Funeral en catedral copta acaba en violencia

Por Diana Eltahawy, investigadora de Amnistía Internacional sobre Egipto

El domingo asistí en El Cairo al funeral de cuatro cristianos coptos a quienes habían matado el viernes por la noche en Jusus, pequeña localidad situada al norte de la ciudad.

Tenía pensado viajar a Jusus para averiguar algo más sobre la violencia sectaria causante de las muertes ocurridas allí.

En vez de ello, me vi atrapada en medio de otro enfrentamiento violento en el funeral mismo, con los asistentes a un lado y unos atacantes desconocidos y, posteriormente, las fuerzas de seguridad al otro.

Antes de que estallara el enfrentamiento se palpaban el dolor, la rabia y el sentimiento de injusticia dentro de la catedral de San Marcos de El Cairo, que estaba llena de gente asistente al funeral. Las lágrimas, los rezos y los gemidos quedaban ahogados por las consignas contra el gobierno y la Hermandad Musulmana y las promesas de venganza para los muertos.

Poco después de que los ataúdes y el cortejo fúnebre comenzaran a salir de la catedral estalló cerca de allí un enfrentamiento violento entre algunos de los asistentes y unos atacantes que eran, al parecer, vecinos de la zona.
No se veía ya a los pocos miembros de las fuerzas de seguridad presentes allí cuando entré en la catedral dos horas antes.
Dentro de la catedral reinaba la confusión entre los centenares de asistentes, incluidos los sacerdotes, las personas mayores y los niños. Se propagó el rumor de que habían matado fuera a una persona participante en el funeral, con lo que la tensión se intensificó aún más.
Algunos jóvenes no hicieron caso de los intentos de restablecer la calma y detener la violencia, mientras justo a la salida de la puerta principal seguían lloviendo piedras y cohetes.

La violencia se detuvo temporalmente al llegar la policía antidisturbios a la entrada principal de la catedral. No obstante, la situación degeneró rápidamente cuando algunos de los asistentes, exasperados al ver que las autoridades no parecían protegerlos, comenzaron a lanzar piedras contra las fuerzas de seguridad.

Los agentes respondieron lanzando con profusión gas lacrimógeno, que llenó el recinto de la catedral e hizo que la gente se precipitara casi en desbandada más hacia el interior aún en busca de refugio.
Cuando el gas se disipó un poco, salí por la puerta trasera. Algunas personas decidieron quedarse, porque querían proteger la catedral, dijeron, de nuevos ataques. Ese mismo día volvió a estallar otra vez la violencia.
Según las noticias de prensa más recientes, el Ministerio de Salud ha dicho que murieron 2 personas y resultaron heridas al menos 89 en los enfrentamientos. Una de éstas es periodista del portal de Internet Shorouq.

Las autoridades condenaron la violencia de Jusus y de la catedral, pero, aunque positiva, tal medida no es ni con mucho suficiente. Una y otra vez, las autoridades egipcias se han abstenido de proteger de la violencia sectaria a los cristianos coptos y han favorecido la “reconciliación” por encima del procesamiento de los responsables.

Las autoridades egipcias llevan decenios absteniéndose reiteradamente de proteger a los cristianos coptos y sus iglesias contra los ataques.

Con Hosni Mubarak se documentaron al menos 15 ataques graves contra coptos, y la situación no mejoró con el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, que gobernó el país desde la caída de aquél hasta la elección del presidente Mohamed Morsi.

En 2013, con el gobierno de Mohamed Morsi, los cristianos coptos han denunciado al menos seis ataques contra iglesias o edificios conexos, cometidos en las gobernaciones de Asuán, Beni Suef, El Cairo y El Fayum. Hasta la fecha, pese a las promesas del presidente Morsi, no se han llevado a cabo investigaciones adecuadas, no se han adoptado medidas para evitar nuevos estallidos de violencia y no se ha sancionado a nadie.

Esta inacción constante contribuye a crear un sentimiento de injusticia, discriminación y vulnerabilidad entre los cristianos de Egipto y hace creer a los responsables de los ataques contra ellos que pueden seguir cometiéndolos impunemente.

Tal falta de medidas constituye además un incumplimiento de las obligaciones contraídas por Egipto en virtud del derecho internacional de los derechos humanos, entre ellas las de proteger de manera efectiva a los miembros de las minorías contra los abusos y poner los autores de éstos a disposición judicial.
Hay numerosas versiones de los sucesos causantes de la trágica violencia sectaria de Jusus, en la que resultaron muertos por disparos un musulmán y cuatro cristianos residentes allí.

La única forma de impedir que se repitan actos violentos similares es garantizar que se realizan con prontitud investigaciones exhaustivas, independientes e imparciales sobre la violencia de Jusus y la catedral de San Marcos y se pone a los responsables a disposición judicial cualesquiera que sean su religión y afiliación. La simple promesa del Mohamed Morsi de abrir una investigación no será suficiente: la ciudadanía egipcia estará pendiente de que la cumpla y no ocurra lo que con su promesa anterior de nombrar un vicepresidente copto.

Las autoridades deben reconocer que hacer caso omiso de este último estallido de violencia no hará más que aumentar la ira y la polarización entre las comunidades religiosas de Egipto.

Cuando algunos de los asistentes al funeral llevaron a un miembro de la policía antidisturbios dentro de la catedral, otros intercedieron en su favor para protegerlo, explicando a gritos que, con independencia de que fuera cristiano o musulmán, no debía ser maltratado.

Si las autoridades dejan una vez más de proteger a las minorías religiosas de la violencia, se corre el riesgo de silenciar tales voces.