Document - Egypt and its generals: Between denial and repression: Op ed by Salil Shetty

Egypt and its generals: between denial and repression

Egipto y sus generales: entre la represión y la negación Por SALIL SHETTY Secretario General de Amnistía Internacional MDE 12/007/2012 El pasado mes de marzo, siguiendo una medida enérgica violenta contra las manifestaciones pacíficas en la plaza Tahrir de El Cairo, el ejército egipcio detuvo a un grupo de 18 manifestantes, todas ellas mujeres. Diecisiete de estas mujeres estuvieron detenidas durante cuatro días, golpeadas repetidamente, sometidas a descargas eléctricas y a registros impudorosos y, por lo menos siete de ellas, fueron forzadas a pasar “pruebas de virginidad”. Les avisaron de que “aquellas que no fuesen vírgenes” serían penalizadas por prostitución. Antes de ser liberadas, las llevaron frente a un tribunal militar y recibieron sentencias condenatorias de un año de cárcel por varios cargos. Solamente una de las mujeres se sintió con suficiente fuerza para asumir los riesgos de luchar y denunciar lo que había sucedido. Samira Ibrahim, de 25 años, directora de marketing de Sohag, Alto Egipto, presentó dos quejas ante las cortes egipcias: una pidiendo el final de los “tests de virginidad” a las mujeres egipcias; la otra sobre lo que personalmente tuvo que sufrir. Meses después sigue esperando que se haga justicia. Samira no está sola. Un año después de que el derrocamiento del presidente egipcio Hosni Mubarak pusiese fin a tres décadas de represión, personas de todos los rincones de Egipto también siguen esperando justicia y cambio. El éxito del movimiento 25 de Enero que acabó con el régimen de Mubarak presentó promesas a la población que no se han cumplido todavía. Y en vez de un Egipto nuevo, libre y más igualitario, el país sigue atrapado entre lo antiguo y lo nuevo, viviendo bajo mandato militar y enfrentándose a un futuro incierto. La mano de hierro de Mubarak fue rápidamente reemplazada por una junta militar igualmente dura, conocida como el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA), que ha controlado las funciones gubernamentales desde el año pasado. En junio, tres meses después de la detención de las 18 mujeres, me encontré con el General Abdel Fattah al-Sisi, Jefe del Departamento de Inteligencia y miembro del CSFA, para discutir sobre los abusos a los derechos humanos documentados por Amnistía Internacional en Egipto, incluyendo los forzosos “tests de virginidad” ejecutados por el ejército. El General al-Sisi me explicó que estas pruebas se llevaron a cabo con las mujeres detenidas para “proteger a los soldados del ejército contra posibles denuncias de violación”. Dijo que los “tests” no se repetirían. Durante el curso del encuentro, al-Sisi también enfatizó la importancia de asegurar la justicia social para todos los egipcios. Estuvo de acuerdo con la necesidad de cambiar la cultura de las fuerzas de seguridad. Y dijo que la violencia no se volvería a usar contra los manifestantes, y que los detenidos serían tratados debidamente. Desde entonces, las fuerzas gubernamentales bajo el control del CSFA han estado en el corazón de una lista cada vez mayor de denuncias de violencia y abusos. En octubre, las fuerzas de seguridad disolvieron una manifestación, donde participaban sobre todo cristianos coptos, con una fuerza extrema, causando 28 muertes. Muchas de las víctimas recibieron disparos de bala o fueron atropelladas por los soldados que conducían vehículos blindados a gran velocidad. En noviembre, la policía antidisturbios dispersó una sentada pacífica en la plaza Tahrir de personas

que habían resultado heridas durante las protestas del 25 de enero, y que pedían la transición a un gobierno civil y reparaciones por los daños sufridos. La acción policial provocó varios días de violencia que acabaron con, al menos, 50 muertos y cientos de heridos. En diciembre, soldados del ejército dispersaron otra sentada pacífica en la que se hizo uso excesivo de la fuerza y que acabó con la muerte de 17 personas. Los soldados fueron filmados golpeando, pateando y arrastrando por los cabellos a mujeres manifestantes. Y, más recientemente, a pesar de los desmentidos del Ministerio de Interior, la policía antidisturbios utilizó perdigones y munición de guerra para aplastar otras protestas a raíz de la tragedia futbolística de Port Said, matando al menos a 15 personas más. Un año después de la renuncia de Mubarak, la vida ha cambiado poco para los egipcios de a pie, en particular para las mujeres. Y está por ver si el Parlamento recién elegido tendrá el valor de desafiar a los generales y el statu quo. A pesar de la promesa de poner fin al estado de emergencia, el CSFA ha conservado la opresiva Ley de Emergencia para los delitos vagamente definidos de "matonismo", que ha sustituido al "terrorismo" como una nueva justificación para la retención de las personas sin cargos ni juicio. Se prometió libertad de expresión, asociación y reunión, pero la cruda realidad es que las nuevas autoridades no toleran críticas. Los activistas están en la mira, las ONG son acosadas, las manifestaciones pacíficas se dispersan a la fuerza y miles de personas han sido juzgadas ante tribunales militares, donde muchas de ellas han sido sentenciadas a pena de muerte. A fines de diciembre, después de meses de demora, una corte administrativa egipcia finalmente falló a favor de la ilegalidad de los “tests de virginidad” y ordenó poner fin a esta práctica. El médico acusado de llevarlos a cabo se enfrenta ahora a un juicio, a pesar de que los cargos en su contra se han reducido. Pero un año después de la caída de Mubarak, Samira Ibrahim, al igual que millones de egipcios, todavía está esperando el cambio y la justicia. Su caso ya ha sido pospuesto por lo menos seis veces. La semana pasada, aunque parezca increíble, los abogados de los militares acusados trataron nuevamente de sugerir que los “tests” practicados en las mujeres manifestantes nunca existieron. Samira continúa recibiendo amenazas, algunas de parte de funcionarios de seguridad. Pero como millones de egipcios, ella dice que continuará luchando, no importa cuánto tiempo tome. “Si retiro los cargos”, dice desafiante, "lo que me pasó a mí le puede pasar a cualquier chica en Egipto." Salil Shetty es el Secretario General de Amnistía Internacional

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