Ucrania en la encrucijada, 25 años después de la caída del Muro de Berlín

De Tanya Mazur Kiev, Ukraine,

Tanya Mazur, directora de Amnistía Internacional Ucrania

La caída del muro de Berlín marcó el inicio de una serie de cambios “sísmicos” que siguen sacudiendo Ucrania. Dos años después se desintegró la Unión Soviética, de la que Ucrania formaba parte. Por aquel entonces yo tenía 10 años, por lo que mi proceso de maduración coincidió con los pasos que dio mi país hacia la independencia y la primacía de la ley.

Los años noventa fueron una etapa difícil para la Ucrania recién independizada. Recién salido del abrazo totalitario de la Unión Soviética, el país se sumió en el caos económico y social. Recuerdo los estantes vacíos en las tiendas, los cupones que teníamos que recortar, en sustitución del dinero real, con los que podíamos comprar azúcar, detergente y vodka. Varias generaciones que habían crecido en la etapa comunista intentaban abrirse paso en la nueva economía de mercado. En el caso de Ucrania, el país amaneció, no a la primacía de la ley, sino al imperio del crimen organizado y el desgobierno.

Las circunstancias no eran las mejores para una incipiente sociedad civil. Por otra parte, la desintegración de la Unión Soviética anunciaba la libertad y la posibilidad de ejercer los derechos civiles y políticos: el sueño de muchos disidentes. Entre quienes fueron perseguidos bajo el régimen soviético estaba Miroslav Mironovych, considerado preso de conciencia por Amnistía Internacional. Quedó tan impresionado con el apoyo recibido de miembros de Amnistía Internacional mientras estaba en prisión, y le atraía tanto la idea de la solidaridad internacional, que decidió crear una sección en Ucrania. Lo consiguió en 1991.

Desde entonces, Amnistía Internacional Ucrania ha hecho campaña incansablemente sobre la pena de muerte y otros asuntos relacionados con los derechos humanos. No obstante, cuando sucedían cambios positivos, con frecuencia tenían más que ver con la política exterior –la declarada afinidad “proeuropea” de Ucrania– que con la movilización popular.

Amnistía Internacional no conseguía generar apoyo considerable a su causa. La mayor parte de la población ucraniana estaba demasiado preocupada por la supervivencia diaria en medio de la pobreza para prestar atención a los asuntos de derechos humanos.

Pero eso pronto iba a cambiar. En el año 2000, el asesinato de un destacado periodista de investigación, Georgiy Gonzadze, conmocionó al país. Las sospechas de que posiblemente el entonces presidente Leonid Kuchma había ordenado el asesinato desataron protestas multitudinarias con el lema “Ucrania sin Kuchma”, que finalmente dieron paso a la Revolución Naranja en 2004.

Yo participé en aquella revolución. Me emocionó ver a toda aquella gente plantando cara a la nieve, el frío, la posible carga de la policía y hasta la brutalidad del ejército. Me sentí eufórico en el ambiente reinante de tolerancia y respeto y apoyo mutuos.

Y, sobre todo, me impresionó la manera en que los medios de comunicación se libraron de la censura y la autocensura. Los periodistas daban la espalda a la propaganda del Estado. Mirándolo ahora con perspectiva, creo que la libertad de expresión fue el gran logro de la Revolución.

Sin embargo, los gobiernos posteriores no han puesto en marcha profundas reformas estructurales.

Protestas del Euromaidán en Ucrania. © Pavlo Skala

La corrupción siguió rampante en Ucrania. Se cometían violaciones de derechos humanos con impunidad. La tortura y otros malos tratos a manos de la policía eran y son habituales en los lugares de detención; son asuntos sobre los cuales ha trabajado Amnistía Internacional Ucrania con cierto éxito.

La organización fue creciendo lenta pero constantemente y formando asociaciones con otros grupos de derechos humanos en el país, luchando contra la discriminación de los refugiados y las personas lesbianas, gays, bisexuales, trans e intersexuales.

Se esperaba que el Acuerdo de Asociación entre la Unión Europea y Ucrania, previsto para noviembre de 2013, diera paso a unas reformas necesarias desde hacía tiempo. Pero, en el último momento, las autoridades ucranianas dieron marcha atrás, lo que provocó una protesta pacífica –inicialmente de estudiantes y jóvenes profesionales, y más adelante de personas de toda condición– en la plaza de la independencia, o Maidan, en el centro de Kiev.

La Euromaidán, como se ha dado en conocer popularmente la protesta, continuó durante todo el invierno. En ocasiones degeneró en violencia y hubo manifestantes que arrojaron cócteles molotov a la policía. La reacción fue inmediata y contundente: el 22 de enero, dos manifestantes fueron alcanzados por disparos de francotiradores, y varias decenas más fueron asesinados en los días siguientes.

Amnistía Internacional estuvo en primera línea de los llamamientos en favor de investigaciones independientes e imparciales sobre los abusos. “Derechos humanos ante todo” fue uno de los lemas de la protesta.

Aunque existía la esperanza de que el Euromaidán cambiara definitivamente la sociedad ucraniana, el deseo de un final feliz ha dado un desagradable giro. La destitución del presidente Víctor Yanukovich fue sólo el principio de uno de los periodos más turbulentos de la historia de Ucrania. Rusia ocupó la península de Crimea y, en marzo de 2014, se anexionó el territorio. El movimiento separatista prorruso se levantó en el este del país y se desató un conflicto armado que ya se ha cobrado más de 4.000 vidas.

Ahora la libertad de expresión vuelve a estar en peligro, esta vez de caer víctima de la guerra de información con Rusia y los activistas prorrusos en el este de Ucrania. Ambos bandos se acusan mutuamente de cometer ejecuciones extrajudiciales y otros abusos contra los derechos humanos.

Ambas partes enfrentadas han intentado imponer su versión de los hechos y amordazar a los medios de comunicación que pudieran ofrecer un punto de vista alternativo. Hay casos de periodistas sometidos a palizas y secuestro. A algunos los han matado, otros han desaparecido sin dejar rastro.

En marzo, Oleksandr Panteleymonov, director de la primera cadena nacional de televisión, recibió en su despacho la visita de Igor Miroshnichenko, del Partido de la Libertad (Svoboda), acompañado de al menos cinco matones que golpearon a Oleksandr y lo obligaron a firmar una carta de dimisión.

Los medios de comunicación afines a Kiev tienden a la presentación sesgada de los hechos y normalmente omiten cualquier información que enfoque de manera crítica a las fuerzas afines a Kiev.

No obstante, no existe un apagón informativo como tal. Hay medios de comunicación que sostienen puntos de vista diferentes. Como representante de Amnistía Internacional Ucrania, soy invitado con frecuencia a estudios de radio y televisión para hablar de las violaciones de derechos humanos perpetradas por las fuerzas afines a Kiev.

Las plataformas para el debate informado se están reduciendo a toda velocidad; incluso en los medios sociales, sorprende la ferocidad del enconamiento entre posturas. La libertad de expresión no se respeta en función de lo que es: el derecho a expresar opiniones sin sufrir intromisiones en un debate donde puedan tenerse en cuenta los argumentos del contrario.

Dividida entre el pasado y el futuro, Ucrania vuelve a estar en una encrucijada 25 años después de la caída del muro de Berlín y 10 años después de la Revolución Naranja.

A finales de octubre fue elegido un nuevo Parlamento proeuropeo, pero quedan muchas cuestiones pendientes:

¿Promoverán las nuevas autoridades ucranianas los derechos humanos y la primacía de la ley?

¿Entablarán un diálogo con la sociedad civil?

¿Estará dispuesta la población ucraniana a perseverar en la lucha por los derechos humanos para todas las personas?

Me temo que la respuesta a algunas de estas preguntas es “no” en un futuro inmediato. Amnistía Internacional sigue recibiendo duras críticas cuando alza la voz para denunciar las violaciones de derechos humanos perpetradas por las fuerzas afines a Kiev en el este de Ucrania. Una vez más, las autoridades no parecen dispuestas a seguir nuestras recomendaciones.

Nuestra esperanza es que no todo está perdido. Hoy, igual que hace 25 años, la sociedad civil está creciendo con fuerza y los medios sociales siguen siendo un potente motor para el cambio. Seguiremos ondeando la bandera de los derechos humanos porque aspiramos a lograr que todas las personas en Ucrania disfruten de los derechos que merecen.