Bangui, asediado por la violencia y el miedo

Por Susanna Flood, directora de Medios de Comunicación de Amnistía Internacional

A primera vista, todo está en calma en Bangui, capital de la República Centroafricana. Con una tranquilidad extraña. Pero detrás de este silencio surgen historias de devastación. La ciudad está en calma pero la gente tiene miedo.

No hay prácticamente automóviles en la vía pública y un silencio sobrecogedor se cierne sobre la ciudad. Y entonces se oye una breve ráfaga de disparos que viene de uno de los varios barrios que se han visto acosados por los combates desde las primeras horas de ayer, o los aviones de combate franceses hacen una súbita e inesperada pasada, para hacer saber su presencia en la ciudad.

No hay una cifra clara de víctimas mortales o de heridos como consecuencia de los combates entre los llamados anti-Balaka, al parecer leales al depuesto presidente Bozizé, y las antiguas fuerzas Seleka del nuevo presidente, Michel Djotodia. Pero las personas que conocen la situación dicen que ha habido al menos 200 muertos, lo que representa el mayor número de víctimas mortales en un día desde que estalló la crisis.

Los cuerpos sin vida se recogen por toda la ciudad y se llevan al depósito de cadáveres central y al Hôpital Communautaire. Llegan por igual de barrios cristianos y musulmanes, algunos con heridas de bala y metralla, otros claramente víctimas de ataques con machetes y otras armas blancas.

La tarea de recoger los cuerpos ha recaído en las mujeres. Sólo ellas pueden aventurarse a salir. Recogen los cadáveres en carretillas de mano y, si el valor les acompaña, los entregan en hospitales o depósitos de cadáveres. En algunos casos los entierran en el patio trasero de su casa, pues no se atreven a ir más lejos.

La inseguridad también hace difícil que las personas que necesitan tratamiento lleguen a los hospitales. Asimismo, los médicos que podrían proporcionar el tratamiento de emergencia no pueden salir de sus casas para ayudar a los heridos. La ciudad está cerrada.

La sensación de inseguridad es omnipresente. Un defensor de los derechos humanos habló con Amnistía Internacional desde lo que debería ser la seguridad de su casa. Pero incluso allí tenía miedo de que alguien lo oyera, y compartía entre susurros las últimas noticias de su comunidad.

También han trascendido noticias de que antiguos Seleka patrullan en algunos barrios, abriendo fuego indiscriminadamente, derribando a patadas las puertas, saqueando e incluso matando. La gente se refugia en las iglesias, mal equipadas para manejar la situación de seguridad, y mucho menos para proporcionar los servicios de saneamiento o los alimentos necesarios. Al parecer, el aeropuerto de Bangui también está lleno a rebosar de miles de personas que buscan la protección de las fuerzas francesas que protegen este lugar estratégico.

Pero no son sólo los antiguos grupos armados Seleka musulmanes los que representan una amenaza para la seguridad. Cuando estallaron los combates en Bangui, más de 50 cadáveres fueron llevados a una mezquita en PK5, uno de los barrios musulmanes de la ciudad.

Esta violencia es un reflejo de lo que ha estado sucediendo por todo el país desde hace muchos meses. La crisis silenciosa ha llegado finalmente a Bangui, al tiempo que el Consejo de Seguridad de la ONU, impulsado por Francia, despierta a la catástrofe que se avecina para la población asediada de la República Centroafricana.

Mientras el mundo llora la muerte de Nelson Mandela, en este otro rincón de África la población sufre y necesita que se tomen medidas urgentes. No es el momento de olvidar a estas personas. Si acaso, el legado de Madiba debe recordarnos nuestro deber de luchar para proteger a quienes sufren.

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