A pesar de la promulgación en mayo de un decreto presidencial por el que se limitaba la aplicación de la Ley del Estado de Excepción, las autoridades siguieron utilizando los poderes que les confería ésta para perseguir a detractores del gobierno, activistas políticos de la oposición y sospechosos de delitos contra la seguridad. Algunos fueron recluidos sin cargos ni juicio en virtud de órdenes de detención administrativa y otros fueron juzgados ante tribunales militares o de excepción cuyos procedimientos no cumplían las normas internacionales sobre justicia procesal. Se continuó enjuiciando a periodistas y a otras personas críticas con el gobierno en virtud de la legislación penal sobre difamación. La libertad de expresión, asociación y reunión siguió siendo objeto de un estricto control por parte de las autoridades. La tortura y otros malos tratos continuaron siendo un fenómeno habitual y generalizado, y en la mayoría de los casos se cometían con impunidad. Según los informes, se produjeron varias muertes como consecuencia de torturas u otros abusos perpetrados por la policía. Quedaron en libertad varios centenares de personas sometidas a detención administrativa, pero miles más, entre ellas algunas que llevaban largo tiempo en esta situación, continuaron recluidas a pesar de haberse dictado órdenes judiciales para que fueran puestas en libertad; el gobierno no reveló su número exacto. En El Cairo, Port Said y Asuán se llevaron a cabo desalojos forzosos, que afectaron a millares de personas que vivían en condiciones peligrosas en barrios marginales debido a la gran escasez de viviendas asequibles y adecuadas. Al menos 30 personas, en su mayoría migrantes de otros países africanos, murieron por disparos de las fuerzas de seguridad de fronteras cuando intentaban pasar a Israel. Se condenó a muerte al menos a 185 personas y se ejecutó como mínimo a 4.
El gobierno aceptó muchas de las recomendaciones formuladas tras someterse Egipto al examen periódico universal del Consejo de Derechos Humanos de la ONU en febrero, pero rechazó otras y aplazó su decisión sobre una relativa a permitir visitar el país al relator especial sobre la tortura.
En mayo se prorrogó dos años más el estado de excepción vigente desde 1981, pero simultáneamente se promulgó un decreto presidencial que circunscribía la aplicación de la Ley del Estado de Excepción a los casos de “terrorismo” y narcotráfico.
Los trabajadores se manifestaron en numerosas ocasiones para protestar por el aumento del coste de la vida y exigir mejores salarios y condiciones de trabajo. Las autoridades no aplicaron la resolución de fijar un salario mínimo acorde con el coste medio de la vida, adoptada por un tribunal administrativo.
Tuvieron lugar manifestaciones de activistas políticos –incluidos miembros de la prohibida Hermandad Musulmana y de otros grupos políticos de oposición, como la Asociación Nacional por el Cambio, el Movimiento 6 de abril y el Movimiento Egipcio por el Cambio (Kefaya)– contra el estado de excepción y los abusos de la policía. Se detuvo a numerosos manifestantes, a los que se golpeó y trasladó a lugares remotos donde se los dejó abandonados tras confiscarles los teléfonos móviles, el dinero y los zapatos, mientras que a otros, tras detenerlos y acusarlos formalmente de agredir a agentes de policía, los juzgaron y los condenaron a prisión.
El gobernante Partido Nacional Democrático consiguió una amplia mayoría en las elecciones a la Cámara Alta del Parlamento (Shura) y a la Asamblea del Pueblo, celebradas en junio, y en noviembre y diciembre, respectivamente, pero los comicios se vieron empañados por graves denuncias de fraude, amaño de votos y actos de violencia en los que murieron al menos ocho personas. Los principales partidos de la oposición se retiraron de las elecciones a la Asamblea del Pueblo en noviembre, tras la celebración de la primera vuelta, que era la más importante.
Se detuvo al menos a 1.200 personas vinculadas a la Hermandad Musulmana después de que esta organización anunciara en octubre su intención de presentar a numerosos simpatizantes suyos como candidatos a las elecciones. Según los resultados oficiales, no salió elegido ninguno de ellos, por lo que la Hermandad Musulmana quedó excluida de la Asamblea del Pueblo, en la que había sido el principal grupo de la oposición.
ArribaLas autoridades utilizaron los poderes que les confería el estado de excepción para detener a sospechosos de delitos contra la seguridad. Los detenidos solían permanecer varias semanas incomunicados. Muchos afirmaron que agentes del Departamento de Investigaciones de la Seguridad del Estado les habían infligido torturas y otros malos tratos y los habían obligado a hacer “confesiones” de las que se habían retractado después, al comparecer en juicio. Otros presuntos responsables de delitos contra la seguridad fueron expulsados del país.
A pesar del decreto presidencial promulgado en mayo por el que se limitaba el uso de la Ley del Estado de Excepción, las autoridades siguieron utilizando en la práctica los poderes que les otorgaba para detener a activistas de la oposición y restringir la libertad de expresión. Indicaron que, en virtud del decreto presidencial, se había puesto en libertad a centenares de detenidos administrativos, incluidos presuntos responsables de los atentados con explosivos cometidos en Taba en 2004, pero no facilitaron datos sobre los que continuaban detenidos. Millares de personas siguieron recluidas sin cargos ni juicio a pesar de haberse dictado órdenes judiciales para que fueran puestas en libertad: el Ministerio del Interior eludía en la práctica las órdenes de excarcelación mediante la emisión de nuevas órdenes de detención, menoscabando así el escrutinio y la supervisión judiciales.
En las comisarías, las prisiones y los centros de detención del Departamento de Investigaciones de la Seguridad del Estado se infligían torturas y otros malos tratos de manera sistemática y, la mayoría de las veces, con impunidad tanto a presuntos delincuentes como a personas detenidas por motivos de seguridad. En algunos casos, la policía agredió a presuntos delincuentes en público y sin ningún reparo, como si no le preocuparan las posibles consecuencias. En otros, según los informes, amenazó a las víctimas con represalias si presentaban una denuncia. En abril, el Ministerio del Interior accedió a indemnizar con 10 millones de libras egipcias (1,76 millones de dólares estadounidenses) a 840 miembros del grupo islamista Gamaa Islamiya que habían sido torturados, pero no se tuvo noticia de que se tomara ninguna medida contra los responsables de la tortura.
En contadas ocasiones, las autoridades emprendieron acciones judiciales contra policías presuntamente responsables de agresiones, pero se trataba en general de casos que habían alcanzado una amplia resonancia. A los agentes declarados culpables se les solían imponer penas leves.
Al menos cuatro personas murieron, al parecer bajo custodia como consecuencia de torturas u otros malos tratos.
Las autoridades mantuvieron las restricciones impuestas a la libertad de expresión y a los medios de comunicación. Se impedía la divulgación de noticias políticamente delicadas. Se impidió concurrir a las elecciones parlamentarias a candidatos que utilizaban lemas considerados religiosos. Los detractores del gobierno corrían el riesgo de ser procesados penalmente por difamación. Se suspendieron o suprimieron canales de televisión independientes y programas en los que se criticaba a las autoridades. Se censuraban los periódicos extranjeros y los libros cuando trataban cuestiones que las autoridades consideraban delicadas o peligrosas para la seguridad nacional.
En octubre, el Consejo Nacional Regulador de las Telecomunicaciones indicó a las organizaciones que utilizaban servicios SMS para el envío masivo de mensajes a sus afiliados que debían obtener el correspondiente permiso. Las autoridades señalaron que esta medida era necesaria para una “mejor regulación” de los servicios, pero se consideró en general que su finalidad era restringir el envío masivo de mensajes por los opositores al gobierno durante el periodo previo a las elecciones de noviembre. Un día antes de los comicios, un tribunal administrativo anuló la orden del Consejo.
Las autoridades mantuvieron las restricciones jurídicas y otras formas de control impuestas a partidos políticos, ONG, asociaciones profesionales y sindicatos. Algunas de estas organizaciones no pudieron obtener su legalización. La Hermandad Musulmana continuó desarrollando sus actividades de manera pública a pesar de seguir prohibida. La policía entorpeció y disolvió por medios violentos mítines electorales de este grupo y de otros partidos de la oposición y detuvo a numerosos miembros y simpatizantes suyos, en especial durante el periodo previo a las elecciones.
Se negó la legalización a la organización no gubernamental Una Patria para el Desarrollo y las Libertades y se clausuraron varias organizaciones benéficas de la localidad de Beni Suef después de acusarlas de infringir la restrictiva legislación sobre ONG.
El gobierno indicó en marzo que se había elaborado un nuevo proyecto de ley sobre ONG para sustituir la Ley 84 de 2002. En caso de promulgarse, la nueva ley restringiría aún más las actividades de estas organizaciones, que, entre otras cosas, tendrían que rendir cuentas a una nueva organización global, integrada en parte por grupos designados por el presidente.
ArribaLas mujeres siguieron sufriendo discriminación, violencia y acoso sexual. A las que vivían en barrios marginales se las discriminaba también en la asignación de una vivienda alternativa tras los desalojos: cuando el esposo estaba ausente, las autoridades locales les exigían que acreditaran su estado civil, pues de lo contrario corrían el peligro de quedarse sin casa.
En febrero, en sus observaciones finales sobre el informe presentado por Egipto en virtud de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer instó al gobierno a que retirara sus reservas a los artículos 2 y 16 de la Convención, revisara y reformara sin demora las leyes que discriminaban a las mujeres y fortaleciera el sistema de denuncias para permitir a las mujeres el acceso efectivo a la justicia. Le instó también a adoptar una ley integral que penalizara todas las formas de violencia contra las mujeres, incluidas la violencia intrafamiliar, la violación conyugal y los crímenes en nombre del “honor”. Sin embargo, no se tomó ninguna medida para aplicar estas recomendaciones.
ArribaEn septiembre concluyó el juicio contra los funcionarios relacionados con el mortal desprendimiento de rocas ocurrido en 2008 en Al Duwayqa, asentamiento informal de El Cairo. El vicegobernador de El Cairo resultó absuelto, pero otros seis funcionarios fueron declarados culpables de negligencia y condenados a un año de cárcel. Como consecuencia del desprendimiento habían muerto al menos 119 personas y más de 50 habían resultado heridas.
Los habitantes de muchas otras zonas pertenecientes a asentamientos informales y catalogadas oficialmente como “inseguras” seguían viviendo en condiciones manifiestamente insatisfactorias y corriendo el riesgo de ser víctimas de incendios, inundaciones y otras amenazas.
Hasta 12.000 familias seguían viviendo en el gran asentamiento informal de Manshiyet Nasser, en el este de El Cairo, en medio de paredes rocosas y peñascos inestables, por falta de medios para residir en otro lugar. La gobernación de El Cairo proporcionó más de 5.000 viviendas alternativas a los habitantes del asentamiento, pero la mayoría se encontraban lejos de sus medios de sustento y de servicios asequibles. No se consultaban a las personas desalojadas por motivos de seguridad las condiciones de su reasentamiento, ni tampoco se les notificaba de manera formal su desalojo, ni siquiera cuando las zonas en las que vivían llevaban meses catalogadas como “inseguras”. Muchas no sabían si las realojarían. Se llevaron a cabo también desalojos forzosos en los asentamientos informales de Establ Antar y Ezbet Khayrallah, en el casco viejo de El Cairo. Muchas familias se quedaron en la calle tras ser desalojadas por la fuerza.
Las autoridades siguieron elaborando y acometiendo planes de desarrollo para algunas de las 404 zonas oficialmente catalogadas como “inseguras” en todo Egipto, en las que se calculaba que vivían 850.000 personas, sin consultar de manera adecuada a los afectados. Los planes oficiales para eliminar 33 “zonas de viviendas precarias” en el área metropolitana de El Cairo antes de 2015 incluían Ezbet Abu Qarn, Ramlet Bulaq y partes de Ezbet Khayrallah y Ezbet al Haggana. Estaba previsto realojar a los residentes –posiblemente sin su total consentimiento– en dos lugares alejados de allí: Ciudad 6 de Octubre, al suroeste de Giza, y Ciudad 15 de Mayo, al sur de El Cairo.
ArribaLas fuerzas de seguridad de fronteras continuaron empleando medios letales contra migrantes extranjeros que intentaban pasar a Israel. Según los informes, al menos 30 personas resultaron muertas por disparos. No se llevó a cabo ninguna investigación oficial sobre las circunstancias en que se habían utilizado tales medios. Se detuvo y recluyó a otras personas que intentaban cruzar la frontera ilegalmente.
Se impusieron como mínimo 185 condenas de muerte y se ejecutó al menos a 4 personas.
Egipto fue uno de los pocos Estados que votó en diciembre en contra de una resolución de la Asamblea General de la ONU en la que se pedía una moratoria de las ejecuciones en todo el mundo.
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