Document - United States of America: A case to answer. From Abu Ghraib to secret CIA custody: The case of Khaled al-Maqtari


Público

Amnistía Internacional



ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA


Causa pendiente



De Abu Ghraib a la custodia secreta de la CIA:

El caso de Khaled al-Maqtari




















ÍNDICE








ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA


Causa pendiente



De Abu Ghraib a la custodia secreta de la CIA:

El caso de Khaled al-Maqtari



Introducción


El 6 de septiembre de 2006, el presidente George W. Bush anunciaba el traslado de 14 hombres a la base naval estadounidense de la bahía de Guantánamo, Cuba, desde la custodia secreta de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Ésta era la primera vez que se reconocía públicamente el programa estadounidense de detención e interrogatorio clandestinos, un secreto a voces desde hacía tiempo. Aunque el presidente declaró que, en aquel momento, la CIA no tenía a ningún detenido bajo su custodia, hizo hincapié en que el programa de detención secreta “seguiría siendo crucial”. De hecho, el traslado del 15º detenido “de alto valor”, ‘Abd al-Hadi al-Iraqi, a Guantánamo desde la custodia de la CIA en abril de 2007 demostraba que el programa de la agencia seguía operativo. En junio de 2007, el presidente Bush dictó una orden ejecutiva por la que, en la práctica, volvía a autorizar a la CIA a recurrir a la detención y el interrogatorio secretos.1Dicha orden sigue en vigor.


En septiembre de 2007, el director de la CIA, general Michael Hayden, defendió el programa, aduciendo entre otros argumentos que éste se había aplicado a “menos de un centenar de personas”.“Estos programas son precisos y selectivos –añadió–. Han sido concebidos únicamente para los terroristas más peligrosos y para quienes se cree que poseen información extremadamente valiosa, por ejemplo sobre planes de atentados.” Tanto él como otros cargos estadounidenses han esgrimido un razonamiento similar para defender el uso por la CIA de la tortura y otros tratos crueles, inhumanos y degradantes. Por ejemplo, en una declaración ante el Comité de Inteligencia del Senado, el general Hayden trató de justificar la técnica de tortura del “waterboarding” (simulacro de ahogamiento) utilizada contra tres detenidos en 2002 y 2003 como método para obtener información en un momento en que se percibía una amenaza para la seguridad pública, y porque los servicios de inteligencia “tenían un conocimiento limitado sobre Al Qaeda y su funcionamiento”.2Tales justificaciones contravienen la prohibición absoluta de la tortura y otros malos tratos prevista en el derecho internacional.

Lo mismo ocurre con la detención secreta. No importa lo precisos que sean los objetivos del programa: a fin de cuentas, la detención secreta, ya de por sí, viola el derecho internacional de los derechos humanos y el derecho internacional humanitario, cuyas disposiciones figuran, por ejemplo, en tratados vinculantes para Estados Unidos. La tortura y la desaparición forzada, que suelen acompañar al uso de la detención en régimen de incomunicación, son delitos de derecho internacional. A la ilegalidad del programa de detención secreta de la CIA se ha sumado una ausencia total de rendición de cuentas por la comisión de tales crímenes.

La CIA ha administrado su programa de detención secreta en prisiones ocultas situadas fuera de Estados Unidos y conocidas como “lugares negros”. Se desconoce la ubicación de estos centros de detención; sus operaciones están clasificadas en el máximo nivel de confidencialidad; no están sujetas a ningún examen ni inspección; no se revela la identidad de los detenidos a familiares, abogados ni organizaciones humanitarias como el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), y se aísla a los detenidos unos de otros y del mundo exterior. Según un artículo aparecido en noviembre de 2005 en The Washington Post, ha habido “lugares negros” en al menos ocho países en diferentes momentos desde 2002,3 si bien los centros de detención de la CIA situados en Tailandia y Guantánamo, al igual que uno de los varios lugares existentes en Afganistán, han cerrado desde entonces. Las instalaciones tendían a usarse en rotación trasladando a algunos detenidos juntos de un lugar a otro, pero había varios centros que estaban siempre operativos. En el artículo de The Washington Post también se observaba que había “lugares negros” situados en países no especificados del este de Europa.

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Khaled Abdu Ahmed Saleh al-Maqtari, Yemen, octubre de 2007. © Amnistía Internacional


n junio de 2007, el Comité de Asuntos Jurídicos y Derechos Humanos de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa publicó el segundo informe de su investigación, dirigida por el senador suizo Dick Marty, sobre las entregas y las detenciones secretas en Europa. El informe concluía que hay “suficientes datos que confirman que entre 2003 y 2005 existieron en Europa centros secretos de detención gestionados por la CIA, en concreto en Polonia y Rumania”, y que los gobiernos de estos países conocían, y tal vez habían autorizado, el funcionamiento de tales centros en sus territorios.

Gracias a las exhaustivas investigaciones llevadas a cabo por el Consejo de Europa y a las declaraciones de los pocos hombres que han salido de las prisiones secretas –liberados tan anónimamente como fueron aprehendidos– ha emergido una imagen detallada del régimen y las condiciones de reclusión, que pone de manifiesto de forma concluyente que Estados Unidos ha cometido diversas violaciones de derechos humanos al aplicar su programa de detención secreta.


Khaled Abdu Ahmed Saleh al-Maqtari es uno de los detenidos liberados más recientemente. Permaneció recluido en “lugares negros” de la CIA en Afganistán y en un país no identificado hasta pocos días antes del anuncio hecho por el presidente Bush el 6 de septiembre de 2006, en el que al parecer la red de prisiones secretas de la CIA quedaba suspendida, al menos temporalmente. Khaled al-Maqtari estuvo recluido tanto en la “sección dura” de la conocida prisión de Abu Ghraib4–donde, según ha descrito, le propinaron palizas, le impidieron dormir, lo suspendieron boca abajo en posturas dolorosas, lo intimidaron con perros, le indujeron hipotermia y le infligieron otras formas de tortura– como en “lugares negros” administrados por la CIA en Afganistán y en un tercer país no identificado, donde pasó casi tres años en absoluto aislamiento y en situación de desaparición forzada.


El nombre de Khaled al-Maqtari llegó a conocimiento de Amnistía Internacional por medio de otro ex detenido a finales de 2005, casi un año antes de que la CIA lo retirase de su programa de detención. Los intentos de localizarlo fueron en vano, por lo que la organización no pudo confirmar su paradero hasta después de que fuera trasladado a Yemen, en septiembre de 2006. Su caso se cruza con el de otros que también han sido liberados de la custodia de la CIA y con el de detenidos que todavía están recluidos en Guantánamo o en terceros países. La historia de Khaled al-Maqtari ilustra el alcance mundial de la red de centros secretos de detención y el grado de coordinación existente entre las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia estadounidenses, así como entre el gobierno de Estados Unidos y los de otros países, y también pone de manifiesto la aparente propensión del programa de detención secreta a aplicar los criterios establecidos de detención de personas con menos precisión de la que apuntaba el director de la CIA, general Hayden.



Irak: Arresto en Faluya, reclusión en Abu Ghraib


Cuando estuve en Abu Ghraib me dejaron desnudo durante nueve días, y ésa no era una forma respetuosa de rezar, así que rezaba sólo con la cabeza


Khaled al-Maqtari tiene ahora 31 años, pero parece mayor: un hombre recio y de mirada solemne, de cabello y barba negros y cortos. Nació en Tabuk, Arabia Saudí, pero ha pasado la mayor parte de su vida en Hodeidah, una pequeña localidad situada en la costa yemení del Mar Rojo. Fue devuelto a Yemen en septiembre de 2006 tras pasar 32 meses bajo custodia de la CIA, y permaneció recluido por las autoridades yemeníes en Saná y Hodeidah hasta mayo de 2007, cuando quedó en libertad incondicional. En ningún momento de este periodo de 40 meses revisó autoridad judicial alguna su detención, y nunca llegó a imputársele ningún delito.


Khaled al-Maqtari cuenta que abandonó Yemen con destino a Irak a principios de 2003. Viajó por tierra y llegó a Irak en primavera. Permaneció primero en un valle situado cerca de Ramadi y luego en Mosul, antes de llegar a Faluya en octubre de 2003, siete meses después de la invasión de Irak encabezada por Estados Unidos. Según afirma, en Faluya trabajaba ocasionalmente en un cibercafé de un centro comercial de dos plantas llamado Al-Ghufran y situado cerca del centro de la ciudad.


Llevaba unos tres meses en Faluya cuando fuerzas estadounidenses montadas en tanques y vehículos blindados asaltaron el mercado de Al-Ghufran y detuvieron a muchas personas, a las que Khaled al-Maqtari describió como clientes y dependientes de tiendas. El propio Khaled al-Maqtari fue arrestado alrededor de la una y media de la tarde y, al igual que los demás, fue esposado y encadenado. Relata que las esposas de plástico estaban tan apretadas que le dejaron surcos profundos en las muñecas.5Oía y notaba a decenas de detenidos que chocaban contra él, hasta que los montaron en una columna de camiones estadounidenses sobrevolados por helicópteros como medida de protección y los llevaron a un campamento militar situado fuera de Faluya.

Mishahdah, Irak: soldados de la 4ª División de Infantería del ejército estadounidense rodean a detenidos durante una operación realizada en julio de 2003 para capturar a insurgentes leales a Sadam Husein. Según los informes, todos los hombres del pueblo fueron detenidos en la

operación. © AP/PA Photo/John Moore



Al llegar al campamento, unos soldados lo bajaron del camión y lo arrastraron a una sala de interrogatorios tirando de las esposas de plástico, por lo que se veía obligado a gatear o a intentar correr. Al mismo tiempo, no cesaban de darle golpes y patadas. “Y aprendí que ésa sería la forma en la que me trasladarían siempre, tanto en este lugar como posteriormente en Abu Ghraib”. Cuando le quitaron la capucha, un interrogador le preguntó de dónde era. Él contestó que era iraquí, pero el intérprete se dio cuenta por el acento de que era extranjero y supuso que era yemení. Esta noticia enojó al interrogador, un hombre “estadounidense” de pelo gris vestido de civil que empezó a gritar a Khaled al-Maqtari. Éste sólo entendió la frase “¿qué demonios es esto?” de entre el torrente de palabras desconocidas en inglés.


Una o dos horas después, volvieron a ponerle la capucha a Khaled al-Maqtari y lo llevaron a otra sala, donde lo visitó periódicamente un soldado que tenía una voz potente. “No hacía más que gritarme como una bestia; no creo que pronunciase palabras, sólo gritaba.” A Khaled al-Maqtari lo dejaron de pie en la sala, aún con la capucha puesta, esposado y desorientado. Cada pocos minutos, o si éste trataba de sentarse, el soldado se acercaba sigilosamente a la sala y le chillaba o se le reía como un loco al oído.6


Al atardecer, llevaron a Khaled al-Maqtari y al menos a otros dos detenidos a un helicóptero. Sospecha que estos hombres eran yemeníes o al menos ciudadanos no iraquíes, pues había oído que a los detenidos iraquíes se los custodiaba por separado. Por el grado de conmoción, gritos y otros ruidos del campo, Khaled al-Maqtari calculó que habían sido detenidas alrededor de un centenar de personas.


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egún el ejército estadounidense, la operación realizada el 13 de enero de 2004 en Faluya se denominó “Operación Limpieza del Mercado” y tenía por objeto capturar a traficantes de armas que operaban en un conocido mercado del centro de la ciudad. Durante el asalto, “los soldados confiscaron más de 100 rifles, 2 ametralladoras pesadas, 6.500 unidades de munición, 18 cohetes, 244 granadas, 150 morteros y varios artefactos explosivos, incluidos 17 dispositivos explosivos improvisados preparados para detonar. En el transcurso de la operación fueron capturadas más de 60 personas”.7


Enero de 2004: durante una redada en Faluya, un soldado de la 346ª Compañía de Operaciones Psicológicas Tácticas lleva una computadora confiscada en una tienda

© Ejército de Estados Unidos, sargento de personal Charles B. Johnson



Khaled al-Maqtari y los otros detenidos transportados en el helicóptero fueron trasladados al centro de detención de Abu Ghraib. Un militar estadounidense de las oficinas de información de la Fuerza Multinacional en Irak explicó a Amnistía Internacional que las personas detenidas sobre el terreno y consideradas “un gran riesgo para la seguridad de Irak” debían ser llevadas a un centro de reclusión de la Coalición, como el de Abu Ghraib, donde había que asignarles un número de serie e incluirlas en una base de datos. Al parecer, a Khaled al-Maqtari nunca llegó a asignársele un número de serie,8lo cual apunta a que fue directamente transferido a los servicios de inteligencia militar al sospecharse que fuera un combatiente enemigo.


En Abu Ghraib fue inmediatamente trasladado a una sala pequeña, en la que había al menos tres “estadounidenses” y un intérprete, todos vestidos con pantalones y camisetas de faena sin ninguna insignia de uniforme. Una de las primeras preguntas que le formularon fue si era sunní o chií. “Tuve que pensarlo –contó a Amnistía Internacional–. No sabía qué respuesta les induciría a golpearme con más fuerza, así que al final dije simplemente que era musulmán.” Le cortaron la ropa “desde los pies al cuello” con unas tijeras, y lo volvieron a encapuchar y a encadenar.


Khaled al-Maqtari explicó que sus interrogadores no se identificaban en su presencia; únicamente decían que eran “estadounidenses”. Es probable que en Abu Ghraib haya sido interrogado por miembros de la 205 Brigada de Inteligencia Militar del ejército estadounidense, que a la sazón estaba operativa en Irak, o por personal de la empresa CACI subcontratado por el ejército, y no por agentes de la CIA ni por personas contratadas sobre el terreno.9Un ex interrogador militar ha explicado a Amnistía Internacional que entregar primero a los servicios de inteligencia militar a un presunto combatiente enemigo antes de considerar su posible transferencia a la custodia de la CIA era un procedimiento habitual.10


[L]as personas privadas de libertad cuya supervisión corría a cargo de los servicios de inteligencia militar eran sometidas a diversos malos tratos, que iban desde los insultos y las vejaciones a la coerción física y psicológica, que en algunos casos podía constituir tortura, con el fin de obligarlas a cooperar en los interrogatorios. En determinados casos, como en la sección de inteligencia militar de Abu Ghraib, los métodos de coerción física y psicológica utilizados por los interrogadores parecían formar parte de los procedimientos operativos establecidos del personal de inteligencia militar para obtener confesiones y extraer información. Varios agentes de los servicios de inteligencia militar confirmaron al CICR que formaba parte dicho proceso mantener desnuda a una persona privada de libertad en una celda vacía y totalmente a oscuras durante un periodo prolongado o infligirle un trato inhumano y degradante, incluidas la coerción física y psicológica, para lograr que cooperase […]. Los servicios de inteligencia militar aplicaban estos métodos de coerción física y psicológica sistemáticamente para obtener confesiones y extraer información y otras formas de cooperación de personas que habían sido detenidas en relación con presuntos delitos contra la seguridad o que se consideraba poseían “información de alto valor”.

Informe del CICR sobre las violaciones de los Convenios de Ginebra cometidas por Estados Unidos en Irak

Los hombres lo llevaron a rastras a una sala más amplia, que medía unos tres por cuatro metros y a la que Khaled al-Maqtari llama “la sala de tortura”. Siempre había agua en el suelo, explicaba, “la suficiente para que el suelo fuese resbaladizo, para que resultase incómodo sentarse o tumbarse y para empeorar la situación cuando me caía”.11Una vez dentro, los tres hombres volvieron a golpearlo, con puños y con palos, “por turnos, como si fuese un juego de niños. Había un lector de CD en el que sonaba una música aterradora pensada para generar una atmósfera de pavor y a un volumen muy elevado”. Khaled al-Maqtari todavía tenía la capucha puesta y, según afirma, no podía saber dónde estaba la pared, por lo que chocaba continuamente con ella, sobre todo después de que lo hicieran girar sobre sí mismo para desorientarlo aún más.

Según Khaled al-Maqtari, al cabo de un rato sus agresores se sentaron a descansar mientras lo obligaban a permanecer de pie sobre una silla frente a un potente aparato de aire acondicionado sosteniendo una caja de botellas de agua. Le quitaron la capucha y de vez en cuando le vertían agua fría sobre la cabeza, de modo que la piel mojada y el cuerpo desnudo estaban crudamente expuestos al aire acondicionado. Temblaba tanto que apenas podía mantenerse en pie. Cuando empezaron a temblarle los brazos y ya no pudo sostener la pesada caja, lo golpearon con un palo para que siguiera de pie, pero al final ni siguiera pudo mantenerse en pie para que dejaran de propinarle golpes y se desplomó. Siguieron pegándole con un palo y cada vez que estaba a punto de perder el conocimiento le ponían una especie de sales aromáticas bajo la nariz para mantenerlo consciente, o le untaban los ojos con un ungüento mentolado12tan doloroso que Khaled temía perder la vista. A veces, cuando estaba a punto de perder la consciencia, llegaba un intérprete que le gritaba “despiértate” en árabe. Entonces los “estadounidenses” comenzaban de nuevo a golpearlo.


Khaled al-Maqtari pensó que ya habían acabado con él, pero, según cuenta, sujetaron una cadena al techo de la sala y lo suspendieron por los pies, boca abajo, con los brazos todavía esposados a la espalda. Mediante una polea lo subían y bajaban sobre la caja de botellas de agua. Cuando lo hacían descender sobre la caja, se le retorcía el torso, lo que le causaba dolor y pánico. “Tensaba todos los músculos para evitar desplomarme, y me aterrorizaba la idea de que si relajaba la tensión, me rompería la espalda”. Explicaba que cuando volvían a subirlo tenía que tensar otros músculos diferentes, y esto también le ocasionaba una terrible presión en la espalda y en las piernas. Los interrogadores no cesaban de subirlo y bajarlo ligeramente “para que pudiera experimentar los diferentes tipos de dolor”. Cuando lo posaron sobre la caja, lo golpearon con palos y le pusieron un lector de CD a todo volumen pegado a la cabeza.


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Dibujo de Khaled al-Maqtari sobre cómo lo suspendían del techo en Abu Ghraib


haled al-Maqtari relata que, cuando estaba posado sobre la caja, uno de los interrogadores lo usó como reposapiés: se sentó en una silla colocada cerca y apoyó los pies sobre la cabeza o la espalda de Al-Maqtari, y una vez apagó un cigarro en el hombro de éste. El interrogador no paraba de gritarle: “¿Sabes de dónde soy? Soy de Nueva York, el lugar que ustedes, árabes […],13 trataron de destruir”. Khaled al-Maqtari describe al neoyorquino como un hombre “de peso normal” y estatura media, rostro triangular, ojos y cabello oscuros, de entre 40 y 45 años, que llevaba unos pantalones de estilo militar con muchos bolsillos. “Me golpeó y me pisoteó la cara cuando estaba suspendido […] En una ocasión trajo con él a una traductora –estoy seguro de que era estadounidense o británica– que hablaba árabe con dificultad. Tenía el pelo oscuro con mechas rojizas y lo llevaba atado como lo llevaban todas las mujeres interrogadoras.”


Tras lo que le parecieron varias horas, lo llevaron a una sala que estaba dividida por paneles de madera en “pequeños cubículos” con una puerta en un extremo, donde apenas era posible tumbarse encogido.14En esta ocasión –y durante su estancia en Abu Ghraib– lo llevaron allí durante las sesiones de interrogatorio, pero le resultaba imposible descansar porque a veces los guardias daban patadas a la puerta, o le tiraban agua y comida. “Era una cosa seca, no era comida de verdad; no estaba cocinada ni hidratada, así que era muy difícil comerla. Hacían lo justo por mantenernos vivos para el siguiente interrogatorio.”


Al amanecer del segundo día en Abu Ghraib sacaron del cubículo a Khaled al-Maqtari, que todavía estaba desnudo y encadenado. Cuando pidió ir al baño, lo arrastraron hacia allí por los pies, de modo que se golpeaba la cabeza a uno y otro lado de las paredes del estrecho pasillo, antes de llevarlo de vuelta a la “sala de tortura”. Allí estaban un intérprete iraquí, tres hombres en ropa de faena y el interrogador neoyorquino, que empezó a hacerle preguntas sobre las casas en las que había estado alojado cuando vivía en Mosul y Faluya. Khaled al-Maqtari sentía un dolor muy fuerte y no era capaz de concentrarse. Cuenta que el interrogador se ofreció a firmar un documento comprometiéndose a no torturarlo más si él contestaba a las preguntas. Khaled al-Maqtari dice que respondió a sus captores que tal documento no tendría ninguna validez, porque podrían romperlo cuando quisiesen.


Khaled al-Maqtari pasó todo ese día y el siguiente entre la “sala de tortura” y el cubículo de madera. Seguía desnudo y encadenado, y nunca le permitían dormir más de unos minutos seguidos en el cubículo. Lo empaparon de agua repetidamente y lo pusieron delante del aire acondicionado, hasta que ya no pudo hablar porque le temblaban los dientes muy fuerte y de forma incontrolada y se desmayó. Los interrogadores le llevaron té caliente, y le dijeron que le darían ropa si respondía a las preguntas. Khaled al-Maqtari empezó a contarles en qué casas se había alojado, y ellos le entregaron un blusón largo de rayas. “Me cubría, pero no muy bien.” Una vez que tenía puesto el blusón, lo montaron en un helicóptero y lo llevaron de vuelta a Faluya.


Viajó en el helicóptero con las manos esposadas y sujetas sobre la cabeza; alrededor de las muñecas ya tenía la piel en carne viva. En Faluya lo metieron en una pequeña furgoneta, que estaba abollada y sucia para que pareciese un vehículo civil, pero que tenía una cámara oculta en el exterior. Lo encadenaron al suelo de la furgoneta, entre dos asientos. Era el único detenido en la furgoneta. Iban en ella un conductor iraquí y dos traductores, ambos provistos de armas automáticas. El interrogador de pelo gris de la base militar también se encontraba allí, tocado con una kufiya (pañuelo árabe). “Creo que era un oficial de alto rango, pues los demás parecían temerlo.” Había además una mujer “estadounidense” que llevaba un hiyab (velo), y tanto ella como el hombre de pelo gris tenían computadoras portátiles. “Todos intentaban parecer iraquíes corrientes –explicó Khaled al-Maqtari–; además, las ventanillas de la furgoneta tenían cortinas para que la gente no pudiera ver bien a través de ellas.” La computadora portátil recibía imágenes de la cámara situada en el exterior, de modo que Khaled al-Maqtari podía ver por dónde iban sin tener que mirar por la ventana y sin que nadie lo viese a él. Cuando pasaron por la casa en la que había estado, Khaled al-Maqtari la señaló, y ellos la marcaron en la pantalla. “Nos encargaremos de esta casa,” le dijeron.


Lo devolvieron a Abu Ghraib, donde hicieron caso omiso de la promesa de no torturarlo más. Al anochecer se presentaron ante él diciéndole que habían asaltado la casa que él les había indicado y que había muerto un soldado. Khaled al-Maqtari relata que empezaron a golpearlo de nuevo, gritándole que era cómplice en la muerte de un estadounidense y acusándolo de conspirar con los ocupantes de la casa. Él trató de rebatir las acusaciones preguntando: “¿Cómo podría recibir información de ellos si estoy aquí con ustedes?”


Una vez más lo desnudaron, lo golpearon, lo empaparon de agua fría y lo expusieron al aire acondicionado. Luego lo llevaron a una zona al aire libre cubierta de grava, y le ordenaron que la cruzara. Tuvo que avanzar gateando pues todavía tenía las esposas y los grilletes, así que las piedras se le clavaban en las manos y las rodillas. Cuando llegó a la mitad del recorrido le trajeron tres perros desde tres direcciones distintas. Hacía frío y estaba oscuro, y Khaled al-Maqtari seguía desnudo, mojado y temblando. “Los perros se acercaron y pegaron el hocico contra mí soltando terribles gruñidos. No podía defenderme, ni siquiera llevaba ropa. Más tarde me di cuenta de que estaban muy bien entrenados porque sólo gruñían y me enseñaban los dientes, pero daban mucho, muchísimo miedo porque en aquel momento yo no sabía que no iban a morderme. Todavía tengo pesadillas sobre este episodio.”


Según Khaled al-Maqtari, los interrogadores lo instaban continuamente a que admitiera su participación en operaciones antiestadounidenses, pero él les respondía que no tenía nada que confesar. “Entonces me llevaron de vuelta y me golpearon y torturaron hasta el límite que yo podía soportar, hasta que incluso ellos empezaron a convencerse de que yo ya no podía darles más información sobre las operaciones, así que me preguntaron sobre casas de Mosul. Durante el interrogatorio me amenazaron con llamar al Mossad para que me violasen los judíos, y a veces también me amenazaban con entregarme a los chiíes.15Cuando todavía temblaba por estar empapado, me enfocaron a la cara con lámparas de luz potente como las que iluminan los estadios de fútbol hasta que por fin me desmayé.” Lo llevaron de vuelta a uno de los cubículos y los guardias le dijeron: “Esta vez te dejaremos dormir una hora entera si nos muestras las casas de Mosul”. Khaled al-Maqtari cuenta que estaba tan desesperado por conseguir siquiera esa hora de sueño que accedió a intentarlo, pero le pareció que no habían transcurrido más que unos minutos cuando llegaron para trasladarlo a Mosul en helicóptero.


En Mosul lo metieron en el mismo tipo de vehículo que en Faluya, en el que estaba el hombre del pelo gris y la mujer del hiyab, así como otros dos “estadounidenses”, uno de los cuales conducía e iba vestido como un iraquí. En Mosul, Khaled al-Maqtari los vio instalar la cámara en la furgoneta, con lo que se hizo una idea de cómo funcionaba el mecanismo. Una vez que hubo encontrado la casa y ellos la hubieron marcado en la pantalla, le hicieron muchas preguntas sobre ella y sobre la distribución de las habitaciones.


Al día siguiente de su regreso a Abu Ghraib, volvieron a desnudarlo y lo llevaron de vuelta a la sala de interrogatorios, donde reanudaron la tortura. Esta vez, afirma Al-Maqtari, lo acusaron de no haberles dicho que había un alijo de armas en la casa de Mosul. Trató de explicarles que no había estado allí desde hacía cuatro meses, por lo que no podía saber nada del alijo, pero ellos comenzaron a torturarlo de nuevo y le preguntaron sobre una casa situada en Al-Amriya, distrito del oeste de Bagdad, donde había pasado unas horas a su llegada a Irak.


Los interrogadores le dijeron que en esa ocasión iría con “los británicos” a localizar la casa. Al atardecer lo recogió de la custodia estadounidense un equipo que, según cree Amnistía Internacional, probablemente procediese de las fuerzas especiales de Reino Unido. El interrogador era británico, pero hablaba árabe con fluidez. Tenía los ojos verdes, y vestía con una kufiya y ropa negra. Esta operación de búsqueda fue mucho menos técnica que las realizadas en la furgoneta de vigilancia estadounidense: colocaron a Khaled al-Maqtari en el asiento trasero de un todoterreno negro sin identificativos y lo encadenaron al interrogador. El conductor y otro hombre, ambos occidentales y armados, viajaban en los asientos delanteros. A Khaled al-Maqtari le dio la sensación de que el conductor era el oficial al mando. Lo sacaron de Abu Ghraib, pasaron el control de un guardia apostado en la entrada, y se dirigieron a la ciudad. Era noche cerrada y había pocas personas por la calle. Asegura que no podía ver bien y no conocía el distrito, por lo que no pudo encontrar la casa. Tenía miedo de que lo golpearan, pero cuando quedó claro que no podía proporcionarles la información que buscaban, lo llevaron de vuelta a Abu Ghraib. De regreso, el conductor del todoterreno hizo un gesto negativo con la cabeza a los interrogadores estadounidenses; Khaled al-Maqtari tuvo la impresión de que el oficial británico les transmitía con ese gesto que la misión no había tenido éxito y que el detenido no había cooperado.


Khaled al-Maqtari declara que no sufrió abusos a manos de las fuerzas especiales británicas, pero tiene la certeza de que estaban al corriente de que había sido torturado. Afirma que fue llevado ante los oficiales británicos directamente desde la “sala de tortura”: todavía estaba envuelto en una manta húmeda y su cuerpo presentaba marcas perfectamente visibles de las palizas. No le hicieron ninguna pregunta sobre el trato recibido.

Ben Griffin, ex soldado del Servicio Especial del Aire (SAS) que estuvo destinado en Bagdad a principios de 2005, contó a Amnistía Internacional que, desde el principio de la ocupación, había un escuadrón del SAS integrado en un grupo de fuerzas especiales angloestadounidense en la capital iraquí que llevaba a cabo operaciones de inteligencia y vigilancia contra insurgentes y combatientes extranjeros procedentes de países árabes.16 Según explicó Ben Griffin, el grupo compartía información, y no era un procedimiento extraordinario que un equipo del SAS recibiese a un detenido directamente de la custodia estadounidense para realizar el tipo de misión de búsqueda que Khaled al-Maqtari ha descrito. El escuadrón del SAS también practicaba detenciones de forma independiente. Varios miembros del escuadrón hablaban árabe, por lo que podían realizar interrogatorios para una primera evaluación sobre el terreno; cuando deseaban interrogar más en profundidad a los detenidos, los trasladaban a la base del SAS. Sin embargo, el SAS no disponía de un centro de detención, con lo cual, si se consideraba que un detenido poseía más información de valor, era entregado a la custodia de Estados Unidos. Por norma general, los soldados del SAS no participaban en los interrogatorios. Ben Griffin refirió que se llevaban a cabo “a puerta cerrada”. No obstante, conocían los métodos que probablemente se empleaban contra las personas enviadas a Abu Ghraib para ser sometidas a un interrogatorio más exhaustivo.


Cuenta Khaled al-Maqtari que, hacia el final de su primera semana bajo custodia, un médico (u otro profesional de la salud) le examinó las heridas y le dio antibióticos y calmantes para el dolor. Tenía la zona de las costillas, la espalda y las piernas llenas de contusiones, escupía sangre y las esposas le habían causado surcos muy profundos en las muñecas. El intérprete acompañaba al médico, y Khaled al-Maqtari recuerda que “se comportaba de forma muy amable y preocupada, diciendo cosas como ‘oh, me pregunto cómo se habrá hecho esto’, pese a que había estado presente casi todo el tiempo y sabía de sobra qué me había causado las heridas”. El médico preguntó a Khaled al-Maqtari cómo se había hecho las heridas, pero él tenía demasiado miedo a contestar a través del intérprete.


Khaled al-Maqtari relata que, transcurridos nueve días desde el arresto, “vino uno de los interrogadores y dijo: ‘El Mossad y la CIA te están esperando’; me llevaron a una pequeña sala a oscuras y me dejaron allí, desnudo, temblando y llorando”. A solas en la oscuridad, Al-Maqtari empezó a tener alucinaciones: “Una persona con acento iraquí se acercaba a mí y me preguntaba si quería agua. Al principio pensaba que era un hombre, pero luego resultaba ser una mujer, que me daba agua, me decía que leyera el Corán y desaparecía. Los sueños eran pesadillas. Siempre había alguien gritando. Soñaba con situaciones extrañas, por ejemplo con perros, y todo eso en la escasa media hora en la que nos dejaban dormir. Todavía tengo esas pesadillas”.


Eric Fair, ex interrogador subcontratado que estuvo en Abu Ghraib en enero de 2004, ha revisado el relato de Khaled al-Maqtari sobre el trato que recibió en la prisión. Aunque no corroboró todos los datos proporcionados por Al-Maqtari (por ejemplo, ha hecho constar que nunca vio a ningún detenido suspendido boca abajo por los pies), Eric Fair dijo lo siguiente a Amnistía Internacional: “He estudiado minuciosamente este informe, con la esperanza de encontrar incoherencias graves y burdas exageraciones. Para vergüenza de esta nación, no he podido encontrarlas. Mi estancia en Abu Ghraib y en Faluya no aporta pruebas concretas que refuten muchas de las cosas que ha dicho Khaled”.

Aunque las fuerzas de la Coalición estaban facultadas para detener a civiles sospechosos de actividades delictivas, como la insurgencia, los detenidos seguían teniendo derecho a recibir un trato humano y el debido proceso, incluidos el registro de su detención y la visita del CICR. En ningún momento del periodo que Khaled al-Maqtari pasó en Abu Ghraib se expidió registro o documento alguno sobre su detención ni se le imputó ningún delito.17Ningún representante del CICR lo visitó y nunca se le permitió establecer contacto con un abogado o con su familia. “No dijeron de qué se me acusaba. Me preguntaban sobre la casa, los iraquíes y si sabía dónde había otros yemeníes, ese tipo de preguntas, o, por ejemplo, quién cometía atentados suicidas con bombas. ‘Tienes que conocerlos, seguro que eres uno de ellos’ me decían […]. Pero nunca decían cuándo me dejarían en libertad. Horas antes de que me trasladaran, quizás medio día antes, me anunciaron que me entregarían a la CIA. Al cabo de cuatro o seis horas vinieron a buscarme los ‘ninjas’.”

Otros detenidos trasladados por la CIA han descrito a Amnistía Internacional el mismo procedimiento de traslado que se aplicó a Khaled al-Maqtari: un equipo de tres o cuatro personas vestidas totalmente de negro, con guantes y máscaras también negras, preparó a Khaled al-Maqtari para su salida de Abu Ghraib. Le pusieron un pañal, calcetines, pantalones cortos y una camisa sin botones; le vendaron los ojos y le colocaron algodón en los oídos, sujetado firmemente con cinta adhesiva; le cubrieron la cabeza con una capucha y, por último, le colocaron unos auriculares insonorizantes. “No hablaban –relata Khaled al-Maqtari–, no decían ni una palabra, al igual que los “ninjas” de las prisiones secretas.”18“Está claro que tenían mucha experiencia. Sabían lo que hacían, y cada uno tenía una función específica. Yo no habría sido capaz de vestirme solo tan rápido.”


“Siempre que me ponían o me quitaban los grilletes me agarraban con fuerza para que no escapara. Eran muy fuertes y todo daba pánico: incluso daban portazos para aterrorizarme. Yo no podía ver nada, todo estaba negro. No querían que estuviera cómodo, querían generar a mi alrededor un ambiente de terror durante todo el trayecto.”


Lo llevaron a la pista de vuelo en la parte trasera de un todoterreno o de un camión. Notó que trasladaban con él a otro detenido, posiblemente a dos. Cree que el otro detenido al que sacaban con él de Irak podría ser un ciudadano saudí, cuyo nombre o apodo era Khaled al-Sharif.19En Abu Ghraib mostraron a Khaled al-Maqtari una foto de Al-Sharif en Irak; posteriormente, en Afganistán, le enseñaron otras fotos de Al-Sharif, en esa ocasión hechas allí, dentro del centro de detención.


Khaled al-Maqtari describió que el avión que lo trasladó a Afganistán era pequeño, rápido y silencioso; apenas oía el ruido de los motores a través de los auriculares. Sintió muy poca vibración de los motores tanto antes como después de entrar en el avión, al que accedió por una escalera de unos cinco escalones. Esto y la proximidad de los otros pasajeros le hicieron pensar que se trataba de un avión pequeño. “Este avión era moderno y muy agradable. Aunque tenía la cabeza tapada, podía notar que el suelo era muy suave, como si estuviera enmoquetado. Me caí al suelo en cuanto subí al avión.”


Afirmó que permanecía tumbado en el suelo porque tenía fuertes dolores provocados por las palizas. “Creo incluso que temieron que estuviera muerto, o algo así, porque trajeron aparatos para medirme el oxígeno y la presión sanguínea.” Por mucho que buscase otra postura, el dolor era demasiado intenso para que pudiese dormir mucho rato. Además, si se movía, le propinaban una patada. “Al principio no podía creer que tuviese un lugar para tumbarme. Estaba desesperado por dormir. Sólo quería descansar porque me dolía todo el cuerpo, pero entonces me di cuenta de que no podía porque el dolor era demasiado fuerte. Tenía las manos atadas a la espalda y, si intentaba moverlas para aliviar el dolor, me daban una patada.”

En la época de la detención de Khaled al-Maqtari, las fuerzas estadounidenses desplegadas en Irak estaban obligadas a cumplir el Convenio de Ginebra relativo a la protección debida a las personas civiles en tiempo de guerra (Convenio IV), cuyo artículo 49 prohíbe el traslado de personas protegidas, incluidos insurgentes que no pertenecen a las fuerzas armadas, del territorio ocupado.20La deportación o traslado y la reclusión ilegales, así como la tortura u otros tratos inhumanos, violan los Convenios de Ginebra y son crímenes de guerra, susceptibles de ser enjuiciados como tales tanto en virtud de la legislación estadounidense como del derecho internacional.21Además, es de aplicación el derecho internacional de los derechos humanos, incluso en tiempo de guerra.


Jack Goldsmith, ex fiscal general adjunto y ex jefe de la Oficina de Asesoramiento Jurídico del Departamento de Justicia estadounidense, escribió que, poco después de asumir su cargo en octubre de 2003, el entonces asesor de la Casa Blanca, Alberto Gonzales, le transmitió que el gobierno necesitaba asesoramiento jurídico sobre si el IV Convenio de Ginebra “protege a todos los terroristas en Irak”.22Asegura que “no había transcurrido mi primera semana en el puesto cuando los abogados que asesoran al gobierno habían llegado a un consenso: el Convenio protegía a todos los iraquíes, incluidos los miembros de Al Qaeda o de cualquier otro grupo terrorista, pero no a los terroristas de Al Qaeda procedentes de otros países que hubiesen entrado en Irak una vez empezada la ocupación […] Yo me mostré de acuerdo”.23


Unos meses más tarde, el entonces fiscal general adjunto Jack Goldsmith elaboró un proyecto de memorando dirigido a Alberto Gonzales y que distribuyó entre los responsables de los servicios jurídicos de la CIA, de los Departamentos de Estado y de Defensa, y del Consejo de Seguridad Nacional. Este proyecto de memorando, con fecha de 19 de marzo de 2004, “desarrolla las orientaciones provisionales proporcionadas en octubre de 2003 sobre la posibilidad, en virtud del [artículo 49 del IV Convenio de Ginebra], de trasladar a determinadas ‘personas protegidas’ detenidas en territorio ocupado a lugares situados fuera de ese país.”24El memorando concluía que, “de conformidad con el artículo 49”, Estados Unidos podía sacar de Irak a “personas protegidas” que fuesen “extranjeros ilegales” en aplicación de la legislación local de inmigración, y “trasladar a ‘personas protegidas’ (fuesen extranjeros ilegales o no) de Irak a otro país para facilitar su interrogatorio durante un periodo breve, pero no indefinido”, siempre que la persona en cuestión no hubiese sido “acusada de delitos” en el sentido previsto por el artículo 76 del Convenio.


Resulta imposible valorar hasta qué punto habrá influido tal directriz en la decisión de sacar a Khaled al-Maqtari de Irak, debido al secretismo que rodea el programa de entregas, detención e interrogatorio de la CIA y a que la mayoría de los documentos sobre dicho programa siguen estando clasificados. Por su parte, Jack Goldsmith ha escrito que no llegó a terminar el memorando de marzo de 2004 y que “nunca entró en vigor ni se basó en él ninguna decisión de sacar a detenidos de Irak”.25Añade: “No sé si la solicitud de asesoramiento jurídico sobre el traslado de detenidos iraquíes a lugares situados fuera de Irak para interrogarlos estaba relacionada con un programa de entregas más amplio. Pero sí sé que el proyecto de dictamen no puede haber sido la base para cometer abusos contra nadie, no sólo porque nunca se terminó, sino sobre todo porque establecía que los detenidos trasladados fuera de Irak debían seguir amparados por las salvaguardias previstas en el Convenio de Ginebra”.26


Tal vez las autoridades concluyeron que la nacionalidad de Khaled al-Maqtari y las sospechas de que estuviera relacionado con Al Qaeda lo privaban de las salvaguardias previstas en los Convenios de Ginebra, o quizás consideraron que la directriz expresada en el proyecto de memorando de la Oficina de Asesoramiento Jurídico las autorizaba a trasladar a Khaled al-Maqtari de Irak a Afganistán y a incluirlo en el programa de detención secreta de la CIA. En cualquiera de los dos casos, el resultado es que la conducta de las autoridades estadounidenses y el trato que dispensaron a Khaled al-Maqtari han infringido el derecho internacional. Es más, mientras que las autoridades estadounidenses nunca han imputado ningún delito a Khaled al-Maqtari, el relato del ex detenido sobre el trato recibido a manos del gobierno de Estados Unidos pone de manifiesto que se han perpetrado crímenes contra él por los cuales nadie ha rendido cuentas. Las autoridades estadounidenses tienen una causa pendiente.

De Abu Ghraib a un “lugar negro”: Custodia de la CIA en Afganistán


Avión Gulfstream V operado por la CIA y utilizado, según se ha sabido ampliamente, para el transporte de detenidos de esta agencia, incluido Khaled al-Maqtari. Fue registrado como N379P en febrero de 2000 por Premier Executive Transport Services, empresa de fachada de la CIA; a principios de 2004 se registró como N8068V; y en diciembre de 2004 volvió a ser registrado como N44982 por Bayard Foreign Marketing, empresa fantasma inscrita en 2003. © Jean Luc Altherr



Amnistía Internacional ha obtenido registros de vuelo que corroboran el testimonio de Khaled al-Maqtari, o al menos certifican que un avión de reacción Gulfstream V, operado por una empresa de fachada de la CIA y utilizado, según se ha sabido ampliamente, para el transporte de detenidos de esta agencia,27despegó del aeropuerto internacional de Bagdad el 21 de enero 2004, nueve días después del arresto de Khaled al-Maqtari, con destino al aeropuerto Khwaja Rawash de Kabul. Khaled Al-Maqtari relata que lo trasladaron en un vehículo a un centro secreto de detención de Afganistán; cree que se trata de la base aérea de Bagram y en las entrevistas siempre se refiere al centro de detención como Bagram.28 Posteriormente, personas recluidas en el mismo lugar de Afganistán le contaron que él había llegado casi al mismo tiempo que otros dos detenidos.29


Su llegada al nuevo centro de detención siguió un esquema familiar para Amnistía Internacional. Lo llevaron ante un médico u otro profesional de la salud, que le extrajo sangre y recogió una muestra de orina. Asimismo le hicieron fotografías de su cuerpo desnudo y registraron las heridas y marcas en un gráfico. Otras personas que han estado recluidas en lugares negros han descrito a Amnistía Internacional el mismo procedimiento.30 “Me daba la impresión de que estaban comprobando muchas cosas, como si tuvieran miedo de que muriese si me golpeaban alguna vez más.” A continuación le dieron una camisa y un pantalón azules y lo llevaron a ver a un hombre que, según le dijeron, era psicólogo.


Todo el personal de la prisión vestía de negro. Los guardias llevaban además guantes y máscaras. Por el contrario, el personal médico no se cubría el rostro. Khaled al-Maqtari describió al psicólogo como un hombre “estadounidense” de entre 40 y 45 años, blanco, bajo y gordo, con gafas y pelo negro y escaso, peinado hacia atrás por los lados. Es el mismo psicólogo que lo trató en el segundo centro secreto de detención, y estuvo presente en alguno de sus interrogatorios.31“Me dijo que me encontraba en un estado precario debido a mi miedo a los perros.” A continuación, el psicólogo le planteó que estaba en sus manos hacer de la prisión un lugar mejor o peor. “Si cooperas con los investigadores, te darán una alfombra de oración y un Corán. Si no, tu situación puede volverse peor que en el pasado.”


Khaled al-Maqtari fue introducido en una celda pequeña, cercana al baño, donde permaneció unas dos semanas antes de que lo llevasen a una celda más grande situada en el mismo pasillo. Dentro de ambas celdas había cámaras que, a impresión de Khaled al-Maqtari, seguían sus movimientos, pues incluso a oscuras podía ver una luz roja moviéndose de un lado a otro. Al principio no le quitaron las esposas ni los grilletes, la celda estuvo a oscuras los primeros cuatro o cinco días y el altavoz instalado en la celda emitía ruidos. “En realidad no era música –explicaba Khaled al-Maqtari–, sino ruidos para asustar, como los de las películas de terror. Sientes el pulso acelerado y te pones nervioso. Yo estaba muy nervioso siempre que me encontraba en la celda. Cada vez que pensaba que me estaba acostumbrando a los ruidos, los cambiaban. Tenía miedo: aquí no había perros, pero había ruidos. Cuando intentaba dormir, golpeaban la puerta violentamente haciendo mucho ruido. Había música y gritos.”


“Había una ventana de metal en la celda, pero no entraba luz. Esta ventana daba al interior del edificio, no al aire libre, y estaba cerca del suelo. Oía a los guardias pasar por delante, pero la mayor parte del tiempo estaba cubierta con cartón. Por allí entraban hormigas y ratones.”


La celda también contenía lo que Khaled al-Maqtari describió como un cubo grande de plástico gris para orinar en él, similar a los aseos portátiles de plástico que se usaban en Bagram antes de que se instalasen los aseos con cisterna para las tropas en 2003.32 “Estaba lleno de agua hasta la mitad; al sentarte en él para orinar, cubrías el hueco.” Moazzam Begg, que estuvo recluido en Bagram la mayor parte del año 2002, contó a Amnistía Internacional que le proporcionaron un aparato similar a partir de julio de 2002 y añadió que el aseo era móvil y estaba fabricado a propósito, con un asiento de retrete convencional y una tapa.33


Interrogatorio y cooperación


Dos días después de la llegada de Khaled al-Maqtari, los guardias lo llevaron a ver a un interrogador “alto y delgado”, que le dio pan con atún. “Ésa era su manera de actuar –aclaró Khaled al-Maqtari–: cuando querían hablar con un detenido, le daban comida.” Personas expertas en el programa de la CIA, citadas en la revista The New Yorker, explicaban que ofrecer o negar comida a los detenidos, así como variar el tamaño de las porciones, forma parte del “arsenal psicológico” de que disponen los interrogadores. “Está pensado para generar dependencia.”34


Cuando Khaled al-Maqtari preguntó dónde estaba, el interrogador le respondió: “Estás en un lugar del que quizás puedas salir, pero hay otros que nunca saldrán, así que debes elegir en qué categoría quieres estar”. Khaled al-Maqtari cuenta que entonces preguntó: “¿Qué he hecho?”, y el interrogador respondió: “Estabas en Irak y quizás sepas dónde se encuentran algunos combatientes árabes pero no nos lo has contado, o tal vez conozcas a terroristas suicidas o a personas que cometen atentados suicidas con bombas.”


Los interrogatorios tenían lugar casi todas las tardes. Los guardias llegaban a la celda y Khaled al-Maqtari tenía que apartarse bastante de la puerta cuando ellos entraban. Lo esposaban, le ponían una máscara, lo encapuchaban y lo llevaban a la sala de interrogatorios. Allí le quitaban la capucha, pero le dejaban las esposas.


Todos los interrogadores eran estadounidenses y se servían de intérpretes. Éstos rotaban, de modo que nunca estaba el mismo intérprete más de una semana seguida. Un ex interrogador explicó a Amnistía Internacional que ésta era una “buena práctica”, concebida para que ningún intérprete entablara relaciones de empatía con los detenidos. Khaled al-Maqtari sólo conoció intérpretes varones en Afganistán. Los interrogadores también se alternaban, aunque con menos frecuencia. Khaled al-Maqtari afirma que el hombre alto y delgado lo interrogó durante unas dos semanas. Luego lo relevó otro de ojos azules o verdes, que se distinguía de los demás por su costumbre de llevar puesto durante los interrogatorios lo que Khaled al-Maqtari creía que era un gorro de baño. Posteriormente lo interrogó una mujer que dijo llamarse Sarah; llevaba gafas y el pelo cubierto. En la sala de interrogatorios también había una zona separada por unas cortinas. Tras ellas se sentaba una persona, a la que Khaled al-Maqtari sólo pudo verle los pies.


Preguntó al interrogador del gorro de baño cuándo lo dejarían en libertad, y éste le respondió: “Hay tres tipos de respuestas: hay cosas que te podemos contar, otras que no te podemos contar y otras que ni siquiera nosotros sabemos, y que sólo los altos mandos pueden decidir”.


Los interrogadores eran extremadamente minuciosos. “Querían saber hasta el menor detalle de mi vida, desde que nací hasta que me arrestaron. Me preguntaron dónde había estudiado, a dónde había viajado, con quién había hablado. Y me refiero a un nivel de detalle excesivo y tedioso. Quiénes eran mis hermanos y hermanas, cómo se llamaban y cuáles eran las fechas de nacimiento, quiénes eran sus esposos, esposas, hijos e hijas, quiénes eran mis padres, tíos y amistades. Quién era cada una de las personas que había conocido. Por supuesto, me mostraron numerosas fotografías de personas, muchas de ellas tomadas en Guantánamo (lo deducía por la ropa), y preguntaban: ‘¿Conoces a éste? ¿Y a este otro?’. Si conocía a alguno de ellos, se tomaban su tiempo para hablar de él, en el caso de que lo consideraran importante. Si no pensaban que fuera importante, o si había fallecido o lo habían matado, no se hablaba más de esa persona.”

“Éste era su método de interrogatorio: en el primer centro de detención [Abu Ghraib] te torturaban tanto que cuando te trasladaban a un nuevo lugar y el trato mejoraba, empezabas a sentir que eran muy amables. Pero en la primera fase te hacían preguntas importantes, por ejemplo dónde estaban las casas de los combatientes. En los tres meses y algunos días que pasé en Bagram, me obligaron a contar mi vida completa muchas veces. Luego, en el otro centro secreto de detención, volvieron a preguntarme lo mismo una y otra vez, de muchas formas diferentes para asegurarse de que decía la verdad.”


Varias veces, Khaled al-Maqtari oyó gritar y llorar a detenidos. Al detenido que estaba en la celda contigua, Adnan al-Libi, se lo llevaron en una ocasión durante tres días. Khaled al-Maqtari pensó que quizás lo habían trasladado. “Sin embargo, oía música muy alta procedente de la sala de interrogatorios, y me preguntaba cómo los estadounidenses pueden soportar esa música. Cuando devolvieron a Adnan a su celda, estaba cansado y apenas podía hablar o moverse, y dijo: ‘Estuve en ese lugar, suspendido; ellos me golpeaban, la música sonaba a todo volumen y me interrogaban’.” Muhammad Bashmilah, que se encontraba recluido en el mismo centro de detención en aquella época, ha afirmado que oyó gritar a Adnan al-Libi mientras lo torturaban en la sala de interrogatorios.35



Atención médica


Khaled al-Maqtari refiere que, a su llegada a Afganistán, sufría hemorragias internas, abundantes contusiones y dolor constante. Lo reconoció un médico, que lo fotografió y registró las lesiones, pero pasaron varias semanas antes de que le trataran las lesiones, y cree que la atención médica estaba vinculada a su grado de cooperación durante los interrogatorios. “Al cabo de un tiempo empezaron a darme tratamiento médico –relató–, cuando se dieron cuenta de que contaba la verdad. Comenzaron a tratar las contusiones y las heridas. Me dieron una pomada y ‘Vicks’ para la respiración. Por supuesto, me daban estas cosas para los interrogatorios, sé que lo hacían para obtener información. La prueba es que cuando conseguían la información me quitaban el ‘Vicks’ y todo lo demás.”


La decisión de permitir a los detenidos pasar breves momentos al aire libre también dependía de la cooperación que mostraran. Al cabo de dos semanas, “cuando obtuvieron la información”, sacaron a Khaled al-Maqtari a un patio y lo sentaron en una silla de cara a un muro, a pocos centímetros de distancia. “Era un muro alto, pero había aire fresco […] No podía girar la cabeza ni un milímetro a izquierda o a derecha, y no podía permanecer más de 10 o 15 minutos, siempre completamente encadenado. Luego me cubrían y me llevaban de vuelta. Nunca me quitaban la máscara hasta que ya me encontraba sentado frente al muro. La primera vez vi restos de nieve y oí ruido de coches.36 Tenía frío. También hubo mucha lluvia. A menudo oí el sonido de la lluvia en Bagram. Pero después, en la prisión secreta, nunca oía, veía ni sentía nada.”

Condiciones de detención


Los guardias llevaban la comida a las celdas, pero no entraban salvo para trasladar a los detenidos a los interrogatorios o a la ducha. Solían golpear la puerta o la pared cuando pasaban y, aunque esto significaba que los detenidos casi nunca podían dormir sin interrupción, el sonido que llegaba desde el fondo del pasillo los alertaba de que se acercaban los guardias. Según Khaled al-Maqtari, Adnan al-Libi los avisaba cuando llegaban los guardias diciendo: “El zorro está aquí”.


Se permitía a los detenidos una ducha de cinco minutos una vez a la semana, pero Khaled al-Maqtari recuerda que el agua era escasa y estaba fría: “Había un calentador, pero nunca lo encendían, excepto cuando necesitaban información […] Yo no me podía lavar porque estaba enfermo”.

¿Quién estaba en la prisión secreta?


Tan pronto como acababan los interrogatorios, devolvían a Khaled al-Maqtari a su celda, siempre encapuchado para que no viese a los demás detenidos ni ningún detalle del edificio en el que se encontraba. La posición de la ventana interior y los sonidos que hacían los guardias al pasar desde todos los lados de la celda lo llevaron a sospechar que las celdas eran estructuras separadas como si fueran cajas, más que habitaciones propiamente dichas, aunque tenían las paredes revocadas al igual que las celdas de las prisiones ordinarias. Tras escuchar a los detenidos hablar durante los periodos en que no había música ni efectos sonoros, calculó que había dos filas de 10 detenidos cada una. Los momentos sin música ni ruidos nunca duraban más de unos pocos segundos, a menos que los generadores dejasen de funcionar, pero Khaled al-Maqtari afirmó que para los detenidos recluidos en régimen de aislamiento, privados de comunicación, esos breves interludios “eran como toda una vida”.37


Khaled al-Maqtari permaneció en la celda 19 unas dos semanas. Durante los primeros días, la música sonaba a un volumen insoportablemente alto en la celda, pero en una interrupción oyó una voz en árabe llamando a un detenido con el nombre de Riba’i. “Cuando lo oí, me puse contentísimo, porque sabía que no estaba encarcelado solo.” Luego oyó la misma voz llamando a “Mu’ath”, “Naseem”, “Marwan” y “Hazim”. “Más adelante descubrí que la persona que llamaba era Adnan al-Libi, que tenía una voz potente. Repetía: ‘Número 19, háblanos, número 19’, pero yo todavía no sabía que era el número 19.”


Adnan siempre llamaba a los demás. Siempre intentaba averiguar quién estaba allí, quién era nuevo. Al principio yo tenía miedo y no sabía que él me estaba llamando a mí. Además, inicialmente no podía aproximarme a la puerta porque estaba esposado a la ventana. Días después me quitaron las esposas, lo cual me permitió acercarme a la puerta. Entonces volví a oír: ‘Número 19, número19’ y esta vez les dije quién era. Ellos decían ‘Allah Akbar’ [Dios es grande] y Adnan me contó que allí había otros seis yemeníes: Riyadh al-Sharqawi, de Taiz, y Umayr bin Attash, hermano de Khallad, también eran recién llegados. Los estadounidenses los habían arrestado a ambos en Karachi y enviado a Jordania. Umayr pasó 13 meses en Jordania y Riyadh estuvo allí casi dos años; a los dos los torturaron salvajemente.”38


Al cabo de dos semanas, Khaled al-Maqtari fue trasladado a la celda 13, contigua a la de Adnan al-Libi, y más próxima a las de los demás detenidos, así que pudo hacerles preguntas durante las escasas interrupciones del ruido. Adnan al-Libi y los demás le dieron más detalles sobre los detenidos que habían estado allí recluidos antes de que llegara Khaled al-Maqtari. Según le explicaron, a Ibn al-Sheikh al-Libi se lo habían llevado hacía unas semanas; sólo había permanecido allí unos meses, tras haber pasado el verano en una “prisión medieval” y el año anterior, en Egipto.39 A Khaled al-Maqtari también le dijeron que Abdulsalam al-Hela había estado detenido allí anteriormente, en 2003; luego lo transfirieron a Guantánamo, donde continúa en la actualidad. Sheikh Saleh al-Libi, que fue trasladado a la celda 20 en abril, afirmó que lo habían detenido en Mauricio y lo habían entregado a través de Marruecos; había estado recluido previamente en una celda situada en el exterior y luego en una al otro extremo de la fila de celdas. No se conocen ni su nombre de nacimiento ni su paradero actual.40


Al menos tres detenidos “de alto valor” habían permanecido recluidos recientemente en la prisión: Khallad (Tawfiq bin Attash), ciudadano yemení, y Ammar Baluchi (Ali Abdul Aziz Ali), ciudadano paquistaní que se crió en Kuwait, afirmaron que habían sido capturados juntos en Pakistán; Ramzi bin al-Shibh, ciudadano yemení, contó a los demás que había estado en “una prisión de Kabul” pero que lo sacaron de allí porque el CICR había averiguado que se encontraba en esa prisión y trató de visitarlo. Según se dijo, a los tres los sacaron del centro de detención en septiembre de 2003. Reaparecieron tres años después, en la lista de los 14 detenidos “de alto valor” transferidos a Guantánamo. Según los informes, otros dos de los detenidos “de alto valor”, Mukhtar (Khalid Sheikh Mohammed) y Hambali (Riduan bin Isomuddin), habían estado allí detenidos a principios de ese año.41


En la celda 13, la luz permanecía encendida ininterrumpidamente y los nombres de los que Khaled al-Maqtari supuso eran los anteriores ocupantes de la celda estaban grabados en la pared: Badr al-Madni y Abu Nasser al-Qahtani. Cuenta que añadió debajo su propio nombre y su apodo (Firas).42


Gracias a las conversaciones que mantenía con Adnan al-Libi y los otros detenidos, Khaled al-Maqtari empezó a asociar los nombres, o al menos los apodos, con los números de celda de los detenidos de su pasillo. Podía conversar con los detenidos que estaban más cerca de él, pero los mensajes de los detenidos más alejados tenían que pasar a través de intermediarios, por lo que era posible que se tergiversasen en el proceso.


Creo que Riba'i podía ser tunecino, pero estaba muy lejos;43 Hazim es libio; Naseem es tunecino; Adnan es libio, por supuesto; Marwan al-Adenni es yemení, de Aden; ahora está aquí [es decir, en Yemen], al igual que Shumilla [Muhammad Bashmilah]44. Yo soy yemení, claro, como también lo son Umayr bin Attash y Riyadh Haitham al-Sharqawi, al que llamaban Riyadh. Abu Malik al-Qasemi también era yemení. Y estaba Abu Ahmed, al que llamaban ‘Abu Ahmed el malaisio’. ’Abu Mu'ath al-Suri estaba muy cerca de donde yo me encontraba, y Abu Yasser al-Jaza’iri estaba cerca de Ahmed. Había muchos. Luego llegaron Majid Khan, de Pakistán, y Abu Abdullah al-Saudi. Había otros que no respondían cuando Adnan los llamaba y les decía ‘somos amigos de ustedes’.”


Majid Khan, ciudadano paquistaní y uno de los 14 detenidos “de alto valor” transferido del programa de la CIA a Guantánamo en septiembre de 2006, llegó al centro de detención de Afganistán de seis a ocho semanas después que Khaled al-Maqtari. Majid Khan, que hablaba poco árabe, contó a otro detenido que “ya había estado aquí antes, trasladado a otro centro de detención de Kabul y luego devuelto a esta prisión”. Según contó Majid Khan, en la prisión de Kabul había detenidos tanto afganos como de países árabes y podían comunicarse entre ellos con más libertad, aunque las condiciones generales de detención eran peores. Abu Abdullah al-Saudi, que afirmó haber sido arrestado en Irak un mes antes, había sido al parecer un “detenido fantasma” al igual que Khaled al-Maqtari, y había llegado aproximadamente por las mismas fechas.

U

Detenidos que, según los informes, estuvieron en el centro secreto de detención de Afganistán desde enero a abril de 2004, ordenados por número de celda y con el nombre por el que lo conocían los demás detenidos (el nombre de nacimiento se proporciona entre paréntesis):

1. Ahmed el malaisio: se desconoce su paradero actual.

2. Riba’i (Hassan, se desconoce su nombre de familia): trasladado a un “lugar negro” de la CIA en 2004, según los informes transferido a Libia en 2006, paradero no confirmado.

3. Yasser al Jaza’iri: trasladado a un “lugar negro” de la CIA en 2004, se desconoce su paradero actual.

4. Riyadh al-Sharqawi (Al-Haj Abdu Ali Sharqawi): trasladado a Guantánamo en septiembre de 2004.

5. Umayr bin Attash (Hassan Muhammad bin Attash): ingresó a finales de enero de 2004, trasladado a Guantánamo en septiembre de 2004.

Ibn al-Sheikh al-Libi (Ali Abdul-Hamid al-Fakhiri): trasladado de este centro de detención a principios de enero de 2004, al parecer a un “lugar negro” de la CIA, según los informes transferido a Libia en 2005, paradero actual no confirmado.

6. Shumilla (Muhammad Faraj Ahmed Bashmilah): trasladado a un “lugar negro” de la CIA en abril de 2004, devuelto a Yemen en mayo de 2005, liberado en marzo de 2006.

7. Naseem al-Tunisi: se desconoce su paradero actual.

8. Hazim al-Libi (Khaled al-Sharif): trasladado a un “lugar negro” de la CIA en 2004, según los informes transferido a Libia en 2006, paradero no confirmado.

9. Abu Malik al-Qasemi (Sanaad Yislam al-Kazimi): trasladado a Guantánamo en septiembre de 2004.

10. Abu Abdullah al-Saudi: detenido en Irak en febrero o marzo de 2004, trasladado a un centro de detención de Afganistán en abril de 2004, se desconoce su paradero actual.

11. Marwan al-Adenni (Salah Nasser Salim ‘Ali Qaru): trasladado a un “lugar negro” de la CIA en abril de 2004, devuelto a Yemen en mayo de 2005, liberado en marzo de 2006.

12. Mu’ath al-Suri, también conocido como Abu Abdullah: se desconoce su paradero actual.

13. Khaled al-Maqtari: trasladado a un “lugar negro” de la CIA en abril de 2004, devuelto a Yemen en septiembre de 2006, liberado en mayo de 2007.

14. Ciudadano somalí, de nombre desconocido.

15. Adnan al-Libi (Majid, se desconoce su nombre de familia): trasladado a un “lugar negro” de la CIA en 2004, se desconoce su paradero actual.

16. Muhammad al Assad: trasladado a un “lugar negro” de la CIA en abril de 2004, devuelto a Yemen en mayo de 2005, liberado en marzo de 2006.

17. Binyam Mohammed (según su propia declaración; Khaled al-Maqtari dijo que ésta era una de las celdas ocupadas por un detenido que no hablaba): trasladado a Guantánamo en septiembre de 2004.

18. Majid Khan: trasladado a “lugares negros” de la CIA, transferido a Guantánamo en septiembre de 2006.

19. Laid Saidi (según su propia declaración; Khaled al-Maqtari dijo que alguien llegó a esta celda uno o dos días antes del traslado de abril de 2004): el propio Laid Saidi declara haber sido trasladado de un centro de detención de Afganistán a otro a finales de abril de 2004.


20. Sheikh Saleh al-Libi: se desconoce su paradero actual.

no de los yemeníes recluidos con Khaled al-Maqtari en Afganistán, “Abu Malik al-Qasemi”, parece ser la misma persona que un ciudadano yemení que actualmente está detenido en Guantánamo: Sanaad Yislam al-Kazimi. Al-Kazimi declaró que había permanecido en la “prisión oscura” desde septiembre de 2003 hasta mayo de 2004 con otros yemeníes, entre ellos Muhammad Bashmilah y Salah ‘Ali Qaru, y que estaba en la celda contigua a la de Binyam Mohammed, ciudadano etíope que en la actualidad también se halla detenido en Guantánamo. Binyam Mohammed, arrestado en Pakistán y entregado por agentes estadounidenses a Marruecos, ha afirmado que lo trasladaron de Marruecos a Afganistán en enero de 2004, y que permaneció en la “prisión oscura” cinco meses. Su descripción de este lugar es similar a la que hizo Khaled al-Maqtari de “Bagram”. Ambos lugares tenían 20 celdas en dos filas de 10, numeradas del mismo modo, con dos puertas de metal y una ventana baja interior. Binyam Mohammed también menciona expresamente la música y los sonidos fantasmagóricos que tanto perturbaban a Khaled al-Maqtari: “Durante quizás dos semanas hicieron sonar ruidos que provocaban pánico, como en las películas de terror, las 24 horas del día. Era prácticamente imposible conciliar el sueño. Era como una pesadilla continua.”45 Binyam Mohammed calculó que había hasta 20 detenidos en la prisión, y que una de las personas que había estado recluida allí previamente era “el empresario yemení de Saná que se llamaba Abdulsalam Hiera” (posiblemente Abdulsalam al-Hela).


Al-Sharqawi, en una declaración en la que confirma que fue trasladado de Jordania a Afganistán en enero de 2004, describe la prisión como “un lugar muy oscuro, con unos sonidos altísimos que provocaban pánico”. Otros elementos de su descripción coinciden con la de Khaled al-Maqtari, en particular el hecho de que le permitiesen sentarse en una silla frente a un muro alto una vez a la semana, donde él también notó que había una capa de nieve46. Todos estos datos apuntan claramente a que Khaled al-Maqtari, Al-Sharqawi y los otros detenidos yemeníes estuvieron recluidos en el mismo lugar, y que posiblemente ese lugar fuera la “prisión oscura”, y no Bagram.


Khaled al-Maqtari pensaba que se encontraba en Bagram principalmente porque en las paredes de su celda figuraba la inscripción “Bienvenidos al Hotel Bagram”, en inglés. Otra razón que alegó fue la información que le transmitieron algunos detenidos que conocían Afganistán, por ejemplo uno que había sido arrestado en Khost y trasladado en un automóvil, que le dijo que “debían de estar” en Bagram a juzgar por la duración del trayecto. Otros indicios son igualmente equívocos: cuando Khaled al-Maqtari llegó a Kabul, fue trasladado en un vehículo desde el aeropuerto a la prisión, y calcula que el trayecto duró de 30 a 45 minutos. Le pareció que el vehículo circulaba rápido, sin parar ni arrancar, por lo que pensó que no estaban avanzando en medio de tráfico, sino por una carretera muy poco transitada. Si el avión aterrizó realmente en Kabul, 30 o 45 minutos a velocidad constante serían el tiempo aproximado necesario para llegar a Bagram. Sin embargo, Muhammad Bashmilah, que estuvo recluido en el mismo centro de detención en la misma época, recuerda que el viaje duró menos de media hora, lo cual hace pensar en un lugar más cercano a Kabul.47


Tanto Khaled al-Maqtari como Salah ‘Ali Qaru han señalado que había al menos un camión ruso en desuso en el patio del centro de detención, y Muhammad Bashmilah informa de que vio una torre de vigilancia. Ambas observaciones sugieren la existencia de un edificio construido expresamente para albergar una prisión o una base militar.48 Bagram está lleno de restos de vehículos rusos y torres de vigilancia, pero lo mismo ocurre en otros lugares cercanos a Kabul. Se rumorea que la “prisión oscura” estaba situada en un complejo próximo al aeropuerto de Kabul, pero se desconoce su ubicación exacta, y tampoco se sabe con certeza si tenía o no torres de vigilancia o vehículos militares abandonados.


Habida cuenta de las medidas extremas adoptadas para aislar del mundo exterior a las personas recluidas en los “lugares negros”, las conclusiones de éstos sobre la ubicación del centro de detención no son más que conjeturas. Para complicar todavía más las averiguaciones, había al menos otro centro de detención de la CIA operativo en la misma época. Abdulsalam al-Hela ha relatado que estuvo recluido en al menos cuatro centros de detención de Afganistán, incluida la base aérea de Bagram y la “prisión oscura”, así como en lugares al parecer administrados por autoridades afganas49. Khalid el-Masri, que fue entregado a Afganistán desde Macedonia al día siguiente del traslado de Khaled al-Maqtari desde Irak, ingresó en un centro de detención próximo al aeropuerto, donde vio a guardas vestidos con trajes afganos. Sus abogados han concluido que estuvo recluido en un lugar llamado el “pozo de sal”, una fábrica de ladrillos abandonada situada en un lugar aislado al norte de Kabul, cerca del aeropuerto. Khalid el-Masri ha afirmado que estuvo recluido con Laid Saidi, ciudadano argelino entregado a la custodia estadounidense tras ser expulsado de Tanzania a Malawi en mayo de 2003. Laid Saidi, que desde entonces ha quedado en libertad, permaneció recluido en al menos tres centros de detención diferentes de Afganistán, incluido un lugar que describió como “mugriento, ni siquiera apto para animales”, donde afirma haber hablado con Khalid el-Masri50, y en una “prisión muy oscura” próxima al aeropuerto de Kabul, en la que “sonaba a todo volumen una música occidental”.51Es probable que haya estado allí recluido otro detenido del programa de la CIA trasladado a Afganistán en enero de 2004: Muhammad al-Assad refirió a Amnistía Internacional que primero ingresó en un centro de detención en el que se oían con regularidad los sonidos de aviones, y que estaba vigilado por guardias afganos o paquistaníes vestidos con sus trajes locales. Su celda era vieja y tenía una ventana en la parte superior de la pared. Tras pasar allí unas semanas, lo llevaron en un vehículo a otro centro de detención situado a unos 20 o 40 minutos. La descripción que hizo de este nuevo lugar y de su posterior traslado deja claro que había ingresado en el mismo centro de detención en el que permanecían recluidos Muhammad Bashmilah, Khaled al-Maqtari y los otros detenidos mencionados.


Fuera cual fuera su ubicación exacta, este centro de detención parecía funcionar como un lugar de tránsito y evaluación. Algunos detenidos habían sido trasladados directamente tras ser arrestados en Pakistán o Afganistán. Otros habían permanecido en otros lugares de Afganistán o del extranjero, y algunos habían sido objeto de “entregas extraordinarias”, por lo que estaba en curso su devolución desde la custodia de Jordania o Egipto. De los alrededor de 23 detenidos que se piensa que estuvieron allí recluidos entre finales de 2003 y principios de 2004, 14 fueron al parecer trasladados a otros “lugares negros” de la CIA (cuatro de ellos eran detenidos “de alto valor” que posteriormente fueron transferidos a Guantánamo en septiembre de 2006), y al menos tres han pasado a engrosar la lista de la población regular de detenidos de Guantánamo, mientras que la suerte de los otros seis sigue siendo una incógnita.52

En paradero desconocido: “Lugar negro” de la CIA


En abril de 2004, probablemente alrededor del día 24, Khaled al-Maqtari fue trasladado desde el lugar de detención de Afganistán, junto a otros detenidos.53 No se le informó del inminente cambio; simplemente dos guardias se presentaron en su habitación después de comer, a eso de las dos de la tarde, y lo llevaron ante el médico, que le practicó un reconocimiento. La sala donde se realizaban los reconocimientos se encontraba en una plataforma elevada dentro del hangar o almacén; Khaled al-Maqtari recuerda que subió primero tres escalones hasta un cierto nivel y luego un escalón adicional para entrar en la sala de reconocimientos. Una vez en el interior, le quitaron la venda de los ojos, lo desnudaron y cada marca o lesión en su cuerpo fue numerada y registrada en el mismo gráfico que había visto al médico utilizar anteriormente.


Khaled al-Maqtari contó hasta nueve gráficos distintos sobre la mesa del médico, y pensó que se estaba preparando el traslado de al menos nueve detenidos.54 El reconocimiento médico se prolongó durante media hora y después Khaled al-Maqtari fue conducido a otra habitación, donde lo esperaba el equipo encargado del traslado. Enseguida, los tres hombres que lo formaban, enteramente vestidos de negro, le pusieron un pañal, lo vistieron con unos pantalones hasta la rodilla y una camisa, le taponaron los oídos y le vendaron los ojos. Para terminar, le colocaron unos auriculares insonorizantes y también esposas y grilletes. Después lo llevaron a otro lugar donde lo obligaron a sentarse en el suelo. Aunque no podía ver nada ni tampoco hablar, percibió que junto a él había otros detenidos, y durante las dos o tres horas siguientes periódicamente oyó cómo iban llegando otros detenidos.


Más adelante, esa misma tarde, Khaled al-Maqtari y el resto de los detenidos fueron trasladados en un vehículo, tumbados unos junto a otros, hasta el aeropuerto. El trayecto duró unos 30 minutos y una vez allí permanecieron otra hora en el interior del vehículo. Su impresión fue que esperaban la llegada de otro cargamento de detenidos.


A la caída de la tarde lo introdujeron en una aeronave, al parecer de mayor tamaño que el avión de reacción Gulfstream que lo había llevado a Afganistán. Encapuchado y encadenado, no podía moverse tan rápidamente como deseaban los guardias, así que éstos cargaron con él parte de la distancia que lo separaba del avión. “Había dos guardias, uno a cada lado, y en ocasiones otro delante, tirando de mí. Si estabas demasiado débil para permanecer de pie, te llevaban”.


Por la intensidad del ruido, las sacudidas y el modo en que nos sentaron –ha explicado Khaled al-Maqtari–, me pareció que podía ser un avión de carga”. Los asientos del avión parecían estar colocados a lo largo de los laterales, en lugar de estar dispuestos en filas. El viaje duró “unas tres horas”, aunque Khaled al-Maqtari reconoce que es sólo una suposición:55 “Estaba muy cansado y no pude calcular cuánto duró exactamente. No creo que me durmiera, porque si intentabas hacerlo los guardias te daban patadas, pero quizás sí me quedé dormido; además, es muy difícil calcular el tiempo cuando uno se encuentra muy enfermo”.


“Cuando aterrizamos, nos llevaron desde el avión a un helicóptero. La distancia entre ambos pudo ser de unos 200 metros y el aire era fresco; desde luego no hacía calor. El viaje en helicóptero duró una hora y media o dos aproximadamente. En todo caso, fue más corto que el viaje en avión. Después nos metieron en un vehículo, tumbados como antes. Al principio la carretera estaba en buen estado, pero luego empezaron los baches, como si avanzásemos por un camino sin asfaltar. Tardamos unos 30 minutos en llegar. La carretera no tenía pendiente, ni subía ni bajaba.”


Cuando llegaron finalmente a su destino, el “lugar negro” de la CIA en el que Khaled al-Maqtari pasaría los 28 meses siguientes, él y otros detenidos fueron conducidos a un edificio grande, como un almacén. Allí lo sentaron y lo encadenaron a una argolla en lo que parecía una especie de contenedor o remolque, “como si estuviera en la parte posterior de un camión”. Permaneció allí varias horas, y de nuevo tuvo la impresión de que estaban esperando a que llegasen otros detenidos y se gestionase su ingreso.


El tamaño y la ubicación de este “lugar negro” siguen sujetos a conjeturas. Amnistía Internacional ha proporcionado abundante información sobre los casos de otros tres detenidos de nacionalidad yemení que al parecer fueron recluidos en el mismo lugar. Dos de esos hombres refirieron a Amnistía Internacional en octubre de 2005 que creían que este centro de detención estaba situado en Europa. El propio Khaled al-Maqtari está firmemente convencido de que el centro de detención no se encontraba en Oriente Medio ni en Afganistán, a juzgar por la comida, la distancia que recorrieron hasta llegar allí y la orientación de los aseos (hacia La Meca). El informe publicado en junio de 2007 por el Consejo de Europa confirmó la existencia de centros secretos de detención en Polonia y Rumania hasta concluir 2005, cuando se clausuraron. Sin embargo, Khaled al-Maqtari y otros detenidos trasladados a este centro de detención en 2004 permanecieron allí recluidos hasta mediados de 2006, mientras que ciertos datos sugieren que algunos de los detenidos “de alto valor” podrían haber sido transferidos de Polonia o Rumania a este lugar antes de su traslado a Guantánamo en septiembre de 2006.


Las celdas propiamente dichas carecían de ventanas y en su interior no se filtraba luz natural de ninguna clase. Cuando se apagaban las luces la oscuridad era total. Los detenidos no podían oír el sonido del viento, la lluvia o los truenos, lo que les impedía hacerse una idea del clima de la zona. Las celdas disponían de calefacción y aire acondicionado, aunque se utilizaban más como recompensa o castigo que para mantener una temperatura constante, con lo que Khaled al-Maqtari podía afirmar que la variación de temperatura entre el verano y el invierno era significativa. Cuando llegó al lugar, a finales de 2004, le pareció que el clima era fresco. Los inviernos eran duros y fríos, pero cuando hacia el final de su reclusión, en los meses de verano, lo autorizaron a salir brevemente al exterior, los rayos del sol tenían fuerza suficiente para hacerle sudar, aunque no hacía un calor excesivo. Una descripción tan imprecisa puede corresponder a muchos lugares de Europa y de otras partes, pero excluye localizaciones en el desierto o en los trópicos.


La duración de los vuelos proporciona una indicación muy general del lugar al que pudo haber sido conducido Khaled al-Maqtari, y sin conocer el tamaño, la velocidad y la ruta de la aeronave, o la duración exacta de los vuelos, no puede precisarse con exactitud ningún lugar específico. El vuelo que llevó a Khaled al-Maqtari de vuelta a Yemen en septiembre de 2006 fue descrito como un trayecto sin escalas de al menos seis horas de duración en un “buen avión”.56Dado que la velocidad de crucero de una aeronave de esas características varía entre los 250 y los más de 500 nudos, el destino final podría encontrarse a una distancia que puede variar entre 2.500 y más de 5.000 kilómetros.57 Sin embargo, la triangulación entre este vuelo y los trayectos en avión y helicóptero más cortos desde Afganistán parece descartar localizaciones en Europa occidental y Oriente Medio.58


Las instalaciones en las que permaneció recluido Khaled al-Maqtari desde abril de 2004 hasta septiembre de 2006 eran nuevas o estaban renovadas, y habían sido cuidadosamente diseñadas y gestionadas para garantizar la máxima seguridad y secreto, así como la desorientación, la dependencia y el estrés de los detenidos.59 Habida cuenta de la buena dotación de personal y recursos y la sofisticada organización, no es probable que un sistema así se mantuviese sólo con el objeto de interrogar a sospechosos de bajo nivel.


Durante el procedimiento de admisión, por ejemplo, se fotografiaba al detenido desnudo desde todos los ángulos, se tomaban sus huellas dactilares y se le examinaban los ojos con un escáner.60Después un médico lo reconocía y registraba todas las marcas y lesiones visibles en su cuerpo. Durante los primeros días, Khaled al-Maqtari permaneció en su celda, desnudo y encadenado tan cerca de la pared que apenas podía alcanzar el retrete. Había dos cámaras de video en la celda cuyas luces rojas parpadeaban cada vez que se movía y, en la pared, un altavoz cubierto por una malla metálica. El interior de las dos puertas consecutivas que daban acceso a la celda era de acero reforzado y parecía nuevo, y el retrete también era nuevo y de acero inoxidable.


Khaled al-Maqtari permaneció en esta celda cuatro meses, antes de que lo trasladaran a otra celda cercana en la que pasó un año y finalmente a una tercera, más alejada, posiblemente en un edificio adyacente, en la que pasó el resto de los 28 meses de reclusión. En la nueva prisión, el nivel de seguridad y los procedimientos eran aún más estrictos, y la comunicación entre los presos, prácticamente imposible. Aquí, como en el centro de detención anterior, los guardias vestían completamente de negro, llevaban las manos y el rostro cubiertos y se comunicaban con él mediante gestos de las manos o simplemente empujándolo en la dirección en la que deseaban que fuese.

Majid Khan, que fue detenido en el domicilio de su hermano en Karachi en marzo de 2003, ha contado que durante los más de tres años que permaneció recluido en secreto bajo custodia de la CIA fue sometido a tortura. Sus abogados, que finalmente tuvieron acceso a él en Guantánamo a finales de 2007, un año después de su traslado a la base, han presentado declaraciones ante un tribunal federal estadounidense detallando las presuntas torturas sufridas por Majid Khan y otros detenidos bajo custodia de la CIA. Esa información ha sido censurada en los archivos públicos por razones de seguridad nacional. Sus abogados han declarado lo siguiente:


“En efecto, la tortura de Khan no fue un error, ni un incidente aislado, ni siquiera el trabajo de unos irresponsables –funcionarios de la CIA o personal subcontratado por el gobierno– que operaban al margen de su autoridad o de la cadena de mando. Por el contrario, como se detalla en la declaración Dixon, Khan [censurado] individuos que fueron secuestrados, encarcelados y torturados igualmente por personal estadounidense en “lugares negros” de la CIA en todo el mundo. Las experiencias colectivas de estos hombres, sometidos a desaparición forzada por las autoridades estadounidenses y convertidos en detenidos fantasma, evidencian un programa de tortura refinado y sofisticado que opera con impunidad al margen del derecho internacional o de las legislaciones nacionales”.


Al parecer, a los interrogadores les preocupaba mantener en secreto todo lo relativo al lugar de reclusión. Con frecuencia le preguntaban a Khaled al-Maqtari cuántas celdas pensaba que había y dónde creía que se encontraba el centro de detención. En ocasiones, según ha relatado, “traían un trozo de papel y pedían que anotara cuántos presos creía que había. Yo decía que no sabía, pero no era cierto; creo que en mi sección había 15 celdas”. Las celdas se distribuían en pequeños bloques de tres y cada una de ellas tenía una doble puerta de acero que conducía a un pequeño pasillo; una puerta similar comunicaba el bloque con el pasillo exterior.61Khaled al-Maqtari también creía que en el centro de detención había otra sección; explicó que en una ocasión los guardias lo cubrieron con una manta y lo hicieron bajar unas escaleras hasta llegar a un largo corredor, donde oyó los gritos de otros detenidos. “A los que estaban allí los torturaban aún más.”


Por lo demás, las prácticas de interrogatorio se asemejaban mucho a las empleadas en Afganistán. Al principio las condiciones de reclusión fueron duras, y pasaron varios días antes de que Khaled al-Maqtari recibiera hasta las prendas más necesarias y algunos meses antes de que le diesen mantas. Poco a poco, según ha relatado, “la situación mejoró conforme iban obteniendo información de nosotros”. El segundo año le dieron libros y material para escribir, empezaron a sacarlo al exterior y comenzó a ver DVD.62En los dos últimos meses incluso disponía de una pizarra blanca en su celda con la que podía pedir que bajaran la intensidad del aire acondicionado.


Durante los interrogatorios, Khaled al-Maqtari no sufrió el tipo de abusos físicos a los que fue sometido en Abu Ghraib, aunque explicó que habitualmente lo trataban con rudeza y a empujones, especialmente los guardias. Según su relato, las primeras veces que lo interrogaron “no podía pronunciar ni una palabra. Cuando me llevaban ante ellos no dejaba de temblar. Creo que pensaban que si me torturaban más acabaría volviéndome loco. Pero me tenían allí seis horas, con el aire muy frío, hasta que me daban ataques. Esto ocurrió hasta que me vio un médico. En ocasiones aumentaban la intensidad del aire acondicionado, hasta que me dolían todos los huesos, pero si me hubieran presionado mucho más me habría vuelto loco”.



En febrero de 2008, la CIA reconoció haber sometido a “simulacros de ahogamiento” a Khalid Sheikh Mohammed, Abu Zubaydah y ‘Abd al-Rahim al-Nashiri. Este último había sido detenido en noviembre de 2002 en Emiratos Árabes Unidos, y permaneció bajo custodia secreta de la CIA hasta que lo trasladaron a Guantánamo en septiembre de 2006. En la vista celebrada ante el Tribunal de Revisión del Estatuto de Combatiente el 14 de marzo de 2007, 11 meses antes que la CIA admitiese haberlo sometido a “simulacros de ahogamiento”, ‘Abd al-Nashiri declaró que había sido torturado bajo custodia de la CIA. Mediante un traductor, afirmó: “Desde que fui detenido hace cinco años, me han estado torturando. Ocurría durante los interrogatorios. Una vez me torturaban de una forma y la siguiente vez de otra”. Entonces el presidente del Tribunal pidió aclaración, pero de la transcripción de la vista disponible públicamente se han eliminado las respuestas pertinentes de ‘Abd al-Nashiri:

Presidente: Por favor, describa los métodos que se utilizaron.

Detenido: [Censurado]. ¿Qué otra cosa deseo decir? [Censurado]. Ocurrieron muchas cosas. Me hacían tantas cosas. ¿Qué más hicieron? [Censurado]. Hacen tantas cosas. Tantas y tantas cosas. ¿Qué más hacían? [Censurado]. Después de eso empezaron a torturarme de otro modo [Censurado].”

Amnistía Internacional ha entrevistado a varios ex detenidos de “lugares negros”, y todos han hablado de años transcurridos en un aislamiento que nublaba la mente y que sólo era interrumpido por sesiones de interrogatorios que les parecía que tenían muy poco que ver con las presuntas actividades terroristas. Todas las personas a las que entrevistó la organización han sido liberadas, probablemente porque se descubrió que no suponían una amenaza para Estados Unidos, o no eran los “terroristas peligrosos” para los que, según ha insistido el general Michael Hayden, director de la CIA, fue diseñado el programa de detención secreta. Por tanto, sus interrogatorios probablemente han sido muy diferentes de los que se realizaron a los detenidos a quienes se consideraba integrantes de alto nivel de Al Qaeda. Durante los interrogatorios a los que fue sometido en el “lugar negro”, Khaled al-Maqtari tuvo que contar de nuevo su vida hasta un insoportable nivel de detalle y responder a preguntas sobre sus amistades, su familia y sus conocidos. Afirma que le mostraron miles de fotografías, incluidas muchas de detenidos en Guantánamo, y se le ordenó que proporcionase cualquier información –de primera o de segunda mano– que tuviese sobre las personas a las que reconocía. A veces le costaba concentrarse, pues se encontraba “mentalmente exhausto” e incapaz de hablar, y cuenta que los interrogadores le entregaban preguntas en una hoja de papel, para que pensase en ellas y las respondiera en su celda. Otro detenido describió este proceso como el intento de reunir las piezas de un rompecabezas antes de saber cuál sería la imagen resultante.


Los años de interrogatorio que sufrieron Khaled al-Maqtari y otros detenidos que nunca fueron acusados formalmente por las autoridades estadounidenses podrían tal vez definirse como “pesca de información general”. En efecto, el actual director de la CIA ha indicado que los métodos utilizados en el programa de detención secreta, al menos en los primeros años, estaban motivados en parte por la falta de información del gobierno estadounidense en relación con Al Qaeda. En una declaración ante el Comité de Inteligencia del Senado el 5 de febrero de 2008, por ejemplo, el general Hayden intentó justificar el uso del simulacro de ahogamiento, que admitió que se había utilizado en 2002 y 2003 como forma de obtener información de los detenidos en un momento en que se consideraba que la seguridad pública estaba amenazada, y alegando que los servicios de inteligencia “tenían un conocimiento limitado sobre Al Qaeda y su funcionamiento”.63


Sea cual sea la motivación, la detención secreta y prolongada en régimen de incomunicación, que ya en sí misma supone tortura u otros tratos crueles, inhumanos y degradantes, es ilegal. Contraviene las normas universales de derechos humanos, facilita otras formas de tortura y constituye desaparición forzada. Pone en peligro la perspectiva de un juicio justo, socava el Estado de derecho y puede alimentar un resentimiento generalizado ante tal injusticia, lo cual mina la seguridad a largo plazo, en vez de fomentarla.


Khaled al-Maqtari afirma que en repetidas ocasiones preguntó a sus interrogadores por qué se encontraba allí, y cuál había sido su delito: “Les dije: ‘Para justificarse hablan de derechos humanos y democracia, pero ¿qué les da derecho a torturar a alguien cuando no tienen nada contra él? ¿Es que alguien me ha visto matando a un estadounidense o haciendo algo parecido?’ Cuando me detuvieron, no tenía armas. Muchas veces se lo dije a los psicólogos, que me escuchaban; pero los interrogadores nunca me preguntaron sobre mi arresto”.


Khaled al-Maqtari fue sometido a muchas de las técnicas descritas como “tortura sin contacto” por el profesor Alfred McCoy, una autoridad en la historia de los métodos e interrogatorio de la CIA.64Lo sometieron a un régimen de aislamiento prolongado, privación y sobrecarga sensorial (por ejemplo, con iluminación de gran intensidad y música a gran volumen). También padeció otras torturas como posturas en tensión, privación del sueño, desnudez forzada, exposición a temperaturas extremas, encadenamiento prolongado y retirada de medicación. Según ha contado, los abusos que más le afectaron fueron los años de aislamiento interminable, la absoluta falta de control y la incertidumbre respecto a su futuro, la vigilancia constante mediante cámaras y su aislamiento del mundo exterior, especialmente la falta de contacto o de noticias sobre su familia.


Según un conjunto de expertos médicos con experiencia en asuntos relacionados con la detención de personas, entre un tercio y el 90 por ciento de las personas recluidas en régimen de aislamiento experimentan efectos psicológicos y físicos graves, que van desde el insomnio y la confusión hasta las alucinaciones y la psicosis.65 “Cuando se utiliza un elemento de presión psicológica como parte de los regímenes de aislamiento, tales prácticas se convierten en coercitivas y pueden constituir tortura.”66 La organización Physicians for Human Rights ha afirmado que “generar trauma psicológico de forma sistemática y repetitiva sirve para obtener el control sobre otra persona”, y que los métodos de control psicológico, entre ellos la privación del sueño, la reclusión en régimen de aislamiento y la humillación grave “están diseñados para provocar terror, dolor y desesperación y destruir el sentimiento de autonomía del detenido sin recurrir a la violencia física”.67


Se puede decir que las condiciones de detención que han descrito ex detenidos de “lugares negros” constituyen una forma de privación sensorial controlada, en la que varios estímulos se van añadiendo de forma gradual. Khaled al-Maqtari piensa que el trato mejoró cuando sus interrogadores se convencieron de que tenían toda la información que podían extraer de él, y otros detenidos también han coincidido en que el trato mejoró conforme se acercaba el momento de su liberación.

La privación sensorial puede causar un daño psicológico irreparable en menos de una semana.68Paradójicamente, ya que se trata de una táctica de interrogatorio, uno de los efectos de su aplicación al cabo de poco más de un día es un incremento acusado del nivel de influenciabilidad. El profesor Ian Robbins, psicólogo clínico del St. George’s Hospital de Londres que ha estudiado los efectos de la privación sensorial, ha afirmado que “las pruebas que se obtienen en esos lugares [donde se usa la privación sensorial] deben considerase poco fiables, porque después de un tiempo las personas empezarán a adoptar las opiniones de sus interrogadores”.69


Durante los 28 meses que pasó en este “lugar negro”, la mayor parte del limitado contacto que Khaled al-Maqtari tuvo con otros seres humanos fue con sus interrogadores. Todos, a excepción de uno, trabajaban con intérpretes –hombres y mujeres– que hablaban “mejor árabe” que en los centros de detención anteriores. Khaled al-Maqtari cree que la mayoría de ellos tenían el árabe como lengua materna, aunque algunos le dijeron que habían crecido en Estados Unidos. Los traductores hablaban con distintos acentos: libanés, sirio y egipcio y, según ha contado, uno de ellos intentó “animarlo” en algunas ocasiones utilizando expresiones y refranes yemeníes.


La comunicación entre los detenidos estaba estrictamente prohibida en el centro secreto de detención, y la férrea y omnipresente seguridad la hacía casi imposible en la práctica. Incluso cuando Khaled al-Maqtari intentaba escribir en la pared de su celda, normalmente las cámaras lo descubrían y entonces se le castigaba con música a un volumen extremadamente alto. Sin embargo, Khaled al-Maqtari consiguió dejar su nombre en las paredes de la segunda y de la tercera celda por las que se pasó; en la pared de la primera celda vio grabados los nombres de Muqaatil al-Madni, de Pakistán y de Khalil al-Uzbeki. Los detenidos también intentaban comunicarse entre sí escribiendo en las prendas de vestir, que les cambiaban cada semana. En varias ocasiones encontró el nombre “Marwan al-Adenni” escrito en la ropa que le daban.70


Khaled al-Maqtari conoció a varias personas que dirigían las instalaciones, entre ellas un hombre que se hacía llamar el “amir” (que significa jefe o comandante). Khaled al-Maqtari lo describe como “un americano gigante y fanfarrón enviado desde Washington”. El “amir” o su ayudante acudían a la celda en persona si había que explicar algo importante, para darle instrucciones sobre procedimientos o algún cambio en la rutina, o a veces cuando Khaled al-Maqtari había estado especialmente enfermo. El “fanfarrón” permaneció en las instalaciones hasta comienzos de 2006, cuando un nuevo “amir” se presentó a Khaled al-Maqtari. El ex detenido cree que estos “amires”estaban a cargo de su área, pero que había otra autoridad superior al mando del centro. Aproximadamente en mayo de 2006 llegó a las instalaciones otro alto funcionario, un estadounidense-libanés que no utilizaba intérprete. Khaled al-Maqtari lo había visto por primera vez en Afganistán y creía que tenía autoridad sobre el resto de los interrogadores.

Otros detenidos en el “lugar negro”


Khaled al-Maqtari cree que cuando estaba en la tercera celda, en la que permaneció la mayor parte de su último año de reclusión secreta, el preso que ocupaba la celda contigua hacia el final de su detención era Majid Khan, un ciudadano paquistaní con el que había compartido cautiverio en Afganistán. Un día, Khaled al-Maqtari recibió un libro escrito en urdu, pero luego se lo quitaron y lo entregaron al ocupante de la celda contigua. “A veces también oía la voz de Majid, porque cuando yo entonaba mis plegarias él respondía ‘al-salam alikum’ [la paz sea contigo]; en realidad no hablaba mucho [árabe], pero solía decir ‘salam’ y yo conocía su voz.” Los guardias oyeron a Khaled al-Maqtari intentando comunicarse y lo castigaron quitándole los libros y el material de escritura. “Me llevaron a la sala de interrogatorios y me dijeron: ‘Has hecho algo muy grave, y te hemos quitado estas cosas como castigo. Si vuelves a hacerlo, te pasarán otras cosas’.” Poco tiempo después, en uno de los cambios de ropa semanales, recibió una chaqueta en la que podía leerse el nombre “Majid Khan”.


Aproximadamente seis meses antes de su liberación, el “amir” comunicó a Khaled al-Maqtari que iban a permitirle reunirse con otro detenido. Podrían pasar media hora juntos y si no quebrantaban ninguna norma –la principal era que no debían hablar sobre dónde pensaban que estaban– los encuentros continuarían.


El detenido que le trajeron dijo a Khaled al-Maqtari que su nombre era Ahmed Abdel Rashid, en ocasiones conocido como Abu Ahmed. Según Khaled al-Maqtari, era originario de Somalia, aunque había vivido muchos años en Islamabad, donde había sido profesor de estudios islámicos.71 Ahmed Abdul Rashid no ha sido identificado anteriormente como uno de los detenidos de los “lugares negros” ni ha aparecido en ninguna lista de presos “desaparecidos” bajo custodia estadounidense, si bien Jarwan Jabour, un palestino que pudo haber permanecido recluido en este centro de detención entre 2004 y 2006, ha afirmado que durante 2005 dos hombres de nacionalidad somalí ocupaban las otras dos celdas de su bloque, aunque no conocía sus nombres.72 Ahmed Rashid contó a Khaled al-Maqtari que su esposa y sus tres hijos seguían en Islamabad, donde él había sido arrestado unos 16 meses antes. Permaneció dos semanas en manos de los servicios de información de Pakistán antes de que lo entregaran a la custodia estadounidense; después lo trasladaron directamente al centro secreto de detención desde Pakistán. Tan pronto como hubo mencionado esta información sobre su aprehensión y traslado, la puerta se abrió y se les ordenó que no hablaran de eso.


Deseosos de que los encuentros continuaran, Khaled al-Maqtari cuenta que hablaban sobre todo de sus respectivas infancias en Somalia y Yemen y de sus familias; también leían juntos el Corán. Como Ahmed Rashid era profesor de estudios islámicos, Khaled al-Maqtari se preparaba preguntas sobre religión para formularle durante sus reuniones semanales, aunque ocasionalmente los intérpretes le decían que la reunión se había cancelado porque “la situación no lo permite”. Durante uno de los encuentros, habían empezado a hablar de unos ruidos que los dos habían oído, cuando las puertas se abrieron de golpe y los guardias les dijeron que no debían hablar de eso. En total se reunieron unas ocho veces, en ocasiones por espacio de casi una hora.


Cuenta Khaled al-Maqtari que, hacia el final de su detención, le dieron una manta en la que leyó: “A Cuba, a Marruecos, a Rumania y a este lugar. Abu Ubeidah al-Hadrami”. Abu Ubeidah al-Hadrami es un alias de Ramzi bin al-Shibh, uno de los 14 detenidos “de alto valor” trasladados desde la custodia secreta de la CIA a la custodia del ejército en Guantánamo en septiembre de 2006, y uno de los seis detenidos al que una comisión militar juzgará por delitos punibles con la muerte conforme a la imputación realizada por las autoridades estadounidenses en febrero de 2008. De ser exacto, este escueto relato apunta a que en los cuatro años que Ramzi bin al-Shibh permaneció “desaparecido”, estuvo recluido en el centro de interrogatorios de la CIA en Guantánamo (cerrado, según los informes, en 2004),73 y que posteriormente fue entregado a Marruecos o recluido en un “lugar negro” gestionado por la CIA en ese país.La referencia a un periodo de reclusión en Rumania y luego en “este lugar” también es una incógnita. Algunos informes que confirman la existencia de centros secretos de detención en Polonia y Rumania insisten en que a finales de 2005 estaban cerrados. De ser así, entonces los internos de esos centros de detención, entre los que, según los informes, se encontraban Ramzi Bin al-Shibh y Majid Khan, pueden haber sido trasladados a las instalaciones en las que Khaled al-Maqtari permanecía recluido desde abril de 2004. También parece probable que estas instalaciones se cerrasen en septiembre de 2006 y que Khaled al-Maqtari y otros fueran devueltos a sus países de origen mientras los 14 detenidos “de alto valor” eran enviados a Guantánamo, lo que permitiría al presidente George W. Bush asegurar a la opinión pública que “los actuales traslados ponen de manifiesto que ya no hay terroristas en el programa de la CIA”.74

Cooperación y condiciones de detención


Khaled al-Maqtari creía que todas las condiciones de su reclusión, incluido el suministro de alimentos, estaban relacionadas con su comportamiento y grado de cooperación. Según ha contado, al principio la comida era tan mala y su dolor de estómago tan agudo, que a menudo no podía comer lo que le llevaban. “Enfermé en cuanto llegué allí. Nos servían el arroz apelmazado, a veces mal cocinado y duro. Más adelante, a veces comía queso en porciones con miel”. También le servían pan en rebanadas y carne enlatada, que él no probaba por temor a que contuviese cerdo.


Durante largos periodos, Khaled al-Maqtari no era capaz de retener alimentos sólidos. Adelgazó de un modo alarmante y después de unas pocas semanas en las que, según afirma, apenas ingirió nada, empezaron a suministrarle botellas de “Ensure”, una bebida sustitutiva de los alimentos. “Cada botella pesaba 350 gramos, y contenía vitaminas, hierro y magnesio, entre otras cosas. Tres veces al día, una por cada comida; las había de vainilla, chocolate y fresa.”


Con el paso del tiempo la comida fue mejorando paulatinamente, de modo que el último año de su reclusión en ocasiones le sirvieron algún plato especial, por ejemplo arroz con pasas y nueces. Khaled al-Maqtari ha contado que en una ocasión pidió comida “porque estaba harto del Ensure y me dolía el estómago, y me trajeron algo parecido a mohalabeya [especie de papilla blanca suave]”.


El menú también parecía diseñado para no ofrecer ninguna indicación sobre el lugar donde se encontraban, ya que incluía muy pocos alimentos frescos y nada manifiestamente propio de una región específica; Khaled al-Maqtari describe todo como “occidental”. La mayor parte eran alimentos embalados y fáciles de almacenar, y aunque les habían quitado las etiquetas y envoltorios, a veces era posible leer el nombre de los fabricantes. “Usaban productos de lugares muy distintos”, cuenta Khaled al-Maqtari, “barras de chocolate de Estados Unidos, zumo de Emiratos Árabes, agua de Omán, medicamentos de Lahore, mantas de México, vasos de papel de Arabia Saudí. Pero siempre diferentes. Lo hacían para confundirte, para que no supieras de qué país estabas cerca.”


Otros aspectos del trato también mejoraron durante su reclusión en el “lugar negro”. Después de unos meses le entregaron un ejemplar del Corán y un reloj para que pudiera decir sus oraciones; al principio pegaron el reloj por fuera de la puerta de la celda, y él podía verlo a través de la mirilla, pero pocos meses después le permitieron tenerlo dentro de la celda. Los guardias le dijeron que el reloj marcaba la hora de La Meca. Más adelante, en ocasiones le ponían lecturas coránicas a través del altavoz de la celda y hacia el final de su estancia le proporcionaron una miniconsola electrónica con un juego de fútbol.

Al cabo de aproximadamente un año, Khaled al-Maqtari fue autorizado a utilizar una sala de ejercicios una vez por semana, durante unos 30 minutos. El lugar, próximo a una de las salas de interrogatorio, era un espacio grande, de unos 20 metros cuadrados y en él solía haber un balón de baloncesto y una bicicleta estática. Una red dividía la habitación y el detenido debía permanecer en uno de los lados mientras se ejercitaba. Los guardias le quitaban las cadenas y grilletes pero permanecían al otro lado de la red.


Al final de su detención por fin le permitieron ver el cielo. Lo llevaron al exterior, a un estrecho patio, desde donde se oían aviones y bocinas de vehículos y, lo que era más importante para él, donde podía ver el sol. “Hacía casi calor –cuenta–, pero no demasiado. La temperatura era suave. Me sentí tan feliz que me tendí en el suelo para que el sol me calentara todo el cuerpo”. Sin embargo, la siguiente vez que lo sacaron descubrió que el patio había sido cubierto con una red. “Estaba enfermo y necesitaba el sol. Les grité: ‘Ustedes no quieren que mejore. ¿Por qué lo han cubierto?’. Primero me contestaron que no podían decirlo, pero más tarde uno de ellos me explicó: ‘Se ha cubierto para que no veas ni oigas nada de lo que ocurre en los alrededores’.”

Atención médica


Khaled al-Maqtari siguió padeciendo problemas de salud durante los 28 meses que pasó en este lugar de detención. Según él, cuando lo arrestaron gozaba de una salud excelente y atribuye sus dolencias a los efectos físicos de la tortura que sufrió en Abu Ghraib y en los otros lugares de detención, así como al efecto psicológico de la desaparición forzada y del aislamiento. En el centro secreto de detención vio al menos a cinco médicos u otros profesionales de la salud y a un dentista,75así como a media docena de psicólogos.


Creo que fue allí donde estuve peor. Tenía muchos problemas de salud y me vieron muchos médicos. Yo les preguntaba, pero ellos no me decían qué es lo que tenía”. Durante sus entrevistas con Amnistía Internacional, Khaled al-Maqtari tosía continuamente expulsando mucosidad y sangre. Según dijo, esos problemas habían empezado cuando estaba detenido en secreto. “No podía dejar de escupir y toser todo el rato. Les pregunté [a los médicos] cuál era la causa. Uno me dijo: ‘Puede ser por el tiempo y porque estás solo en la habitación’; otro: ‘Puede ser por el lugar en el que has dejado el cepillo de dientes”, y otro: ‘Es una descarga de la nariz’. Cada uno decía una cosa distinta, y no pudieron encontrar un tratamiento para estas enfermedades.”76


Khaled al-Maqtari dice que normalmente le daban cuatro o cinco medicamentos distintos al día, y que necesitaba ver a un médico al menos una o dos veces por semana. Padecía ataques, accesos de pánico, episodios de histeria, dolores de estómago, vomitaba sangre, tenía hemorragias intestinales o de la vía urinaria, dolores en espalda y rodillas y piedras en el riñón. En la actualidad todavía respira con dificultad y afirma que no puede sostenerse sobre uno de sus pies. “Parte de las lesiones se deben a las palizas […] pero creo que lo peor fue cuando me colgaron. Me ha examinado un especialista aquí y me ha dicho que un trozo [de hueso] se rompió en el hombro y otro en el costado. A raíz de ello siempre me dolía todo el cuerpo y no me podía girar de un lado a otro. Creo que es por haber estado suspendido, era muy doloroso. No podía soportarlo.”


Más tarde, durante su segundo año de reclusión en el “lugar negro”, le proporcionaron una pizarra blanca y un rotulador y le enseñaron un código. Si necesitaba un médico urgentemente, debía escribir la letra “E” en la pizarra; si no era urgente o si deseaba que acudiesen psicólogos o interrogadores, empleaba otros códigos. La pizarra estaba sujeta a la pared, dentro del perímetro cubierto por las cámaras, de manera que los guardias podían ver lo que había escrito a través del circuito cerrado de video.


Antes de que le dieran la pizarra, él gritaba hasta que alguien acudía a sus llamadas. “Sólo sabía decir unas pocas palabras en inglés –afirma–, así que me señalaba y miraba a la cámara mientras gritaba ‘enfermo, enfermo’”. En ocasiones le decían que el médico no estaba “en el edificio” pero que lo llamarían, y eso le hacía pensar que las instalaciones se componían de al menos dos edificios. También tenía la impresión de que siempre había un médico de guardia o localizable. Con arreglo a las directrices federales estadounidenses para el cuidado de los presos, se considera aceptable una ratio de presos por médico de 500:1, lo que indica una vez más que la dotación de personal y equipo de este lugar de detención en concreto era inusualmente buena.77


Khaled al-Maqtari cuenta que había cinco médicos u otro tipo de profesionales de la salud en el centro de detención en distintos momentos, aunque a uno de ellos lo vio con mayor frecuencia que a los demás. Lo ha descrito como un hombre de unos 60 años de edad, de rostro redondeado y barba blanca, que llevaba un pesado anillo de oro. Otro de los médicos era de pequeña estatura, no tenía ni barba ni bigote y su cabello era negro, “en torno a los 45 años, llevaba siempre una camiseta ajustada y una bolsa de viaje”. Ninguno de los médicos se identificó y tampoco solían fomentar la conversación, pero en una ocasión uno de ellos, mientras intentaba tranquilizarlo para ponerle un gotero, le habló brevemente sobre su formación médica, diciéndole que había estudiado 13 años en Estados Unidos. Khaled al-Maqtari cree que el resto del personal médico también procedía de Estados Unidos.


Khaled al-Maqtari ha hablado también de otros cuatro hombres y una mujer, todos ellos estadounidenses, a quienes identifica como psicólogos. Al parecer, la mujer intentó darle ánimos algunas veces. En una ocasión, Khaled al-Maqtari le preguntó qué edad tenía, y ella le respondió que tenía 34 años. Después añadió que no debería habérselo dicho porque no le estaba permitido facilitar ninguna información personal.


En opinión de Khaled al-Maqtari, los psicólogos no le eran de mucha utilidad. “Yo estaba siempre gritando, llorando, ensimismado y aturdido”, dice. Le dieron medicación, según él tranquilizantes, “para los ataques y los gritos”. Los psicólogos trataron de ayudarlo diciéndole que su desasosiego psíquico se debía a la detención y al aislamiento, y le sugirieron que “lo aceptara y olvidase”.


“Siempre me aconsejaban que no pensase –continúa diciendo–. Algunos decían que quizás estaba enfermo porque llevaba cuatro meses sujeto por una cadena de un metro, y sólo me movía para ir al aseo. Lo que me enfurecía todavía más es que me decían: ‘Debes correr’. ¿Cómo iba a correr si estaba encadenado? Les pedí que me quitaran la cadena […] Me sentía mejor cuando intentaba romper la vajilla o golpeaba las puertas metálicas, o sea, cuando hacía algo.”


Khaled al-Maqtari ha contado que lo vigilaban constantemente a través de las cámaras instaladas en su celda y que pensaban que podía suicidarse. En varias ocasiones en las que vomitó sangre, los guardias irrumpieron en su celda y lo encadenaron a la pared: “Quizás pensaban que yo me estaba haciendo algo para provocarlo”.

Traslado para recibir tratamiento médico


Debido al dolor de estómago y a las hemorragias, Khaled al-Maqtari casi no podía ingerir alimentos sólidos y seguía sin responder a la medicación. A principios de agosto de 2006, lo trasladaron en avión desde el centro secreto de detención a un establecimiento hospitalario distante, donde se le practicó una endoscopia, según le informaron.


Poco puede decir Khaled al-Maqtari sobre el lugar al que fue conducido para recibir tratamiento médico, pero probablemente se encontraba bastante lejos del “lugar negro”. Al-Maqtari hizo un primer trayecto en avión de unas cinco o seis horas de duración y luego lo transfirieron a un segundo avión, que realizó un vuelo de unas ocho horas antes de aterrizar. Le pareció que, sobre todo el segundo avión, era “moderno”, en lugar de un avión de carga, y que los asientos habrían resultado cómodos de no haber sido porque lo habían atado tan fuerte que no podía moverse.


En los dos trayectos viajó con él otro detenido que no dejaba de toser, quizás debido a un problema de salud, aunque Khaled al-Maqtari creía que también estaba intentando hacer evidente su presencia. Khaled al-Maqtari comenzó a recitar versos del Corán y el otro respondió antes de que les ordenaran guardar silencio. Khaled al-Maqtari cree que, por su acento, el otro detenido probablemente era originario de Arabia Saudí.


El vuelo fue tan largo, que Khaled al-Maqtari pensó que incluso podían haberlo llevado a Estados Unidos para recibir tratamiento. Cuando se quejó y preguntó por qué no lo habían conducido a algún sitio más cercano, uno de los intérpretes le dijo: “No creas que es tan fácil llevarte a un hospital; los hospitales están lejos y tú necesitas uno muy especial”.


Sus captores no corrieron ningún riesgo en materia de seguridad. El área a la que fueron traslados los detenidos había sido vaciada antes de que aterrizaran o era una sección en desuso de alguna clase de dependencia médica. El avión llegó de noche y los dos hombres subieron a un autobús que los llevó directamente al hospital, a unos 30 minutos de distancia. Durante todo el tiempo, Khaled al-Maqtari seguía con los ojos vendados, pero percibió que el aire y el suelo del hospital estaban muy fríos y que reinaba un silencio total. No se oían ruidos de otros pacientes, personal o aparatos. “Sólo oía las cadenas de la persona que tenía a mi lado, el que estaba conmigo y tosía. Allí no había nadie más.”


Primero se llevaron al otro detenido y Khaled al-Maqtari esperó unos 45 minutos hasta que un intérprete de acento libanés que había viajado con ellos desde el centro secreto de detención lo hizo entrar en la sala de tratamientos. Durante la hora que duró el procedimiento no se le administró ningún sedante o anestesia –lo que habría sido la práctica médica habitual–, con lo que el examen le resultó “muy doloroso”. El intérprete le habló durante todo el tiempo para calmarlo, diciéndole que lo estaba haciendo bien y que fuese paciente. No hubo un periodo de recuperación; tan pronto como terminaron, los dos detenidos fueron conducidos directamente de vuelta al avión.


En el viaje de regreso también cambiaron de avión. Khaled al-Maqtari tuvo la impresión de que esperaban a que el avión que volvía al “lugar negro” fuese cargado con alimentos u otros productos. Uno de los interrogadores le había dicho que “es difícil traer alimentos diariamente a este lugar; traemos víveres y los almacenamos y cuando se terminan pedimos más”.


Khaled al-Maqtari afirma que nunca le comunicaron los resultados de las pruebas y que jamás encontraron un régimen de medicación que le aliviase el dolor y otros síntomas que padecía. Al final, pensaba que sus problemas de salud habían sido “un regalo de Dios […] para asustarlos y obligarlos a devolverme, porque el tratamiento que me pusieron no funcionaba, porque me encontraba muy enfermo y me estaba volviendo loco. Ya no les interesaba retenerme porque tenían toda la información que les podía proporcionar”. Unas tres semanas después de la visita hospitalaria lo sacaron del centro secreto de detención y lo devolvieron a Yemen.

Traslado a Yemen


Khaled al-Maqtari ha contado que durante los primeros meses de 2006 sus captores le habían dicho que no se quedaría con ellos mucho tiempo y que lo iban a trasladar a otro lugar. Aunque estaba resignado a que lo llevaran a otro lugar secreto de detención, casi todos los días les preguntaba cuándo lo trasladarían y a dónde. No recibió respuesta hasta la mañana del 31 de agosto o del 1 de septiembre de 2006, según sus cálculos, cuando un interrogador acudió a su celda a las diez para decirle que esa tarde sería trasladado a “otro lugar”. “Yo le pregunté si era a un sitio mejor –relata Khaled al-Magtari–, y me respondió que ‘casi’. También le pregunté si podía llevarme los libros o si habría libros allí. Tenía miedo de que me llevaran a un sitio peor. Él me trajo una bolsa de plástico y me dejó que metiese algunos bastoncillos [utilizados para la limpieza dental], el Corán, mi gorro de oraciones y unas cuentas de fruto de rosa que conservaba”.


El interrogador regresó acompañado de unos guardias bien entrada la tarde y le dieron ropa limpia para que se la pusiera. Por primera vez le proporcionaron calzado para el traslado. Khaled al-Maqtari ha descrito que eran zapatos de algodón blanco, de estilo “egipcio” aunque fabricados en Alemania.78 Comenzó a creer que lo devolverían a Yemen, porque antes de marcharse, uno de los interrogadores le dijo: “Ahora puedes empezar tu vida de nuevo”.


Encapuchado, lo trasladaron en la parte trasera de un camión o autobús pequeño a lo que ha escrito como un “contenedor”, donde esperaron unos 45 minutos a que llegase el avión. Durante la espera pudo oír ruido de “aeropuerto”. Oyó un avión aterrizando y aproximándose. Entonces tres hombres entraron en el contenedor, lo desnudaron, le tomaron fotografías y las huellas dactilares y le hicieron un escáner de retina. Después lo vistieron con la misma ropa y zapatos, le vendaron los ojos, lo encapucharon y lo llevaron en automóvil al avión que esperaba. El aparato era pequeño porque Khaled al-Maqtari sólo tuvo que subir unos cuatro escalones y cuando llegó arriba le hicieron agachar la cabeza. El vuelo fue directo y, según ha contado, duró unas seis horas.


En Yemen, en un principio permaneció 16 días recluido en la prisión de Seguridad Política de Saná y luego lo trasladaron a una cárcel en Hodeidah. Las autoridades yemeníes le aseguraban que lo liberarían, pero que “tenía que ser paciente”. Finalmente quedó en libertad en mayo de 2007, junto a otros detenidos, coincidiendo con las fiestas conmemorativas de la unificación de Yemen del Norte y del Sur.


El coste humano de las entregas y la detención secreta se pasa por alto con demasiada frecuencia. Amnistía Internacional habló por primera vez con Khaled al-Maqtari varias semanas después de su liberación, pero en aquel momento su estado anímico no le permitía realizar una entrevista exhaustiva. Le llevó varios meses recuperarse lo suficiente para poder hablar de sus experiencias. Como ya se ha dicho, su estado físico sigue siendo delicado, y no puede permitirse pagar atención médica. En Yemen no hay atención médica ni psicológica especializada para víctimas de tortura, y Khaled al-Maqtari tiene miedo a viajar a países en los que sí podría recibir tal tratamiento. En la actualidad sobrevive en gran medida gracias a la generosidad de su familia, pero dice que el esfuerzo para sus familiares es insostenible. Aunque pudiera trabajar, añade, nadie lo contrataría, porque aunque no se le ha acusado de ningún delito relacionado con el terrorismo, sigue sufriendo el estigma de haber sido detenido por las autoridades estadounidenses. En una situación económica desesperada, sospechoso a los ojos de cualquier posible empleador, vigilado por los servicios de información y seguridad, e incapaz de obtener tratamiento para las secuelas físicas y psíquicas del trato que recibió bajo custodia estadounidense, teme que nunca podrá llevar de nuevo una vida normal.


Epílogo: El futuro del programa de detención secreta de la CIA


El 20 de julio de 2007, el presidente Bush dictó una orden ejecutiva mediante la que autorizaba la continuación del programa de detención secreta e interrogatorio, conocido como “Programa de detenidos terroristas de alto valor”.79 En la orden, el presidente afirmaba que el programa de la CIA “está en plena consonancia con las obligaciones contraídas por Estados Unidos en virtud del artículo 3 común [a los cuatro Convenios de Ginebra]”, siempre y cuando “las condiciones de reclusión y las prácticas de interrogatorio del programa” se mantengan dentro de los límites establecidos en la orden ejecutiva. Las autoridades estadounidenses, incluido el presidente, han insistido reiteradamente en que el programa de la CIA y las técnicas que en él se utilizan han sido considerados conformes con la ley por abogados del gobierno. En ese caso, es claro que Estados Unidos está interpretando las obligaciones que le incumben en virtud del derecho internacional de un modo que las deja sin sentido y perpetúa la ausencia de rendición de cuentas por un programa en el que se han cometido torturas y desaparición forzada, dos delitos de derecho internacional.


El artículo 3 común a los Convenios de Ginebra refleja el derecho internacional consuetudinario aplicable en los conflictos armados. Al igual que el derecho internacional de los derechos humanos, de aplicación en todo momento, el derecho internacional consuetudinario exige juicios justos y prohíbe, entre otras cosas, la tortura y los tratos crueles. El artículo 3 común también prohíbe de forma explícita los “atentados contra la dignidad personal, especialmente los tratos humillantes y degradantes”. Para las personas recluidas por la CIA que no fueron aprehendidas en el contexto de un conflicto armado, el derecho internacional de los derechos humanos, no el artículo 3 común, proporciona el marco jurídico internacional apropiado que gobierna el trato que han de recibir. Tratados como el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (PIDCP) y la Convención contra la Tortura, en los que Estados Unidos es Estado Parte, prohíben de igual modo la tortura y otros tratos crueles, inhumanos o degradantes.


En el marco del programa, sin embargo, la CIA ha recluido a personas en régimen de incomunicación total en lugares secretos, a menudo durante años y años, negándoles el acceso a abogados, tribunales, familiares, agencias internacionales encargadas de la vigilancia de los derechos humanos y al CICR. La orden ejecutiva, por lo tanto, autoriza y refrenda la detención secreta en régimen de incomunicación, una práctica que viola el derecho internacional, y que constituye en sí misma tortura u otro trato cruel, inhumano o degradante. Ex detenidos han contado que, entre otros tratos, los recluyeron en régimen de aislamiento por periodos prolongados, les dieron palizas, los colgaron utilizando cadenas, los privaron del sueño, los obligaron a desnudarse, los expusieron a temperaturas extremas, les colocaron grilletes en las piernas durante periodos prolongados y les retiraron la medicación. Las detenciones secretas practicadas por la CIA hasta el momento constituyen también desaparición forzada que, como la tortura, es un delito en virtud del derecho internacional.


En contraposición a la prohibición absoluta de la tortura y otros malos tratos que establece el derecho internacional, la orden ejecutiva interpreta la legislación estadounidense y el derecho internacional de un modo que facilita una escalada de ilegalidad en relación con la tortura y otros malos tratos a detenidos considerados por la CIA como fuentes potenciales de información “de alto valor”. Además, contiene lagunas jurídicas que pueden permitir que se inflijan otros malos tratos a detenidos en el marco del programa de la CIA, incluidos tratos humillantes y degradantes. No prohíbe el uso de las “técnicas de interrogatorio mejoradas” aplicadas a Khaled al-Maqtari. Parece impedir la rendición de cuentas por los abusos ya cometidos en el marco del programa por personas entre las que se encuentran funcionarios y agentes que han autorizado, refrendado o llevado a cabo desapariciones forzadas, secuestros, detenciones secretas y tortura u otros malos tratos.

La desaparición forzada y la detención secreta constituyen violaciones del derecho internacional


La detención secreta constituye en sí misma una violación del derecho internacional humanitario y de los derechos humanos, como establecen algunos tratados que son vinculantes para Estados Unidos. Su práctica contraviene la prohibición de la detención arbitraria y la prohibición de la tortura y los tratos crueles, inhumanos o degradantes.80Su uso específico por Estados Unidos ha sido condenado por dos órganos de vigilancia de los tratados, el Comité de Derechos Humanos de la ONU y el Comité de la ONU contra la Tortura.


El primero ha dicho:


El Estado Parte debería poner fin inmediatamente a su práctica de la detención secreta y cerrar todos los centros de detención secretos [...] El Estado Parte debería también garantizar que los detenidos, independientemente del lugar de detención, gocen siempre de la plena protección de la ley.81

En la misma línea, el Comité contra la Tortura afirmó:

El Estado Parte ha de velar por que nadie sea internado en centros de detención secretos que estén bajo su efectivo control de facto. La reclusión en tales circunstancias en sí es una violación de la Convención […] Debe condenar públicamente cualquier política de detención en secreto.82


Al confirmar la existencia del programa de detención secreta e interrogatorio en septiembre de 2006, y al apoyar su continuación, el presidente estaba admitiendo haber autorizado las desapariciones forzadas, que numerosos instrumentos internacionales reconocen como delito en virtud del derecho internacional.83


El 6 de febrero de 2007 se abrió a la firma la Convención Internacional para la Protección de Todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas, que la Asamblea General de la ONU adoptó por consenso en diciembre de 2006. El preámbulo de este tratado reitera la “extrema gravedad de la desaparición forzada, que constituye un crimen y, en determinadas circunstancias definidas por el derecho internacional, un crimen de lesa humanidad”. El 6 de febrero, 57 países, entre los que no se encontraba Estados Unidos, firmaron la Convención. Este instrumento define la desaparición forzada como:


[…] el arresto, la detención, el secuestro o cualquier otra forma de privación de libertad que sean obra de agentes del Estado o por personas o grupos de personas que actúan con la autorización, el apoyo o la aquiescencia del Estado, seguida de la negativa a reconocer dicha privación de libertad o del ocultamiento de la suerte o el paradero de la persona desaparecida, sustrayéndola a la protección de la ley.


En el marco del programa de detención secreta de la CIA, hay personas que permanecieron recluidas hasta cuatro años y medio antes de que el presidente Bush confirmase la existencia del programa en septiembre de 2006. Previamente, el hecho de que no se esclareciese la suerte o el paradero de los detenidos, sustrayéndolos de la protección de la ley durante un periodo prolongado, los situó de lleno dentro de los límites de la definición de desaparición forzada. A principios de septiembre de 2006, 14 de los detenidos en el marco del programa fueron identificados y trasladados a Guantánamo, y en abril de 2007 se les unió otro detenido. Amnistía Internacional sabe de al menos otros 10 detenidos en el marco del programa que han sido liberados, después de haber permanecido “desaparecidos” durante periodos de hasta tres años. Por otro lado, sigue sin conocerse la suerte y el paradero de unas 36 personas sobre las que existen indicios de que han sido recluidas en el marco del programa de la CIA.84

La detención secreta facilita la tortura y otros malos tratos, además de constituir en sí misma malos tratos. Tal como ha declarado recientemente el Grupo de Trabajo de la ONU sobre la Detención Arbitraria criticando con dureza el programa de la CIA, ese tipo de detención:


[…] queda al margen de todos los regímenes jurídicos nacionales e internacionales relativos a las salvaguardas contra la detención arbitraria. Además, el secretismo que envuelve la detención y el traslado entre Estados de presuntos terroristas puede exponer a las personas afectadas a tortura, desaparición forzada, homicidio extrajudicial y, en el caso que se les siga juicio en contra, falta de garantías de juicio justo.85


Se supone que el programa de detención secreta de la CIA, en el que se emplean procedimientos de interrogatorio “alternativos”, no debe incluir a nadie que no parezca disponer de información de alto valor. Según la orden ejecutiva del presidente Bush del 20 de julio de 2007, para que una persona detenida pueda ser incluida en el programa, el director de la CIA debe establecer que dicha persona “probablemente dispone de información que podría ayudar a detectar, mitigar o evitar atentados terroristas” o “podría ayudar a localizar a la cúpula de Al Qaeda, los talibanes o sus fuerzas aliadas”.


Nada se dice de cómo se supone que ha de determinar el director de la CIA a quién se tiene que mantener recluido bajo custodia secreta. Por ejemplo ¿se utilizará la información obtenida de un detenido mediante tortura u otros malos tratos como base para incluir a otro detenido en el programa de la CIA?86En una declaración sobre la orden ejecutiva del presidente Bush y el programa de detención secreta, el director de la CIA, general Hayden, afirmó que “se ha colocado en el programa a menos de 100 terroristas recalcitrantes, y sólo en una fracción de estos casos –menos de un tercio– se han utilizado en alguna ocasión algún tipo de medidas de interrogatorio mejoradas”.87 Por qué Estados Unidos ha dejado en libertad sin cargos a tantos “terroristas recalcitrantes” sigue siendo objeto de discusión, mientras que la afirmación de que “menos de un tercio” de los detenidos por la CIA han sido sometidos a técnicas que constituyen trato cruel, inhumano o degradante suena poco convincente a la luz de las afirmaciones de Khaled al-Maqtari y de otros ex detenidos de “lugares negros” sobre el trato que sufrieron.

La orden ejecutiva está redactada de tal modo que puede tener un ámbito de aplicación más amplio de lo que sugiere el general Hayden. Según la orden, un detenido del programa de la CIA debe ser un ciudadano extranjero que el director de la CIA haya identificado como “integrante, parte o partidario de Al Qaeda, los talibanes o sus organizaciones aliadas” y “que probablemente dispone de información” que “podría ayudar a detectar, mitigar o evitar atentados terroristas” o “podría ayudar a localizar a la cúpula de Al Qaeda, los talibanes o sus fuerzas aliadas”. Estas disposiciones podrían, quizás, implicar por ejemplo a familiares de personas buscadas por Estados Unidos si el director de la CIA considera que “apoyan” a una de las organizaciones o “fuerzas aliadas” mencionadas y que tienen conocimiento del paradero de la persona buscada. En septiembre de 2002, por ejemplo, según informes, las fuerzas de seguridad paquistaníes detuvieron a Yusuf y Abed al-Khalid, de nueve y siete años de edad respectivamente, aunque la persona a quien buscaban era su padre, Khalid Sheikh Mohammed. Al parecer, un informe de prensa confirmó que en marzo de 2003 se encontraban en poder de la CIA. Al parecer, un funcionario estadounidense declaró:

Los tratamos con sumo cuidado. Después de todo, no son más que niños pequeños [...] pero necesitamos averiguar todo lo que nos sea posible sobre las actividades recientes de su padre. Disponemos de psicólogos infantiles en todo momento y los niños reciben un trato esmerado.88

Impunidad



La orden ejecutiva permite a la CIA continuar recluyendo a personas en secreto, lo que equivale a seguir perpetrando desapariciones forzadas, y ofrece escasa o nula protección contra otras violaciones de derechos humanos que se derivan de la detención en régimen de incomunicación. Además, refuerza la falta de rendición de cuentas que persiste en relación con abusos cometidos en el pasado y pretende perpetuar esta situación. El gobierno estadounidense, en lugar de cumplir con su obligación de investigar las denuncias dignas de crédito de desaparición forzada, incluido el caso de Khaled al-Maqtari, ha querido distorsionar las normas o simplemente ignorarlas. El secretismo obsesivo que rodea la operación del “programa de detenidos terroristas de alto valor” de la CIA lo hace inmune al escrutinio por parte de instancias políticas o judiciales, garantizando la persistencia de la impunidad de las violaciones de derechos humanos que se derivan de él.

El historial no es mejor en lo que se refiere a la rendición de cuentas por tortura. Hasta la fecha y hasta donde Amnistía Internacional puede tener certeza, ningún agente de la CIA ha sido llevado ante la justicia en relación con actos de tortura u otros malos tratos, a pesar de los informes que indican la comisión reiterada de tales abusos y de que algunos miembros del personal estuvieron implicados presuntamente en varias muertes bajo custodia en Irak y Afganistán.89El gobierno ha optado por ignorar sus obligaciones simplemente fingiendo que no existen. El presidente puede afirmar cuantas veces desee que el programa de detención secreta cumple con las obligaciones contraídas por Estados Unidos, incluido el artículo 3 común a los Convenios de Ginebra, pero la realidad es que no lo cumple.



Aunque la investigación militar sobre las actividades de inteligencia en Abu Ghraib llegó a la conclusión de que “las prácticas de detención e interrogatorio de la CIA contribuyeron a una disminución de la rendición de cuentas y a la comisión de abusos” en la cárcel,90ni ésta ni otras investigaciones llevadas a cabo por organismos ajenos a la Oficina del inspector general de la CIA han tenido el alcance suficiente para examinar el programa de detención secreta de la agencia.91La Oficina del director nacional de inteligencia ha declarado que el programa de la CIA “ha sido investigado y auditado por la Oficina del inspector general de la CIA, a la que se le ha dado pleno acceso a todos los aspectos del programa”.92No se han hecho públicos los datos ni las conclusiones de ninguna de estas investigaciones. Las normas internacionales requieren que las investigaciones de tortura y otros tratos crueles, inhumanos o degradantes se realicen con prontitud y eficacia, que las lleven a cabo investigadores independientes, competentes e imparciales y que sus conclusiones se hagan públicas.93



En su declaración de marzo de 2005 en la que afirma que sus agentes “no torturan” (mientras permanece en silencio al respecto de su implicación en tratos crueles, inhumanos o degradantes), la CIA señaló: “Las políticas de interrogatorio de la CIA siempre han seguido la orientación jurídica del Departamento de Justicia. Si una persona viola esa política, se le hará rendir cuentas”.94La ausencia de procesamientos de personal de la CIA indica que la política sigue sin ajustarse al derecho internacional y que va de la mano de una política de impunidad.

Recomendaciones


Amnistía Internacional insta al gobierno estadounidense a:


  1. Poner fin de inmediato a todas y cada una de las detenciones secretas, en régimen de incomunicación y no reconocidas y garantizar que todos los órganos del gobierno aplican una política estricta de registro y reconocimiento de toda detención;


  1. Hacer públicos la identidad, suerte y paradero de todas las personas que Estados Unidos ha detenido en el contexto de la “guerra contra el terror”, aunque hayan sido liberadas, trasladadas a la custodia de otro Estado o hayan fallecido;


  1. Garantizar el acceso inmediato a todas las personas que en la actualidad están sometidas a detención secreta o lo estuvieron en el pasado, de representantes del Comité Internacional de la Cruz Roja, ya sea que el detenido se halle bajo custodia directa de Estados Unidos o bajo custodia de otro gobierno al cual los agentes estadounidenses tienen acceso;


  1. Acusar a los detenidos de delitos comunes reconocibles y llevarlos a juicio dentro de un plazo razonable ante tribunales independientes y que observen escrupulosamente las normas internacionales que rigen los juicios justos o, de lo contrario, ponerlos en libertad; no deberá recurrirse a la pena de muerte;


  1. Permitir a los detenidos el acceso a representación letrada y la comunicación con sus familiares;


  1. Anular todas las peticiones o exigencias hechas a gobiernos extranjeros para que continúen manteniendo recluidas a personas transferidas a ellos tras haber estado bajo custodia estadounidense, incluida la custodia en el marco del programa de la CIA;


  1. Garantizar que se investiguen de forma exhaustiva, independiente y transparente todas las denuncias de desaparición forzada, tortura y otros malos tratos cometidos en el contexto del programa de la CIA, y que toda persona responsable de dichas violaciones de derechos humanos sea llevada ante la justicia;


  1. Prohibir explícitamente toda técnica de interrogatorio que viole la prohibición internacional de infligir tortura y otros tratos crueles, inhumanos o degradantes y dejar claramente establecido que toda persona responsable del uso de dichas técnicas o de ordenar su uso será procesada;


  1. Desclasificar todos los documentos del gobierno que contengan autorización, habilitación legal o análisis de la detención secreta, entrega extraordinaria o técnicas de interrogatorio mejoradas de la CIA u otros órganos;


  1. Garantizar que a todas las personas que han sido sometidas a desaparición forzada, detención secreta, tortura u otros tratos crueles, inhumanos o degradantes se les proporcione acceso a un recurso efectivo, incluida indemnización;

  2. Garantizar que las denuncias de Kahled al-Maqtari de tortura y otros tratos crueles, inhumanos o degradantes a manos de personal estadounidense, incluidos miembros de las fuerzas armadas y de la CIA, son objeto sin demora de una investigación civil, imparcial, independiente y exhaustiva de acuerdo con el derecho y las normas internacionales relativas a las investigaciones sobre violaciones de derechos humanos;


  1. En vista de los indicios que existen de que Khaled al-Maqtari fue sometido a desaparición forzada, las autoridades estadounidenses deben ordenar que una autoridad estatal competente e independiente lleve a cabo investigaciones prontas, exhaustivas e imparciales sobre las denuncias, tal y como se establece en el artículo 12 de la Convención Internacional para la Protección de Todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas y en el artículo 13 de la Declaración de la ONU sobre la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas;


  1. Garantizar que Khaled al-Maqtari recibe una reparación adecuada que incluya restitución, indemnización y rehabilitación. Las autoridades también deben hacer pública toda la verdad, reconocer públicamente los hechos y asumir su responsabilidad.



Amnistía Internacional insta al Congreso de Estados Unidos a:


  1. Celebrar vistas relativas al establecimiento y operación del programa secreto de detención de la CIA, incluido el examen del proceso de decisión por el cual se sometía a los detenidos al programa y de su interrogatorio y trato, y establecer la identidad, la suerte y el paradero de toda persona que haya estado o esté sometida a detención secreta;


  1. Adoptar legislación que tipifique como delito común la violación de derechos humanos de desaparición forzada, tal como está definida en el derecho internacional, y que prevea penas proporcionales a su gravedad;


  1. Adoptar legislación que disponga la eliminación del programa de detención secreta de la CIA y garantice que no se pueda establecer un programa similar en el futuro;


  1. Garantizar que ningún órgano del gobierno lleve a cabo más desapariciones forzadas y que se clausuren todos los centros secretos de detención bajo control estadounidense;


  1. Aprobar legislación que garantice que ningún agente estadounidense o persona que actúe en su nombre puedan utilizar contra persona alguna, dondequiera que esté recluida, ninguna técnica de interrogatorio ni condiciones de reclusión que violen el derecho internacional;


  1. Establecer controles suficientes sobre la CIA y otras agencias de inteligencia estadounidenses, que garanticen que ninguna de sus actividades se lleve a cabo en violación del derecho estadounidense o internacional y que las disposiciones de la categoría “secreto de Estado” no puedan utilizarse para ocultar actividades ilegales e impedir el escrutinio del Congreso.




Amnistía Internacional insta a todos los demás gobiernos a:


  1. Poner fin a toda cooperación o facilitación de cualquier tipo relacionadas con la detención secreta y revelar la información sobre dichas operaciones que obre en su poder, incluida información sobre operaciones pasadas;


  1. Desistir de entregar a una persona a la custodia de Estados Unidos cuando haya razones sustanciales para creer que correrá peligro de que la sometan a detención secreta o a desaparición forzada, tortura u otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes;


  1. Garantizar que toda persona transferida de la custodia estadounidense sea recluida en un lugar de detención reconocido, que su familia sea informada de ello y autorizada a visitarla y a tener otras comunicaciones con ella y que todo detenido en tales condiciones tenga acceso a representantes del Comité Internacional de la Cruz Roja y a asesoramiento letrado y sea puesto en libertad con prontitud, a menos que sea acusado de un delito común reconocible y que un tribunal haya determinado que debe ser mantenido bajo custodia.



1 Véase infra y Amnistía Internacional, Estados Unidos de América: Ley y desorden ejecutivo. El presidente da vía libre al programa de detención secreta, Índice AI AMR 51/135/2007, agosto de 2007, http://www.amnesty.org/es/library/info/AMR51/135/2007/es.

2 USA: Impunity and injustice in the ‘war on terror’, Índice AI: AMR 51/012/2008, 12 de febrero de 2008, http://www.amnesty.org/en/library/info/AMR51/012/2008.

3 Dana Priest, “CIA Holds Terror Suspects in Secret Prisons”, The Washington Post, 2 de noviembre de 2005.

4 La “sección dura” de Abu Ghraib era un pabellón de celdas situado dentro de la prisión, donde estaban recluidos los detenidos que se consideraba poseían información de alto valor (en su mayoría, el resto de detenidos de Abu Ghraib estaban recluidos en tiendas). Las fotografías de los abusos cometidos contra detenidos en Abu Ghraib se tomaron dentro de la “sección dura”.

5Las esposas estaban tan apretadas que no podían cortarse fácilmente con una tijera, sino que el elemento cortante rozaba los surcos que las esposas habían horadado en las muñecas. En un informe que se filtró en 2004 sobre violaciones de los Convenios de Ginebra cometidas por las fuerzas estadounidenses en Irak, el CICR exponía, entre otras muchas formas de malos tratos, el “uso de esposas de plástico que en ocasiones se apretaban tanto y permanecían tanto tiempo en las muñecas de los detenidos que causaban lesiones en la piel y, a largo plazo, dejaban secuelas en las manos (daños en el nervio), tal como ha observado el CICR”. Report of the International Committee of the Red Cross (ICRC) on the Treatment by the Coalition Forces of Prisoners of War and Other Protected Persons by the Geneva Conventions in Iraq during arrest, internment and interrogation (en adelante, Informe del CICR sobre Irak), febrero de 2004. Traducción de Amnistía Internacional.

6 El informe del CICR filtrado en 2004 también exponía la práctica de encapuchar a los detenidos, “que se utilizaba para impedirles ver y desorientarlos, y también para que no pudieran respirar bien […] En ocasiones se encapuchaba a los detenidos a la vez que se los golpeaba, lo cual les provocaba más angustia porque no podían anticipar en qué momento recibirían los golpes. El encapuchamiento también permitía a los interrogadores permanecer en el anonimato y, por tanto, actuar con impunidad”. El CICR también revelaba, entre otros métodos, “la exposición de los detenidos encapuchados a música y ruidos a mucho volumen”, “posiciones dolorosas”, “privación del sueño provocada por música muy fuerte o iluminación constante” y desnudez forzada, Informe del CICR sobre Irak, op. cit.

7 Justin A. Carmack, “‘Op Market Sweep’ captures Fallujah arms dealers”, Army News Service, 13 de enero de 2004.

8 El grupo especial de operaciones de detención de la Fuerza Multinacional en Irak hizo una búsqueda en su base de datos a solicitud de Amnistía Internacional, pero no encontró ningún registro de Khaled al-Maqtari.

9 El ejército de Estados Unidos subcontrató interrogadores para Irak a través de CACI International entre 2003 y 2005. Según afirmó CACI, en el momento de la detención de Khaled al-Maqtari, en enero de 2004, la empresa tenía hasta 10 interrogadores en Abu Ghraib, y todos respondían ante las fuerzas armadas estadounidenses, no ante la CIA. Véase http://www.caci.com/iraq/Truth_and_Error_in_Media_Portrayal_of_CACI_in_Iraq.doc.

10 Al-Maqtari cuenta que, cuando lo preparaban para trasladarlo a Afganistán, sus captores le dijeron en más de una ocasión: “la CIA te está esperando”, dejando entrever que todavía no estaba bajo su custodia. Sin embargo, también es posible que en Abu Ghraib lo interrogaran tanto la CIA como personal de los servicios de inteligencia militar. En el apartado 2.b.4 de su informe de investigación sobre el centro de detención de Abu Ghraib y la 205 Brigada de Inteligencia Militar, el general de división del ejército estadounidense George Fay observa lo siguiente: “En la prisión de Abu Ghraib, la CIA realizaba interrogatorios tanto en solitario como en colaboración con otras entidades. Las prácticas de detención e interrogatorio de la CIA contribuyeron a una disminución de la rendición de cuentas y a la comisión de abusos en Abu Ghraib. […] El sistema de detención no daba cuentas de los detenidos de Abu Ghraib bajo custodia de la CIA, conocidos allí como ‘detenidos fantasma’. Al haber detenidos sin identificar o sobre los que no se daban explicaciones, las operaciones de detención en general se veían afectadas porque el personal de operaciones no sabía con certeza cómo informar sobre las detenciones o cómo clasificar a los detenidos”.

11 Eric Fair, ex interrogador subcontratado que estuvo destinado en Abu Ghraib en enero de 2004, ha explicado a AI que el suelo encharcado de agua no era una táctica de interrogatorio, sino un reflejo de las condiciones de la prisión. En el invierno de 2004, la mayoría de las salas de Abu Ghraib tenían agua en el suelo porque “llovía constantemente y la prisión estaba llena de goteras y filtraciones de agua”.

12 Descrito como una pomada que desprende vapores y suele utilizarse para desbloquear las vías nasales.

13 Khaled al-Maqtari dice que no se le tradujo la palabra que el interrogador pronunció a continuación; el intérprete le dijo simplemente que era “un insulto muy malo”.

14 En referencia a una visita del CICR a Abu Ghraib hecha en enero de 2004, en la que se negó el acceso de la delegación del CICR a ocho detenidos, el apartado 3.k.8 del Informe Fay observa lo siguiente: “De especial interés era la condición del DETENIDO 14, un ciudadano sirio autoproclamado yihadista, que había ido a Irak a matar soldados de la Coalición. El DETENIDO 14 estaba recluido en una celda que medía unos dos metros de largo por menos de un metro de ancho, totalmente a oscuras, desprovista de ventanas, letrina, grifo o cama. La delegación del CICR vio en la puerta de la celda la inscripción “Gollum” y una fotografía de dicho personaje, perteneciente a la trilogía de películas ‘El Señor de los Anillos’”.

15 Estas amenazas eran “prácticas establecidas” según un ex interrogador, al igual que lo era amenazar a los detenidos con enviarlos a Guantánamo.

16 Entrevista a Ben Griffin, enero de 2008. Ben Griffin fue licenciado con honores del Servicio Especial del Aire del ejército británico en 2005, tras negarse a seguir participando en una guerra que consideraba ilegal: “No me alisté en el ejército británico para aplicar la política exterior de Estados Unidos”, afirmó. Véase Sean Rayment, “SAS soldier quits Army in disgust at ‘illegal’ American tactics in Iraq”, Telegraph (Reino Unido), 11 de marzo de 2006.

17 El Comité de los Derechos Humanos de la ONU, en una declaración autorizada sobre la prohibición de la tortura y los tratos crueles, inhumanos o degradantes, establece que “[c]on el fin de garantizar la protección efectiva de los detenidos, deberán adoptarse las disposiciones necesarias para que los presos sean mantenidos en lugares de detención oficialmente reconocidos, y para que sus nombres y lugares de detención […] figuren en registros que estén a disposición de las personas interesadas, incluidos los parientes y amigos”. Comité de Derechos Humanos, Observación general núm. 20, artículo 7 (44º periodo de sesiones, 1992), Recopilación de las observaciones generales y recomendaciones generales adoptadas por órganos de derechos humanos creados en virtud de tratados, doc. ONU HRI\GEN\1\Rev.1, p. 37 (1994), párr. 11. El registro exacto y detallado de los detenidos está estipulado por el derecho y las normas internacionales, como las Reglas mínimas de la ONU para el tratamiento de los reclusos y el Conjunto de Principios de la ONU para la protección de todas las personas sometidas a cualquier forma de detención o prisión, el Convenio de Ginebra del 12 de agosto de 1949 relativo al trato debido a los prisioneros de guerra (Convenio III), artículos 122 a 125, y el Convenio de Ginebra relativo a la protección debida a las personas civiles en tiempo de guerra (Convenio IV), artículos 136 a 141. Véase también Comité contra la Tortura, Conclusiones y recomendaciones del Comité contra la Tortura: Estados Unidos de América, 25 de julio de 2006, párr. 16: “El Comité nota con preocupación que el Estado Parte no siempre lleva un registro de las personas detenidas bajo su jurisdicción fuera de los Estados Unidos, privándolas así de una efectiva salvaguardia contra los actos de tortura (art. 2). El Estado Parte debe llevar un registro de todas las personas detenidas en cualquier territorio bajo su jurisdicción como un medio de prevenir los actos de tortura. En dicho registro deben figurar la identidad del detenido, la fecha, la hora y el lugar en que fue aprehendido; la identidad de la autoridad que lo aprehendió; los motivos de la detención; la fecha y hora de ingreso en el centro de detención y su estado de salud al ser admitido, así como cualquier cambio en su estado de salud que se haya producido desde entonces; la hora y el lugar de los interrogatorios, los nombres de todos los interrogadores que estuvieron presentes, así como la fecha y la hora de la liberación del detenido o de su traslado a otro centro de detención”.

18 Agentes de policía suecos describieron un proceso similar al presenciar cómo un equipo de entregas encabezado por estadounidenses preparaba a dos hombres para su traslado en diciembre de 2001; el equipo les dijo que los procedimientos que aplicaban se habían convertido en la política establecida para el transporte de presuntos terroristas “después del 11 de septiembre”. Número de registro de la investigación 2169-2004, dirigida por el Defensor del Pueblo del Parlamento sueco, Mats Melin, fecha de publicación: 22 de marzo de 2005, p. 20. Un comisario de la policía nacional de seguridad sueca también refirió lo siguiente a la investigación: “Puedo decir que nos sorprendimos al ver descender del avión a un equipo que parecía muy profesional; era obvio que ya había hecho esto antes”.

19 Un ciudadano libio con este nombre, también conocido como Hazim, estuvo recluido al igual que Khaled al-Maqtari en el centro de detención de Afganistán, pero es poco probable que se trate de la misma persona, ya que, según los informes, este hombre libio llevaba detenido en la prisión de Afganistán desde finales de 2003.

20 El artículo 49 establece lo siguiente en uno de sus párrafos: “Los traslados en masa o individuales, de índole forzosa, así como las deportaciones de personas protegidas del territorio ocupado al territorio de la Potencia ocupante o al de cualquier otro país, ocupado o no, están prohibidos, sea cual fuere el motivo”.

21 Artículo 8 del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional.

22 Jack Goldsmith, The Terror Presidency: Law and judgment inside the Bush administration. W. W. Norton (2007), p. 32.

23 Ibíd., p. 40.

24 Permissibility of relocating certain ‘protected persons’ from occupied Iraq. Memorandum for Alberto R. Gonzales, Counsel to the President, Jack Goldsmith III, fiscal general adjunto, Departamento de Justicia de Estados Unidos, Oficina de Asesoramiento Jurídico (borrador), 19 de marzo de 2004.

25 The Terror Presidency, op. cit., pp. 172 y 173.

26 Ibíd. (La nota 14 a pie de página del proyecto de memorando explicaba que el traslado de una “persona protegida” desde Irak no significaba que dicha persona debiese “ser privada de los beneficios” que comportaba su condición.) Véase también Dana Priest, “Memo Lets CIA Take Detainees Out of Iraq: Practice Called Serious Breach of Geneva Conventions”, The Washington Post, 24 de octubre de 2004 (“Un cargo del gobierno estadounidense informado sobre las prácticas de detención de la CIA afirmó que algunos detenidos eran trasladados a otros países porque ‘es allí donde la CIA tiene a su personal, el conocimiento y los centros de interrogatorio, y donde están operativos sus agentes y programas’.”)

27 Este avión ejecutivo Gulfstream V, registrado sucesivamente como N379P, N8068V y N44982, ha sido la aeronave a la que más frecuentemente se ha relacionado con casos conocidos de entregas. En febrero de 2000 fue registrado por Premier Executive Transport Services, empresa fachada de la CIA; a principios de 2004 se registró como N8068V; y en diciembre de 2004 volvió a ser registrado, esta vez con el número N44982, por Bayard Foreign Marketing, empresa fantasma inscrita en el estado de Oregón desde agosto de 2003. Esta empresa no ha registrado ninguna otra aeronave. El avión, que por entonces ya era conocido como el “taxi de la tortura” entre periodistas y aficionados a los aviones de todo el mundo, se vendió a principios de 2006. Hasta el 15 de octubre de 2005, el avión de Premier Executive Transport Services tenía permiso para aterrizar en bases estadounidenses de todo el mundo. La aeronave tenía una autonomía media de 5.800 millas náuticas a 459/585 nudos (Washington Dulles-Kabul sin escalas en 12 horas, por ejemplo), y podía adaptarse para llevar de 8 a 18 pasajeros.

28 Otra información apunta a que podría tratarse de un centro de la CIA diferente, llamado a veces “prisión oscura” y que estaba situado más cerca de Kabul; véase infra.

29 Los otros dos detenidos podrían ser Riyadh al-Sharqawi (Al-Haj Abdu Ali Sharqawi) y Umayr bin Attash (Hassan Muhammad bin Attash), que, según informes, llegaron a este centro de detención de Afganistán en enero de 2004.

30 Véanse, por ejemplo, Amnistía Internacional, Estados Unidos/Yemen: Reclusión secreta en los “lugares negros” de la CIA, Índice AI AMR 51/177/2005, noviembre de 2005; Amnistía Internacional, Fuera del radar: vuelos secretos a la tortura y la “desaparición”, Índice AI AMR 51/051/2006, abril de 2006; y Amnistía Internacional, Cómplices: El papel de Europa en las “entregas extraordinarias” de Estados Unidos, Índice AI EUR 01/008/2006, junio de 2006.

31 En enero de 2008, un ex agente de la CIA sobre el terreno confirmó a Amnistía Internacional que era habitual que los psicólogos estuviesen presentes en los interrogatorios.

32En una publicación de la fuerza aérea estadounidense se describían los aseos portátiles como “pesadillas de plástico moldeado fabricadas en algún país de Oriente Medio”, Airman: the magazine of America’s Air Force, mayo de 2003.

33 Mensaje de correo electrónico de Moazzam Begg, 19 de enero de 2008.

34 Jane Mayer, “The Black Sites: a rare look inside the CIA’s secret interrogation program”, The New Yorker, agosto de 2007.

35Centro de Derechos Humanos y Justicia Global, Surviving the Darkness: Testimony from the US Black Sites, diciembre de 2007, p. 24.

36 El 8 de febrero de 2004 cayó una abundante nevada en Bagram y en las afueras de Kabul.

37 Otras personas que han estado recluidas en “lugares negros” de Afganistán han descrito un centro de detención similar, entre ellas Muhammad Bashmilah, Salah ‘Ali Qaru, Muhammad al-Assad y Binyam Muhammad.

38Los seis yemeníes eran Khaled al-Maqtari, Muhammad Bashmilah y Salah ‘Ali Qaru, que desde entonces han quedado en libertad, y Riyadh al-Sharqawi (Al-Haj Abdu Ali Sharqawi), Sanaad al-Qasemi y Umayr (Hassan Muhammad) bin Attash, que actualmente están recluidos en Guantánamo (Hassan Muhammad bin Attash es ciudadano saudí de familia yemení, y tenía 17 años cuando fue detenido). En la prisión había un séptimo yemení, Muhammad al-Assad; éste ha contado a Amnistía Internacional que no hablaba cuando estaba en la celda de la prisión, y Khaled al-Maqtari recuerda que había uno o dos detenidos de la fila de celdas que nunca respondían a los llamamientos.

39 Según informes, Ibn al-Sheikh al-Libi (Ali Abdul-Hamid al-Fakhiri) contó a otro detenido libio que la “prisión medieval” en la que había estado recluido tras ser devuelto desde Egipto era Pul-e-charki, una prisión afgana.

40 Muhammad Bashmilah también señala que pasó algún tiempo en una celda situada fuera de la hilera principal de celdas, véase Surviving the Darkness, op. cit., p. 22.

41 Cuando procede, se proporciona en este informe el nombre del detenido que utilizan Khaled al-Maqtari u otros ex detenidos y, si se conoce, se añade entre paréntesis el nombre de nacimiento de la persona. No hay una forma normalizada de transcribir los antropónimos árabes al alfabeto latino. Por ello, ocurre con frecuencia que un mismo nombre aparece transcrito con diferentes grafías. El nombre “Muhammad”, por ejemplo, se escribe con frecuencia al menos de cuatro formas distintas. Además, el nombre completo en árabe puede consistir de hasta cinco partes, y no todas ellas se usan siempre. Esto ha ocasionado muchísima confusión y ha complicado enormemente la identificación de las personas detenidas por Estados Unidos, ya que es posible que figuren con diferentes versiones del mismo nombre. En una solicitud reciente de información sobre un ex detenido presentada al ejército estadounidense, los abogados proporcionaron 66 posibles transcripciones del nombre de una sola persona. (En la versión española de este documento se ha dejado la transcripción inglesa de los nombres.) Por otra parte, muchas de las personas detenidas en el contexto de la “guerra contra el terror” tienen alias o apodos, y en algunos casos son tan conocidas por estos apodos que resulta difícil determinar sus nombres reales. Por ejemplo, Yasser al-Jaza’iri significa simplemente “Yasser el argelino”, pero ése es el nombre que figura en documentos oficiales de las autoridades estadounidenses (en los que el nombre suele escribirse “al-Jazeeri”), y su nombre de nacimiento no aparece en ninguna lista. Por lo general, los detenidos sólo han oído el alias o apodo de los otros detenidos, o una mezcla entre el nombre y el apodo (por ejemplo, “Umayr” bin Attash, en vez de Hassan bin Attash) y no es probable que conozcan el verdadero nombre de los otros detenidos, a menos que se lo hayan dicho los interrogadores.

42 Detenidos con nombres similares, que actualmente se encuentran en Guantánamo, habían estado previamente recluidos en Afganistán. Saad Iqbal al-Madni permaneció en Afganistán desde abril de 2002 hasta marzo de 2003. Había sido arrestado en Yakarta en enero de 2002, trasladado en el Gulfstream V y entregado a Egipto, donde pasó recluidos 92 días antes de ser entregado a Afganistán, a través de Pakistán, en abril de 2002. Estuvo recluido en Afganistán casi un año antes de ser enviado a Guantánamo en marzo de 2003. Al menos cinco hombres de nombre Al-Qahtani han estado detenidos en Guantánamo, y la mayoría de ellos estuvieron recluidos previamente en Afganistán.

43 En una entrevista posterior, Khaled al-Maqtari indicó que pensaba que probablemente Riba’i fuera libio. Otros detenidos han afirmado haber estado recluidos en este centro de detención con un ciudadano libio llamado Riba’i.

44 “Shumilla” es un diminutivo de Bashmilah.

45 Declaración desclasificada de Binyam Mohammed, agosto de 2005.

46 Declaración desclasificada de Al-Haj Ali Sharqawi, abril de 2006.

47 Entrevista a Muhammad Bashmilah, mayo de 2006. Véase también Surviving the Darkness, op. cit., p. 32.

48 Entrevistas a Salah ‘Ali Qaru, febrero de 2006. Véase también Surviving the Darkness, op. cit., p. 26.

49 Notas desclasificadas de la entrevista a Abdulsalem al-Hela, junio de 2005.

50 Craig Smith y Souad Mekhennet, “Algerian Tells of Dark Term in US Hands”, The New York Times, 7 de julio de 2006.

51 Entrevista a Laid Saidi, enero de 2007, realizada por Thomas H. Nelson, abogado.

52 A través de Khaled al-Maqtari y otros ex detenidos, Amnistía Internacional ha identificado a 24 hombres que estuvieron recluidos en este centro de detención entre finales de 2003 y principios de 2004. Es muy posible que haya habido otros cuyos nombres se desconocían, o que no se comunicaron con los demás detenidos. En varios casos no hemos podido determinar el verdadero nombre de un detenido, por lo que puede que algunos de ellos hayan sido liberados o trasladados a Guantánamo.

53Otros detenidos han afirmado que en total fueron 12 las personas trasladadas. Se desconoce por qué se procedió al traslado de este grupo de detenidos en este momento en concreto. Amnistía Internacional ha documentado una constante de traslados de detenidos en el marco de la “guerra contra el terror” estadounidense que parece depender de momentos clave en procesos judiciales ante los tribunales estadounidenses y que muestra al gobierno empeñado en garantizar que las detenciones de ciudadanos no estadounidenses en el extranjero permanecen lo más lejos posible del escrutinio de los tribunales. Estos traslados desde Afganistán a un “lugar negro” se produjeron días después del 20 de abril de 2004, fecha en que la Corte Suprema estadounidense oyó los alegatos sobre la cuestión crucial de si los tribunales estadounidenses tenían jurisdicción para considerar los recursos de hábeas corpus presentados por ciudadanos extranjeros detenidos en Guantánamo, argumentos en los que se mencionaban las detenciones en Afganistán y que dieron como resultado la sentencia Rasul v. Bush, desfavorable a este último. En su voto en contra de la sentencia Rasul, el juez Scalia, al que se unieron el presidente de la Corte Suprema Rehnquist y el juez Thomas, advirtió que “el Tribunal amplía de un modo temerario el ámbito del hábeas corpus a los cuatro puntos cardinales”. Dos años más tarde, el momento elegido para el traslado de Khaled al-Maqtari y de otros detenidos desde este “lugar negro” coincidió con la sentencia Hamdan v. Rumsfeld, dictada por la Corte Suprema en 2006, que el presidente Bush consideró que hacía peligrar el programa de detención secreta y tras la cual, utilizando los casos de 14 detenidos “de alto valor” recluidos en el marco del programa de la CIA, se aprobó la Ley de Comisiones Militares que, según su interpretación, permitía la continuación del programa de detención secreta. Véase el apartado 4 y el apéndice 2 del documento USA: No substitute for habeas corpus – six years without judicial review in Guantánamo, Índice AI: AMR 51/163/2007, noviembre de 2007, http://www.amnesty.org/en/report/info/AMR51/163/2007.

54 Amnistía Internacional cree que entre los nueve se encontraban: Khaled al-Maqtari, Muhammad Bashmilah, Salah ‘Ali Qaru, Muhammad al-Assad, Laid Saidi, Riba’i, Yasser al-Jaza’iri y Adnan al-Libi.

55 Otros detenidos trasladados en el mismo avión han calculado de tres a cinco horas (Fuera del radar, op. cit., p. 12). Laid Saidi, que al parecer fue trasladado desde Afganistán en los mismos vuelos, creía que el viaje había durado entre cinco y seis horas y el vuelo en helicóptero dos (entrevistas a Laid Saidi, enero de 2007, op. cit.)

56 Fuera del radar, op. cit., p 15

57 El Beech B300 tiene una velocidad máxima de crucero de 311 nudos, mientras que ciertos modelos del Gulfstream V pueden llegar a los 585 nudos. También hay aviones turbopropulsados con capacidad para volar siete horas sin escalas; el CASA CN 235, por ejemplo, tiene una velocidad de crucero de 246 nudos. Una milla náutica equivale a 1.852 metros.

58 El vuelo inicial desde Afganistán podría haber llegado a Azerbaiyán, Armenia, Turquía o Georgia, o a la costa de Bugaria o Rumania, entre otros destinos; el vuelo adicional en helicóptero, de 120 minutos de duración, no es probable que pudiese recorrer más de 350 millas náuticas. Expertos en aviación afirman que normalmente los vuelos en helicóptero no atraviesan fronteras internacionales, aunque ello es técnicamente posible. Suponiendo que el vuelo desde Afganistán hubiese tenido como destino Turquía, el este de Bulgaria o Rumania, entre los lugares en los que podría estar situado el último centro de detención se encuentran Turquía, Bulgaria, Rumania, Albania, Bosnia y Herzegovina y República Eslovaca.

59 Reclusión secreta en los “lugares negros” de la CIA, op. cit.

60 Khaled al-Maqtari ha contado que le examinaron los ojos con un aparato; podría tratarse de un escáner de retina o tecnología de reconocimiento a través del iris.

61 Muhammad Bashmilah describe un grupo similar de celdas en estas instalaciones, véase, Surviving the Darkness, op. cit., p. 40.

62 Muhammad Bashmilah, Muhammad al-Assad y Salah Ali Qaru, que permanecieron recluidos en estas instalaciones desde abril de 2004 a mayo de 2005 también han contado a Amnistía Internacional que les proporcionaron libros, material de escritura y lugares para hacer ejercicio. Véase Fuera del radar, op cit, pp. 13-14, y Reclusión secreta en los “lugares negros” de la CIA, op. cit.

63 USA: Impunity and injustice in the ‘war on terror’, Índice AI: AMR 51/012/2008, 12 de febrero de 2008, http://www.amnesty.org/en/library/info/AMR51/012/2008.

64 “La tortura sin contacto” se basa en los dos pilares de la privación sensorial extrema: por un lado, someter al detenido a aislamiento prolongado, encapucharlo y manipular las condiciones de luz y oscuridad, calor y frío, ruido y silencio; y, por otro, el dolor autoinfligido, que puede causarse obligando al detenido a adoptar posturas en tensión, privándolo del sueño, utilizando grilletes durante periodos prolongados u obligándolo a sostener objetos pesados. La combinación de métodos hace que las víctimas se sientan responsables de su propio sufrimiento y el trauma creado por la fusión de estas técnicas, según afirma McCoy, “supone un mazazo a los fundamentos de la identidad personal”. Véase Albert McCoy, A Question of Torture: CIA interrogation from the cold war to the war on terror, Henry Holt and Company, Nueva York, 2006, pp. 21-60.

65 Declaración de Estambul sobre el uso y los efectos de la reclusión en régimen de aislamiento, aprobada el 9 de diciembre de 2007 en el Simposio Internacional sobre el Trauma Psicológico, Estambul, Turquía.

66 Ibíd.

67 Leave no Marks, Enhanced Interrogation Techniques and the Risk of Criminality, Physicians for Human Rights y Human Rights First, 2007.

68 McCoy, A Question of Torture, op. cit., p. 39.

69 BBC television, Horizon, “Total Isolation”, emitido el 22 de enero de 2008.

70 Marwan al-Adenni (Salah ‘Ali Qaru) contó a Amnistía Internacional en entrevistas realizadas en 2005 y 2006 que durante el periodo que permaneció recluido en secreto escribió su nombre en prendas de vestir y libros.

71 Amnistía Internacional, CagePrisoners, Centro de Derechos Constitucionales, Centro de Derechos Humanos y Justicia Global, Human Rights Watch, y Reprieve, Sin rastro oficial. Responsabilidad de Estados Unidos en las desapariciones forzadas de la “guerra contra el terror”, Índice AI: AMR 51/093/2007, junio de 2007.

72 Entrevista a Marwan Jabour, noviembre de 2006. Jabour también describió reuniones similares con otro detenido –Yasser al-Jazeeri– que comenzaron a principios de 2006. Veáse también Ghost Prisoner: Two Years in CIA Detention, Human Rights Watch, febrero de 2007.

73 Dana Priest, “CIA Holds Terror Suspects in Secret Prisons: Debate Is Growing Within Agency About Legality and Morality of Overseas System Set Up After 9/11”, The Washington Post, 2 de noviembre de 2005.

74 Declaraciones Del Presidente Sobre La Guerra Mundial Contra El Terrorismo. La Casa Blanca, 6 de septiembre de 2006, http://www.whitehouse.gov/news/releases/2006/09/20060906-3.es.html.

75 Muhammad Bashmilah también afirma que vio a un dentista, Surviving the Darkness, op. cit., p. 51.

76 Dos detenidos que presuntamente habían permanecido recluidos en secreto por Estados Unidos contrajeron tuberculosis bajo custodia y uno de ellos, Saud Memon, murió poco después de su liberación en abril de 2007.

77 Para que las autoridades federales consideren que un centro de detención padece “déficit de profesionales de la salud”, debe tener más de 250 internos y una ratio de internos por médico superior a 1000:1.

78 Laid Saidi, un argelino que fue liberado en 2004 después de permanecer recluido en secreto, también ha contado que le dieron un par de zapatos de color blanco. Véase Craig Smith y Souad Mekhennet, “Algerian Tells of Dark Term in U.S. Hands”, New York Times, 7 de julio de 2006.

79 Para una discusión exhaustiva de las ramificaciones de la orden ejecutiva de junio de 2007 y los antecedentes del desarrollo del programa secreto de la CIA, véase: Estados Unidos de América. Ley y desorden ejecutivo. El presidente da vía libre al programa de detención secreta, Índice AI: AMR 51/135/2007, agosto de 2007, http://www.amnesty.org/es/library/info/AMR51/135/2007/es.

80 Artículos 16, 9 y 7 del PIDCP; Convención contra la Tortura.

81 Comité de Derechos Humanos, Estados Unidos de América: Observaciones finales, doc. ONU CCPR/C/USA/Q/3/CRP.4, 27 de julio de 2006.

82 Conclusiones y recomendaciones del Comité contra la Tortura: Estados Unidos de América, doc. ONU CAT/C/USA/CO/2, 18 de mayo de 2006.

83 Incluidos la Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada de Personas de 1994, que se refiere a la desaparición forzada como “una afrenta a la conciencia del Hemisferio”, y el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional de 1998, que en su artículo 7.2.i define el delito de lesa humanidad de “desaparición forzada de personas”, como “la aprehensión, la detención o el secuestro de personas por un Estado o una organización política, o con su autorización, apoyo o aquiescencia, seguido de la negativa a admitir tal privación de libertad o dar información sobre la suerte o el paradero de esas personas, con la intención de dejarlas fuera del amparo de la ley por un período prolongado”.

84 Amnistía Internacional, CagePrisoners, Centro de Derechos Constitucionales, Centro de Derechos Humanos y Justicia Global, Human Rights Watch, y Reprieve, Sin rastro oficial. Responsabilidad de Estados Unidos en las desapariciones forzadas de la “guerra contra el terror”, Índice AI: AMR 51/093/2007, junio de 2007. http://www.amnesty.org/es/library/info/AMR51/093/2007/es.

85 Opinión núm. 29/2006 (Estados Unidos de América), al respecto del caso de Ibn Al-Shaykh al-Libi y otras 25 personas, adoptada el 1 de septiembre de 2006, párr. 21. Traducción de Amnistía Internacional.

86 Por ejemplo, la tortura y otros malos tratos infligidos a Mohamedou Ould Slahi en Guantánamo, quizás bajo custodia de la Agencia de Inteligencia de Defensa y a quien se negó el acceso al CICR durante más de un año por “necesidad militar”, según los informes tuvieron lugar después de que se mencionase su nombre durante el interrogatorio de Ramzi bin al-Shibh, detenido en secreto por la CIA en un lugar no revelado. Véase Estados Unidos de América. ¿Entrega – tortura – juicio? El caso del detenido de Guantánamo Mohamedou Ould Slahi, Índice AI: AMR 51/149/2006, septiembre de 2006, http://web.amnesty.org/library/Index/ESLAMR511492006.

87 5 de octubre de 2007, Statement to Employees by Director of the Central Intelligence Agency, General Michael V. Hayden on the CIA’s Terrorist Interrogation Program, https://www.cia.gov/news-information/press-releases-statements/press-release-archive-2007/terrorist-interrogation-program.html.

88 Véase Olga Craig, “CIA Holds Young Sons of Captured al-Qaeda Chief”, Sunday Telegraph (Reino Unido), 9 de marzo de 2003.

89 En 2006, David Passaro, contratista de la CIA, fue condenado por agresión en el caso de un ciudadano afgano que había muerto bajo custodia estadounidense en Afganistán en 2003. El director de la CIA reaccionó ante la condena declarando: “Las acciones de Passaro fueron ilegales, censurables y no fueron autorizadas ni aprobadas por la agencia [...] Por más abominable que fuera la situación, lo cierto es que nosotros, en la agencia, no la ocultamos bajo la alfombra. La abordamos de frente y la resolvimos rápidamente”. Declaración al personal de la CIA hecha por el director Hayden en ocasión de la condena del ex contratista de la CIA David Passaro, 17 de agosto de 2006, https://www.cia.gov/news-information/press-releases-statements/press-release-archive-2006/pr08172006.htm En el caso de Manadel al-Jamadi, que murió bajo custodia de la CIA y de grupos de operaciones especiales de las fuerzas armadas estadounidenses (Navy SEAL) en Abu Ghraib el 4 de noviembre de 2003, por ejemplo, nueve miembros del grupo de operaciones especiales recibieron una “sanción no judicial” por parte del oficial a cuyas órdenes se encontraban. No se ha acusado ni procesado a ningún miembro del personal de la CIA presuntamente implicado, a pesar de ser un caso en el que el inspector general de la CIA encontró “indicios de delito”. Declaración del senador Patrick Leahy, Comité Judicial del Senado de Estados Unidos, sobre la nominación de Paul McNulty para el puesto de fiscal general adjunto, 2 de febrero de 2006.

90 Investigación AR 15-6 (Reglamento del Ejército 15-6) sobre la cárcel de Abu Ghraib y la 205 Brigada de Inteligencia Militar, agosto de 2004.

91 En la revisión global llevada a cabo por el inspector general naval, por ejemplo, se señaló: “La CIA cooperó con nuestra investigación, pero sólo nos proporcionó información sobre actividades en Irak”. El informe del vicealmirante Albert Church agregó que “nuestro mandato no abarcaba investigar la existencia, la localización o las políticas que regían los centros de detención que podían ser gestionados exclusivamente por [otras agencias del gobierno], y no por el [Departamento de Defensa]”. Resumen ejecutivo no clasificado del Informe Church, marzo de 2005. El informe global “independiente” del Panel Schlesinger declaró de forma similar: “Conocemos la cuestión de los detenidos no registrados, pero el panel no tuvo suficiente acceso a información de la CIA como para tomar medida alguna al respecto”.

92 Oficina del director nacional de inteligencia, Summary of the High Value Terrorist Detainee Program.

93 Principios de la ONU Relativos a la Investigación y Documentación Eficaces de la Tortura y otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes.

94 Declaración de la directora de Asuntos Públicos de la CIA, Jennifer Millerwise, 18 de marzo de 2005, op. cit.



Marzo de 2008
Índice AI: AMR 51/013/2008



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TRADUCCIÓN DE EDITORIAL AMNISTÍA INTERNACIONAL (EDAI), ESPAÑA


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