Ataques de venganza y oleadas de asesinatos en Samarra, Irak

De Donatella Rovera

Donatella Rovera, asesora general sobre respuesta a las crisis de Amnistía Internacional en Irak.

Pancarta de una milicia chií en Bagdad.

Estos días no se ven visitantes dirigiéndose a la antigua ciudad iraquí de Samarra, a 120 km al norte de Bagdad, para admirar sus tesoros arqueológicos.

La ciudad, que fue la capital del poderoso Imperio Abasí que se extendía desde Túnez hasta el Asia Central, alberga también la emblemática mezquita de Al Askari y su cúpula dorada, un lugar sagrado chií que fue bombardeado por activistas suníes en 2006, lo que desencadenó un círculo vicioso de ataques y contraataques sectarios en todo Irak.

A medida que nos dirigimos al norte de Bagdad, después de días buscando a alguien dispuesto a llevarme hasta Samarra, la carretera aparece inquietantemente vacía y los controles son más frecuentes. Perdí la cuenta, pero me propuse contarlos al regreso, cuando nos pararon 35 veces y pasamos por otra media docena de controles a cargo de una combinación de fuerzas gubernamentales y milicias chiíes. Sus integrantes llevan uniformes y cintas en la cabeza variados, con insignias y banderas de esta o aquella milicia. Los comercios y restaurantes, antes bulliciosos, que se alinean a ambos lados de la carretera, han sido saqueados y destrozados; algunos también fueron incendiados.

Las casas están abandonadas, y las milicias o el ejército usan algunas como posiciones militares.

En la ciudad, donde viven alrededor de 400.000 musulmanes suníes, el miedo y la tensión son palpables.

Los habitantes aún tiemblan desde la oleada de asesinatos cometidos en junio en Hay al Dhubbat, un barrio del este de la ciudad. Aparentemente los ataques fueron en venganza por una incursión en la ciudad realizada la víspera por combatientes del Estado Islámico (IS o ISIS).

Decenas de personas han sido secuestradas desde entonces. Algunas aparecieron más tarde sin vida; el resto ha desaparecido y se teme que estén muertos también.

Me reuní con una familia tras otra cuyos miembros han sido asesinados o secuestrados sin que hayan tenido más noticias de ellos. Khadija* me cuenta que la mañana del 6 de junio, unos hombres armados vestidos con uniformes militares sacaron de la cama a su hijo de 22 años; lo encontraron muerto en las proximidades la mañana siguiente.

“Las milicias irrumpieron en nuestra casa mientras dormíamos. Sacaron a mi hijo de la cama y se lo llevaron afuera, donde esperaban más hombres armados y tres (vehículos) hummers negros. Intenté seguirlos, pero dispararon en mi dirección. También se llevaron al hijo de nuestro vecino. Los buscamos por todas partes hasta que al día siguiente nos dijeron que habían encontrado sus cadáveres en una mezquita próxima. A mi hijo le habían disparado dos veces en la cabeza y una en el pecho”, dice.

Ali* me cuenta que sus dos hermanos, de 20 y 22 años, fueron capturados en la casa de su tía esa misma mañana. Sus cuerpos aparecieron en un edificio cercano unas horas después. A ambos les habían disparado en la cabeza. Ali dice que unos hombres armados y vestidos con uniformes negros habían comprobado la cartilla de racionamiento de la familia y habían supuesto que los hermanos estaban escondidos en casa de su tía. En realidad sólo habían pasado allí la noche, como hacían a menudo cuando iban de visita y se quedaban charlando hasta tarde.

Ese día decenas de varones jóvenes sufrieron una suerte similar.

En una casa conocí a cuatro mujeres que viven con el miedo a que una llamada en la puerta traiga la noticia de que sus familiares secuestrados están muertos. Aziza* dice que su esposo y el hermano de éste fueron capturados en un control de Sarayat al Salam (Brigada de Paz), una milicia del líder religioso chií Muqtada al Sadr, en el norte de la ciudad. La familia había huido de Tikrit, bajo control del IS.

“Decidimos trasladarnos aquí por los combates en Tikrit. En el control se llevaron a mi esposo y a su hermano y el coche. No hemos tenido noticias desde entonces. Todas nuestras posesiones y documentos estaban en el coche. Ahora estamos en la indigencia y ni siquiera tenemos nuestros documentos de identidad para acreditar quiénes somos”, dice.

Algunos de los secuestrados fueron asesinados, incluso después de que sus familias pagaran cuantiosos rescates. El hermano de un hombre de 39 años, padre de cuatro hijos, que fue secuestrado el 26 de julio cuando se dirigía desde Samarra a Bagdad, me contó que después de que la familia pagara el rescate su hermano no regresó. Su cuerpo apareció más tarde en Bagdad, con tres disparos en la cabeza.

La entrega del rescate se hizo en una zona chií de Bagdad, lo que indica que los probables culpables son una de las numerosas milicias chiíes que actúan en la zona.

Samarra está sitiada desde la incursión del IS en la ciudad de principios de junio, cuando el grupo también logró el control de grandes zonas del norte de Irak. Los residentes me dijeron que se sienten impotentes, pues están atrapados: el Estado Islámico controla zonas del norte de Samarra, mientras las fuerzas gubernamentales y las milicias chiíes controlan zonas del sur. Ambos bandos suelen enfrentarse en los alrededores de la ciudad.

“Estamos aislados de todo, la única carretera abierta es la del sur, la que va a Bagdad, pero muchos de los controles son de milicias chiíes que secuestran a suníes, por lo que la mayoría de la gente evita tomar la carretera. El comercio y los negocios en general están totalmente paralizados. Los jóvenes sobre todo tienen poco que hacer y esto es peligroso, pues algunos podrían acudir al IS por frustración”, me dijo un residente anciano.

Además de por las milicias chiíes, los residentes tienen razones para estar preocupados por la amenaza que representan los combatientes del IS. Cuando salía de Samarra llegaron noticias de que el grupo está amenazando con decapitar a un periodista iraquí al que habían secuestrado en la zona la semana anterior.

No hay duda de que la actitud arrogante y amenazadora de algunas de las milicias chiíes que observé en los controles en el viaje de regreso a Bagdad alimenta el resentimiento de la población de Samarra, mayoritariamente suní. Esto se ve agravado por el fuerte deseo de venganza de quienes han perdido a familiares a manos de estas milicias. A menos que el nuevo gobierno iraquí ponga freno a estas todopoderosas milicias, el círculo vicioso de la violencia sectaria sólo puede empeorar.

*nombre cambiado para proteger su identidad.

Texto publicado originalmente en el Huffington Post.