El gobierno restringió la libertad de expresión en los medios de comunicación impresos y electrónicos. A los 50 años de la entrada en vigor de la Ley de Seguridad Interna continuaban las detenciones sin cargos ni juicio. Se impuso judicialmente el castigo de azotes con vara a migrantes, personas refugiadas y ciudadanos y ciudadanas malaisios por diversos delitos, entre los que figuraban infracciones de las leyes de inmigración. En aplicación de la ley islámica, por primera vez tres mujeres recibieron azotes con vara. En mayo, Malaisia fue elegida miembro del Consejo de Derechos Humanos de la ONU.
Najib Tun Razak cumplió su segundo año como primer ministro tras sustituir a Abdulá Badawi. Tenía de plazo hasta marzo de 2013 para convocar elecciones al Parlamento. Continuó el juicio del líder de la oposición Anwar Ibrahim, contra quien por segunda vez en 12 años se habían formulado cargos penales de sodomía que tenían motivaciones políticas. De ser declarado culpable, Anwar Ibrahim se exponía a una pena de prisión y a la prohibición de ocupar cargos políticos durante cinco años. En marzo, cuando anunció la nueva política económica de Malaisia para los siguientes años, Najib Tun Razak pidió la reforma de la política malaisia de discriminación positiva que favorecía a los bumiputras (condición jurídica que comprendía a las personas de etnia malaya e indígenas de Malaisia oriental).
ArribaLas autoridades restringieron la libertad de expresión al establecer como requisito que las publicaciones debían contar con autorización gubernamental y al imponer sanciones penales con arreglo a la Ley contra la Sedición a quienes criticaban al gobierno.
Según el Grupo de Trabajo de la ONU sobre la Detención Arbitraria, que visitó Malaisia en junio, la detención de personas refugiadas en el país era sistemática. Los trabajadores migrantes a menudo se veían expuestos a condiciones laborales abusivas, además de ser detenidos por delitos relacionados con la inmigración.
Según información de la agencia estatal de noticias, Bernama, y de otros medios de comunicación malaisios, los tribunales condenaron al menos a 114 personas a “ser colgadas del cuello hasta morir”. Las autoridades no dieron a conocer el número de ejecuciones llevadas a cabo.
Más de la mitad de las condenas a muerte de que se tuvo noticia se impusieron por posesión ilegal de drogas cuando se superaban determinadas cantidades, delito que acarreaba la pena capital preceptiva. En esos casos, los acusados se enfrentaban a cargos de tráfico de drogas. En virtud de las leyes contra el narcotráfico, se los suponía culpables a menos que demostrasen su inocencia, lo cual contravenía las normas internacionales sobre juicios justos.
Una de cada seis condenas a muerte de las que se tuvo noticia se había impuesto a ciudadanos de otros países de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). Entre los condenados había siete de Indonesia, tres de Myanmar, tres de Singapur, tres de Tailandia y dos de Filipinas.
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