Acabemos con la degradación de los derechos humanos y hagámoslos realidad

Monjes budistas rezan frente a un control de la policía antidisturbios en Yangón, Myanmar, sep. de 2007.

Monjes budistas rezan frente a un control de la policía antidisturbios en Yangón, Myanmar, sep. de 2007.

© Mandalay Gazette/AP/PA Photos


Mensaje de Irene Khan, secretaria general de Amnistía Internacional, con ocasión del Día Internacional de los Derechos Humanos 2007

Conforme se acerca el 60º aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos, tenemos motivos para la celebración pero también para afrontar un desafío. 

Hemos de celebrar el enorme desarrollo que ha acompañado durante seis decenios a las normas, los instrumentos y las instituciones internacionales de derechos humanos, responsables estos de la mejora en la vida de muchas personas en todo el mundo. 

La Declaración Universal propugna valores globales de igualdad y justicia, e inspiró la lucha para acabar con el apartheid en Sudáfrica y para promover la democracia en los países del Este de Europa, América Latina, África y Asia. Ha estado detrás de los pasos que se han dado para abolir la pena de muerte, para proscribir la tortura, para promover la igualdad de género, para proteger los derechos de la infancia y para invertir la tendencia en la lucha contra la impunidad. Y, sobre todas las cosas, ha espoleado a una comunidad mundial de hombres y mujeres –ciudadanos y ciudadanas de a pie– a unirse en la lucha por la justicia y la igualdad para todas las personas. 

Pero este momento no puede quedar sólo en la celebración y la autocomplacencia. También nos presenta un reto: hacer que los derechos humanos sean una realidad, y cerrar la brecha que separa la promesa de la Declaración Universal del desempeño de gobiernos y otras partes implicadas. 

Desde Afganistán hasta Zimbabue, los derechos humanos están siendo violados, descuidados o socavados con audacia e impunidad por gobiernos, grandes empresas y grupos armados. Es necesario que tanto los gobiernos como la sociedad civil renueven su compromiso para convertir la retórica en realidad, y la desilusión y el desaliento, en esperanza y acción.

En Darfur, sigue sin ponerse coto a los asesinatos, las violaciones y la violencia. No basta con que los líderes del mundo se retuerzan las manos ante el horror. Les exigimos que proporcionen a la fuerza de paz de las Naciones Unidas y la Unión Africana los recursos necesarios para que sus efectivos puedan proteger a la población con eficacia.

En Zimbabue, los defensores y defensoras de los derechos humanos y la disidencia política están siendo víctimas de ataques, tortura y encarcelamientos directos y sin derecho a juicio justo. La visita que Amnistía Internacional ha realizado recientemente al país ha confirmado nuestros peores temores. Pedimos a gobiernos como el de Sudáfrica –con influencia sobre el presidente Mugabe–, que hagan uso de toda su persuasión para acabar con estas violaciones. 

En Oriente Medio, la impunidad, la injusticia, y los abusos de derechos humanos obstaculizan enormemente la paz y la justicia y, aun así, los líderes del mundo reunidos en Annapolis dedicaron una escasa atención a estos derechos. Instamos a la comunidad internacional a situar los derechos humanos en el centro del diálogo político. 

Hoy, el Comité Olímpico Internacional está reunido para valorar los avances que se han hecho en la preparación de los Juegos Olímpicos de 2008 en China. No puede desviar la mirada ante la represión que las autoridades chinas están ejerciendo contra el colectivo de activistas que se han manifestado contra los desalojos forzados, efectuados con el propósito de despejar el terreno para los Juegos y otros proyectos. Ni ante las restricciones impuestas a los periodistas chinos y a los usuarios de Internet. El Comité Olímpico Internacional debe utilizar su influencia con el gobierno chino para que se ponga fin a estas prácticas, contrarias a los derechos humanos y también al espíritu de las Olimpiadas.

En Myanmar, los monjes de túnicas azafrán se manifestaron con valentía en contra de la represión y el empobrecimiento de sus conciudadanos, pero la Junta Militar aplastó brutalmente la protesta. Los gobiernos de los países vecinos son los principales socios comerciales del régimen militar. Disponen de un poder y una influencia que deben utilizar para presionar al régimen a fin de que libere a Daw Aung San Suu Kyi y a otros presos de conciencia y para hacer posible el cambio. 

En Pakistán, los profesionales del derecho que salieron a la calle para exigir el Estado de derecho y la independencia de la judicatura corrieron similar suerte a los monjes birmanos ya que, igual que la Junta de Myanmar, el general paquistaní cuenta con aliados poderosos. Estos aliados deben dar prioridad a los derechos humanos frente a los intereses políticos y las estrategias de seguridad equivocadas. De no hacerlo, corren el riesgo de agravar los problemas relacionados tanto con los derechos humanos como con la seguridad. 

La estrategia global contra el terrorismo dirigida por el gobierno más poderoso del mundo ha socavado los principios fundamentales de derechos humanos, y los grupos armados y extremistas han desatado una espiral de violencia que ha puesto en peligro la vida de los ciudadanos y ciudadanas de a pie en todo el mundo. Tanto los Parlamentos, como los tribunales y la sociedad civil deben hacer un llamamiento en favor del respeto de los derechos humanos y el Estado de derecho, en tanto que estos encauzan el camino hacia una mayor seguridad.
 
Es imperativo dedicar más atención y recursos a abordar los escándalos ocultos y olvidados que afectan a los derechos humanos y que destruyen millones de vidas humanas y el sustento de otras tantas. Cuando las atrocidades de las guerras copan las páginas de los periódicos, son pocas las personas conscientes de que la violencia contra las mujeres causa más víctimas que los conflictos armados

En un tiempo en que los líderes mundiales se ocupan de recordarnos a diario la amenaza de las armas de destrucción masiva, sigue sin ponerse barreras a la venta y las transferencias de armas pequeñas y convencionales, que matan a mil personas cada día. 

Aun cuando las ventajas y oportunidades que ofrece la globalización económica son evidentes, los límites que marcan el respeto de los derechos económicos, sociales y culturales se han desdibujado mucho, provocando la marginación y el empobrecimiento de millones de personas.

La comunidad internacional está debatiendo hoy en Bali los peligros del calentamiento global. El actual derretimiento de los derechos humanos en todo el mundo no es hoy una amenaza menor para el futuro de la humanidad, y el llamamiento a la acción es igual de urgente. 

La Declaración Universal de Derechos Humanos surgió como una iniciativa de los gobiernos, pero hoy es el empeño común de personas de todo el mundo. 

Toda persona goza de derechos. Es la esencia de nuestra condición humana. Y cada persona tiene la responsabilidad de defender, no sólo sus propios derechos, sino los de los demás. Ése es el espíritu de la solidaridad internacional. El verdadero significado de los derechos humanos, universales e indivisibles.

Como ciudadanos y ciudadanas del mundo:
  • Creemos que los abusos que se cometen contra los derechos humanos en cualquier parte del mundo incumben a las personas en todo el mundo.
  • Nos comprometemos a utilizar el poder de los individuos para impulsar la acción en favor de la justicia y la igualdad para todas las personas.
  • Nos indigna el quebrantamiento de sus obligaciones que nuestros líderes exhiben y estamos decididos a hacer que rindan cuentas.
  • Nos obligamos a crear una cultura global en la que cada persona pueda ver realizados sus derechos humanos.
  • Transmitiremos el mensaje de esperanza de la Declaración de Derechos Humanos a cada región del mundo en el año de su 60º aniversario.