Lampedusa: La sombra de la muerte de la Isla Bella

 

Foto © Giles Clarke/Getty Images Reportage

Conor Fortune, redactor de noticias de Amnistía Internacional

El mar brillaba en la penumbra del crepúsculo mientras nuestro avión de hélice trazaba un amplio arco sobre la bahía de Palermo. Las abruptas caídas de la escarpada línea de la costa del norte de Sicilia imprimían cierta majestuosidad a la escena.

Pero esa serenidad aparente oculta la sombría tragedia humana que está desplegándose en el Mediterráneo central. Entre Sicilia y el Norte de África, el mar ya se han cobrado alrededor de 1.700 vidas este año, como epicentro de la creciente crisis de migrantes y refugiados de Europa.

‘L’Isola bella’

Cuando aterrizamos en Lampedusa, 190 millas al sur, deberíamos haber visto a los naturales del lugar preparando ajetreados la temporada de verano. Al fin y al cabo, la pequeña isla tiene muchos recursos: la gente es amable, el marisco capturado por los lugareños es abundante, las solitarias playas están limpias.

L’Isola Bella, proclama un cartel sobre la oficina de turismo, en una importante calle peatonal del centro de la ciudad. La Isla Bella.

L’Isola Bella —la Isla Bella— proclama un cartel sobre la oficina de turismo, en una importante calle peatonal del centro de la ciudad. © Amnesty International

Pero los lugareños nos dijeron que les preocupa que esta belleza haya sido empañada por la sombra alargada de la muerte. Los periodistas llenan la isla, y los diarios y las radios están saturados de historias y análisis sobre la última tragedia de migrantes en el mar.

Dada la ubicación de Lampedusa —a unas 70 millas náuticas de Túnez, entre Libia y la península italiana—, está a horcajadas sobre la ruta migratoria marítima más utilizada de Europa.

Cada vez es mayor el número de personas que huyen del conflicto armado, la persecución y otras adversidades en el África Subsahariana, Siria, Palestina y otros países que ponen su vida en manos de despiadados traficantes de personas en un intento de llegar a Europa.

En 2014, llegaron a las costas italianas más de 170.000 personas. Ese mismo año, murieron o desaparecieron en el mar alrededor de 3.500 —ahogadas, de hipotermia y otras causas—, convirtiendo esta travesía marítima en la más letal del mundo.

En los primeros meses de 2015 se han centuplicado las muertes en el mar, en comparación con el mismo periodo del año pasado.

Todo indica que el número de personas que tratan de llegar a Europa seguirá aumentando. Y a menos que se haga algo más para reforzar las operaciones de salvamento, aumentará también la cifra de muertos y el Mediterráneo se convertirá en una fosa común.

Según Giusi Nicolini, alcaldesa de Lampedusa, el temor a esta espiral de muertes ha ahuyentado a los turistas, motor esencial de la economía local.

Nicolini dice que los isleños están empezando a estar hartos de la mala prensa y de que los líderes europeos no adopten medidas adecuadas para contener la crisis.

Tenemos que dirigir este proceso en lugar de dejar que los naufragios usen la selección natural para decidir quién llega y quién no. Es inaceptable condenar a la gente a morir en el mar sólo porque son negros.
Giusi Nicolini, alcaldesa de Lampedusa

“Tenemos que dirigir este proceso en lugar de dejar que los naufragios usen la selección natural para decidir quién llega y quién no”, nos dijo Nicolini. “Es inaceptable condenar a la gente a morir en el mar sólo porque son negros.”

Mare Nostrum

La cifra de muertos del año pasado habría sido probablemente mucho mayor si no hubiera existido Mare Nostrum, la operación de búsqueda y salvamento establecida por la Marina italiana en octubre de 2013.

Esa fue la respuesta de Italia a lo que, en aquel momento, fue el naufragio con más víctimas mortales del país, ocurrido a escasos centenares de metros de la costa de Lampedusa.

La embarcación que protagonizó la tragedia que cambió las reglas del juego se incendió y se hundió con más de 500 migrantes a bordo, en su mayoría eritreos y somalíes.

Las imágenes de los cadáveres flotando en el agua y la amenaza de cientos de vidas en peligro desencadenaron la indignación en todo el mundo. Todos, desde el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados hasta la Comisión Europea, pasando por el Vaticano, reclamaron medidas urgentes para prevenir tragedias similares en el futuro.

El gobierno italiano respondió: en 15 días, la Marina italiana desplegó la operación Mare Nostrum —“nuestro mar”— para auxiliar a las embarcaciones en peligro y combatir el contrabando y la trata de personas.

Con Mare Nostrum, había cinco barcos de la Marina italiana listos para actuar en cualquier momento, con el apoyo de unidades aéreas y alrededor de 900 personas. Su área operativa llegaba hasta 100 millas náuticas al sur de Lampedusa, por lo que situaba la ayuda más cerca de la costa de Libia, donde se producen la mayoría de los naufragios.

Esta iniciativa para salvar más vidas funcionó. En el curso del año siguiente, Mare Nostrum ayudó a rescatar a más de 166.000 personas, en medio de un aumento masivo del número personas que hacían la peligrosa travesía marítima.

Pero en Europa hubo quienes mostraron sus dudas ante estos esfuerzos unilaterales, alegando que estaban animando a la gente a viajar. Mientras en Italia otros se quejaban de que el país no debía hacerse cargo en solitario de los gastos de la operación. Mare Nostrum cesó gradualmente para ser sustituida a finales de 2014 por Tritón, una operación paneuropea de control de fronteras con el mandato de actuar dentro del límite de 30 millas náuticas de la costa italiana. Siguieron llegando personas pese al mal tiempo y a la desaparición de Mare Nostrum, que supuso una drástica reducción de la capacidad de búsqueda y salvamento en el Mediterráneo central y que tuvo resultados catastróficos.

Los naufragios y los incidentes en el mar con víctimas mortales se han hecho aún más habituales desde que finalizó Mare Nostrum. El 20 de abril, en un único suceso, un arrastrero volcó y se hundió, causando la muerte de alrededor de 820 personas migrantes y refugiadas. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, fue el incidente más mortífero que había registrado hasta entonces en el Mediterráneo.

El puesto de la guardia costera de Lampedusa sigue respondiendo con valentía a las llamadas de socorro. Están “siempre presentes” para salvar vidas, nos dijo su comandante, el capitán de corbeta Salvatore di Grande.

Pero lo único que tienen a su disposición son cuatro pequeños barcos de salvamento atracados en el puerto de Lampedusa, en cada uno de los cuales caben entre 40 y 50 personas, aunque han tenido que transportar hasta 110 en casos de emergencia.

 

El puesto de la guardia costera de Lampedusa sigue respondiendo con valentía a las llamadas de socorro, pero la crisis supera considerablemente su capacidad de ayudar. © Amnesty International

 

La crisis supera considerablemente su capacidad de responder. En un fin de semana reciente, recibieron 20 llamadas de socorro distintas. Cada vez hay que recurrir más a los barcos mercantes que pasan por la zona —pese a que no están equipados para operaciones de búsqueda y salvamento— para cubrir las lagunas que ha creado la desaparición de Mare Nostrum.

Los supervivientes

El aumento de refugiadas y migrantes que buscan protección y una vida digna en Europa ha causado una afluencia constante de personas a través de Lampedusa.

Cuando visitamos el centro de recepción para migrantes y refugiados a finales de la semana pasada, albergaba a 263 personas.

Un trabajador social del centro nos dijo que, apenas unos días antes, habían tenido a más de 1.400 migrantes y refugiados rescatados apiñados en este pequeño centro, concebido para acoger sólo a unas 380 personas durante periodos breves antes de su traslado a centros más grandes de Sicilia. El lugar estaba tan lleno que muchas personas tuvieron que dormir al aire libre. Una pila de colchones que llegaba hasta el tejado en una esquina trasera del edificio daba testimonio de ello.

 

El centro de recepción de Lampedusa está concebido para albergar a alrededor de 380 personas, pero un trabajador social nos dijo que había acogido a más de 1.400 a la vez. © Amnesty International

 

Las personas a las que vimos dentro del centro procedían de muchos países: Nigeria, Somalia, Eritrea, Costa de Marfil, Malí, Guinea, Senegal. Durante nuestra visita, un grupo de adolescentes comenzó a jugar un partido improvisado de fútbol en el patio usando botellas de agua y piedras como porterías. Muchos gritaban en francés o en sus lenguas nacionales. Estallaron pequeños conflictos que luego se disiparon sobre lo que consideraban faltas.

Había grupos de niños y hombres, y un pequeño número de mujeres, sentados en los laterales, viendo el juego o con la mirada perdida. Un niño eritreo de no más de cuatro años jugaba con un trabajador social. Se rió y garabateó en mi cuaderno, pero no dijo una palabra. No estaba claro si había alguien que pudiera entenderle.

Algunos viandantes charlaron libremente con nosotros cuando nos acercamos. Otros parecían al margen, distantes y traumatizados por lo que habían vivido. Un trabajador social dijo a nuestro equipo que había que dejar tranquilas a dos mujeres en concreto.

Alí, un muchacho de 15 años de Somalia, contó su historia. Huérfano desde temprana edad en medio del conflicto de su país, decidió partir hacia Europa en un viaje financiado por el padre de un amigo. Explicó que en una odisea de tres meses atravesó el Sáhara con unos traficantes de personas, tuvo que enterrar a su amigo en el desierto, presenció una sangrienta explosión en Libia y luego quedó atrapado en alta mar, en un barco no apto para navegar.

La ayuda tardó seis horas en llegar después de que su pequeña embarcación empezara a perder aire. Dijo: “fue el peor momento de mi vida”. Más de 70 personas se apiñaban en el barco condenado, 22 de ellos con quemaduras graves.

Sentí que había vuelto a nacer.
Alí, somalí, 15 años

“Sentí que había vuelto a nacer”, dijo Alí tras ser rescatado. Miles de otras personas en su situación nunca consiguieron salir con vida del mar.

Reanudar el salvamento

Quizá lo más increíble del aumento exponencial de las muertes en el Mediterráneo central es lo fácil que sería para Europa ponerle fin.

“Nos llevó poco más de un fin de semana organizarla [la operación Mare Nostrum]. La Marina italiana está preparada”, había dicho el comandante Massimiliano Lauretti a Amnistía Internacional. “Tenemos procedimientos bien ensayados. Hemos adquirido experiencia. Si nos lo piden, podemos reanudar la operación humanitaria en […] 48-72 horas.”

Lo que falta es voluntad política. La cumbre de emergencia celebrada el mes pasado en Bruselas para tratar de abordar la crisis del Mediterráneo sólo resolvió el problema a medias.

Se van a triplicar los fondos destinados a la operación Tritón, pero lo cierto es que esto no abordará las necesidades de la búsqueda y salvamento en el Mediterráneo central, sobre todo porque Tritón despliega actualmente sus barcos demasiado cerca de las costas europeas. Lo que hace falta es una operación humanitaria que patrulle en alta mar, entre Lampedusa y Libia, donde se producen la mayoría de las muertes.

La indiferencia del mar

De nuevo en el avión y dejando Lampedusa atrás por ahora, una bruma gris envolvió rápidamente el monte bajo que rodea el diminuto aeropuerto. Con las hélices girando, ascendimos y nos alejamos, y esa imagen fue engullida enseguida por un azul opaco.

Fue difícil no pensar que la indiferencia de este inmenso mar hacia la tragedia humana que alberga no está tan alejada de la cruel indiferencia de los líderes políticos europeos hacia el sufrimiento que está en sus manos detener.

Actúa:

Stop people from suffering and dying at our borders !

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