Estados Unidos: Una bebé queda separada de su familia al otro lado del mundo por la caótica prohibición de Trump a los musulmanes

De Rawya Rageh, Senior Crisis Response Advisor at Amnesty International (@RawyaRageh)

Fue una elección atroz que ninguna familia debería verse obligada a hacer jamás.

¿Debían quedarse junto a sus dos hijas pequeñas y arriesgarse a perder la que quizá fuera su única oportunidad de escapar de los horrores de la guerra o tratar de huir hacia la libertad dejando a su hija de un año en un país extranjero al otro lado del mundo?

Este fue el dilema infernal al que se enfrentaron Baraa Ahmed (nombre ficticio) —ciudadano de doble nacionalidad estadounidense y yemení— y su esposa, separados de su bebé de pecho después de que el presidente Trump firmase la prohibición discriminatoria de viajar.

“Jamás habría dejado a mi hija en Malasia y regresado [a Estados Unidos] de no haber sido por la decisión del presidente. No habría dejado a mi hija por nada del mundo […] Pero [la orden ejecutiva de Trump] nos abocó a hacer lo que hicimos”, dijo Baraa Ahmed a Amnistía Internacional.

Jamás habría dejado a mi hija en Malasia y regresado [a Estados Unidos] de no haber sido por la decisión del presidente. No habría dejado a mi hija por nada del mundo […] Pero [la orden ejecutiva de Trump] nos abocó a hacer lo que hicimos.
Baraa Ahmed, ciudadano estadounidense y yemení en Nueva York

¿Qué fue lo que los llevó a dejar a su bebé al cuidado de unos amigos en Malasia, un país a 15.000 km en el que no tienen vínculos estrechos?

El sueño americano

Baraa Ahmed salió de Yemen hace varios años para buscar trabajo en Estados Unidos y poder dar a su familia una vida mejor. Se estableció en Nueva York, donde ahora trabaja como vendedor. En 2014 obtuvo la ciudadanía estadounidense por naturalización y, ese mismo año, presentó solicitudes de visado para su esposa y su primera hija, aún pequeña, que les permitieran reunirse con él.

Hasta aquí, su historia familiar no se diferencia mucho de la de tantas otras personas procedentes de todo el mundo que trabajan arduamente para empezar una nueva vida en Estados Unidos.
Pero dos acontecimientos desastrosos e impredecibles han convertido su sueño americano en una pesadilla interminable.

En primer lugar, en marzo de 2015 la agitación política en Yemen degeneró en un sangriento conflicto armado que atrapó a la población civil entre bombardeos aéreos y ataques terrestres y provocó el desplazamiento de dos millones de personas.

Luego, en enero de 2017, tras llegar al poder apoyándose en un tóxico discurso xenófobo y divisivo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó una orden ejecutiva que prohíbe la entrada en el país a todas las personas procedentes de Yemen y de otros seis países de mayoría musulmana.

Según Trump, la prohibición estaba destinada a impedir la entrada de “terroristas”. Pero lo que esta medida flagrantemente discriminatoria ha hecho en realidad es sembrar el miedo entre las personas refugiadas que huyen de la guerra y la persecución y sumir en el caos a miles de personas de todo el mundo que, como la familia de Baraa Ahmed, ya estaban inmersas en los largos trámites de solicitud de visado y verificación de antecedentes.

Quería traer aquí a mi esposa y a mi hija por la situación de Yemen, porque estaban viviendo en [...] una de las zonas más afectadas por la guerra. Quería tenerlas conmigo, pero mi principal preocupación era la guerra.
Baraa Ahmed

“Quería traer a mi esposa y a mi hija aquí por la situación de Yemen, porque viviendo en [...] una de las zonas más afectadas por la guerra. Quería tenerlas conmigo, pero mi principal preocupación era la guerra”, dijo Baraa Ahmed.

El coste de huir de los estragos de la guerra

Después de que los disturbios obligasen a cerrar la embajada de Estados Unidos en Saná, la capital yemení, Baraa Ahmed organizó un costoso viaje para que su esposa y sus hijas pequeñas se trasladasen a Kuala Lumpur (Malasia), donde podrían continuar con el proceso de solicitud de visado. Un familiar varón tuvo que acompañarlas cuando salieron de Yemen a finales de marzo de 2016, en un viaje en el que atravesaron tres países antes de poder volar por fin a Malasia.

Por su parte, Baraa Ahmed voló de Nueva York a Kuala Lumpur para reunirse con ellas, y durante los 11 meses que pasaron allí esperando los visados, calcula que pagó más de 40.000 dólares estadounidenses en vuelos, alquiler de alojamiento y auto, tasas relacionadas con los visados y otros gastos.

Pero lo peor no fueron los gastos y el retraso, sino el caos total que vino después. Puesto que su hija menor había nacido a finales de 2015, más de un año después de que Ahmed presentara las solicitudes de visado para su esposa y su hija mayor, tuvo que presentar otra solicitud de visado para ella y pagar una costosa prueba de paternidad. Pese a haber mantenido múltiples entrevistas con funcionarios de inmigración estadounidenses sobre el expediente de la niña y a haber recibido respuestas halagüeñas en varias fases del proceso, la solicitud de visado de la bebé continuó tramitándose por separado, de manera que cuando su esposa y su hija mayor recibieron sus visados a finales del año pasado aún no había noticias de la solicitud de la menor.

Una vez más, se vieron obligados a esperar.

Una familia desgarrada por una firma

Entonces, el 27 de enero de este año llegó la devastadora noticia de la prohibición de viajar de Trump. Cuando una corte federal de primera instancia estadounidense dictó la suspensión temporal de la orden ejecutiva, los ciudadanos y ciudadanas yemeníes con visados estadounidenses en vigor se apresuraron a viajar a Estados Unidos para evitar la amenaza de una nueva prohibición. Sin noticias sobre el visado de la bebé, Baraa Ahmed y su esposa se enfrentaron a una decisión imposible... y optaron por volar a Estados Unidos dejando atrás a su hija menor.

“No tuve más elección que dejar a mi hija con un amigo y su esposa y regresar [a Estados Unidos] para que mi esposa y mi hija mayor [...] pudieran entrar. Fue una elección muy cruel. Pero, ¿qué otra cosa podía haber hecho?
Baraa Ahmed

“No tuve más elección que dejar a mi hija con un amigo y su esposa y regresar [a Estados Unidos] para que mi esposa y mi hija mayor, a las que sí les habían concedido el visado, pudieran entrar [...]. Fue una elección muy cruel. Pero, ¿qué otra cosa podía haber hecho? No tuve elección. No podía arriesgarme a que todas perdieran la oportunidad de entrar”, dijo a Amnistía Internacional.

Con dificultades económicas y a la espera de que expidan las tarjetas de residencia de su esposa y su hija mayor, de momento la familia no puede regresar a Malasia, ni siquiera para visitar a su hija.

Este calvario está llevando a la esposa al borde de la locura.

“[La bebé] aún estaba tomando el pecho cuando fue separada de su madre. Y ahora la madre está como loca; tiene comportamientos extraños. Me lo recrimina, dice que esto es culpa mía. Puedes figurarte cómo extraña a la niña. Hasta yo estoy sufriendo lo indecible. Me siento desgarrado por dentro por haber abandonado a mi hija”, dijo Baraa Ahmed.

Nota: Este artículo se publicó originalmente en el International Business Times.

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