Historias personales

Lilijana huyó de Kosovo en 1999, y, tras pasar un año en Bela Palanka, en el sur de Serbia, se trasladó a Gazela, en donde regentaba un pequeño comercio. Mima, su hija, trabaja en la oficina de correos de Nuevo Belgrado. En febrero de 2010, Amnistía Internacional entrevistó a Lilijana en el asentamiento de Barajevo, en el sur de Belgrado: 

En 2007 empezaron a hacer listas de personas. Nos iban a incluir en el proyecto de viviendas. El Consejo Nacional Romaní nos llevó a sus oficinas para enseñarnos la maqueta de las casas y consultarnos sobre nuestras necesidades. En aquel momento ya estaban entregando la documentación que había que incluir en el proyecto: se suponía que iban a incluir a 114 familias. Entonces, en agosto [de 2009], el señor Đukic nos comunicó la decisión sobre el desalojo. No sabíamos a dónde nos iban a enviar. No estoy contenta con el desalojo. Era más fácil ganarse la vida en Gazela que aquí, en Barajevo. Ahora mi hija tiene que viajar durante hora y media para llegar al trabajo. 

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Tomica, procedente del sur de Serbia, lleva 20 años viviendo en Belgrado: 

Llegaron con camiones y policías y furgonetas. Todos tuvimos que salir en 20 minutos. Perdí mi casa, la televisión, el DVD, las camas nuevas, los espejos, el refrigerador, todo. Ni siquiera me encontraba allí cuando tiraron la casa. [Dragan] Đilas [alcalde de Belgrado] y otras personas llegaron del Ayuntamiento; discutí con ellos sobre el lugar al que me iban a llevar. Mi familia [esposa y dos hijos] estaba en la lista de los que iban a Mladenovac, pero nosotros queríamos ir a Barajevo. Mientras hablaba con ellos, derribaron mi casa.

Tomica no recibió ninguna indemnización por la destrucción de su casa, su contenido, ni la furgoneta con la que se ganaba la vida recogiendo chatarra. En el nuevo asentamiento, Tomica se ha reconciliado con la vida. Llegó a Barajevo solo con lo puesto, pero el ayuntamiento lo nombró coordinador del campo y le pagaba un salario mensual: 

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Según los informes, la salud de las mujeres romaníes es considerablemente peor que la de la población general, debido a las condiciones de vida inadecuadas, las viviendas que no reúnen los requisitos mínimos de habitabilidad, la pobreza, y la posición desfavorecida de las mujeres romaníes en el ámbito doméstico. Las mujeres tienen que soportar la tensión de vivir en esa situación… y de hacer frente a un desalojo. 

Valdeta Missini vive en Belvil bajo la amenaza de desalojo: “Vivir aquí es enormemente difícil. Para conseguir agua suficiente hay que hacer 10 viajes a la fuente; a veces funciona y otras veces no. Para los niños es difícil jugar fuera por culpa de la basura y el barro, y en verano hay montones de ratas […], y tenemos que dormir todos en la misma habitación”.