La tortura, un mal innecesario

De Emily Nevins

Emily Nevins, directora del Programa de Campañas de Amnistía Internacional

Mientras los conflictos hacen estragos en el planeta, la tortura se despliega en escala industrial. Hace cinco decenios que Amnistía Internacional encabeza la lucha contra este abuso en todo el mundo; ahora intensificamos nuestra campaña para el Día Internacional en Apoyo de las Víctimas de la Tortura.

Hoy se conmemora el 17 Día Internacional en Apoyo de las Víctimas de la Tortura, 30 años después de que la ONU adoptase su Convención contra la Tortura. Cabría esperar que, tras tres decenios de batalla contra la tortura, Amnistía Internacional tuviera menos víctimas a las que apoyar.

Amnistía Internacional intensifica su campaña mundial contra la tortura el 26 de junio, Día Internacional en Apoyo de las Víctimas de la Tortura. © Amnesty International

Es cierto que muchos de los 155 gobiernos que se han adherido a la Convención contra la Tortura han adoptado medidas concretas y prácticas para reducir drásticamente la tortura y otros malos tratos.

Pero siguen llegando a diario a nuestras oficinas denuncias de tortura y otros malos tratos. En un mundo traumatizado por la amenaza del terrorismo, las actitudes hacia la tortura parecen cada vez más ambivalentes. El miedo a poderosos grupos armados en países como Nigeria, Irak y Libia suaviza la resolución internacional de hacer cumplir la prohibición de la tortura. Y la necesidad de conservar la lealtad de las fuerzas de seguridad obstaculiza las investigaciones sobre abusos en lugares como Ucrania.

La mayoría de la gente de la calle está de acuerdo en que la tortura debe ilegalizarse. De hecho, este es un principio que, por lo que hemos visto, apoya el 82 por ciento de las personas de todo el mundo. Sin embargo, si se concreta un poco más, las actitudes empiezan a cambiar. El mismo estudio concluyó que el 36 por ciento de las personas encuestadas creen que la tortura a veces es necesaria para proteger a la ciudadanía.

¿Cuántos nigerianos sancionarían que se torturase a un presunto miembro de Boko Haram para recuperar a sus niñas en edad escolar, sin pensar en que en Nigeria es habitual acusar erróneamente a los detenidos? ¿Cuántos ucranianos defenderían que se infligieran malos tratos a un combatiente ruso que presuntamente ha fomentado disturbios dentro de sus fronteras, al mismo tiempo que olvidan a las víctimas de Maidan? No podemos depender de que las autoridades escojan. Aun cuando siempre detuvieran a los auténticos delincuentes, la cruda realidad de la tortura es demasiado brutal para ser tolerada. La prohibición de la tortura debe ser absoluta.

Por desgracia, la tortura en los conflictos es sólo una parte del panorama general. En un mundo donde los prejuicios, la discriminación, la opresión y la violencia siguen abundando, se tortura a las personas porque son pobres, porque son diferentes, porque se atreven a hablar contra su gobierno. Permitir la tortura en una circunstancia da a los gobiernos un pretexto para ampliar la red y torturar a otros.

Al lanzar nuestra campaña insignia global Stop Tortura el mes pasado, descubrimos que, de los 155 Estados que se han comprometido a erradicar la tortura cuando firmaron la Convención, al menos 79 cometieron torturas y otros malos tratos en 2014.

En los últimos cinco años, Amnistía Internacional ha recibido denuncias de tortura en al menos 141 países: la inmensa mayoría de los países sobre los que trabajamos.

Alfreda Disbarro, de Filipinas, es una de los cinco sobrevivientes de la tortura por quienes está trabajando la membresía de Amnistía Internacional como parte de la campaña. Alfreda nos contó que un alto cargo de la policía la sujetó contra la pared, le propinó reiterados puñetazos en el estómago y en la cara, le pegó con una porra, le metió los dedos en los ojos, la abofeteó, le metió una fregona en la boca y le golpeó la cabeza contra la pared.

Un mes después del lanzamiento de la campaña Stop Tortura, el Servicio de Asuntos Internos de la Policía Nacional Filipina ha abierto una investigación sobre el caso de Alfreda. Investigarán a cuatro agentes de policía por conducta indebida grave tras recibir una carta de los simpatizantes de Amnistía Internacional.

El caso de Ali Aarrass también es parte de nuestra campaña. Las autoridades españolas lo extraditaron a Marruecos a pesar de la posibilidad de que allí fuera torturado. Ali dice que lo recogieron unos agentes de los servicios de inteligencia y lo llevaron a un centro de detención secreta, donde le aplicaron electricidad en los testículos, le pegaron en las plantas de los pies y lo tuvieron horas colgado de las muñecas.

Pero el 21 de mayo, las autoridades marroquíes abrieron una investigación sobre estas denuncias de tortura, tras una decisión del Comité contra la Tortura de la ONU adoptada el 19 de mayo. El Comité concluyó que se habían violado varios artículos de la Convención contra la Tortura y pidió a las autoridades que investigasen el caso e informasen al Comité en el plazo de 90 días.

Al final de una visita realizada al país, el 29 de mayo, la alta comisionada de las Naciones Unidas para los derechos humanos, Navi Pillay, anunció que el rey Mohamed VI le había dicho que no toleraría la tortura.

Son pequeños pasos, pero podemos avanzar a partir de ellos. La atención internacional puede cambiar la situación. Esta semana, más de 50 oficinas de Amnistía Internacional movilizarán a sus miembros y activistas en todos los continentes para participar en una acción mundial de apoyo a Alfreda, Ali y otras personas como ellos en su lucha por la justicia.

Desde un estadio de fútbol de Malí hasta las puertas del despacho del presidente de Ucrania, los simpatizantes de Amnistía Internacional en todo el mundo mostrarán su solidaridad con las víctimas para exigir que los gobiernos adopten medidas concertadas para erradicar la tortura.

Decenas de miles de miembros de la organización participarán en toda una serie de acciones creativas. Niños y niñas con tenazas, mujeres envueltas en plástico y manifestantes con fregonas se concentrarán ante las embajadas con diferentes instrumentos y técnicas de tortura. En Lisboa sonará un instrumento musical gigante construido con herramientas de tortura y en las calles de Berlín, Rabat y Reikiavik aparecerán estatuas con los ojos vendados.

Necesitaremos a estos activistas de nuevo el año que viene, pero esperamos que muestren su solidaridad a menos víctimas. La tortura no tiene que ser inevitable. La tortura se puede detener. Ayúdanos a detenerla.