La solución de Canadá con la que todas las partes ganan

  • Historia

Cuando Debbie Rix vio la trágica y emblemática imagen del niño de tres años Alan Kurdi tendido sin vida en una playa de Turquía, decidió que era hora de actuar.

“En mi comercio, nuestro diario nacional publicó la foto en primera plana. La gente entraba y le daba la vuelta al periódico, diciendo: ‘No quiero ver eso’.

“Yo volvía a darle la vuelta y decía: ‘Tenemos que mirar esto; no podemos desviar la vista’.”

Al día siguiente, Debbie hizo un llamamiento en Facebook que encontró eco entre numerosos amigos y amigas, y entre los amigos y amigas de éstos, impresionados por la suerte de Alan y por el precio humano de la indiferencia ante la situación de las personas refugiadas.

Un mes después, su grupo de patrocinio tenía 50 integrantes. En agosto de 2016 habían recaudado miles de dólares canadienses y recorrido un laberinto burocrático para dar la bienvenida a una familia del sur de Siria: Ahmed, su esposa Razan, su hija Aya, de siete años, y su hijo Raed, de cinco, junto con la hermana de Ahmed, Hoda, y sus hijos Louai, de 17 años, y Wael, de 13, y la abuela Khadija.

 

Debbie Rix juega a las cartas con Aya, de siete años, y su hermano Raed, de cinco, frente al nuevo hogar de la familia en Toronto (Canadá), junio de 2017. ©Stephanie Foden/Amnesty International

 

La población refugiada como tema electoral positivo

Mientras una considerable oleada de apoyo recorría Canadá, un número cada vez mayor de personas se ofrecía a ayudar a las personas refugiadas. Entre noviembre de 2015 y finales de enero de 2017 llegaron más de 14.000 personas sirias patrocinadas por grupos comunitarios como el de Debbie.

“Lo sorprendente es que llegó a convertirse en un tema electoral”, dice Gloria Nazfiger, coordinadora de Refugio de Amnistía Internacional Canadá. “Los asuntos sobre refugio nunca son temas electorales en Canadá.

“Pero la ciudadanía canadiense reclamó una respuesta a la crisis. El gobierno que tenemos actualmente [encabezado por el primer ministro Justin Trudeau] fue elegido en parte porque hizo al pueblo canadiense la promesa de responder a esa petición”, explica.

Construir nuevas comunidades

Los grupos de patrocinio recaudan alrededor de 27.000 dólares canadienses (20.000 dólares estadounidenses) para traer a una familia de cuatro miembros, aproximadamente la misma cantidad que las prestaciones de asistencia social de Canadá. También se comprometen a ayudar a la familia a establecerse en la vida canadiense durante su primer año en el país.

La determinación de estos grupos comunitarios de actuar y lograr un cambio por sí mismos no tiene precedentes. Pero es un modelo que se puede reproducir con facilidad en otros países.

Canadá tuvo una política estricta de inmigración hasta finales de la década de 1970, cuando introdujo el patrocinio en respuesta a lo que se conoció como “refugiados del mar” que huían del Sudeste Asiático tras la guerra de Estados Unidos en Vietnam. Desde entonces, más de 288.000 de estas personas, conocidas como “recién llegadas” o “nuevos canadienses”, han hecho de Canadá su hogar con el apoyo de cientos de miles de canadienses.

El sistema proporciona a quienes acaban de llegar una red ya preparada de personas con las que pueden contar para recibir apoyo e incluso para entablar amistad. “Para quienes llegan a través del patrocinio privado, les resulta fácil adaptarse a la nueva vida”, dice Ahmed. “Ya tenemos amigos y amigas.”

Mohamed Farah, de Somalia, y Yayha Adam, de Sudán, con uno de sus patrocinadores, Catherine LeBlanc Miller, Toronto (Canadá), junio de 2017. ©Stephanie Foden/Amnesty International

Una red de personas de corazón abierto

Algunos grupos se han dedicado a ayudar a personas refugiadas de otras partes del mundo. “Nos dijeron que las personas refugiadas de África, por ejemplo, que reciben menos atención de los medios de comunicación, podrían tardar entre tres y cinco años en recibir patrocinio”, dice Catherine LeBlanc-Miller, que trabaja en el ayuntamiento de Toronto.

El grupo de Catherine patrocinó a tres varones africanos de unos 20 años: dos de Sudán y uno de Somalia. Uno de ellos, Mohamed Farah, ha encontrado trabajo hace poco en un centro de salud a través de su red de patrocinio. “Llevo aquí sólo dos meses y ya tengo empleo. Creo que no lo habría conseguido sin el apoyo de todas estas personas”, dice Mohamed.

Mohamed piensa que otros países deberían seguir el ejemplo de patrocinio de Canadá: “Este es un proyecto de éxito”, dice. “Es algo único.

“Hay un proverbio en mi cultura que dice que se entra en un corazón abierto, pero no en una puerta abierta. Es decir, si ves una puerta abierta no entrarás por ella, pero sí entrarás si la persona que está allí tiene el corazón abierto. Creo que tener un gran corazón es lo primero que ha animado a la gente a patrocinar a otras personas.”

Kenzu Abdella, profesor de Matemáticas, frente al restaurante que ha abierto como proyecto empresarial con la pareja siria integrada por Mohammed y Randa Alftih en Peterborough (Canadá). ©Stephanie Foden/Amnesty International

¿Una forma de dar la bienvenida a las personas refugiadas con la que todas las partes ganan?

El apoyo de los grupos de patrocinio no sólo ha prestado ayuda inmediata a familias en situación de necesidad, sino que ha creado unas comunidades fuertes y más dinámicas y ha enriquecido la diversidad de Canadá.

Sin embargo, el proceso no es siempre fácil. Algunas personas refugiadas no hablan inglés o, en ciertos casos, no saben siquiera leer y escribir. Además, un nuevo país y una nueva cultura pueden ser abrumadores.

“No es sencillo”, dice Kenzu Abdella, originario de Etiopía y patrocinador en Peterborough, localidad al este de Toronto. “Pero al mismo tiempo, no es difícil. Si tu corazón está del lado de las personas que están sufriendo, según mi experiencia siempre funciona.”

“Todas las personas con las que hablo, canadienses de aquí, se sienten muy afortunadas por poder hacer esto porque son capaces de ver el futuro y lo que esto puede representar para su país.”

Kenzu ha decidido hace poco asociarse en un negocio con una familia siria patrocinada, Randa y Mohammed Alftih: “Todas las partes salen ganando”, afirma. “Tú me traes aquí para ayudarme y yo estoy aquí para ser un buen ciudadano y hacer una aportación a la sociedad. Incluso en este proyecto empresarial me beneficio yo y se beneficia la familia.”

Randa Alftih en el restaurante que lleva con su esposo, Mohammed, en Peterborough (Canadá). “Cuando llegamos, los patrocinadores probaron mi comida y siempre decían que estaba muy buena —dice Randa—, así que empezamos a pensar en convertirlo en un negocio.” ©Stephanie Foden/Amnesty International

Parte de la familia

De nuevo en Toronto, casi un año después de su llegada, Ahmed y su familia están establecidos en un tranquilo suburbio de pulcros jardines y autos familiares estacionados en la entrada de cada vivienda.

Las personas adultas están aprendiendo inglés, los niños y niñas van a la escuela, y Ahmed y Louai asisten a un curso de formación en hostelería en el hotel Ritz-Carlton. Para Ahmed, es un camino de regreso a la vida que conocía antes de que la guerra lo cambiara todo. Tenía un restaurante para 300 comensales que estaba lleno de turistas hasta que los bombardeos lo obligaron a huir.

“Mi meta en el futuro es abrir mi propio restaurante sirio”, dice. “Ya hay muchos restaurantes sirios y árabes en Toronto, pero el mío será el mejor.”

En Canadá, el patrocinio dura como mínimo 12 meses, pero a menudo dura más. “Sé que me miraban como diciendo: ‘Espera, ¿no vamos a volver a verte después de un año?’”, dice Debbie.

“Tuve que tranquilizarlos y decirles que no, que no es así. Esta es una relación muy estrecha y me siento parte de su familia, esto no va a terminar. Por suerte tenemos dinero suficiente para ayudarlos otros seis meses, por lo que no vamos a terminar, ni siquiera económicamente, cuando se cumpla el año.

“Y espero que me inviten a la boda de Aya, ¡más les vale! Para mí y para varias personas más del grupo, esta es una relación para toda la vida. Todos y todas nos enriquecemos gracias a ella.”

Súmate al movimiento de personas que se están uniendo para dar la bienvenida a las personas refugiadas con sus propias acciones.

Cuando la gente se une, pasan cosas extraordinarias

UNIRME