Cómo el miedo a la vigilancia obliga a los activistas a ocultarse de la vida pública en Bielorrusia

De Joshua Franco, Technology and Human Rights Researcher at Amnesty International @joshyrama

“En principio, si hablo dentro de un edificio o por teléfono o escribo un mensaje de correo electrónico doy por sentado que todo llega al KGB (Comité de Seguridad del Estado de Bielorrusia). Así que me despreocupo, hablo abiertamente y digo sólo lo que diría si tuviera a un agente del KGB sentado a mi lado.”

Esto es lo que me contó un activista de Bielorrusia cuando le pregunté por la realidad de vivir bajo la amenaza de la vigilancia.

Había viajado hasta allí para ver por mí mismo si la situación de los derechos humanos había mejorado tras la enorme campaña de represión contra los activistas de 2010 y qué papel desempeñaba la vigilancia en esto, para un nuevo informe de Amnistía Internacional sobre este tema. Al principio me sorprendió cuántas de mis conversaciones con activistas empezaban con la gente diciéndome que “no tenían nada que ocultar” y no estaban haciendo “nada ilegal”.

Estamos en el siglo XXI, pero todavía tenemos que vernos en persona, como en los 90.
Activista bielorruso

Pero si muchos de estos activistas habían sido detenidos o encarcelados sólo por hablar contra el gobierno o por protestar, ¿de verdad creían que no tenían nada que ocultar?

A medida que hablaba con más personas, la respuesta se revelaba más compleja. Los activistas me contaron que nunca hablaban del dinero de sus organizaciones por teléfono, que usaban nombres en clave para personas y lugares, y que sospechaban que espiaban lo que decían en sus casas e incluso en sus oficinas.

Una defensora de los derechos humanos me dijo que debido al miedo a las escuchas, su oficina “no era un lugar para conversaciones serias”. No pude evitar sonreír y señalar que estábamos en su oficina mientras me lo decía, a lo que ella respondió que, por suerte, hablar con Amnistía Internacional no era ilegal.

Esto dio una pista. Hablar abiertamente —no tener nada que ocultar— tenía mucho que ver con saber de qué era seguro hablar y qué había que ocultar.

Los y las activistas con quienes hablé utilizaban la autocensura como una estrategia clave para la supervivencia. Para vivir a tiempo completo con el riesgo de la vigilancia, tenían que saber de qué temas podían hablar abiertamente. Los activistas actúan como si el KGB estuviera constantemente en la habitación con ellos.

Conversaciones serias

Tenía curiosidad por saber qué temas consideraban más delicados los activistas. La mayoría de las veces tenían que ver con la planificación de actos públicos o protestas, o con la financiación o la membresía de sus organizaciones. En Bielorrusia, actuar en nombre de una ONG no inscrita oficialmente en el registro o asistir a una protesta pacífica, pero no autorizada, puede conllevar un enjuiciamiento penal, incluso si son derechos garantizados en el derecho internacional.

Los activistas me dijeron que, para hablar de estos temas, tenían que comunicarse usando el cifrado u otros medios seguros, y que trataban de proteger su anonimato. Y esto era sólo cuando las comunicaciones electrónicas eran inevitables, como con los donantes extranjeros. Preferiblemente, estos temas sólo se hablan cara a cara, y sin teléfonos móviles que puedan grabar ubicaciones o conversaciones.

No podían hablar en lugares públicos. Me dijeron que podían estar vigilados y que los cafés no se consideraban seguros, impresión corroborada hace poco, cuando varios políticos de la oposición descubrieron un dispositivo de escucha en el servilletero que un camarero había puesto en su mesa en un café de Minsk.

Si proteges toda tu información, no puedes llegar a nadie [...] Hace que nuestro trabajo sea mucho menos eficaz.
Activista bielorruso

Los activistas han aprendido a ocuparse de estas amenazas. La formación en seguridad digital es cada vez más popular, y la mayoría de los activistas que conocí sabía cifrar sus datos.

Pero ¿cuál es el coste de toda esta seguridad para los activistas y sus organizaciones en Bielorrusia? La necesidad de ocultar información constantemente hace que les sea casi imposible actuar. Por ejemplo, si dar a conocer una protesta no autorizada puede acabar en un enjuiciamiento, ¿cómo pueden organizar los activistas una protesta de cualquier envergadura? Eso significa que el gobierno ya no necesita detener y encarcelar a quienes lo critican porque también se puede silenciar la disidencia con la mera amenaza de vigilancia.

Como dijo un activista: “Si proteges toda tu información, no puedes llegar a nadie [...] No es fácil. No ayuda nada a nuestro trabajo. Hace que nuestro trabajo sea mucho menos eficaz. Odio toda esta seguridad [...] [nuestra organización] desaparecerá, se convertirá en sólo un grupo secreto.”

Límites invisibles

Pero no se equivoquen: el activismo en Bielorrusia no está muerto ni mucho menos. Aunque muchos líderes de la oposición y otras personas se exiliaron tras la represión de 2010, sigue habiendo numerosos defensores y defensoras de los derechos humanos, periodistas, abogados y otras personas valientes que hacen un trabajo increíble en circunstancias difíciles para controlar el poder del gobierno y hablar en nombre de las víctimas de las violaciones de los derechos humanos.

Tampoco han cesado las detenciones. Los sitios independientes de noticias informan de una corriente constante de activistas que son interrogados, detenidos o enjuiciados por participar en protestas. En un ejemplo entre muchos, hace poco el activista Pavel Vinahradau fue condenado arbitrariamente a seis meses de “supervisión preventiva” (un tipo de arresto domiciliario) por haber participado en protestas pacíficas.

Pero aunque el activismo continúa, es evidente que se podría hacer mucho más sin la amenaza constante de la vigilancia.

Las autoridades han establecido un sistema que hace caso omiso de las normas internacionales. Pueden someter a casi cualquier persona a vigilancia por multitud de razones legales demasiado generales, sin someterse a supervisión independiente, y de un modo totalmente envuelto en el secreto.

De este modo, un extranjero que visite Minsk podría dejarse engañar por la apariencia tranquila de la ciudad y marcharse pensando que la situación de los derechos humanos ha cambiado. Pero escuchando a los activistas que trabajan en este contexto, es evidente que, bajo la superficie, la amenaza invisible pero constante de la vigilancia mantiene a la sociedad civil controlada. La proliferación de Internet y de los teléfonos móviles en Bielorrusia no ha aumentado la libertad para los activistas, sino que los ha sometido a restricciones aún más estrictas.

Como dijo un activista: “muchas cosas serían más sencillas [sin la amenaza de la vigilancia]. Es bastante difícil, si tienes que hablar de algo tienes que ver a la persona. Así que estamos en el siglo XXI, pero todavía tenemos que vernos en persona, como en los 90”.

Esta entrada de blog se publicó originalmente en OpenDemocracy.net.