Naciones de Oriente Medio al frente de un preocupante aumento de las ejecuciones

Por Sara Hashash, encargada de prensa de Amnistía Internacional para Oriente Medio y el Norte de África

Parece una escena de una espeluznante película de terror: cinco cadáveres decapitados, que se balancean colgados de un poste colocado longitudinalmente sobre la plaza mayor de Yiyzan, ciudad del suroeste de Arabia Saudí. Delante de cada uno de ellos cuelga una bolsa de plástico con la cabeza. A unos metros de allí, los alumnos de una universidad local van llegando al centro para examinarse.

Estas perturbadoras imágenes de cinco yemeníes ejecutados en Arabia Saudí en mayo del año pasado muestran con espantoso detalle el escenario posterior a una ejecución pública.

En muchas regiones del mundo, de China a Estados Unidos, en Oriente Medio y en zonas de África, sigue habiendo personas que viven bajo el espectro de la pena de muerte, a menudo fuera de la vista de la sociedad.

En el último informe de Amnistía Internacional sobre la pena de muerte en el mundo se documenta que al concluir 2013 había al menos 23.392 personas condenadas a muerte en el mundo.

La tendencia general de los últimos años revela que la mayoría de los países van prescindiendo de la pena capital.
No obstante, un dato preocupante es que un pequeño número de naciones de Oriente Medio se ha puesto al frente del cada vez más aislado grupo de verdugos acérrimos, dando lugar al último y acusado aumento de las cifras globales.
Sólo Arabia Saudí, Irak e Irán fueron responsables de casi el 80 ciento de las ejecuciones registradas en 2013 en todo el mundo, excluida China. El brusco incremento de las ejecuciones en Irak e Irán fue causa de un aumento global de casi el 15 por ciento con respecto a 2012.

En todo Oriente Medio y el Norte de África, el menos 638 personas fueron ejecutadas en 2013 con métodos que abarcaban desde la decapitación y la horca hasta el fusilamiento.

Cualquiera que sea el método, el horror y los resultados siempre son los mismos.

Irán está ejecutando a un ritmo alarmante, pues es 2013 se produjo un aumento de las ejecuciones de casi el 20 por ciento. En Irán, Amnistía Internacional registró 369 ejecuciones reconocidas oficialmente, pero se llevaron a cabo centenares más, algunas en secreto absoluto, según fuentes fidedignas, con lo que la cifra total fue de más de 700.
En Irak se registró un acusado aumento de las ejecuciones por tercer año consecutivo, pues se llevaron a cabo 169, la cifra más alta desde que el país restableció la pena capital en 2004.

Arabia Saudí también mantuvo un alto índice de ejecuciones, pues el año pasado llevó a cabo 79. Tres de las víctimas habían sido declaradas culpables de delitos presuntamente cometidos cuando eran menores de 18 años, lo que constituye una violación clara del derecho internacional.

Kuwait reanudó las ejecuciones tras un lapso de seis años. Le ejecución de condenas de muerte en Gaza, en la zona de la Autoridad Palestina administrada de facto por las autoridades de Hamás, y también en Yemen dibuja una imagen regional cada vez más preocupante.

Se observaron novedades positivas, aunque limitadas, en Emiratos Árabes Unidos, donde no se llevaron a cabo ejecuciones en 2013, y en Bahréin, donde no se impuso ninguna condena de muerte.

Igualmente alarmante es el número de condenas de muerte impuestas en toda la región tras juicios manifiestamente injustos, en los que se hace, por ejemplo, uso generalizado de "confesiones" obtenidas mediante tortura.
En Irak, Amnistía Internacional ha documentado en los últimos años 90 casos de condenados a muerte que fueron declarados culpables de terrorismo u otros delitos en virtud de "confesiones" forzadas. Al menos 14 de ellos han sido ejecutados ya.

En Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait, algunos ciudadanos extranjeros condenados a muerte no contaron con servicios adecuados de traducción durante el juicio, lo que limitó su capacidad para preparar bien la defensa.
Entre las personas condenadas a muerte en causas abiertas contra ellas por motivos políticos hay activistas y figuras de la oposición.

El argumento de que sólo se utiliza la pena de muerte como castigo por delitos terribles tampoco se sostiene.
En muchos casos se impone la pena de muerte por delitos que no son asesinato, lo que incumple las normas internacionales mínimas.

En Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos e Irán se ha impuesto la pena capital por delitos de drogas. En Arabia Saudí se ejecutó a un hombre por el “delito” de “adulterio”. En Irán se han utilizado imprecisos delitos, como “enemistad con Dios" (moharebeh) para reprimir las actividades de minorías étnicas.

Las actitudes arbitrarias y, a veces, caprichosas que tienen muchos países hacia la pena de muerte no hacen más que agravar la tragedia que rodea su uso.

Para muchos gobiernos, la pena de muerte es una herramienta populista, utilizada para mostrar una postura enérgica ante los delitos. Sin embargo, no hay datos convincentes que prueben que tenga un efecto disuasorio especial. Se ha demostrado en múltiples estudios internacionales.

Las terribles decapitaciones de la plaza mayor de la ciudad saudí de Yiyzan no son distintas en el fondo de los ahorcamientos o los fusilamientos que no se llevan a cabo en público.

Independientemente del método utilizado, la pena de muerte es la forma más extrema de pena cruel, inhumana y degradante y una violación del derecho fundamental a la vida.

La tendencia mundial a prescindir de su uso permite abrigar esperanzas. Los gobiernos que siguen llevando a cabo ejecuciones están en el lado equivocado de la historia. Es hora de que los verdugos que quedan en Oriente Medio y el Norte de África, junto con China, Estados Unidos y todos los demás países que continúan aferrados a esa forma de castigo, reconozcan que es así y procedan a abolir la práctica de una vez por todas.

Este blog se publicó originalmente en el Global Post.