Las dificultades aumentan para los refugiados sirios en el Kurdistán iraquí

De Neil Sammonds

Sentado sobre un delgado colchón en una precaria estructura situada en la cima de una colina llena de barro, el anciano Abu Fares me contó cómo terminó viviendo en la pobreza en la relativamente próspera región del Kurdistán iraquí.

Desde hace 11 meses, él y su esposa —junto con unas 200 familias— malviven en unos refugios improvisados situados en las afueras del saturado campo de refugiados de Domiz, cerca de la ciudad de Dohuk.

Ambos son parte de las decenas de miles de personas que huyeron hasta aquí en medio del conflicto armado que continúa asolando Siria, en su caso dejando atrás su casa, a unos 250 km, en Qamishli, una ciudad de la esquina nororiental de Siria, cerca de la frontera con Turquía.

Antes de sentarnos para escuchar a Abu Fares, dejamos los zapatos llenos de barro fuera del frágil hogar que han levantado ellos mismos. Una vez dentro, trajeron y sirvieron té dulce. Su esposa, Um Fares, parecía apesadumbrada en medio de la nube de humo de su cigarrillo. Luego su ojo sano advirtió el barro en mis pantalones. “Déjeme lavárselos —dice—. Se parece usted a mi hijo.”

Su generosidad me impresionó y me distrajo brevemente de mi conversación con Abu Fares. Éste estaba contando con detalle algunas dificultades —agua, alimentos, letrinas insuficientes— de la vida en esta “zona irregular” situada fuera del campo. Su vecino Mohamed, de Amoude, también cerca de la frontera de Siria con Turquía, quería que se pusiera gravilla en la “carretera” llena de barro; tenía miedo de que un vehículo resbalara y se metiera en las viviendas temporales.

Dohuk es la principal ciudad de la gobernación del mismo nombre que bordea con la región nororiental de Siria. La zona alberga a la mayoría de los más de 200.000 refugiados sirios que viven ahora en la región del Kurdistán de Irak.

El saturado campo de refugiados de Domiz acoge actualmente a unos 45.000 sirios.

Existe la sensación real de que esta ciudad de refugiados se está estableciendo ya con su propia economía.

Pasé delante de peluquerías, una tienda de falafel y una boutique para novias. Los residentes del campo de Domiz tienen libertad para ir y venir a su antojo, y muchos han encontrado trabajo en la vecina Dohuk y en otros lugares.

Pero ahora, con el campo lleno a rebosar, quienes como Abu Fares se alojan fuera del perímetro viven en condiciones muy duras.

Con una población de sólo alrededor de 4 millones de habitantes, la presión sobre la región del Kurdistán de Irak aumenta. Tras un comienzo prometedor, e impulsada por una economía fuerte y la solidaridad kurda, la respuesta del gobierno regional del Kurdistán se ha vuelto más tibia con el paso del tiempo.

El gobierno regional cerró la frontera con Siria desde mayo hasta mediados de agosto de 2013 —cuando unas 50.000 personas, en su mayoría sirias de origen kurdo, entraron en la región del Kurdistán iraquí en apenas 15 días— y volvió a limitar el acceso a mediados de septiembre.

Los refugiados sirios dijeron que el grupo kurdo sirio Yekineyen Parastina Gel (Unidades de Protección Popular o YPG) están disuadiendo también a los sirios de entrar en la región, a veces con violencia.

Estamos recibiendo informes sobre sirios no kurdos a los que el gobierno regional del Kurdistán ha negado la entrada y de varios casos de personas presuntamente devueltas a Siria.

La situación es similar en las otras dos gobernaciones de la región del Kurdistán iraquí, Erbil y Sulaimaniya, que iban a acoger a un mayor número de refugiados.

El campo de Kawergosk, cerca de la ciudad de Erbil, surgió de la nada el pasado mes de agosto para acoger a los refugiados que iban a llegar. En 12 horas, me contaron, se obtuvo el terreno y un día después se colocó el tendido eléctrico. Excavadoras, fuerzas de seguridad y voluntarios se unieron para cavar y levantar tiendas, y luego llegaron los refugiados. El representante de una organización de ayuda humanitaria dijo que el gobierno regional del Kurdistán había facilitado aquí “la respuesta a los refugiados más rápida y efectiva” que había visto en 20 años de trabajo por los refugiados en todo el mundo.

Un kurdo sirio que trabaja para otra organización de ayuda humanitaria en Kawergosk alabó la “fantástica” respuesta, mientras otros dos dijeron que querían quedarse para siempre en “Kurdistán”. No oí a nadie decir que estaban en “Irak” o en “el norte de Irak” y sólo ondean banderas de Kurdistán, no iraquíes.

El gobierno regional del Kurdistán dice que ha inyectado 120 millones de dólares estadounidenses para atender a los refugiados sirios.

Pero tras este prometedor comienzo, algunos pensaron que se podía hacer mucho más.

“La respuesta del Kurdistán no debe compararse favorablemente con la de otros vecinos de Siria —dijo un veterano trabajador de una ONG—, sino desfavorablemente, dadas todas las ventajas que tiene.”

Como Abu Fares y su familia en Domiz, muchos refugiados procedentes de Siria están menos impresionados con las condiciones en las que viven en el Kurdistán.

En noviembre, la lluvia en los montañosos terrenos situados en torno al campo de Kawergosk inundó muchas tiendas, dejando a más de 200 familias desarraigadas una vez más.

En el ordenado y moderno campo de Darashakran, también en Erbil, los hombres murmuraban sobre la falta de trabajo. “Si trabajas tienes honor —dijo Imad, de Qamishli—. Si no, no tienes dignidad.”

Oí comentarios similares en el campo de tránsito de Arbat, al este, en Sulaimaniya, cerca de la frontera con Irán. “No hemos venido aquí para quedarnos sentados”, dijo uno, mientras otros se quejaban de que a los trabajadores sirios solían pagarles mucho menos que a otros.

Las mujeres de Arbat también se quejaban de que los agentes de seguridad kurdos iraquíes les prohibían salir del campo si no iban acompañadas de un familiar varón. © Amnesty International
Las mujeres de Arbat también se quejaban de que los agentes de seguridad kurdos iraquíes del campo les prohibían salir de este si no iban acompañadas por un familiar varón, a pesar de que un funcionario del gobierno regional nos dijo después que esto no debía ser así. Muchos niños refugiados en edad escolar no pueden estudiar debido a la falta de instalaciones.

Las medidas del gobierno regional han desencadenado más quejas. La libertad de circulación y el acceso a los permisos de residencia están restringidos debido en parte a razones de seguridad, lo que hace que viajar y el acceso a un empleo sea más difícil para los sirios y limite su autosuficiencia.

Mientras tanto, las banderas del Kurdistán ondearán en los campos de la región del Kurdistán iraquí y los refugiados se sentirán seguros allí. Pero nadie sabe si las condiciones mejorarán para Abu y Um Fares y las numerosas personas que están en una situación similar ni se permitirá la entrada de más refugiados ni cuánto tiempo estarán.