y las activistas, esta realidad es aún más intensa, y la exposición constante a noticias angustiosas deja rastros emocionales que son difíciles de eliminar.
Enseñar empatía digital
Una de mis principales preocupaciones es la manera en que Internet afecta a nuestro bienestar emocional: la presión de estar siempre disponible, las nuevas formas de violencia en los espacios digitales y la exposición al odio modelan la manera en que nos vemos. Muchas de mis amistades han sufrido acoso, críticas sobre su cuerpo o manipulación online. He presenciado cómo estas experiencias dañan silenciosamente la autoestima y la confianza y alimentan la vergüenza. Por eso creo que no sólo debemos enseñar alfabetización digital, sino también empatía digital, ya que Internet debería estar diseñada para conectarnos y cuidarnos.
He aprendido que el activismo debe incluir un descanso, porque cuidar de los demás empieza por cuidar de ti.
Paloma Navarro Candia
Ser activista juvenil hoy día es a la vez empoderador y agotador. La información nunca cesa, y la presión para actuar, publicar y responder puede ser abrumadora. Tienes una sensación constante de que no haces lo suficiente.
He aprendido que el activismo debe incluir un descanso, porque cuidar de los demás empieza por cuidar de ti. Proteger la salud mental no es un lujo; es lo que posibilita el cambio a largo plazo. El activismo es una maratón, no un esprint. Cuando protegemos nuestro bienestar, nos conducimos con claridad y esperanza. Para mí, esto significa establecer fronteras digitales, aprender a desconectar sin sentirte culpable, y confiar en los demás. Escribir me ayuda a procesar las emociones y me recuerda por qué empecé.
Mantener la resiliencia
Uno de los proyectos que más cerca siento es el volumen 3 de la serie Resiliencia y autocuidado: Salvar al mundo y no morir en el intento, un cuaderno de trabajo creado por y para jóvenes que desean cambiar las cosas. Es un compañero que nos recuerda que la sostenibilidad emocional forma parte del activismo. Yo contribuí con un capítulo sobre Internet y la salud mental, en el que exploraba la manera en que los entornos digitales influyen en nuestras emociones. Las redes sociales pueden ser abrumadoras, pero también proporcionan un espacio para conectar, crear y encontrar apoyo. Escribí otro capítulo sobre la violencia digital de género basándome en el inspirador caso de Olimpia, para mostrar cómo mantenerte a salvo online, marcar fronteras y comprender que Internet no es neutral: modela la manera en que nos conectamos y en que sanamos.
La gente joven debería leer el nuevo cuaderno de trabajo (volumen 3) de la serie Resiliencia y autocuidado: Salvar al mundo y no morir en el intento, porque está adaptado a las personas menores de 18 años y nos recuerda que no estamos solas. La resiliencia no consiste en soportar todo, sino en hallar la fuerza en la conexión. Invita a los y las activistas a mantener la honestidad en sus luchas, establecer límites y seguir luchando con amabilidad hacia los demás y hacia sí mismos. Cuando se utiliza con empatía y conciencia, la tecnología puede amplificar la conexión en lugar de la división. La ciudadanía digital no consiste simplemente en estar online: consiste en participar con amabilidad, aprender unos de otros y construir, codo con codo, un mundo más justo y compasivo.
Conectar a niños y niñas con líderes de derechos humanos
Amnistía Internacional ha desempeñado un papel crucial a la hora de empoderar a jóvenes activistas como yo. Ofrece herramientas, tutoría y redes globales que ayudan a transformar las ideas en un impacto real. Mediante la formación en estrategia de campaña y trabajo de incidencia, Amnistía conecta a niños, niñas, adolescentes y jóvenes con líderes experimentados de derechos humanos, y garantiza que nuestras voces no sólo son escuchadas, sino que inspiran confianza. Creo en el poder de las alianzas que cruzan fronteras, en las voces que se multiplican cuando trabajan juntas, y en futuros construidos con empatía, conocimiento y un propósito común.
Con el tiempo, he aprendido que el liderazgo no consiste en ser quien habla más alto, sino en mantener una escucha activa. Mi convicción es sencilla: las ideas sólo importan cuando se convierten en acciones, y las acciones sólo transforman cuando comienzan con diálogo.
También están disponibles el Volumen 1 y el Volumen 2 de la serie Resiliencia y autocuidado: Salvar al mundo y no morir en el intento.


