Por qué hablo de mi violación

En el verano de 2017, tras una reunión que había terminado tarde, me quedé a dormir en casa de un buen amigo, en Copenhague, como había hecho ya anteriormente. En mitad de la noche, me desperté y vi a un hombre, subido a mi cama. Me rodeó la garganta con el brazo y se puso sobre mí. Sujetándome bruscamente contra el colchón me violó. El hombre era mi amigo.

Hacía años que nos conocíamos, desde que yo tenía treinta y pocos, y confiaba en él. A veces, si estaba en Copenhague, me quedaba en casas de amigos para no tener que hacer el largo viaje de regreso a casa, en Jutlandia, en automóvil, y eso es lo que hice esa noche de verano de 2017. Fue una noche que me cambió la vida.

Me desperté sobresaltada. Había un hombre en la habitación, subido a mi cama. Me rodeó la garganta con el brazo, se puso sobre mí y me violó. El hombre era mi amigo.

Kristine Holst

Al día siguiente me encontraba en estado de shock.

Tarde un día entero en poder siquiera decir la palabra “violación”. En vez de ello decía “accidente”, y, en muchos aspectos, la sensación que tenía en ese momento no era muy distinta de la desorientación que se siente tras tener un violento accidente de automóvil. Y el trauma no desaparece.

Por desgracia, mi experiencia de violación no es infrecuente. Paradójicamente, a pesar de su imagen de país de la igualdad de género, la realidad es completamente distinta para las mujeres en Dinamarca. Como revela hoy un informe de Amnistía Internacional, en Dinamarca existe una “cultura de violación” generalizada, con un grado de impunidad de la violencia sexual increíblemente alto y anticuadas leyes sobre la violación que no cumplen las normas jurídicas internacionales.

En Dinamarca se denuncian muchísimas menos violaciones de las que realmente se producen, e incluso cuando las mujeres acuden a la policía, las probabilidades de que se procese o condene al violador son muy escasas. De las violaciones o intentos de violación de 2017 (las estimaciones oscilan entre 5.100, según el Ministerio de Justicia, y 24.000, de acuerdo con un estudio reciente), sólo se denunciaron en la policía 890. De ellas, 535 dieron lugar a procesamiento y sólo 94 a sentencia condenatoria.

Como he comprobado por mí misma al intentar orientarme en el sistema de justicia durante el último año y medio, las mujeres y las niñas están desatendidas debido a peligrosas y desfasadas leyes.

Paradójicamente, a pesar de su imagen de país de la igualdad de género, la realidad es completamente distinta para las mujeres en Dinamarca.

Kristine Holst

A menudo, la violación no se denuncia por el temor de la víctima a no ser creída, el estigma y la falta de confianza en el sistema de justicia, y cuando se denuncia, los obstáculos para que se haga justicia pueden resultar insuperables. El motivo del bajo índice de sentencias condenatorias es la existencia de prejuicios profundamente arraigados en el sistema de justicia. La falta de confianza en el sistema, el temor de la víctima a no ser creída y la tendencia a culparse a sí misma son factores que hacen que se denuncien menos violaciones de las que realmente se producen.

Yo tardé dos días y medio en intentar presentar una denuncia en la policía. Pero no fue sencillo.

Cuando llamé por teléfono a la comisaría de mi zona me dijeron que tenía que denunciarlo en Copenhague, porque era allí donde se había producido la violación. La policía de Copenhague me dijo que fuera a la comisaría de mi zona, porque ellos tenían mucho trabajo.

En la comisaría de mi zona, un policía me advirtió de que, si mentía, podría ir a la cárcel. Cuando terminé de contar lo que había sufrido, me dijo que en los casos en que la víctima y el violador se conocen rara vez se hace algo. También admitió que, como él no había atendido nunca una denuncia de violación, yo debía ir a otra comisaría situada a unos 20 kilómetros para presentar la mía, así que tuve que contar todavía mi caso a otro desconocido.

Conduje los 20 kilómetros llorando. Si hubiese tenido 20 años, probablemente habría desistido en ese momento, pero, a pesar del miedo, la vergüenza y la humillación, estaba decidida a pedir justicia. Al final, tras varias entrevistas más con la policía en Copenhague, se admitió por fin mi caso. Pero hubo que superar muchos obstáculos.

El proceso fue lento. El abogado que me asignaron al principio como víctima estaba especializado en asuntos inmobiliarios, así que tuve que buscarme yo misma otro que supiera algo de casos de violencia sexual. Tuve que contar otra vez lo que me había pasado a cada uno de ellos. En mi caso hubo muchos fallos, como que la policía tardara casi un mes en recabar pruebas esenciales, visitar el lugar de los hechos y entrevistar al presunto violador desde que presenté la denuncia. Cuando llegó por fin a los tribunales, el juez permitió que el abogado defensor se refiriera a las relaciones sexuales que yo había tenido antes para sugerir que eran prueba de “conducta promiscua”.

Pero lo peor de todo fue la insistencia de la policía, los abogados y el juez en si había pruebas de violencia física: en si yo había opuesto resistencia, en vez de en si había dado mi consentimiento.

Aunque había dicho muchas veces a mi violador que parara, me hicieron reiteradas preguntas sobre las pruebas físicas de que había opuesto resistencia.

Esa insistencia refleja el hecho de que la legislación danesa no defina aún la violación atendiendo a la falta de consentimiento. En vez de ello, utiliza una definición basada en si hubo violencia física, amenazas o coacción o en si se determina que la víctima fue incapaz de oponer resistencia. La asunción de que la víctima dio su consentimiento porque no se resistió físicamente es sumamente problemática, pues especialistas en la materia reconocen que la “parálisis involuntaria” o “bloqueo” es una respuesta fisiológica y psicológica habitual a la agresión sexual.

Lo cierto es que las relaciones sexuales sin consentimiento son violación. No reconocerlo así en la legislación deja a las mujeres como yo expuestas a sufrir violencia sexual.

Kristine Holst

Esta insistencia en la resistencia y la violencia en vez de en el consentimiento afecta no sólo a la denuncia de la violación, sino también a la sensibilización en general sobre la violencia sexual, aspectos ambos que son esenciales para prevenir las violaciones y abordar la impunidad. Ahora el hombre puede alegar que la mujer no dijo “no”, pero la cuestión debe ser si dijo “si”.

Lo cierto es que las relaciones sexuales sin consentimiento son violación. No reconocerlo así en la legislación deja a las mujeres como yo expuestas a sufrir violencia sexual y fomenta un peligrosa cultura de culpabilización de la víctima e impunidad, reforzada por mitos y estereotipos que son comunes en la sociedad danesa.

El año pasado supe que, en aplicación de la legislación danesa, el hombre, mi amigo, había sido absuelto, porque no se había podido probar la violación “más allá de toda duda razonable”.

Cambiar la legislación no resolverá el problema de la noche a la mañana. Pero será un paso importante, que, junto con educación y con un cambio en nuestro modo de pensar en la violación, con suerte hará que otras mujeres no tengan que sufrir el trauma por el que yo pasé esa noche de verano en Copenhague.

Kirstine Holst es periodista. Su caso es uno de los muchos incluidos en el informe de Amnistía Internacional sobre las supervivientes de violación en Dinamarca Give us respect and justice! Overcoming barriers to justice for women rape survivors in Denmark

Este artículo fue publicado por primera vez en la revista Time.