El calor de los activistas nos reconfortó en un Moscú gélido

De Frank Johansson

Entregar una petición sobre libertad de expresión en la oficina del presidente Vladimir Putin en Moscú resultó ser un acto bastante prosaico.

Ocho directores y directoras de Amnistía Internacional cruzando el umbral y pasando el control de seguridad con gruesos abrigos de invierno no es asunto que se despache en un minuto.

Finalmente llegamos ante una mujer que estaba tras el cristal de una ventanilla de recepción. Ella agarra la carta, la mira y dice: “Si desean recibir respuesta, es mejor que añadan una dirección de Moscú. No enviamos cartas a Londres”.

Le facilitamos una dirección local y le damos las gracias. A continuación, volvemos a ponernos los abrigos y los gorros y salimos para recibir a los medios de comunicación. Y eso es todo.

En general, puede decirse que la delegación de Amnistía Internacional que se desplazó la semana pasada a Moscú para entregar 336.412 firmas al presidente Putin se encontró con una bienvenida glacial, tanto en sentido literal como figurado. La temperatura exterior se mantuvo todo el tiempo por debajo de menos 20º centígrados y la mayoría de los funcionarios con los que pedimos reunirnos no tuvieron tiempo para un encuentro o simplemente ignoraron nuestras solicitudes. En la oficina presidencial, en el Ministerio de Justicia y en la Fiscalía General adujeron vacaciones, faxes perdidos y toda clase de excusas.

Sí nos reunimos con cargos del Ministerio de Asuntos Exteriores y del Consejo de Derechos Humanos y, pese a que estas reuniones fueron positivas, los representantes de estos órganos no eran las personas más prominentes sobre las que debíamos ejercer influencia.

Cuando volvíamos a pie de una foto hecha a modo de reclamo publicitario sobre un puente situado justo con el Kremlin de fondo, un guardia de seguridad vestido de civil abordó a nuestra activista local para saber qué estábamos haciendo en el puente. La activista respondió que estábamos tomando fotos y preguntó si eso era ilegal. El guardia amenazó con llamar a la policía, y la activista lo animó a que lo hiciera, pero entonces el guardia se echó atrás.

Respecto al reclamo publicitario público que queríamos realizar justo a las puertas de la oficina presidencial, no obtuvimos autorización más que para celebrarlo en un parque situado a cierta distancia. Al final, sólo la policía, los medios de comunicación internacionales y nuestros propios activistas presenciaron la brillante actuación de la bailarina Alexandra Portyannikova. Sin embargo, gracias a los medios de comunicación y a nuestras propias cuentas de Twitter y Facebook, la danza del cisne esposado en el intenso frío atrajo una enorme atención.

Si los elementos y los funcionarios fueron fríos, la recepción que nos brindaron los activistas locales fue la más calurosa posible. Para mí, los momentos con diferencia más destacables de nuestro viaje fueron las muchas horas que pasamos con Vladimir Akimenkov y Nikolay Kavkazsky, ex detenidos del caso Bolotnaya, y con los familiares de quienes aún están recluidos: Ksenia Kosenko, hermana de Mikhail Kosenko, y Stella Anton, madre de Denis Lutskevich.

Queda bastante claro que las manifestaciones que tuvieron lugar en la plaza moscovita de Bolotnaya la víspera de la inauguración del segundo mandato del presidente Putin, en mayo de 2012, marcaron un hito en la política rusa de derechos humanos. Se reprimieron brutalmente las manifestaciones pacíficas, y a quienes intentaron frenar la violencia policial se les están imputando ahora absurdamente delitos de incitación a disturbios masivos.

Mikhail Kosenko ya ha sido condenado a tratamiento forzoso e indefinido en un hospital psiquiátrico. Ksenia nos contó que, por el momento, le puede llevar la medicación que necesita, pagándola de su propio bolsillo. La última vez que Ksenia lo visitó, Mikhail sólo sonrió cuando ella le mostró una postal de apoyo escrita en un ruso muy rudimentario. Tanto él como ella se emocionaron mucho al ver que un desconocido de algún lugar del mundo se interesaba tanto por ellos que hacía todo lo posible por escribir en ruso.

Vladimir nos contó una historia parecida. Los únicos mensajes que le llegaban cuando se encontraba detenido (fue indultado justo antes de Navidades) eran los que estaban escritos en ruso. Por tanto, a todos ustedes activistas les toca practicar sus conocimientos de ruso. Una postal en un mal ruso es lo único que hace sonreír a un activista encarcelado injustamente.

Stella, la madre de Denis, nos dijo con lágrimas en los ojos lo orgullosa que estaba de su hijo, que intentó impedir que la policía agrediese a otras personas. A él lo golpearon y lo dejaron lleno de moratones, y ahora es posible que le impongan una larga pena de prisión. Stella se alegró muchísimo de que los directores y directoras de Amnistía Internacional prometiéramos entregar a diplomáticos de nuestros países con los que íbamos a reunirnos al día siguiente su mensaje sobre la importancia de hacer un seguimiento de la causa que está en curso ante el tribunal.

Todos los activistas con los que nos reunimos tienen mucho miedo de lo que ocurrirá después de los Juegos Olímpicos de Sochi. Temen una represión incluso más dura. También parece sintomático que todas las causas judiciales en curso terminen al mismo tiempo que se celebran los Juegos: se está intentando minimizar la atención que reciben, tanto en el ámbito local como en la esfera internacional.

En el espíritu de los Juegos Olímpicos, permítanme entregar mis propias medallas. Son todas de oro, y van a los detenidos de Bolotnaya y a sus familias, gente muy valiente; a nuestra maravillosa bailarina, que desafió el frío para poner de relieve el gélido entorno en el que vive la sociedad civil rusa, y, por supuesto, a las 336.412 personas que firmaron nuestra petición y que muestran solidaridad con nuestros amigos rusos.