Avivar el fuego del conflicto religioso de Irak

De Donatella Rovera Northern Iraq,
Viviendas destruidas en Barzanke ©Amnesty International

Donatella Rovera, asesora general sobre respuesta a las crisis de Amnistía Internacional, en el norte de Irak @DRovera 

A diferencia de lo que ocurre en los pueblos cercanos arrebatados recientemente por las fuerzas Pesh Merga del Gobierno Regional del Kurdistán al grupo que se autodenomina Estado Islámico (IS), ni un solo residente ha vuelto a Barzanke.

Voy de casa en casa y la razón es evidente: No hay ningún sitio al que regresar; casi todas las casas han sido destruidas o tienen daños irreparables.

Algunas parecen haber sido bombardeadas desde el aire por las fuerzas estadounidenses; otras podrían haber sido alcanzadas por los Pesh Merga cuando trataban de expulsar a los combatientes del IS que capturaron la zona el pasado agosto, pero estaba claro que la mayoría habían estallado desde dentro.

Algunos pesh mergas nos habían contado a mí y a otro investigador de derechos humanos que habían sido sus propios compañeros quienes hicieron estallar las casas porque los residentes apoyaban al IS.

Los Pesh Merga, estacionados ahora en el pueblo, ofrecen explicaciones contradictorias de la destrucción masiva. Algunos me dicen que los combatientes del IS volaron todas las casas antes de marcharse, lo que no coincide con la versión de sus compañeros ni con la situación de la zona. Los combatientes del IS en retirada no destruyeron los pueblos de mayoría kurda de las proximidades, ¿por qué iban a destruir un pueblo árabe?

Otros dicen que tuvieron que volar las casas porque tenían trampas explosivas y me piden que no entre en el pueblo porque hay trampas explosivas en las calles. Está claro que no es así; uno de sus compañeros está paseando y sacando fotos de las ruinas, y dos grandes perros —los únicos residentes que quedan— vagan por las calles sin activar ningún explosivo. Paso un par de horas yendo de casa en casa sin incidentes.

Otro más me dice que la destrucción es consecuencia de los combates, pero —como le señalo— no hay indicios de batallas en el pueblo: no hay paredes con impactos de proyectiles ni municiones o cartuchos usados. Un combatiente dice que los recogieron para que los residentes no tuvieran que verlos al regresar, pero hasta sus compañeros parecen desconcertados por esta explicación. En una situación de conflicto agudo los soldados no suelen perder el tiempo recogiendo cartuchos de munición usados, inofensivos e inútiles, y menos en un lugar que dicen que está lleno de explosivos.

Renuncian a tratar de explicar la destrucción masiva y pasan a justificarla. Los residentes, musulmanes árabes suníes, eran terroristas incluso antes de que el grupo armado Estado Islámico capturase el pueblo. Se habían ido con el IS y no van a regresar, dicen.

También se ha dicho que cuando tomaron el control de Barzanke, los soldados del Pesh Merga ejecutaron sumariamente a varios combatientes del IS capturados. Un pesh merga que la semana pasada alardeó de los homicidios ilegítimos ante los periodistas extranjeros sin darse cuenta de que lo estaban filmando, se retractó posteriormente de sus declaraciones y hasta ahora no han aparecido más pruebas, pues no hubo testigos de la captura del pueblo por los Pesh Merga.

En los pueblos de las inmediaciones recuperados también recientemente por las fuerzas Pesh Merga, sólo han regresado los residentes kurdos. Y están decididos a que siga siendo así.
La retórica es la misma en todas partes: “Los árabes estaban con Daesh (el nombre que los lugareños usan para referirse al IS). No pueden volver.”

En Zummar, un joven kurdo educado y de voz suave me dice: “Hemos volado las casas de los árabes para que no vuelvan. Para los árabes de aquí, esto se ha acabado.” El contraste ente su amabilidad y la enormidad de lo que dice me sobrecoge.

En las persianas de varios comercios de la carretera principal que bordea el pueblo está recién escrita la palabra “kurdi” (kurdo). ¿Por qué?, pregunté a un pequeño grupo de hombres vestidos de civil que estaban junto a una de estas tiendas.

“Para que la gente sepa de quién son y nadie les moleste”, responden.

“¿Y los demás comercios y propiedades?”, pregunto. “¿Las que pertenecen a los residentes árabes a los que aparentemente no van a dejar volver?”

Los hombres se encogen de hombros y no contestan.

En el camino de regreso, a unos 100 kilómetros de la ciudad de Zummar, hablo con un pesh merga de más edad que me cuenta que acaba de terminar los estudios de Derecho porque dedicó su juventud a combatir contra el ex dictador de Irak, Saddam Hussein. Cuando le digo que me preocupa la destrucción que he visto en Barzanke, comenta: “Bueno, eran pueblos kurdos donde Saddam Hussein estableció a los árabes; y ahora los kurdos están recuperando algunos de ellos.”

Por ahora los Pesh Merga sólo han arrebatado al IS zonas relativamente pequeñas, pero cuando recuperen más territorio existe el riesgo real de que aumenten los ataques de venganza contra civiles árabes suníes y sus casas y negocios, lo que empeorará aún más el conflicto sectario en Irak.

El Gobierno Regional del Kurdistán debe actuar ya para erradicar estas prácticas, lo que incluye investigar todas las denuncias de este tipo de abusos —algunos de los cuales podrían constituir crímenes de guerra— y garantizar que los responsables responden ante la justicia.

También incumbe a los gobiernos de Estados Unidos, Europa y otros que actualmente suministran armas, entrenamiento y asesoramiento a los Pesh Merga establecer los mecanismos de supervisión necesarios para garantizar que la conducta de los Pesh Merga respeta el derecho internacional humanitario (las leyes de la guerra).

Texto publicado originalmente en Annahar. 

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Más información:

Irak: Indicios de crímenes de guerra de las milicias chiíes apoyadas por el gobierno (comunicado de prensa, 14 de octubre de 2014)