Introducción

Un año decisivo para el activismo

El año 2011 fue realmente turbulento. Millones de personas tomaron las calles para exigir libertad, justicia y dignidad; algunas lograron victorias memorables.

El éxito de los levantamientos registrados en Túnez y Egipto a comienzos de año desencadenó protestas en toda la región y posteriormente en el resto del mundo, como Moscú, Londres y Atenas en Europa; Dakar y Kampala en África; Nueva York, La Paz y Cuernavaca en América o Phnom Penh y Tokio en Asia.

En Oriente Medio y el norte de África, las quejas y reivindicaciones acumuladas por las nuevas generaciones estallaron en las calles y provocaron la caída o pusieron en peligro la supervivencia de regímenes autocráticos que llevaban decenios gobernando con mano de hierro y hasta entonces parecían invencibles.

Alentadas por estos hechos, personas en otras zonas de África también se arriesgaron a sufrir represalias protestando contra su desesperada situación social y económica y expresando su deseo de gozar de libertades políticas.

En Europa y Asia central, al igual que en la región de Asia y Oceanía, la gente combatió reiteradamente la injusticia y las violaciones de sus derechos. En algunos casos, los gobiernos respondieron intensificando el nivel de represión, que ya era asfixiante. Por ejemplo, los regímenes autocráticos existentes en varios de los Estados sucesores de la Unión Soviética reforzaron su control del poder aplastando protestas, deteniendo a líderes de la oposición y silenciando las voces disidentes.

La exigencia de derechos humanos también se hizo oír en toda América: en las calles, en los tribunales nacionales y en el sistema de justicia interamericano. Cobraron fuerza las peticiones de justicia formuladas por personas, organizaciones de la sociedad civil y pueblos indígenas, y a menudo provocaron abiertos enfrentamientos entre personas y poderosos intereses económicos y políticos.

Tras muchos de estos conflictos subyacían políticas de desarrollo económico que exponían a muchas personas, sobre todo a quienes vivían en comunidades pobres y marginadas, a un creciente peligro de sufrir abusos. Asimismo, muchas formas de discriminación seguían creando una sensación de injusticia que se expresó a través de protestas desencadenadas en todo el mundo.

Todos estos hechos y cambios se reflejan en el Informe 2012 de Amnistía Internacional, que documenta el estado de los derechos humanos en 155 países y territorios en 2011, el año en que la organización celebró su 50 aniversario.

El informe pone de relieve el fracaso endémico del liderazgo local e internacional a la hora de proteger los derechos humanos. Muestra que la reacción de la comunidad internacional ante las crisis de derechos humanos a menudo se caracterizó por el temor, la prevaricación, el oportunismo y la hipocresía. En ningún lado fue más evidente que en Oriente Medio y el norte de África, donde se ofrecieron respuestas notablemente distintas a la represión gubernamental de las protestas masivas registradas en toda la región.

El fracaso del liderazgo también se puso de manifiesto cuando los gobiernos continuaron aprovechando la legítima preocupación por la seguridad o el elevado índice de delincuencia para justificar o pasar por alto abusos cometidos por sus propias fuerzas de seguridad y al no obligar a las empresas a rendir cuentas por su impacto en los derechos humanos.

En un momento en que Amnistía Internacional se adentra en su sexta década, este informe no sólo da testimonio de la condición de quienes viven sumidos en la oscuridad de las violaciones de los derechos humanos, sino también de las personas a quienes la lucha por la dignidad y los derechos humanos para todas las personas les sigue sirviendo de inspiración para actuar, a menudo a costa de un gran riesgo personal.

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