Los sirios luchan por comenzar una nueva vida en Estambul

De Anna Shea

Por Anna Shea, asesora jurídica sobre derechos de refugiados y migrantes de Amnistía Internacional.

Lo que más me sorprendió cuando conocí en Turquía a Zeinah (nombre ficticio), refugiada siria de 29 años, fue la calidez de su personalidad y su maravillosa sonrisa. A pesar de que sus experiencias pasadas y presentes le daban muy pocas razones para sonreír.

Zeinah había llegado a Turquía hacía cuatro meses, huyendo de su Siria nativa.

Al igual que otros sirios que conocí en Estambul, había vivido el horror en su país de origen y deseaba desesperadamente comenzar una nueva vida. Maestra de profesión, había sido encarcelada por el régimen de Bachar al Asad, acusada de ayudar a grupos de oposición. Me contó que la habían violado y golpeado muchas veces durante los meses que pasó en la cárcel y que al final la habían dejado en libertad por falta de pruebas.

Los abusos que sufrió en la cárcel le habían dejado lesiones en la columna –y un grave trauma psicológico– que seguían sin tratar.

Aunque los sirios en Turquía tienen derecho a asistencia hospitalaria gratuita, no siempre este derecho se hace realidad en la práctica. Zeinah consiguió que le hicieran una resonancia magnética y que la diagnosticaran en un hospital local, pero no tiene dinero para comprar las medicinas que necesita. Además, necesita apoyo psicológico y de otro tipo por los abusos sufridos, cosa que no está recibiendo en Estambul.

La historia de Zeinah no es única. Como ella, cientos de miles de refugiados sirios luchan por sobrevivir en Turquía y en otros países.

Cuando hablamos en Estambul la semana pasada, Zeinah acababa de ser desalojada de su cuarta vivienda desde su llegada a la ciudad. Me contó que ya había pagado el alquiler, pero que el propietario del edificio le había dicho que tenía que irse inmediatamente, sin darle ninguna explicación.

Era un apartamento de dos dormitorios en el que vivían cinco mujeres. Zeinah compartía su habitación de 3 por 2 metros con otras dos. El alquiler se llevaba 250 dólares de los 350 que ganaba al mes fabricando bolsas.

Pero ahora le negaban caprichosamente hasta esas minúsculas y carísimas viviendas. Al haber entrado de forma clandestina en Turquía, no había podido recurrir a nadie cuando la desalojaron. Zeinah no tiene pasaporte y no está inscrita en ningún registro de las autoridades turcas. Las organizaciones no gubernamentales con las que hablé me dijeron que en Turquía las personas que no tienen documentación se arriesgan a ser detenidas si presentan una denuncia a la policía.

Mientras conversábamos, Zeinah no paraba de disculparse, diciendo que temía que su historia me provocara pesadillas. Pero yo sentía que era yo la que tenía que disculparme, en nombre de Canadá, mi país, y de otras naciones ricas del mundo que permanecen vergonzosamente inactivas a la hora de reasentar a refugiados de Siria. Mientras, esta crisis, que las organizaciones de ayuda califican como el peor desastre humanitario de la historia reciente, empeora cada día.

Sorprendentemente, cuando nos despedíamos, me dijo: "Aún mantengo la esperanza". El valor y la capacidad de recuperación de personas como Zeinah provocan nuestra admiración, pero también exigen que actuemos.