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Agricultor filipino habla de la "pesadilla" de su desaparición forzada

Raymond Manalo es un joven afable, de hablar sosegado y sonrisa contagiosa que no deja traslucir el horror de su reciente desaparición forzada y tortura a manos de las fuerzas de seguridad filipinas."He vivido una pesadilla que me perseguirá para siempre y la vida de mi familia ha quedado destrozada, pero el gobierno no ha hecho nada para ayudarme", cuenta Raymond a Amnistía Internacional al comienzo de un viaje que durará 73 días para difundir su caso en Europa."Necesito sacar a la luz pública las violaciones de derechos humanos que ocurren en Filipinas y ayudar a otras personas que han sido víctimas de desaparición forzada." Este granjero de 29 años de edad es una de las escasas víctimas que han sobrevivido a este crimen. En febrero de 2006 unos hombres armados lo secuestraron en su domicilio familiar junto con su hermano Reynaldo. Durante los 18 meses que permaneció recluido en secreto, fue sometido a tortura en reiteradas ocasiones por los militares que lo custodiaban hasta que los hermanos llevaron a cabo una arriesgada fuga. Desde entonces se encuentran con su familia, pero su lucha continúa. No se ha castigado a nadie por los abusos sufridos por los dos hermanos, a quienes se acusó de pertenecer al grupo armado comunista Nuevo Ejército del Pueblo (NPA), pese a que negaron tal afiliación. Tras ser secuestrados por las fuerzas de seguridad, los mantuvieron recluidos en la celda de un campamento militar con otras 12 personas secuestradas, donde los privaban del alimento y los torturaban con regularidad."Vivíamos como esclavos. Todavía tengo cicatrices donde me marcaron la piel con latas al rojo vivo. Me daban patadas, me pegaban con palos de madera, me golpeaban mientras me vertían agua por la nariz", recuerda Raymond. "Pero no quería morir. Sabía que mis padres me estarían buscando y ese pensamiento me mantenía con vida. Tanto mi hermano como yo —fuera lo que fuese que quisieran hacernos, lo soportábamos—."Tras sobrevivir a este calvario, a Raymond le presentaron a un hombre conocido por el sobrenombre de "El Carnicero" —que por entonces era jefe militar— que ha desempeñado un papel destacado en la lucha contra los rebeldes comunistas. El comandante permitió a Raymond ir a ver a sus padres escoltado por unos soldados.  Ordenó a Raymond que se asegurara de que sus familiares no contarían a nadie que lo habían detenido, ni llevarían su caso ante los tribunales ni hablarían con organizaciones de derechos humanos. En las semanas siguientes, a Raymond se le ofreció la posibilidad de convertirse en soldado, pues al parecer a sus captores les impresionaba su aguante.  Los hermanos fueron trasladados a la granja que poseía un oficial en la provincia de Pangasinan, al norte de Filipinas, donde trabajaron para el oficial sin cobrar cultivando la tierra. Raymond siguió adelante con el plan, esperando el momento oportuno para escapar. "Un día, se nos presentó la oportunidad. Todos nuestros "guardianes" estaban completamente borrachos y, mientras dormían, mi hermano y yo huimos por el lado de la granja en el que no había casas y conseguimos llegar hasta la carretera."Pero historias de salvación como la de los dos hermanos ocurren en contadas ocasiones. El espantoso testimonio de Raymond del tiempo que pasó recluido recuerda que es posible que otras víctimas de desaparición forzada nunca vuelvan a ver a sus seres queridos. Entre estas se encuentran las estudiantes Karen Empeño y Sherlyn Cadapan, que fueron secuestradas en la provincia de Bulacan, cerca de Manila, capital del país, mientras estudiaban a las comunidades de campesinos en el contexto de sus tesis universitarias."Escuché a una mujer que gritaba pidiendo clemencia... era Sherlyn. Estaba colgada boca abajo y los soldados la golpeaban en el estómago, jugaban con sus genitales y le metían un palo de madera. Karen se encontraba echa un ovillo cerca de Sherlyn, casi desnuda, y su piel aparecía cubierta de quemaduras de cigarrillo", cuenta Raymond.La madre de Karen es una de las personas que se ha unido a Raymond en el viaje a Europa tras ser invitada por Amnistía Internacional. No ha tenido noticias de su hija desde que desapareció en el año 2006 y mantiene la esperanza —aunque remota— de que pueda estar viva."Cuando supe lo que Raymond había presenciado, mi sueño por Karen se hizo pedazos", comenta una llorosa Concepción, que pide a las autoridades filipinas que castiguen a los autores de los crímenes cometidos contra su hija y otras personas."Antes de que sucediera esto, no era una activista, pero esta terrible experiencia me ha convertido en una. Sea cual sea la labor que Karen comenzó, yo voy a continuarla. He descubierto por qué luchaba."

 

 

"Si eres activista o participas en una protesta en mi país, te conviertes en enemigo del Estado, y eso es un terrible delito. Quiero que el mundo se entere de las violaciones de derechos humanos que se cometen en Filipinas." Concepción es ahora la vicepresidenta de Desaparecidos, un grupo formado por familiares de víctimas de desaparición forzada."Tengo muchas esperanzas en que la comunidad internacional pueda ayudar porque mi gobierno no hace nada. Existe una gran negación por parte del ejército y de las autoridades. Tan solo queremos que se haga justicia." Durante los tres años transcurridos desde que Raymond escapara, la justicia se ha mostrado esquiva. Los tribunales han retrasado o rechazado sus intentos por interponer una demanda penal contra los soldados que lo sometieron a abusos, mientras vive con el temor constante de que puedan volver a secuestrarlo."Soy libre, pero en realidad no lo soy. Los soldados pueden volver a secuestrarme en cualquier momento, lo único que tienen que hacer es quitarse los uniformes y hacerlo de forma anónima", dice Raymond."Estoy muy furioso porque sufrí abusos y ni siquiera sé por qué. He sacado fuerzas para alzar mi voz porque quiero que se haga justicia por los abusos que sufrí y por los que han sufrido otras personas que han desaparecido." "También es una manera de protegerme. No puedo volver a mi granja. Toda pequeña parcela de tierra que poseía, mis padres la han tenido que vender para poder llevar mi caso a los tribunales y buscarme mientras me encontraba detenido. No puedo tener una vida normal. Temo continuamente por mi vida y por la de mi familia. No estoy seguro de lo que me depara el futuro…" Fotos: © Amnistía Internacional