Cinco años de crisis, cinco millones de personas refugiadas sirias

De Khairunissa Dhala

Durante los últimos cinco años, la crisis de Siria ha dejado tras de sí más de 250.000 personas muertas, decenas de miles de víctimas de desaparición forzada y millones de personas internamente desplazadas en Siria. También ha obligado a cinco millones de personas a huir del país como refugiados.

Pese a la alarmante dimensión de la crisis, el apoyo de la comunidad internacional a las personas refugiadas y al puñado de países más cercanos a Siria que acogen a la mayoría de ellas ha sido deplorablemente insuficiente.

Jordania está desbordada: acoge a 639.704 personas refugiadas sirias —cifra equivalente al 10 % de su población— registradas en la Agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR). La limitada ayuda humanitaria, el agotamientos de los ahorros y la falta de oportunidades para obtener medios de sustento están agravando la situación de las personas refugiadas sirias en Jordania. La gran mayoría vive en zonas urbanas fuera de los campos de refugiados, donde lucha por acceder a servicios vitales, como la atención médica.

El pasado mes de noviembre conocí a Awad y su familia en Sahab, ciudad del extrarradio de la capital jordana, Ammán. Su hogar es ahora un reducido apartamento de dos habitaciones que comparte con su esposa Fairuz, sus ocho hijos pequeños y su madre Warde.

Los primeros tres meses después de abandonar el campo fueron muy duros. Teníamos la sensación de que, literalmente, nos estábamos muriendo.
Awad, refugiado sirio que huyó de Alepo con su familia

Son una familia de Alepo. Abandonaron su hogar en 2012 huyendo de los intensos bombardeos de las fuerzas gubernamentales sirias. Awad relató cómo iban desplazándose de un pueblo a otro, viviendo en casas de labranza y escuelas abandonadas. Pero los cohetes y las bombas los seguían allá donde iban, lo que los obligaba a seguir desplazándose. Un día al comienzo del verano de 2013, su hija Sarah, de ocho años, estaba jugando fuera cuando un cohete cayó cerca de ella y la hirió de gravedad en una pierna.

A toda prisa, Awad llevó a Sarah al hospital de campaña más cercano, pero éste también había sido bombardeado. Por suerte, encontró otro hospital de campaña operativo en un sótano cercano. El médico le dijo que la única solución era amputar la pierna. “Me entregaron la pierna en una bolsa para que pudiera enterrarla. Yo lloraba; no podía enterrarla, así que lo hizo el médico”, contó.

La familia esperó a que las heridas de la amputación se curaran antes de huir a Jordania, donde albergaban la esperanza de que Sarah pudiera ser tratada.

Cuando llegaron a Jordania, se instalaron inicialmente en Zaatari, el segundo campo de refugiados más grande el mundo, que acoge a cerca de 80.000 personas refugiadas sirias. No obstante, recibieron amenazas de residentes del campo a los que Awad describió como “mafiosos”. Les tenían antipatía porque procedían de un lugar de Siria diferente al de la mayoría de la población del campo. Los hombres golpearon a Awad y lo amenazaron con quemar la caravana de la familia si no se marchaban.

Al final, tuvo que pagar a un contrabandista de personas para que los sacara a él y a su familia del campo. No podían abandonar el campo oficialmente porque las estrictas normas jordanas les exigían cumplir condiciones de “rescate” específicas.

Puesto que no realizaron los trámites oficiales para salir de Zaatari, Awad y su familia no pueden obtener la tarjeta de servicios del Ministerio del Interior, crucial para que quienes viven fuera de campos de refugiados accedan a los servicios públicos.

“Los primeros tres meses después de abandonar el campo fueron muy duros —dijo Awad—. Teníamos la sensación de que, literalmente, nos estábamos muriendo.”

Antes de lograr obtener vales para comida del ACNUR, tuvieron que sobrevivir durante varios meses con donativos de particulares. No obstante, como carecen de los documentos necesarios, ninguno de los niños puede ir a la escuela.

Desafortunadamente, la historia de sufrimiento y pérdida de esta familia no es un caso aislado. En visitas a Líbano e Iraq, he oído a personas refugiadas sirias contar historias similares sobre las dificultades a las que se enfrentan para acceder a servicios básicos, incluida la atención médica. También me impresionó su resiliencia y su determinación de no perder nunca la esperanza de un futuro mejor para ellos y sus familias.

Al no contar con apoyo suficiente de la comunidad internacional, los países anfitriones de la región, que en un inicio acogieron generosamente a las personas refugiadas de Siria, se encuentran ahora en una situación límite. Cada vez hacen retroceder a más personas refugiadas, endureciendo los controles fronterizos, limitando su registro y bloqueando su acceso a los servicios públicos. Más de 35.000 personas sirias a las que se ha negado la entrada en Jordania llevan meses abandonadas a su suerte en condiciones humanitarias extremas en el lado jordano de la frontera con Siria, conocido como la “berm”.

La situación se ha vuelto tan insoportable que muchas personas sirias están eligiendo arriesgar su vida y regresar a Siria, incluso a zonas en las que continúan los combates.

Entre mayo y septiembre del año pasado, el número de personas sirias que optaron por regresar a Siria desde Jordania superó el de llegadas, según el ACNUR. Las que regresan saben que es un viaje sin retorno: Jordania no las dejará volver a entrar en el país una vez que hayan cruzado la frontera con Siria.

Otras personas arriesgan la vida en peligrosos viajes por mar a Europa y otros lugares.

El hecho de que la población refugiada siria esté dispuesta a arriesgarlo todo pone de manifiesto la creciente inviabilidad de la situación a la que se enfrentan en Jordania y otros países anfitriones como Líbano, Turquía, Iraq y Egipto.

Es preciso hacer mucho más para aliviar la presión que soportan estos países, que actualmente albergan al 95 % de las personas refugiadas sirias.

El 30 de marzo, se celebrará en Ginebra una reunión de alto nivel sobre responsabilidad compartida en relación con esta crisis de personas refugiadas sin precedentes en la que se invitará a los gobiernos a comprometerse a hacer más. Se espera que acojan a más personas refugiadas sirias mediante el reasentamiento y otras vías, como los programas de reunificación familiar, la concesión de visados de estudiante y la evacuación por razones médicas.

A día de hoy, los Estados del mundo se han comprometido a reasentar a sólo unas 170.000 personas refugiadas de Siria. Esta cifra es lamentablemente baja. Para evitar que la crisis se agrave, Amnistía Internacional pide que, antes de que termine 2016, se reasiente al 10 % de las personas refugiadas sirias, es decir, las 480.000 consideradas más vulnerables: personas con problemas médicos graves, niños y niñas no acompañados y sobrevivientes de tortura, entre otras.

He hablado con personas refugiadas reasentadas en Alemania y Reino Unido que me cuentan que el reasentamiento les ha cambiado la vida. Ahora sus hijos van a la escuela, sus familias ya no luchan por acceder a servicios básicos como la atención médica y ya no temen ser detenidas o devueltas a Siria sólo por decidir abandonar un campo de refugiados o vivir fuera de él.

Su situación contrasta enormemente con la realidad de familias como la de Awad en Jordania, que se enfrentan a una lucha diaria por sobrevivir. Imaginen cuán diferentes podrían ser sus vidas tan sólo con que el mundo les tendiese la mano.

Este artículo se publicó originalmente en Syria Deeply