Un año después del asesinato de Xulhaz Mannan y Mahbub Rabbi Tonoy

“Puede que no venga nunca más. Tengo miedo. Tenías que huir de un lado a otro una y otra vez por el temor a ser asesinado por los extremistas. Si algo parecido sucede de nuevo, no tendré la fuerza o la capacidad de actuar como tú.”

He recibido muchos mensajes como este de otros colegas activistas LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transgénero) de Bangladesh durante el año último año. El 25 de abril de 2016, unos extremistas asesinaron sin piedad a Xulhaz Mannan y Mahbub Rabbi Tonoy por promover los derechos del colectivo LGBT en Bangladesh y nada ha sido lo mismo desde entonces.

Era una tarde normal y perezosa en Dacca y mi amigo Xulhaz acababa de volver del trabajo. Estaba sentado junto a Tonoy y otro amigo en su piso, hablando sobre amenazas y cosas que debían hacer para protegerse, cuando oyeron el timbre de la puerta. Un hombre dijo que tenía un paquete para ellos. En ese momento, un grupo de hombres armados con machetes irrumpieron en el piso y asesinaron brutalmente a Xulhaz y Tonoy. Desde fuera, testigos presenciales dijeron más tarde que se podían oír los gritos de “Nara e takbeer – Allahu akbar [Dios es grande]. Había sangre roja espesa y pisadas de los asesinos por todo el piso, que había servido de semillero para nuestras ideas y pensamientos creativos. Desde que otro amigo me hizo esta descripción, se me instaló en el pecho un animal oscuro y feo llamado “miedo”, de pequeñas y afiladas garras, que me acompaña permanentemente.

La noche posterior a los asesinatos no pude dormir, ni me sentí seguro para volver a casa. Todo estaba oscuro y el silencio era total. Esa noche, me escondí por ahí y podía oír los pasos de los gatos sobre el tejado de chapa ondulada. Me parecía que el sonido de sus patas almohadilladas era un extremista blandiendo un machete que venía a por mí. Muchos de nosotros tuvimos que ocultarnos inmediatamente. Este último año, hemos tenido que mudarnos de un lado a otro, de hoteles asquerosos a apartamentos desconocidos, con amigos comunes, o a otro país. He tenido que cambiar de lugar ocho veces, con o sin mi pareja. Para mí, la definición de casa o país ha cambiado mucho en los últimos doce meses: he comenzado a sentirme como si ya no tuviera un hogar.

La policía suele hostigar a las personas LGTB en Bangladesh, y no tardé en darme cuenta de que no podía acercarme a ellos para buscar protección. De hecho, sabía que la policía podía detenerme en cualquier momento como parte de la “investigación”. Y en cuanto estuviera en la comisaría… (Mejor no hablar de ello. Que el resto del mundo no conozca los espeluznantes detalles de los llamados interrogatorios policiales). Sentía que tenía que escapar cuanto antes.

Las personas del colectivo LGBT hemos convivido mucho tiempo con amenazas, pero tras los asesinatos estas se han vuelto más siniestras. Inmediatamente después comenzaron a llegar cartas más amenazadoras. Teníamos que escapar. Muchos querían escapar de sus propias vidas. En un año, el miedo llevó a muchos de mis amigos a abandonar su país, probablemente para siempre. Cuando hablo con ellos siempre quiero preguntarles cuándo creen que volverán a casa, quiero verlos personalmente, como solía hacer. Pero no les pregunto y nunca lo haré. No volverán.

Inmediatamente después de los asesinatos, algunos de nosotros, los activistas más conocidos, nos refugiamos en dos casas seguras. Por razones obvias no podíamos salir. No debíamos abrir las ventanas, ni siquiera acercarnos a ellas. Vivir allí durante dos meses en una incertidumbre extrema y con muy poco en lo que ocupar mi mente me enloquecía. Era un sentimiento muy extraño, demasiado extraño para expresarlo en palabras.

Cuatro días después de los asesinatos, Ansar al Islam (Seguidores del Islam), un grupo armado de Bangladesh que afirma estar vinculado a Al Qaeda en el subcontinente indio, emitió un comunicado reivindicando la responsabilidad. Poco después, el ministro del Interior Asaduzzaman Khan Kamal dijo: “Nuestra sociedad no permite ningún movimiento que promueva prácticas sexuales antinaturales.” Al igual que en el caso del bloguero laico asesinado en 2013, los funcionarios del gobierno parecían dar a entender que éramos los causantes de nuestra situación.

Tontamente pensé que los asesinos estarían detenidos en seis meses. Pero se ha avanzado muy poco. El 10 de enero de 2017, la policía incumplió el noveno plazo para presentar un informe sobre la investigación de los asesinatos.

Como comunidad, nuestras actividades se han detenido. Los pocos de nosotros que no hemos abandonado el país estamos demasiado asustados para organizarnos. Es frustrante ver que hemos retrocedido varios años después de todos los avances logrados por la comunidad LGBT de Bangladesh. Ahora, cuando trato de afrontar mi día a día aquí en Dacca, el mayor reto al que me enfrento es la autocensura. Tuve que eliminar mis entrevistas, blogs, artículos y cualquier rastro de mi activismo, y cambiar mi número de teléfono móvil. Me han aconsejado que no utilice Facebook, Instagram, Twitter u otras plataformas que podrían revelar mi ubicación.

Algunas veces sentado en mi sofá acaricio a mi gato. Cierra los ojos plácidamente y finge que duerme. El mundo entero está cambiando muy deprisa, pero, al igual que mi gato, actuamos como si no viéramos estos cambios.

Lo que me mantiene motivado es nuestro poder sobrehumano para enfrentarnos a esta nueva realidad. Aún pienso en planes para nosotros que me dan esperanza: empresas emergentes, microfinanciación colectiva, periodismo ciudadano, audioblogs y qué sé yo qué más. Pero necesitamos apoyo para conseguirlo. En el aniversario de los asesinatos, las autoridades podrían dar un pequeño paso para honrar a Xulhaz Mannan y Mahbub Rabbi Tonoy: hacer todo lo posible para llevar a sus asesinos ante la justicia.

*Ta es un seudónimo, se ha cambiado el nombre para proteger al autor.

Las opiniones y puntos de vista aquí expresados pertenecen al autor y no reflejan necesariamente la política o la postura de Amnistía Internacional.