Zimbabue: Teatro del pueblo para el pueblo

De Andrea García Giribet

Los grupos de teatro de Zimbabue llevan más de dos decenios cambiando la comprensión de los derechos humanos en sus comunidades con cada obra teatral.

En todo el mundo, muchas personas desconocen sus derechos humanos, pero, aun así, viven cada día mejor y con más libertad gracias a ellos. Con todo, conocer tus derechos, y estar consciente y adecuadamente informado, puede marcar una enorme diferencia. Te permite defenderlos, protegerlos y exigir que el Estado, y otras personas, también lo hagan. En Zimbabue no es fácil acceder a información sobre derechos humanos, pero en todo el país numerosos grupos de teatro —entre ellos Eastern Arts Ensemble (E.A.E.)— han descubierto una iniciativa creativa de educación en derechos humanos (EDH) que ayuda a las personas a aprender más: el teatro.

El teatro es “una herramienta que funciona en todos los sectores de la sociedad”, sostiene Roselina Muzerengi, coordinadora de campañas de AI Zimbabue. “Es económico y fomenta la participación de la comunidad.” Estas razones son las claves de por qué el teatro es la herramienta ideal para la educación en derechos humanos en Zimbabue.

En un país en el que la tecnología no está ampliamente implantada y en el que con frecuencia las comunidades son remotas y están separadas las unas de las otras, el teatro y su capacidad para educar a un público numeroso a través del entretenimiento han demostrado ser eficaces. El teatro no discrimina por razón de clase, educación o procedencia, es gratuito, abierto y está al alcance de todo el mundo. Y, como afirma un miembro de E.A.E., esto es “teatro del pueblo para el pueblo”.

Una gran multitud de gente disfruta de una obra de EDH en un festival de teatro en Zimbabue. © Amnesty International Zimbabwe

Otro elemento clave es cómo estas obras fomentan la participación de la comunidad. Un miembro de E.A.E. señala que “los derechos humanos son parte de la vida de las personas, sean o no conscientes de ello”. El teatro “educa y empodera a las comunidades” para que las personas puedan “disfrutar de sus derechos humanos o reclamarlos” y, sobre todo, “empodera a personas corrientes para que exijan a las autoridades que asuman la responsabilidad de proteger y promover” los derechos humanos.

Muzerengi añade que el objetivo es “concienciar sobre distintas cuestiones de derechos humanos, cambiar mentalidades, actitudes, creencias y prácticas”, todo ello en un “espacio no amenazador” que “estimula el debate entre el público”.

Los niños y niñas en edad escolar conectan con el teatro de una manera especial, y muchas obras se representan en patios de recreo a la hora de comer. Las escuelas son “el centro de comunicación en los entornos rurales”, señala Muzerengi. “El boca a boca es muy efectivo”, explica. “Cuando en una reunión escolar se hace un anuncio, está garantizado que al final del día se habrá difundido en un radio de 15 km, sin utilizar teléfonos ni otros medios de comunicación”.

E.A.E. se centra en las escuelas, con el objetivo educar a una generación que sea “consciente de los derechos humanos”. Ensalza la Constitución del país, que “fomenta la enseñanza de los derechos humanos en la escuela”.

Según E.A.E., estas obras desgranan los derechos humanos de un modo más comprensible, lo que hace del teatro una de las mejores maneras de promoverlos. El teatro “desmitifica” los derechos humanos “de forma lúdica”, sostiene Muzerengi. Dejan de ser un concepto abstracto en el que es difícil verse reflejado y se convierten en algo tangible que afecta a sus vidas cotidianas.

Un actor representa una obra de EDH en Zimbabue. © Amnesty International Zimbabwe

Las obras abordan un amplio abanico de cuestiones de derechos humanos. Ejemplo de ello es “El Sr. Ngwerewere”, una de las más de 100 obras teatrales creadas por E.A.E. hasta la fecha. Esta obra, realizada en colaboración con el Consejo Nacional de Planificación Familiar de Zimbabue, alerta a las niñas sobre los “sugar daddies” que abusan sexualmente de niñas en edad escolar “seduciéndolas con dinero, comida y coches lujosos”. El objetivo es concienciar sobre cómo estos hombres “violan el derecho a la educación de las niñas” y dan lugar a “embarazos no deseados, infecciones de VIH y distintas enfermedades de transmisión sexual y violaciones”. E.A.E. afirma que algunas de las niñas ante las que representaron esta obra años atrás son ahora maestras de enseñanza primaria y “dan abiertamente testimonio de cómo obras como El Sr. Ngwerewere” las ayudaron.

Esta herramienta de educación en derechos humanos ha recibido elogios en todo el país. “Las personas que viven en zonas como Marange Chipfatsura, Gonon’ono y Gwirindindi” las aprecian realmente, afirma Muzerengi, “ya que no tienen televisores para recibir información”. Su popularidad ha dado lugar a que el público pida más. Por ejemplo, el público de la región de Manicaland pidió recibir formación teatral “para usar esta herramienta con el propósito de educar a otras personas y difundir el mensaje por todas partes”. Se crearon grupos de teatro más pequeños y su popularidad dio lugar al nacimiento del “Festival de Teatro de Manicaland”, un concurso en el que las obras se premian por sus “mensajes efectivos sobre cuestiones de derechos humanos”, su contenido y, “por descontado, el talento escénico que atiende al componente lúdico”. El éxito del festival ha sido tal que ahora se celebra anualmente.

Dos actores representan una obra de EDH durante el Festival de Teatro de Manicaland. © Amnesty International Zimbabwe

Los defensores y defensoras de los derechos humanos en Zimbabue recomiendan el teatro como una herramienta clave para llegar a grandes comunidades, sin importar la clase, procedencia o estatus. Muzerengi recomienda “claridad en cuanto a los efectos que se esperan de la obra”, para no alejarse del propósito educativo del proyecto, pero también “mostrar determinación y receptividad” con los comentarios del público, para que la siguiente obra conecte incluso mejor con él. E.A.E. señala que “investigar sobre problemas reales” es fundamental para su efectividad, ya que las historias reales que las personas han vivido o visto en sus comunidades garantizan su implicación y participación. Sobre todo, recomiendan a grupos de teatro y activistas sentir pasión y defender los derechos por encima de otras consideraciones, dejando a un lado la política y centrándose en las comunidades.